Diaconado permanente: ¿moda o necesidad?

Son muchos los que se hacen hoy esta pregunta. Y la respuesta demuestra que ambas realidades se reclaman mutuamente: el diaconado permanente es una novedad importante en la actual situación eclesial, precisamente por su necesidad

La historia del diaconado permanente se remonta a los orígenes cristianos. En el año 55, san Pablo habla ya de la figura del diácono (Filp 1,1) y de sus requisitos: Los diáconos deben ser dignos, sin doblez, no dados a beber mucho vino ni a negocios sucios; que guarden el Misterio de la fe con una conciencia pura. Probados primero y después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos» (1Tm 3, 8-10). Su carta fundacional razona su necesidad: No parece bien que nosotros (los doce) abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los nombraremos para este cargo; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra”» (Hch 6, 1-4).

 

  A tenor de las condiciones exigidas, se trata de un ministerio importante. Así lo atestigua la primitiva cristiandad, por boca de uno de sus obispos más insignes, san Ignacio de Antioquía, cuando dice: “Que todos reverencien a los diáconos como a Jesucristo”. Y queda corroborado por el testimonio inapelable del diácono San Esteban, que, en adelante, va a marcar la impronta diaconal. A su vera, con el tiempo, florecerán las figuras estelares de los españoles, san Lorenzo y san Vicente, y del Doctor de la Iglesia, san Efrén, entre otros.

diaconado permanente burgos

Los dos diáconos formados en la diócesis de Burgos, Enrique Pérez y David Jiménez, junto con sus familias.

 En su servicio diaconal no deja de sorprender la variedad de tareas, que, más allá de la liturgia, espiritualidad y evangelización, inciden en su campo más específico, que les impulsa incluso a salir a la calle en busca de pobres y enfermos. Es lo que refleja un antiguo código eclesial sirio del siglo III –la Didascalía- y que hoy traduciríamos por “la opción preferencial por los pobres” (toda clase de pobres, no sólo en el sentido material). Su influencia llega a ser tal que se les confían responsabilidades tan delicadas como la cuestión de la economía de la Iglesia (sobre todo para el servicio a los necesitados). Y en el siglo III, en un relevante documento de Roma – La Tradición Apostólica– aparece ya la figura del diácono como un auténtico ministerio eclesial, tras los obispos y presbíteros, pero especialmente vinculado al obispo, como reza un texto paralelo: “Tengan, pues, el obispo y el diácono una misma mente… Sea el diácono el oído del obispo, y su boca y su corazón y su alma”.

 

 Esta calidad  diaconal, símbolo palpable de la diaconía (servicio) de Cristo, va a alcanzar su esplendor en el siglo IV, en que por una serie de circunstancias (competencia con los presbíteros) y cambios profundos (aparición de las parroquias) termina diluyéndose el estatus de este ministerio, para quedar  reducido a algunas funciones litúrgicas y como paso previo al sacerdocio. Esta es la situación  durante toda la Edad Media (véase santo Tomás de Aquino) que, fuera del intento fallido de  restauración en el Concilio de Trento, ha permanecido hasta 1950. Fue entonces, en vísperas del Concilio Vaticano II, cuando en Alemania un grupo de personas, profundamente comprometidas en las labores de la Iglesia, reclama la ordenación diaconal. Y son los obispos alemanes, en gran medida, quienes se hacen eco de este deseo y solicitan al Concilio la restauración del diaconado permanente. Surge así en la asamblea conciliar una profunda reflexión que por fin establece las condiciones para el acceso a dicho ministerio de hombres casados (sólidos en su matrimonio, familia y profesión), dejando el tema en manos de las conferencias episcopales.

 

 La razón profunda para su restauración ha sido que las funciones correspondientes a la esencia del diaconado serían muy difíciles de cumplir hoy, en muchos ámbitos,  sin este  ministerio. Desde aquí es fácil comprender la diferencia entre el ministerio del sacerdocio y del diaconado. El diácono no es un minisacerdote, ni un tapagujeros por la escasez de sacerdotes. Tampoco se le ha de ver como el paso obligado para acceder al sacerdocio, sino como el que desarrolla el sacramento del Orden en su triple estructura original, como ministerio propio e independiente (LG 29), lo que explica que su restauración constituye un enriquecimiento importante para la misión de la Iglesia. Y lo prueba su acogida, con una singularidad muy llamativa: no han sido las iglesias “de misión” (Africa, Suramérica), sino “las de cristiandad” (Norteamérica y Europa) las que están desarrollando con verdadero gozo y provecho este ministerio. En este ámbito es donde ha surgido una reflexión muy valiosa que destaca el papel decisivo de este ministerio para que en la comunidad cristiana se mantenga vivo y se practique el espíritu de la diaconía. No en vano conviene saber que Francisco de Asís fue diácono, ejemplo formidable para una Iglesia del servicio.

 

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