El gozo y la belleza del amor familiar

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez, para el domingo 10 julio 2016.

 

La exhortación apostólica Amoris Laetitia, La alegría del amor, es un hermoso texto que el Papa Francisco ha regalado a la Iglesia al final del recorrido del Sínodo de los Obispos; un camino que se ha prolongado durante dos años cuyos frutos deben continuar en la medida en que todos vayamos redescubriendo y testimoniando el tesoro del amor vivido en familia y como familia.

 

Me complace ofreceros la invitación a acoger con cariño e interés este documento del Papa y os sugiero la posibilidad de leerlo despacio precisamente en este periodo del año. Es tiempo vacacional, el ritmo de las actividades profesionales y escolares se suaviza, hay más ocasiones para la convivencia, se comparten viajes y excursiones, se disfrutan con gozo momentos de ocio… Estas ocasiones de encuentro son favorables para saborear, agradecer y profundizar las raíces del amor que alimenta la vida familiar y también para sanar las heridas o el cansancio que haya podido causar la rutina y el peso de los días. A ello puede contribuir sin duda la lectura reposada del documento papal o al menos algunos de los capítulos que os resulten más adecuados o atractivos.

 

Los medios de comunicación social, como sucede tantas veces, han puesto en el foco de atención temas polémicos, referidos a casos o situaciones difíciles y dolorosas. Ciertamente son problemas humanos que merecen nuestra comprensión, nuestra cercanía y nuestro acompañamiento. Pero no se pueden afrontar de modo simplista y superficial. El capítulo VIII, “Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”, analiza estos temas desde una actitud de acompañamiento pastoral dirigiendo una mirada profunda a la complejidad de la vida familiar, y acentuando siempre el misterio y el milagro del amor entre los esposos para formar la familia como “parte del sueño de Dios”.

 

Ese es el tesoro que os invito a redescubrir y a testimoniar en el momento presente. La alegría del amor matrimonial y familiar, nos dice el Papa, es el júbilo de la Iglesia. Por eso sus palabras son ante todo un canto a esa experiencia tan hondamente humana que es a la vez profundamente divina. La dignidad de ese amor es tan  elevada que la familia constituye el reflejo viviente de la misma Trinidad, que es comunión de Personas. La pareja que ama y engendra vida es «símbolo de las realidades íntimas de Dios». Gracias a ello podemos comprender que cada ser humano ha sido creado a imagen de Dios.

 

En la comunidad de vida y amor el hombre y la mujer encuentran la felicidad, porque superan la tristeza de la soledad y realizan la vocación más profunda de la persona humana:   experimentar la belleza del don recíproco y gratuito, la grandeza de la entrega mutua, la acogida gozosa de la vida que nace. “Las alegrías más intensas de la vida, dice el Papa, brotan cuando se puede provocar la felicidad de los demás”.

 

La sociedad también debe agradecer la propia  existencia a las familias, porque constituyen el ámbito primero y privilegiado de socialización, cuando los padres asumen la tarea artesanal de la educación y de la maduración de los hijos y cuando manifiestan su solidaridad y sensibilidad ante los que sufren y están solos o abandonados.

 

No podemos vivir de idealismos, advierte el mismo Papa, porque no existen las familias perfectas, viven normalmente entre los dolores y las crisis propias de la fragilidad humana. Ahora bien, si el amor es un don de Dios hay que cuidarlo y cultivarlo desde las actitudes y gestos más sencillos y cotidianos: demostraciones de afecto, capacidad de perdón, generosidad para hacer las paces todos los días, dedicar tiempo al diálogo y a la convivencia, sensibilidad para dar gracias… Es muy bello el capítulo IV donde el Papa glosa el himno a la caridad de San Pablo, ofreciendo indicaciones concretas para los esposos en una especie de instrucciones sobre el amor.

 

Amoris Laetitia no es un texto teórico desconectado de los problemas reales de la gente. Pero la Iglesia no puede renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio. Ello lo hace apoyándose en la experiencia de tantas familias que, a pesar de su debilidad, brillan como una luz en la oscuridad del mundo. La pastoral familiar debe seguir esforzándose en fomentar estas actitudes para que haya familias que puedan acoger y acompañar a las que se encuentran en situaciones especialmente complejas y difíciles. El gozo, el agradecimiento y el compromiso marcan el camino y la tarea que Amoris Laetitia abre ante nosotros.

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