Pregón de Navidad

Pronunciado por el arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, en el Círculo de la Unión el 20 de diciembre de 2017.

Estamos ya en estos días tocando la Navidad, las fiestas quizás más entrañables del año. Las calles de nuestra ciudad están engalanadas, los villancicos ya resuenan por sus plazas, las familias programan sus encuentros… En este ambiente, se me invita a ser pregonero en este Círculo de la Unión, lugar tan significativo de encuentro, de ocio, de cultura, invitación que agradezco a la Junta directiva. Pero, ¿qué es un pregonero?

 

Quizás os vengan a la memoria los pregoneros que recorrían nuestros pueblos de Castilla cuando éramos niños, con su corneta o su tamboril. El pregonero, lo sabéis muy bien, es el que anuncia desde el balcón público lo que va a acontecer en la villa. Bien cerca de aquí, desde el balcón de nuestro Ayuntamiento, el pregonero sale cada semana a esa terraza pública para convocar a la ciudadanía en el comienzo de la sesión del Concejo. El pregonero es el encargado de poner voz a los sentimientos y acontecimientos que durante estos días van a suceder. El pregonero, sobre todo, tiene la misión de abrir los oídos a los que no oyen o no quieren oír, a los que pasan despistados por la vida, sin enterarse más allá de lo que sucede en su corta distancia. Su función no es otra sino espabilar el oído y aguzar la vista para que todo el mundo se entere y se aproveche de lo que va a suceder. Es aquel que invita a disfrutar y gozar de lo bello. En una cultura de la indiferencia y del individualismo como es la nuestra, en una cultura de la secularización y del indiferentismo, en una sociedad tan intercultural y globalizada como la que vivimos es importante la tarea de los pregoneros que anuncien, que preparen y calienten corazones, que aviven los deseos para que permitan la vivencia de la auténtica Navidad.

 

Por eso, es difícil el arte del pregonero, porque previamente, para poner voz a los sentimientos y abrir el apetito a los sordos y despistados, ha tenido que embeberse de aquello que va a suceder y ha de ser fiel a los hechos, para que lo subjetivo de su mirada, no distorsione la objetividad de los hechos a relatar. Me gustaría poder activar en todos los que hoy nos hemos reunido aquí, los mismos sentimientos que los niños tienen la víspera de la fiesta de los Reyes: sentimientos que nacen porque ha habido antes muchos pregoneros que les han anunciado la belleza de ese día. Y por eso están deseando que llegue, para poder disfrutar, compartir y aprovechar por ellos mismos lo que se les ha anunciado.

 

Pregoneros en la primera Navidad fueron los ángeles. Aquellos se acercaron a las gentes sencillas de Belén, a los pastores vigilantes que cuidaban sus rebaños, y les despertaron la curiosidad por la más grande de las Noticias jamás contadas: la presencia de un Niño recién nacido entre ellos. Pero no un niño cualquiera, sino un Niño que era el Mesías, el Salvador, el Esperado. Su pregón en aquella primera Navidad fue el primer anuncio de la venida de Dios a la tierra y cumplió ampliamente su cometido: presurosos, los pastores dejaron atrás su comodidad, dejaron su seguridad y sus costumbres y fueron deprisa confiados a encontrarse con corazón abierto ante el mensaje que únicamente habían escuchado. Así lo dice San Pablo: “La fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo” (Rom 10, 17). Y aquellos pastores que escucharon, lo vieron y lo adoraron, es decir, lo reconocieron. Y porque se encontraron con Aquel que es don y gracia, también ellos ofrecieron sus presentes como respuesta consecuente de ofrenda y donación. Porque una vida que se abre al misterio de Dios también se abre al misterio de la gratuidad y de la generosidad en los hermanos.

 

Ese es mi cometido en esta tarde. Anunciar y despertar la curiosidad, la motivación, el deseo, para que juntos nos abramos al Acontecimiento de Belén que este año 2017 vuelve a suceder. Porque la Navidad no es un hecho del pasado: es una Buena Noticia que se perpetúa en el tiempo y vuelve a sorprendernos con total novedad año tras año. Quizás es esta una de las tentaciones que tengamos que evitar: la de creer que ya lo sabemos, la de pensar que ya lo hemos vivido, la de no admirar lo que ante nuestros ojos acontece, la de estar acostumbrados y no dejarnos sorprender por lo que una vez más vamos a contemplar. Por eso, la Navidad la viven especialmente los niños: porque el corazón del niño es el que es capaz de sorprenderse y admirar, lo que les permite vivir en plenitud el Misterio de la Navidad. Quizás por eso el Maestro nos lo advertía: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”.

 

La liturgia de la Iglesia, como buena maestra, se encarga en estos días de avivar en nosotros ese deseo, de espabilar el oído para preparar el terreno de nuestro corazón y de esta manera despertar en nosotros la necesidad que tenemos de que Dios acampe y entre en nuestras vidas cada vez más. Hay dos himnos que la Iglesia reza en estos días y que hoy también me atrevo aquí a proclamar:

 

“Preparemos los caminos / ya se acerca el Salvador / y salgamos, peregrinos, / al encuentro del Señor. / Ven, Señor, a libertarnos, / ven tu pueblo a redimir; / purifica nuestras vidas /y no tardes en venir. / El rocío de los cielos / sobre el mundo va a caer, / el Mesías prometido, / hecho niño, va a nacer. / Te esperamos anhelantes / y sabemos que vendrás; / deseamos ver tu rostro / y que vengas a reinar. / Consolaos y alegraos, / desterrados de Sión, / que ya viene, ya está cerca, / él es nuestra salvación” (Liturgia de las Horas).

 

O ese otro que dice: “Mirad las estrellas fulgentes brillar, / sus luces anuncian que Dios ahí está, / la noche en silencio, la noche en su paz, / murmura esperanzas cumpliéndose ya. / Los ángeles santos, que vienen y van, /preparan caminos por donde vendrá /el Hijo del Padre, el Verbo eternal, /al mundo del hombre en carne mortal. / Abrid vuestras puertas, ciudades de paz, que el Rey de la gloria ya pronto vendrá; / abrid corazones, hermanos, cantad que vuestra esperanza cumplida será. / Los justos sabían que el hambre de Dios / vendría a colmarla el Dios del Amor, /su Vida es su vida, su Amor es su amor / serían un día su gracia y su don. / Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor, / los hombres hermanos esperan tu voz, / tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor. / Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador” (Liturgia de las Horas)

 

Este pregonero os invita hoy a volver vuestros ojos al Misterio de Belén. Centremos el objetivo de nuestra mirada en las figuras centrales del Nacimiento. Pongamos en nuestras retinas el Belén de este salón que nos preside, o el belén de nuestros hogares, o el magnífico belén de nuestra Catedral, o los sencillos belenes de tantas de nuestras parroquias, iglesias, comercios, lugares… ¿Qué vemos allí? ¿Qué contemplamos?

 

A nuestros ojos se presenta una familia sencilla, una familia que acaba de tener un bebé que, frágil y sonriente, se abre al misterio de la vida. Podría representar esas familias de nuestra ciudad que viven con alegría el nacimiento de su hijo, al que esperan y anhelan. Pero lo que nuestros ojos ven y nuestra razón procesa, es solo parte de la realidad. Aquí, como en tantas otras cosas de la vida, si nos acercamos solo con la razón perdemos la perspectiva y percibimos parcialmente lo que nos llega. Por eso, la fe viene en ayuda de la razón para ayudarla a descifrar la auténtica verdad. Lo que con tanto cariño vemos no es una familia cualquiera, ni es un niño cualquiera, si se puede aplicar este calificativo a un niño que encierra una dignidad inviolable. En ese niño contemplamos al Rey de los Reyes, al Hijo de Dios, al Mesías esperado, al Enmanuel, al Dios con nosotros. Esta es la Buena Noticia que recogieron y siguen recogiendo hoy los artistas y poetas, como lo hizo en su tiempo con aquellos célebres versos el genial Góngora: “Caído se la ha un clavel hoy a la Aurora del seno. ¡Qué glorioso que está el heno porque ha caído sobre él”.

 

Si esto es así, si Dios se ha hecho Niño, si se ha Encarnado y venido a nosotros, la Navidad tiene, al menos, dos consecuencias inmediatas. La primera es poder exclamar: ¡Qué importantes somos nosotros! Ya lo afirmaba el genial Ortega y Gasset cuando decía: “si Dios se ha hecho hombre, ser hombre o mujer es lo más importante que se puede ser”. Por eso la Iglesia hoy y siempre defiende la dignidad de toda persona, que conlleva trabajar juntos por unas condiciones de vida digna para todos. Si cuando estamos en medio de estos hermosos parajes de nuestra provincia que poco a poco voy conociendo, en medio de sus valles, montañas, mesetas exclamamos que sentimos a Dios cerca, mucho más cercano está Dios cuando estamos con las personas, la maravilla de Dios cuya carne él mismo ha tomado. Por eso, celebrar la Navidad es celebrar la grandeza del ser humano que nos hace ser especiales… y que nos obliga a tratarnos los unos a los otros con especial cuidado y esmero. Como afirmaban y reflexionaban los Padres de la Iglesia: “Dios se hizo hombre, para hacer al hombre Dios”. Es este un gran misterio y un gran compromiso de la auténtica Navidad.

 

Pero hay una segunda consecuencia: si todo esto es así tenemos que volver a exclamar, ¡cuánto nos tiene que querer Dios! Como nos vuelve a decir San Pablo: “Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres” (Filp 2, 6-7). La Navidad es también el signo del amor de Dios. Él se ha hecho hombre para asumir nuestra condición y rescatarnos así desde dentro. Para eso entregó a su Hijo. Dios se vacía en este Niño. La ternura y la misericordia de Dios se nos dan en este Niño.

 

Viendo todo este acontecimiento de gracia y de amor, no extraña que lo que acontece en Belén se contagie también en el ambiente y en las relaciones que vivimos. ¿Verdad que en estos días se respira especialmente un aire de solidaridad y amor especial? Uno se puede preguntar si no será hipocresía o simple fingimiento. Si no es vaciedad y pura moda contagiada y condicionada por los otros… Pero quizás tendríamos que pensar que esto es precisamente a lo que estamos llamados a ser: estamos creados por el amor y para el amor. El amor, la misericordia y la ternura es la esencia de lo humano, son el auténtico rostro de las personas. Lo que es fingimiento y opuesto a nuestro propio ADN es el egoísmo, el individualismo, la mentira, la injusticia, el afán de lucro, la explotación, el racismo, la violencia… Todo eso es lo que nos despersonaliza, lo que nos aleja de nuestro auténtico camino, lo que nos desvirtúa y nos deshumaniza. Ante el Niño de Belén, como en la primera Navidad, como ante cualquier niño que se nos acerca, sacamos lo que genuinamente somos: nos mostramos con ternura porque estamos hechos para el amor, porque nacimos del amor de Dios.

 

Estos días próximos repetiremos un saludo muy profundo y sincero con aquellos con quienes nos crucemos y hablemos. A todos les desearemos una Feliz Navidad. Es cierto que para muchas personas de nuestra ciudad de Burgos habrá circunstancias que les impidan alcanzar en plenitud esa felicidad que les deseamos. Pienso especialmente en algunos colectivos a los que será difícil vivir la felicidad de esta Navidad del amor de Dios: me acuerdo de los que carecen de fe o se han desentendido de ella, para quienes estos días suenan a músicas celestiales que no van con ellos; pienso en los que se encuentran solos, los que no tienen familia o viven lejos de ella; recuerdo especialmente a los más pobres, a los que carecen de los bienes necesarios porque no tienen trabajo o lo tienen en precario, y acuden a nuestras Cáritas en ayuda de la solidaridad ajena. Desear Feliz Navidad en estas circunstancias no puede quedar en meras palabras: se convierte también en un compromiso que os invito a hacer realidad para que la felicidad que hoy expresamos alcance a todos. Compartamos la alegría de nuestra fe y contagiémosla con la certeza de sentirla como un encuentro con ese Niño tierno que nos invita a seguirle; creemos y fomentemos la fraternidad a la que nos convoca este Niño, también en este hogar y en tantas asociaciones de nuestra ciudad, de manera que combatamos la soledad y redescubramos la grandeza de la relación que nos hermana y nos aúna; y, por último, seamos generosos y compartamos nuestros bienes con los que menos tienen, como ante el Niño hicieron los pastores, para que se haga posible en todo lugar, y allí donde nos encontremos la dignidad de todos, la justicia y la paz.

 

Con estos compromisos, viviremos el sentido profundo de estas fiestas y haremos real, en nuestra vida y entre nosotros, la verdadera Navidad. ¡Feliz Navidad!

 

+ Fidel Herráez Vegas

arzobispo de Burgos

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