Rito de bendición de la abadesa de la Congregación Cisterciense

Monasterio de las Huelgas – 14 septiembre 2013

Nos hemos reunido en este marco incomparable del Monasterio de Las Huelgas para dar cumplimiento a la decisión tomada en el VII Capítulo General de la Congregación cisterciense de San Bernardo: la bendición de la Madre Angelines a quien habéis elegido como Abadesa de dicha Congregación. Es lógico que estéis felices, porque elegir Abadesa es elegir la madre de vuestra gran familia. Yo me uno gustoso a vuestra alegría.

El día y el marco elegido es muy adecuado: hoy celebramos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y, dentro de ella, lo que es su actualización: la Eucaristía, memorial glorioso de la muerte y resurrección de Cristo. Felicidades, por tanto, hermanas, y gracias a Dios por la elección de Madre Angelines.

Las lecturas que acabamos de proclamar explicitan maravillosamente el sentido de esta celebración. El evangelio de Lucas no ha podido ser más oportuno: El mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor y el que gobierna como el que sirve… Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve”. La Abadesa es bendecida no para alcanzar relevancia social o un puesto destacado, en este caso dentro de la Congregación Cisterciense, sino para reafirmar un mayor compromiso de servicio hacia todas las hermanas.

Querida Madre Angelines, queridas abadesas: el Papa Francisco, dirigiéndose a las Superioras Generales reunidas en Roma, les decía al respecto en mayo pasado: “Un elemento que quisiera poner de relieve en el ejercicio de la autoridad es el servicio: no olvidemos nunca que el verdadero poder, en cualquier nivel, es el servicio, que tiene su vértice luminoso en la cruz”. Vértice luminoso, dice. Exaltación de la Santa Cruz, diríamos en este día. No hay mayor plenitud de vida que una vida de entrega en el servicio: ser grano de trigo echado en el surco para que de la muerte nazca la vida y vida abundante. Y todo eso comporta cruz, pero no una cruz que aplasta sino que culmina en la glorificación.

Benedicto XVI, con gran sabiduría, ha recordado en más de una ocasión a la Iglesia que si para el hombre, a menudo, la autoridad es expresión de posesión, de dominio, de éxito, para Dios la autoridad es siempre sinónimo de servicio, de humildad, de amor; es decir: entrar en la lógica de Jesús que se abaja a lavar los pies a los apóstoles y que dice a sus discípulos: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan… No será así entre vosotros…” Y el Papa Francisco añadía: “Pensemos en el daño que causan al pueblo de Dios los hombres y las mujeres de iglesia con afán de hacer carrera, trepadores, que usan al pueblo, a la Iglesia, a los hermanos y hermanas –aquellos a quienes deberían servir– como trampolín para los propios intereses y ambiciones personales. Estos hacen un daño grande a la Iglesia”.

La segunda lectura explicita el modo de servir no sólo de los que ejercen la autoridad sino de todos los que formamos la gran familia de los hijos de Dios: “Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada”.

Esta letanía de actitudes debiéramos recitarla todos los días hasta aprenderla de memoria para actualizarla como si fuera la cosa más normal de la vida. Subrayo únicamente la primera actitud de las enumeradas por el apóstol: la misericordia entrañable. Es la que más repite con palabras y con gestos el Papa Francisco. Ser en medio del mundo sacramento de la misericordia, de la ternura de Dios. “La consagrada, dice el Papa, es madre, debe ser madre y no solterona… No se puede comprender a María sin su maternidad, no se puede comprender la Iglesia sin su maternidad, y vosotras sois iconos de María y de la Iglesia”. ¿Y qué es una madre? Misericordia infinita, brazos siempre abiertos, espera que nunca acaba.

El libro de los Proverbios nos ha dicho: “Es el Señor quien da sensatez, de su boca proceden saber e inteligencia. El atesora acierto para los hombres rectos, custodia la senda del deber, la rectitud y los buenos senderos”. Sensatez, saber, inteligencia, acierto… Son dones que en esta mañana queremos pedir todos juntos para la Madre, seguros de que cuanto pidamos unidos al Padre, Él nos lo concederá.

Vamos a proceder a la bendición de la nueva Madre Abadesa de la Congregación Cisterciense. Del Rito de bendición quisiera subrayar dos particulares:

a) En primer lugar, la primera pregunta que voy a formularla: ¿Quieres guardar la regla de San Benito e instruir a tus hermanas para que hagan lo mismo…? Es el proceso que siguió Jesús: Jesús, en primer lugar, hacía y después enseñaba. Cuando pedimos a los demás lo que ven actualizado en nuestra propia vida, la palabra tiene fuerza de convicción. Madre Angelines: trate de convencer más con la vida que con las palabras.

b) En segundo lugar, unas palabras de la oración de bendición: “Cólmala, Señor, de los dones de tu Espíritu para que despierte en sí misma y promueva en las demás la gloria de Dios y el servicio a la Iglesia”. El mejor modo de promover la gloria de Dios, personal y comunitariamente, es haciendo realidad lo que dice el cántico del Deuteronomio: “Escuchad, cielos, y hablaré; oye, tierra, los dichos de mi boca; descienda como lluvia mi doctrina, destile como rocío mi palabra”. Cada vez que acogemos el querer de Dios estamos dando lugar a que la gloria de Dios resplandezca en el mundo. La gloria de Dios y el servicio a la Iglesia, que no es otra cosa que ser miembros vivos de la misma, no simples observadores.

Nos lo dice también el Papa Francisco: “Vuestra vocación es un carisma fundamental para el camino de la Iglesia y no es posible que una consagrada y un consagrado no sientan con la Iglesia. Un sentir con la Iglesia, que nos ha generado en el bautismo; un sentir con la Iglesia que encuentra su expresión filial en la fidelidad al magisterio, en la comunión con los pastores y con el sucesor de Pedro…”. Ya Pablo VI lo expresaba con rotundidez: “Es una dicotomía absurda pensar en vivir con Jesús sin la Iglesia, en seguir a Jesús sin la Iglesia, en amar a Jesús al margen de la Iglesia, en amar a Jesús sin amar a la Iglesia”.

Queridos hermanos y hermanas: sigamos participando con fervor en esta eucaristía y pidamos al Señor que bendiga con su gracia y sus dones a la Madre Angelines, para que ella sea una santa abadesa y sus hermanas la amen y obedezcan en las entrañas de Cristo.

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