Una familia de misión en Hungría

Chema Palacios y Amaya Francés son un matrimonio con seis hijos que han decidido dar un paso delante de entrega a Dios a través de la evangelización. Toda la familia, que residía en Burgos, se traslada a vivir a Hungría, a la localidad de Miskolc, de 160.000 habitantes, para un proyecto de evangelización que no tiene fecha de regreso.

 

Su vivencia de la fe se fraguó desde hace años en la Comunidad Neocatecumenal de la parroquia de San Pablo. Chema es ingeniero agrícola y Amaya profesora de religión. Sus hijos son Carmen, Inés, Miguel, Marta, Miriam y Antonio, tienen entre los 11 años de la mayor y el añito del pequeño. Atendiendo la llamada del Señor lo han dejado todo: trabajo, amigos, colegio… para entregarse a evangelizar en un mundo que cada día necesita más conocer de cerca la Palabra de Dios.  

 

El país al que esta numerosa familia se va de misión es Hungría, concretamente la ciudad de Miskolc, cercana a la frontera eslovaca. «En en el camino neocatecumenal hay familias que se van en misión –explica Chema–; Amaya de pequeña ya vivió un experiencia similar en Costa de Marfil. Cuando pidieron estas misiones reflexionamos sobre ello y en una convivencia decidimos dar el paso definitivo y decir que sí». Por supuesto, no sabían que el destino iba a ser Hungría, y se enteraron de ello más tarde, en una reunión en Italia con el resto de familias dispuestas a vivir esta experiencia. Allí tuvo lugar un «sorteo», donde les tocó la ciudad de Miskolc, y más tarde, el 16 de marzo, recibieron la bendición del papa Francisco durante una ceremonia de envío.

Como una familia húngara más
Familia Palacios-Francés

Familia Palacios-Francés

 

Los niños son los principales afectados por el cambio, pero sus padres cuentan que no han puesto ninguna pega: «En realidad es una decisión unánime de toda la familia. Ellos son conscientes de que lo van a pasar mal al principio, que van a sufrir porque allí no conocen a nadie y tendrán que hacer amigos. Pero lo han acogido con naturalidad, sin angustia y lo aceptan tal cual es». Y eso que la vida no se les presenta, de primeras, sencilla: «Vamos a vivir como una familia más, no tenemos trabajo y deberemos encontrarlo, tendremos que aprender a hablar húngaro y viviremos como el resto de los habitantes de la ciudad, del sueldo de nuestro trabajo. Si no lo encontramos y no tenemos medios de vida, deberemos replantearnos la situación».

 

Las familias que marchan de misión recalan en territorios donde hay muy poca presencia de la Iglesia. Así, se envían cinco familias de distintas partes del mundo que se han ofrecido para formar allí una comunidad cristiana. «Nuestra misión también será predicar por las calles, dar catequesis para adultos, pero sobre todo ofrecer un testimonio de vida», cuenta Chema. «Se trata de anunciar a los demás lo que Dios ha hecho con nuestra vida, que nos hemos sentido queridos y perdonados, que Dios nos ha llamado con esta forma de vida regalada para que otros puedan creer con nuestro testimonio».

 

Según este matrimonio, la misión en familia es una de las consecuencias de los tiempos que toca vivir: «Antes a las misiones iban los religiosos, pero ahora estamos ante un tiempo nuevo que requiere, como dice el papa Francisco, una nueva evangelización. Somos los laicos quienes debemos asumir esta responsabilidad, cada uno desde nuestra posición. Nosotros en esta misión, pero cada uno tenemos una misión propia que cumplir, otras familias la tendrán en Burgos con sus compañeros de trabajo, con el vecino de al lado, o donde Dios quiera, lo importante es afrontarla con confianza en el Señor, sin miedo porque Él siempre está de nuestro lado y espera nuestro sí».

Sin fecha de regreso

La familia Palacios-Francés se marchan sin idea de cuándo volver: «Igual que hemos ido voluntarios, podemos volver cuando lo consideremos necesario o las circunstancias nos obliguen. No tenemos nada previsto en principio». Cuentan que los días previos al viaje los están viviendo con alegría, como una llamada de Dios a la que han respondido, «y que nos supone dejar la casa, a familia, el trabajo, los amigos, nuestra forma de vida. Es una llamada de Dios a la que hemos dado el sí y lo afrontamos contentos e ilusionados, confiamos en el Señor y no tenemos ninguna angustia, ni temor, ni miedo a nada, sino mucha paz interior que nos viene del cielo».

 

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