Católicos y política

Cope – 22 septiembre 2013

El Papa Francisco predica todas las mañanas en la misa que celebra en Santa Marta. Los asistentes son muy variados, aunque prevalecen –de momento– los que trabajan en el Vaticano. En su homilía suele comentar el evangelio del día. Por este motivo, los temas son muy variados. El pasado lunes comentó el pasaje relativo a la curación del criado del Centurión. Eso le dio pie para hablar de los políticos y de la política. Porque el Centurión –como indica su mismo nombre– era un militar romano destacado en Cafarnaún, donde mandaba un grupo de soldados. No era judío de raza ni de religión, pero tenía muy buen corazón y ejercía su autoridad sin despotismo. De hecho, cuando viene a pedir a Jesús la curación de su criado, que está muriéndose, los judíos interceden, diciendo que se lo merece porque les ha tratado muy bien.

Apoyado en estos datos, el Papa afrontó esta cuestión: ¿puede o no puede un católico participar activamente en la vida pública, incluso asumiendo cargos políticos? La respuesta fue muy esclarecedora y actual. “Tantas veces hemos oído: ‘un buen católico no debe inmiscuirse en la política’. Esto no es verdad, ese no es un buen camino”. Es decir, un católico puede, más aún, debe participar activamente en política. ¿Razón? La política no es un asunto neutro, sino una palestra en la que se libran las grandes batallas de la convivencia y de los derechos de las personas, el diseño de una sociedad y el de la comunidad internacional. Ausentarse de ese campo y dejarlo libre es dejar en manos de otros que, quizás, no están dispuestos a respetar las exigencias del bien común o tienen una idea errónea del hombre, de la familia y de la sociedad.

Dedicarse profesionalmente a la política es, pues, una cosa estupenda. No en vano el Vaticano II dice que la política es “un arte muy difícil y muy noble” (Const. Sobre la Iglesia en el mundo actual, 75).

Ahora bien, hay que hacerlo como señala el Papa en la homilía a que me he referido. Quien gobierna “debe amar a su pueblo”, porque “un gobernante que no ama, no puede gobernar; al máximo podrá disciplinar, poner un poco de orden, pero no gobernar”. Y, junto al amor, la humildad. “¡No se puede gobernar sin amor al pueblo y sin humildad!”, ha añadido. Estas dos virtudes tienen tanta importancia que el Papa ha dicho que “cada hombre y cada mujer que toman posesión de un servicio al público, debe hacerse estas dos preguntas: ¿Amo yo a mi pueblo, para servirle mejor?

¿Soy humilde y escucho a los otros los diferentes puntos de vista para elegir el mejor camino?”

El Papa no peca de ingenuidad y sabe lo que se cuenta en los corrillos, en la televisión, en la radio y en los demás medios de comunicación sobre los políticos. “Hay –señala– una costumbre que consiste en hablar mal de los gobernantes y chismorrear acerca de las cosas ‘que no van bien’: si escuchas la televisión, insisten, insisten; si lees el periódico…siempre lo mal ¡siempre en contra!”.

Hay una cuestión muy espinosa –el mal gobierno–, que el Papa no rehúye afrontar. Se me puede decir: “Es una mala persona, debe irse al infierno”. Responde el Papa: “Reza por ella, para que pueda gobernar bien, ¡para que ame a su pueblo, para que sirva a su pueblo, para que sea humilde!”. Y añade: “Un cristiano que no ora por sus gobernantes no es un buen cristiano”. Y sigue insistiendo, poniéndose en los casos más extremos: “¿Cómo rezar por éste?”. “¡Reza para que se convierta!”, sentencia el Papa Francisco.

Si gobernantes y gobernados hiciéramos caso a estas sencillas y sensatas propuestas, resultaría una sociedad política muy distinta. Para bien.

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