Una nueva sensibilidad

Cope – 8 diciembre 2013

Alguna vez he escrito en esta columna mi convicción de que el mejor comentario de un texto es la lectura reposada del mismo texto. La exhortación apostólica “La alegría del evangelio”, que acaba de publicar el Papa Francisco, es una prueba más en este sentido. De tal modo que, sin esa lectura, aunque se lean u oigan muchos comentarios, pienso que corremos el riesgo real de no entrar a fondo en lo que ella propone. Más en concreto, sobre lo que dice de la crisis actual, los bienes de este mundo, la solidaridad, el amor a los pobres y su promoción. Además, perderá la frescura y la fuerza de las palabras con las que el Papa se expresa. Por eso mi intención al dar hoy unas pinceladas sobre esos temas es, ante todo, animar a todos, sacerdotes y fieles a leer, meditar y sacar consecuencias a las palabras del Papa.

Para despertar el apetito, recojo algunas ideas. Refiriéndose a la crisis que nos agobia, el Papa no puede ser más tajante: “Así como el mandamiento ‘no matar’ pone un límite claro a asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y de la inequidad’. Esta economía mata” (EG 53). ¿Por qué esta economía mata? Porque, por ejemplo, “no puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos de la bolsa”. O que “se tire comida cuando hay gente que pasa hambre”. Estas y otras mil cosas suceden porque “hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil”. Las consecuencias, como señala el Papa, no pueden ser más desastrosas: “Grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas, sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”.

No menos contundente es el Papa Francisco cuando se refiere a los bienes de la tierra. “Hay que recordar siempre que el planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y que el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad” (EG 192). Sabedor de que esto se verifica en muchos países de África, Asia, América, etc. y que hay pueblos enteros que viven en una situación indigna del hombre, el Papa clama con voz profética: es un “imperativo escuchar el clamor de los pobres”. Escucharlos para “asegurar a todos la comida o un decoroso sustento”, pero sin quedarse ahí. Porque se trata “de que tengan prosperidad sin exceptuar bien alguno. Esto implica educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente al trabajo…El salario justo permite el acceso adecuado a los demás bienes que están destinados al uso común”.

Quizás alguno se pregunte si el Papa no estará exagerando. La respuesta se la da el mismo Papa en estas palabras sobre la solidaridad. “La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada”. La propiedad privada es un derecho natural de la persona humana, pero la “posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde”.

No cabe duda: necesitamos cambiar nuestros esquemas mentales y nuestras actitudes, pues solo si lo hacemos, abriremos camino a otras trasformaciones estructurales que hagan posible vivir de hecho la solidaridad. El Papa está tan convencido de ello, que no duda en afirmar: “Un cambio de las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras, tarde o temprano, se vuelvan corruptas e ineficaces” (EG 189).

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