La plenitud de los monjes del yermo

El próximo jueves se celebra la jornada de la vida consagrada. Burgos es la diócesis española con más monasterios contemplativos masculinos. El de Nuestra Señora de Herrera es quizás uno de los más desconocidos. Hoy viajamos hasta los Montes Obarenes para conocer la vida de los monjes Camaldulenses.

 

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En el silencio del yermo, los monjes buscan a Dios en el silencio.

 

Viven en un paraje solitario, rodeados de montes y bosques, sin ninguna población alrededor. Por algo recibe este lugar el nombre de «yermo». Y sin embargo, no les falta nada, tienen todo lo que necesitan: a Dios y su trabajo diario, que a Él se lo dedican. Ellos son los monjes eremitas Camaldulenses que habitan en el monasterio de Nuestra Señora de Herrera, los únicos de esta congregación que se encuentran en España y cuyo emplazamiento se sitúa en los Montes Obarenses, en el municipio de Herrera, que pertenece a Miranda de Ebro.

 

Allí consagran su vida a Dios doce monjes, lo que supone un repunte respecto al año pasado, cuando eran diez. El padre Pablo, quien atiende a todo aquel que quiera ponerse en contacto con la comunidad, explica que son las doce pequeñas ermitas o celdas que habitan y que tienen apariencia de casitas, las que condicionan el número de hermanos que se acogen en este lugar. Actualmente están todas ocupadas y ya no hay más plazas.

 

Preguntado sobre el porqué de este aumento de vocaciones, el padre Pablo y sus compañeros no ven una explicación: «No lo sabemos, pensamos que es la Providencia de Dios, ya que no hacemos ningún tipo de propaganda vocacional. Pienso que es también por la inquietud y la necesidad en algunas personas que manifiestan un deseo de buscar a Dios, que les lleve a una vida más sencilla y también más definida, y aquí encuentran lo que buscan».

 

La mayoría de los hermanos son españoles, y proceden de lugares como Andalucía, Valencia, Murcia o Madrid, aunque también hay monjes de Corea, Portugal e Italia.Siguen la regla benedictina, de manera que la estructura de su jornada diaria es afín a la de otros monasterios benedictinos o cistercienses. Es el oficio divino –la oración litúrgica– el que determina la división del día, porque se entiende que esta debe sostener la vida de oración del monje. «Para nosotros la primacía fundamental es la idea de oración y materialmente se apoya en la oración litúrgica», explica el padre Pablo. La jornada comienza a las cuatro de la madrugada y la ocupan una serie de oraciones (Maitines, Tercia, la hora Nona, Vísperas, etc.), la santa misa… y también hay ocasión para el tiempo libre.

 

La distribución de este queda en manos de cada monje, pero sigue siendo tiempo dedicado a la búsqueda de Dios y se ofrece a la lectura, a la oración o a algún trabajo físico que suponga un descanso, como pueden ser trabajos manuales, de huerta (tratan de producir sus propios alimentos para subsistir, sin fines comerciales), en el jardín… «Pero siempre se da primacía a la oración, porque tampoco nos sobra mucho tiempo, aunque pueda parecer que sí. El fundador de la congregación dice que el monje debe tener siempre más cosas para hacer que tiempo disponible, ya que entiende que la ociosidad es algo muy negativo en la vida contemplativa. Así que aunque tenemos momentos libres, uno no se plantea qué hacer durante ese tiempo, que se suele dedicar a la búsqueda espiritual mediante la lectura y la oración».

Retiros espirituales

El monasterio cuenta con hospedería y en ocasiones hay laicos que se acercan a vivir unos días de retiro y oración (la congregación pide a los huéspedes que su estancia sea con un objetivo claramente espiritual). «La hospitalidad es otra característica de la Regla de san Benito, pero en nuestro caso hay dos obstáculos: la primera, es que por las normas de clausura de nuestra congregación, en el interior del monasterio pasan solamente los hombres, y eso ya es un límite grande. Y pasa también que el monasterio es frío y nos calentamos con estufas de leña, y a esto no está todo el mundo acostumbrado. Así que cuando recibimos peticiones para venir en los meses de invierno, el mismo superior advierte de estas circunstancias para que se sepa que no va resultar muy cómoda la estancia».

Una vida en plenitud

Desde luego no es una vida cómoda y la exigencia espiritual y física es alta, pero esto se sostiene gracias a la vocación, que aunque no evita momentos duros, sí aporta la luz que hace falta para vivir de esta manera. Así lo explica el padre Pablo: «Está claro que físicamente, si lo comparamos con otras formas de vivir, es una vida dura porque se pasa mucho tiempo a la intemperie, ya que estamos en lo alto del monte, a 500 metros, y con unos meses de invierno rigurosos, pero para nosotros es una cuestión vocacional. Cuando se encuentra el sitio donde se entiende que Dios lo quiere y cuando se vive la vida en plenitud, uno lo hace con gusto. Se asume porque cualquier forma de vida tiene humanamente su parte exigente». Pero no es la parte física la más severa: «Lo más difícil para nosotros es quizás lo que es prioritario, porque el objetivo de nuestra vida es la unión con Dios a través de la oración continua, y llevarla a cabo es lo más bonito y deseable, pero también lo más difícil, porque hay distracciones, hace falta esfuerzo, humildad, continuidad… pero es por lo que se trabaja con más motivación también. A nivel físico hay muchas incomodidades, pero todo eso se queda claramente en un segunda plano».

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