Los carismas rejuvenecen la Iglesia

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 9 de octubre de 2016.

 

El pasado mes de mayo la Congregación para la Doctrina de la Fe envió a todos los obispos una carta titulada Iuvenescit Ecclesia. El título está tomado del Vaticano II, de la constitución dogmática sobre la Iglesia, y es muy significativo: «La Iglesia rejuvenece» gracias al poder del Evangelio y gracias al Espíritu que la renueva continuamente y la guía con diversos dones jerárquicos y carismáticos que acompañan y animan su vida y misión.

 

Me parece oportuno haceros una breve presentación de este documento ya que tiene que ver con la experiencia eclesial concreta, pues ofrece una perspectiva que nos ayuda a afrontar los desafíos y proyectos del presente con el dinamismo que nos hemos trazado en el plan pastoral de la Diócesis: cuando escuchamos la llamada a salir al encuentro de las necesidades humanas y de los que no han escuchado el Evangelio, cuando estamos implicados en un proceso de conversión pastoral, cuando debemos releer toda la vida cristiana en clave misionera, cuando la evangelización es nuestra tarea más urgente, cuando nos esforzamos por ser discípulos misioneros, resulta más necesario y estimulante reconocer y apreciar los muchos carismas que en nuestra propia Iglesia pueden despertar, contribuir y alimentar la vida de fe del Pueblo de Dios.

 

Los carismas, se dice en esta carta, son dones de Dios, del Espíritu Santo, de Cristo, dados para contribuir de diferentes maneras, a la edificación de la Iglesia, el bien de los hombres y las necesidades del mundo. Los dones jerárquicos y carismáticos, tienen el mismo origen y el mismo propósito. Las relaciones entre ellos han de ser estrechas y articuladas. Quien ha recibido el don de guiar en la Iglesia también tiene la tarea de vigilar sobre el correcto funcionamiento de los otros carismas, para que todo contribuya al bien de la Iglesia y su misión evangelizadora.

 

Debemos por ello cultivar nuestra capacidad para discernir la presencia de los carismas entre nosotros, superando el prejuicio de pensar que los carismas sólo surgen en momentos o situaciones muy especiales. En realidad el Espíritu sigue otorgando con generosidad sus dones también hoy, entre nosotros. Entre los dones carismáticos hay muchos que son recibidos y vividos por personas concretas dentro de las comunidades cristianas. Otros carismas son vividos por grupos, movimientos, comunidades, familias espirituales, que proponen formas renovadas de seguimiento de Cristo, y que llevan a los nuevos contextos sociales la atracción del encuentro con el Señor Jesús y la belleza de la existencia cristiana vivida integralmente.

 

Todo ello, como ya decía San Juan Pablo II, es una respuesta providencial a las necesidades actuales de la Iglesia. Porque los  Carismas son gracias especiales del Espíritu Santo dados para servir a la edificación de la iglesia, el bien de los hombres y las necesidades del mundo. Por eso deben ser para nosotros motivo de alegría y satisfacción, de reconocimiento y de acogida.

 

Ahora bien, todos estos carismas, como nos recuerda la carta que comento, deben insertarse en las Iglesias locales y en las parroquias, permaneciendo siempre en comunión con los pastores. La función y el dinamismo de esos dones deben acreditarse en el servicio a la diócesis en su vida cotidiana. Debe ser tarea y compromiso de todos la inserción de las realidades carismáticas en la pastoral de las Iglesias particulares, como servicio de la misión eclesial. Así fecundan la comunión de la Iglesia gracias a la conexión armónica y complementaria de muchos protagonistas unidos en el común empeño pastoral.

 

También el ministerio jerárquico es un carisma que está al servicio de estos dones que el Espíritu regala a la Iglesia; es tarea suya, impulsando la comunión eclesial, discernir los carismas, recibirlos con alegría y gratitud, promoverlos y dejarles espacio para su desarrollo y crecimiento. Es una responsabilidad que yo, como obispo, procuraré realizar con gozo para lograr, como nos pide el Papa Francisco, esa armonía que el Espíritu crea entre los diferentes dones y carismas.

 

Esos dones del Espíritu no son algo opcional en la vida de la Iglesia; es una obligación de todos nosotros dejar que se manifiesten para el bien común y para el rejuvenecimiento de nuestra Iglesia local, precisamente cuando estamos inaugurando nuestro Plan Pastoral.

 

El documento termina con una referencia a María, Madre de la Iglesia, a quien se invoca con las palabras que también hago mías, pidiendo que “con su ayuda eficaz y con su poderosa intercesión, los carismas distribuidos abundantemente por el Espíritu Santo entre los fieles sean dócilmente acogidos por ellos y den frutos para la vida y misión de la Iglesia y para el bien del mundo”.

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