Imagen del mes: Pantocrator – Rey Eternal

Esta pieza podría datar del primer cuarto del siglo XIII y se considera que podría ser la clave del antiguo cimborrio de la Catedral, que se derrumbó la noche del 4 de marzo de 1539.

Pantocrator

 

Se considera que esta pieza, que representa al Pantocrator – Rey Eternal, corresponde a la clave del anterior cimborrio, que se derrumbó en la noche del 4 de marzo de 1539. Sus características permiten clasificarla como obra del primer cuarto del siglo XIII. Representa este relieve la imagen de Cristo, según el modelo siríaco, coronado y con barba, en el interior de la mandorla, bendiciendo con su mano derecha y sosteniendo con la izquierda un libro abierto con ambas páginas en blanco. Detrás de su cabeza el nimbo crucífero nos recuerda que el Crucificado es el Resucitado.

 

Su majestuosa figura surge y domina con sobria solemnidad prácticamente el espacio total de la mandorla, almendra mística (amýgdala en greco-latín). El Pantocrator se halla sedente y en disposición frontal. En la expresión de su rostro se percibe el eco enigmático de la «sonrisa ática», sonrisa misteriosa, ensimismada, indescifrable, siempre asociada a la sabiduría. La barba era un atributo viril que generalmente indicaba fuerza, sabiduría, valor y energía. En la antigüedad era signo de prestigio, que exigía grandes cuidados, Lv 19,27. En la parte central e inferior de su barba se dibuja un corazón.

 

El cuerpo no presenta una relación proporcional adecuada a la realidad. La túnica que viste tiene una bella cenefa que evoca la pedrería y el manto se cruza sobre sus rodillas bajo el brazo derecho. Los pliegues de ambas prendas son de indiscutible elegancia. La mandorla está rodeada de hojas trepadas que arrancan de la misma y se proyectan produciendo acusados contrastes.

 

El antiguo cimborrio

 

No hay datos de cómo y cuando empezó a construirse este cimborrio, aunque sí se sabe que el proyecto y la dirección inicial fueron del maestro Juan de Colonia y que finalizaría la obra su hijo Simón. Realmente no sabemos con seguridad cómo era este cimborrio, por tanto cualquier afirmación no pasaría de ser una mera suposición. No obstante puede ser bastante cierta la idea de que hubo una gran semejanza entre este primer gran cimborrio y el actual.

 

Quizás el tratarse de una obra innovadora sobre todo en lo estructural fue lo que motivó que se realizase sobre unos planteamientos no excesivamente estables, pues todavía no estaban totalmente definidos los sistemas de construcción de esta nueva arquitectura de la segunda mitad del siglo XV.

 

Casi no se había terminado esta maravillosa obra cuando fue imprescindible hacer arreglos que acabarían por convertirse en una continuada serie de reparaciones durante la última década del siglo XV. En 1495 aparecieron las primeras grietas, por lo que hubo que reparar la estructura y quitar unos capiteles que estaban a punto de caer. El cimborrio se convirtió en un continuo problema que ocasionaba reparaciones muy frecuentes y cuantiosos gastos de mantenimiento hasta que finalmente en la noche del 4 de marzo de 1539 se derrumbó. Este desastre fue probablemente el más importante sufrido por la Catedral de Burgos a lo largo de toda su historia. Algunas fuentes antiguas señalan que la caída estuvo precedida por un gran huracán.

 

Una vieja tradición recogida por Melchor Prieto señala que el derrumbe fue anunciado momentos antes de producirse por Santo Tomás de Villanueva, prior del convento de San Agustín de Burgos. El santo predijo en un sermón su hundimiento, hecho que tuvo lugar, según el relato de Prieto, a las tres de la tarde del 4 de marzo. Parece que en la hora no acertó. Realmente no era muy difícil predecir el hundimiento de un cimborrio que necesitaba ser apuntalado y reforzado de continuo.

 

Ante tan lamentable situación las obras de desescombro progresaron rápidamente. El 6 de octubre llegó la confirmación pontificia de las indulgencias concedidas. Los capitulares hicieron públicas las gracias espirituales que lograrían quienes trabajasen en las tareas de desescombro. Probablemente con toda esta ofensiva de gracias espirituales los canónigos estaban intentando reactivar el proceso, que quizás había entrado en decadencia. A finales de 1539 ya se habían terminado las tareas de evacuación de los cascotes.

 

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