Os invito a seguir caminando

Mensaje semanal del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 4 de septiembre de 2016.

 

Al finalizar el período vacacional retomo esta buena y grata costumbre de dirigirme a todos vosotros cada semana con unas sencillas palabras. Sin duda estos mensajes dominicales contribuyen a mantener el contacto cercano, vivo y frecuente, entre el obispo y el conjunto de la diócesis, que yo tanto agradezco y deseo.

 

Después de la pausa veraniega, que es como un breve alto en el camino de todos los días, el camino sigue con sus llamadas, oportunidades y exigencias. Y yo os invito a seguir caminando con el paso nuevo y firme de la fe, de la esperanza y del amor que sigue teniendo el mismo nombre: misericordia.

 

En muchas localidades de nuestra diócesis todavía os estáis preparando para celebrar fiestas patronales, especialmente en torno a la Natividad de la Virgen bajo diversas advocaciones. De modo especial pienso en las solemnes fiestas de la Virgen de las Viñas en Aranda de Duero, en las que podré participar; y en las de la Virgen de Altamira en Miranda de Ebro; igualmente la peregrinación diocesana a Lourdes me permitirá compartir la entrañable y honda devoción mariana de nuestro pueblo cristiano. Así, en las diversas celebraciones, podremos invocar juntos como hijos a la Madre de la misericordia para que, como nos dice el Papa Francisco en Misericordiae vultus, «la dulzura de su mirada nos acompañe…a fin de que todos podamos descubrir la alegría de la ternura de Dios». Con esta confianza le pediremos que nos ayude para llevar adelante el proyecto eclesial y pastoral en el que deseamos seguir caminando.

 

Ya hemos reemprendido las actividades habituales, y al hacerlo nos sentimos en sintonía con el conjunto de la sociedad, que paulatinamente va asumiendo el ritmo cotidiano de las tareas profesionales, laborales, escolares… A todos vosotros os expreso mis mejores deseos para que vayáis cumpliendo vuestros objetivos e ilusiones con ánimo renovado, con espíritu positivo y atentos a cuanto sucede a nuestro alrededor para no pasar de largo. Nosotros, como Iglesia, a quien “nada humano le es ajeno” estamos dispuestos a aportar cuanto podamos para el bien común.

 

En nuestra vida diocesana, como ya sabéis, empezaron su tarea eclesial los nuevos Vicarios episcopales. Se han producido además algunos cambios en distintas parroquias y otros encargos pastorales que se irán llevando a efecto durante las próximas semanas. Espero que los implicados en estos servicios, como he repetido frecuentemente y como cada uno desea, desplieguen sus capacidades con entrega generosa y actitud de servicio. Las dificultades inherentes a todo cambio pueden transformarse en una oportunidad para asumir nuevos desafíos y plantear otras iniciativas si contamos con una verdadera espiritualidad de comunión.

 

Con la participación del Consejo Diocesano de Pastoral se ha ido perfilando el Plan Pastoral que nos ocupará los próximo años, del que os hablaré próximamente de modo más directo. Con él pretendemos que nuestra diócesis sea «casa y escuela de comunión», como pedía San Juan Pablo II, experiencia compartida del amor de Dios «que nos transforma en un “nosotros” que sana nuestras divisiones», como decía Benedicto XVI, o un «oasis de misericordia» e «Iglesia sinodal, de escucha recíproca en la que cada uno tiene algo que aprender»,  como nos pide el Papa Francisco; desde el hogar eclesial, como discípulos misioneros, podremos salir al encuentro de todos los que necesitan nuestra palabra y nuestro compromiso.

 

A través de las variadas experiencias que he ido teniendo durante los meses que llevo entre vosotros he podido constatar las potencialidades y posibilidades de nuestra diócesis. Estoy convencido de que el Espíritu Santo despertará la ilusión de muchos que sienten la Iglesia como su casa y su familia para servir a nuestra sociedad y al mundo entero. Sostenidos por esa fuerza podremos conseguir y celebrar juntos pequeños y grandes objetivos.

 

Por mi parte recuerdo y repito lo que decía en la homilía de la primera Eucaristía que presidí en Burgos. Hacía mías las palabras con las que Evangelii Gaudium presentaba la misión del obispo: «Fomentar la comunión misionera en su diócesis, siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma»; así mismo expresaba mi disposición, que ahora entrañablemente os reitero, para «acompañar y compartir, escuchar y proclamar, confirmar y corregir, vendar y perdonar, y sobre todo amar, amar y servir».

Comentarios

Se el primero en publicar un comentario.

Danos tu opinión