Religión, violencia y paz

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 15 de octubre de 2017.

La religión está siempre expuesta a ser manipulada o instrumentalizada por intereses políticos e ideológicos, lo que conduce con frecuencia a enfrentar unas religiones con otras o a los creyentes con diferentes posturas ideológicas. Durante los últimos años el mundo ha sufrido, y nos han conmocionado de modo especial, graves atentados terroristas realizados en nombre de creencias religiosas. Estos acontecimientos han sido utilizados por algunas corrientes de pensamiento para menoscabar la religión y desautorizar o deslegitimar a los creyentes de todo tipo; porque la fe sería, según ellos, fuente de violencia, de confrontación, de odio, de fundamentalismos. Por eso algunos intelectuales reivindican el ateísmo como única garantía para la paz y la convivencia.

 

Estas ideas son a veces tema de debate en los medios de comunicación y también en conversaciones particulares. Constituyen por eso una cuestión pastoral, pues en ese ambiente se desarrolla nuestra vida y nuestro testimonio como cristianos. Por ello deseo este domingo comentar algunos criterios que nos permitan dar razón de nuestra fe y recordar, con clara conciencia de ello, que el Evangelio es fuente de paz y de reconciliación.

 

«El mundo está en guerra», declaró el Papa Francisco en su viaje a Cracovia. «Pero no se trata de una guerra de religiones, aclaró, a pesar de los acontecimientos que tienen lugar y la publicidad dada en los medios de comunicación. Es una guerra de intereses, por dinero, por los recursos de la naturaleza, por el dominio de los pueblos». «No es una guerra de religiones, insistió, porque todas las religiones quieren la paz». Para evitar el peligro de que esta verdad se distorsione, se debe fomentar el diálogo entre las religiones y además configurar un espacio público de sana laicidad que haga posible la convivencia entre grupos y personas que piensan de modo distinto.

 

El diálogo entre las religiones viene siendo una de las grandes preocupaciones y objetivos de los últimos Papas. Merece ser recordado el carácter simbólico y profético de San Juan Pablo II cuando en 1986 convocó a líderes religiosos del mundo a un encuentro de oración en Asís. El Papa Francisco, busca permanentemente en sus viajes el encuentro con representantes de las diversas religiones. Pide con fuerza desenmascarar la violencia que se reviste de sacralidad; la religión nunca puede justificar la violencia, porque la violencia es la negación de toda religiosidad auténtica. Las religiones deben llevar la ternura misericordiosa de Dios a una humanidad necesitada y herida, han de ser puertas de esperanza para derribar los muros levantados por el miedo o el orgullo.

 

Un ejemplo magnífico de esta actitud nos resulta especialmente cercano. Un misionero comboniano burgalés, Jesús Ruiz Molina, formado en nuestro seminario, ha sido nombrado obispo auxiliar de la diócesis de Bangassou, en la República Centroafricana. Será consagrado el próximo doce de noviembre, pero no en la catedral de la diócesis sino en la catedral de Bangui, la capital de país, que se encuentra a más de 700 km de distancia. La razón es que la catedral de la diócesis acoge a más de dos mil personas, la mayoría musulmanes, porque están amenazados por otros musulmanes que han asaltado la catedral y la misión de modo violento. En tales circunstancias la Iglesia, por medio de los misioneros, intenta contener la violencia, apoyar a los más débiles y establecer medios de convivencia y encuentro. Así lo hizo el mismo Papa Francisco cuando visitó el país, iniciando allí el Año de la Misericordia, haciéndose presente en la mezquita principal de la capital.

 

Junto al diálogo entre las religiones, los cristianos promueven la paz defendiendo también una laicidad sana en la que puedan convivir las distintas ideologías. El mundo actual rechaza todo tipo de tutela o protección por parte de las autoridades religiosas. Ninguna concepción religiosa, filosófica o política puede imponer por la fuerza una idea particular de lo que es bueno o justo. Pero tampoco ningún poder civil debe marginar a las religiones al espacio privado, (a la sacristía, como solemos decir familiarmente). La libertad religiosa exige que todas las religiones puedan contribuir en el espacio público a la defensa de la dignidad y de los derechos fundamentales de las personas. Porque, se reconozca o no, poseen una sabiduría capaz de enriquecer los debates públicos y de iluminar las decisiones adoptadas por medios democráticos.

 

Estas actitudes, que os he ido reseñando, deben acompañar y estimular nuestra actividad pastoral y evangelizadora. Las circunstancias actuales, tan complejas, no son motivo para el desánimo, sino para vivir con responsabilidad nuestra fe y proponer el Evangelio como escuela de convivencia y de paz.

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