Fiesta de la Virgen de las Viñas

Aranda de Duero – 15 septiembre 2013

Estamos concluyendo el Año de la Fe. Por eso, me gustaría reflexionar con vosotros sobre la fe de la Virgen, para que tratemos de imitarla en esa virtud capital para la vida de un cristiano.

1. La vida de María fue una vida sencilla; vulgar, podemos decir. No fue miembro del Sanedrín, órgano supremo de gobierno político y religioso de Israel en aquel tiempo. Tampoco fue profesora de las dos grandes escuelas rabínicas de Gamaliel y Shamai. No tuvo ningún cargo público: religioso, cultural o político de Nazaret.

Como hacían las demás mujeres de Nazaret, cada mañana molía el grano necesario para hacer la cocedura diaria de pan. Durante el día, hacía las labores domésticas más elementales: la comida, el lavado y cosido de la ropa, la limpieza y orden de la casa.

Los sábados asistía a la liturgia de la Sinagoga, en la cual se leían algunas partes de los libros sagrados del Antiguo Testamento, se predicaba una homilía y se hacían unas oraciones muy solemnes de alabanza y de petición. Como las demás personas mayores del pueblo, cada año subía a Jerusalén para celebrar la Pascua y otras fiestas judías especialmente importantes.

Una vida, por tanto, muy semejante a la de las demás mujeres judías de su tiempo y de millones y millones de mujeres de los siglos posteriores y de hoy.

2. Pero la vida de María no fue una vida fácil. Quiero decir, que María tuvo que vivir toda su existencia en el claroscuro de la fe, fiándose de lo que Dios le iba diciendo y pidiendo, lo cual fue, con mucha frecuencia, desconcertante y aparentemente imposible.

En la Anunciación Dios envía a su ángel para revelarle la gran elección que había hecho de ella: ser la Madre del Mesías esperado, la Madre del Redentor. Se le pide a ella, que se ha consagrado a Dios por la virginidad perpetua; es decir, para no tener relaciones matrimoniales de por vida. Parece que Dios le pide lo imposible: ser madre y, a la vez, ser virgen.

María se fía completamente de Dios: “Hágase en mí según tu palabra”, es decir, que se cumpla en mí lo que Dios quiere. Y, efectivamente, Dios la convierte en su madre sin concurso de varón y hace que dé a luz a su Hijo a la manera que un rayo del sol entra por un cristal sin romperlo ni mancharlo. María se había fiado de Dios, aunque no sabía como lo realizaría, y Dios realizó el milagro.

En el nacimiento vuelven los planes desconcertantes. Cuando falta unos días para su alumbramiento tiene que desplazarse a Belén por unos caminos muy difíciles y largos. Además no encuentra una casa para el parto, y tiene que dar a luz en un lugar destinado a los animales. ¿No había dicho el ángel que el Hijo sería grande, que se llamaría Hijo del Altísimo y que heredaría el trono de David? ¡Ese hijo tan poderoso no puede nacer ni siquiera en una habitación de una casa muy pobre! Pero María se fía de Dios y Dios envía un coro de ángeles que atestiguan que el recién nacido es el Hijo de Dios.

Las que sois madres entendéis muy bien la nueva prueba a la que Dios somete a la fe de María; y entendéis muy bien el inmenso sufrimiento de la Virgen cuando llegaban a Nazaret noticias sobre el rechazo, las calumnias y las persecuciones que hacían los dirigentes políticos y religiosos contra su amado Hijo Jesús. ¡Qué mundo de dolor revela san Lucas cuando dice que en una ocasión vinieron los parientes a llevarse a Jesús –que estaba dedicado plenamente a la predicación y a curar a los enfermos– porque decían que “estaba loco”! ¡Cuántos dimes y diretes en los corrillos y en las cocinas de Nazaret a cuenta de las noticias que llegaban sobre las acusaciones de los dirigentes: que era comedor y bebedor, que era amigo de publicanos y pecadores –gente de mal vivir y peor fama–, que perturbaba al pueblo, incluso que echaba los demonios porque estaba “endemoniado” y que echaba a los demonios porque él era uno de ellos.

María no se derrumbó ni dudó de Jesús. En contra del parecer de todos y de las acusaciones de los dirigentes religiosos y políticos siguió creyendo que era Dios y el Mesías enviado por Dios.

Pero donde la fe de María alcanzó cotas más altas que un Himalaya fue en el Calvario. Mientras Jesús agonizaba en la Cruz, ella oía las burlas y desafíos de los que le habían crucificado: “Tú, el que reconstruía el Templo en tres días, baja ahora de la Cruz y creeremos en ti”. “Sálvate a ti mismo y a nosotros”, repetía uno de los ladrones crucificados a su lado. Pero Jesús no baja. Más aún, se siente abandonado de Dios: “Dios mío, Dios mío ¿por qué has abandonado?”.

¡Qué difícil, qué inmensamente difícil era para María seguir creyendo lo que había dicho el ángel: “Será grande, se llamará hijo del Altísimo, reinará en la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”. Tan difícil, que necesitó una gracia especial de Dios para no venirse abajo, para no derrumbarse. María siguió creyendo a Dios y fiándose de Dios.

No se equivocó. En la mañana de Resurrección lo entendió todo. Efectivamente, su hijo era tan grande, que había vencido a la misma muerte y había conquistado un reino que “no tendrá fin”. Porque a él pertenecerán todos los hombres y mujeres del mundo, sin distinción de razas, geografías y colores, a los que había salvado del pecado y de la muerte eterna con la entrega amorosa de su vida.

3. Queridos hermanos. Nuestra vida es como la de la Virgen en sencillez: trabajo en el hogar, en una fábrica, en un taller, en el campo, en una tienda, detrás de un mostrador, en una bodega. Ahí pasan y pasarán la mayor parte de los días que hemos vivido y de los que viviremos.

Pero el que sea sencilla ya hemos visto que no es sinónimo de fácil. Seguramente tampoco nos faltan realidades que someten a prueba nuestra fe: una desgracia, una muerte prematura, una ruina económica, un fracaso matrimonial, unos hijos no practicantes y, con frecuencia, desagradecidos, la pérdida del empleo o el temor a perderlo, la convivencia con quienes piensan y actúan de modo muy diferente a nosotros y, encima, tienen mal carácter, las fricciones laborales y sociales, los malos ejemplos de quienes deberían ser modelos.

Todo esto, unido a la desbandada de tantos cristianos y a la persecución solapada o descarada al cristianismo, hacen difícil seguir creyendo, seguir teniendo fe, seguir siendo cristianos. Aprendamos del ejemplo de la Virgen. Sepamos tener confianza en Dios, sepamos esperar en su poder y en su amor, pase lo que pase. ¡Vendrá un día de resurrección, en el que comprobemos que fiarse de Dios ha valido la pena! Acudamos a la Virgen para que interceda por nosotros ante su Hijo Jesucristo, para que seamos fieles hasta la muerte.

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