Solemnidad de la Natividad del Señor

Catedral – 25 diciembre 2013

1. Acabamos de escuchar unas palabras sobrecogedoras: “Y el Verbo se hizo carne, y acampó entre nosotros”. En ellas se encierra la verdad central de todo el tiempo de Navidad. El Hijo de Dios, un solo Dios con el Padre y el Espíritu Santo pero persona distinta del uno y del otro, se ha hecho hombre verdadero. Se ha hecho “carne”, es decir, se ha hecho uno de nosotros, con todas nuestras debilidades y limitaciones, menos el pecado. No es que sea “como si” fuera hombre, pero que en realidad no lo es, sino que se ha hecho hombre de verdad.

Ciertamente, él es el Creador del Cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible, todo fue creado por él y para él, es el centro de la creación, él es anterior a todo, en él reside la plenitud de la divinidad. Pero se ha hecho hombre. Por eso, estuvo nueve meses en el vientre de María, nació como hemos nacido todos: pequeño, desvalido y necesitado de todo, fue creciendo en edad y en sabiduría, sufrió con los desprecios y se alegró cuando la gente le acogía, se cansó cuando trabajaba, necesitaba comer, dormir y descansar, morir de verdad y resucitar. Todo esto es tan opuesto a nuestra concepción humana de lo divino, tan contrastante, tan inesperado, que fue la primera verdad que negaron los herejes. No negaron que Jesús fuera verdadero Dios sino que fuera verdadero hombre. La Iglesia reaccionó de inmediato, condenando esa posición y confesó que Jesús es verdadero hombre.

2. El Credo que profesamos todos los días festivos –hoy también lo haremos– nos da la clave para entender por qué es tan importante confesar que Jesucristo es verdadero hombre. “Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo y se encarnó y se hizo hombre”. Esta es la razón última por la que el Verbo se hizo hombre: porque ha venido a salvarnos, a redimirnos, a devolvernos la condición de hijos de Dios que perdimos con el pecado de nuestros primeros padres, cuando desobedecieron en el Paraíso. Si un hombre verdadero se había revelado contra Dios, un hombre verdadero tendría que reconciliarle con él. Por eso, de la verdad de la Encarnación depende la verdad de la Redención. Hemos sido realmente redimidos, porque Jesucristo se hizo verdadero hombre y murió por nosotros.

3. Efectivamente, así ha ocurrido: el Verbo Encarnado nos ha salvado y nos ha redimido y nos ha hecho hijos de Dios. Quienes le acogen como salvador y redentor, nos dice hoy san Juan, reciben la capacidad de nacer de nuevo, “no de carne y sangre ni de amor humano, sino de Dios”. Es decir, pueden convertirse en verdaderos hijos de Dios. Esto es lo que se ha realizado con todos nosotros el día en que recibimos el Bautismo. Ese día, nacimos por segunda vez en virtud del agua y del Espíritu Santo, y nos convertimos en verdaderos hijos de Dios. Fuimos hechos “hijos en el Hijo”, como profesa la fe de la Iglesia. Esta verdad tendría que llenar de gozo y alegría toda nuestra vida. ¡¡Somos hijos de Dios!! Y lo seremos siempre. Aunque queramos, no podemos dejar de serlo. Sucede lo mismo que en la generación humana: podremos ser malos hijos, renegar de nuestros padres, decir que no queremos que nos tengan como hijos suyos. Pero lo que no podremos nunca es dejar de ser sus hijos. No somos, pues, extraños, ni enemigos, ni indiferentes respecto a Dios. Somos sus hijos. Por eso, él siempre busca nuestro bien, siempre nos ayuda, siempre está dispuesto a perdonarnos, siempre cuida de nosotros, siempre nos mira bien, incluso aunque nos portemos mal con él.

4. Por gracia, no por nuestros méritos, nosotros ya somos hijos de Dios. A pesar de nuestras debilidades y limitaciones, a pesar de todos los pesares, hemos creído en Jesucristo, hemos aceptado su Persona y hemos sido introducidos en la familia de Dios. Con altibajos y pasos inciertos, seguimos conectados a la fe y a la práctica religiosa. Nuestra presencia aquí es la mejor prueba. Otros muchos no tienen tanta suerte. Unos, porque todavía no han tenido la oportunidad de conocer a Jesucristo; otros, porque le acogieron, pero luego se apartaron de él. Tantas veces no por mala voluntad, sino porque se escandalizaron ante el dolor, sobre todo, ante el dolor de los inocentes y las injusticias; o ante el mal ejemplo de algunos sacerdotes y obispos. Otras veces, se fueron enfriando poco a poco, hasta dejar de practicar y, más tarde, incluso de creer. Seguramente que todos tenemos familiares, amigos, colegas y conocidos que se encuentran en esta situación.

Nosotros no podemos quedarnos indiferentes ante ellos. Hemos de reaccionar. No para condenarlos, sino para reaccionar en positivo. En primer lugar, hemos de pedir al Señor, especialmente durante estos días, que les devuelva la alegría de la fe, la alegría de volver a la casa de Dios, la alegría de volver a la práctica religiosa.

Pero hemos de ir más lejos. Tenemos que perder el miedo a hablar con ellos de estas cosas. Dios no puede ser el gran ausente de nuestras conversaciones. Por desastrosa que pueda ser una situación, por irreversible que nos parezca un determinado estado de cosas, por alejadas de Dios que puedan estar, Dios siempre puede cambiar aquellas vidas. De hecho, todos los días se están acercando a Dios personas que se encontraban enfrentadas con él o alejadas de él desde hacía muchos años. Y todos tienen la misma experiencia: han reencontrado la alegría verdadera, esa alegría que sólo Dios puede dar.

Ésta es la Iglesia que está reclamando el Papa. Una iglesia en la que todos y cada uno de los bautizados sea un misionero, un apóstol, alguien que anuncie con su testimonio y con su palabra la Buena Nueva del Evangelio.

¡El día en que hagamos esto, ese día cambiará el mundo!

Pidamos al Señor, que enseguida convertirá este altar en un nuevo portal de Belén, donde él se hará presente, que nos comunique su amor hacia todos los hombres, especialmente a los que están más alejados y necesitados de Él.

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