Sin ti no hay presente, contigo hay futuro

En el día de la Iglesia Diocesana traemos el testimonio de personas que expresan qué es para ellos la Iglesia, por qué se sienten parte de ella y qué aportan desde su manera de vivir el evangelio.

iglesia diocesana

 

En la provincia de Burgos viven un total de 357.070 personas, de las cuales 314.222 se declaran católicas, según datos del INE. Pero no son ellas las únicas que se benefician de los servicios que la Iglesia ofrece desde sus 1.003 parroquias y otros 188 centros pastorales con asistencia permanente. El año pasado se celebraron en Burgos 1.416 bautismos, 1.837 primeras comuniones, 1.164 confirmaciones y 427 matrimonios. Además, la labor asistencial y caritativa de la diócesis alcanzó a 28.651 personas en 44 centros y más de 16.912 alumnos recibieron formación en alguno de los 25 centros educativos católicos.

 

Entre los datos estadísticos de la diócesis en 2018, figuran un total de 985 catequistas, 674 religiosos, 490 monjes/as de clausura, 371 sacerdotes, 34 seminaristas, 2 diáconos permanentes, 610 misioneros y 9 familias en misión, personas a las que se suma un ingente voluntariado que realiza todo tipo de tareas (solamente Cáritas cuenta con 792 voluntarios). Otros muchos colaboran contribuyendo a su sostenimiento económico. Sin ellos no sería posible desplegar la inmensa actividad que desarrolla la Iglesia en Burgos. Y es ahí donde el lema de este año cobra todo su significado.

 

¿Pero cómo entendemos cada uno de nosotros la Iglesia? «Yo suelo decir que la Iglesia son las personas que la forman, los bautizados y las personas trinitarias», sostiene el teólogo Eloy Bueno. «Y en este contexto que hablamos de Iglesia local, las personas que viven en un territorio y que no viven solo como partes yuxtapuestas, sino que son capaces de sentirse parte de un proyecto común, para que la Iglesia no sea cosa de capillismos ni de cortijos particulares sino que son capaces de integrar lo peculiar de cada uno en una misión compartida. Lo que sería terrible es que dentro de esa Iglesia hubiera compartimentos estancos».

 

«Antes de decir yo me siento Iglesia, destaco el hecho de que yo soy Iglesia. Porque en virtud de la fe y del bautismo, eso que da sentido a la propia vida de uno, uno se siente parte de una tradición, de una historia, porque la fe no se puede vivir de modo aislado, sino como grupo social que se hace presente para prestar un servicio en la sociedad», añade el también sacerdote.

 

El hogar donde estar en zapatillas

 

Para la religiosa adoratriz Consuelo Rojo, «la Iglesia es el lugar donde todas las personas deberían tener cabida, y de hecho muchas tienen cabida, y es el lugar donde podemos realizar el sueño de Dios en la humanidad. Sueño con una Iglesia en la que todas las personas, independientemente de su origen, su condición social, tengan su espacio, donde nadie se sienta juzgado y todo el mundo se sienta amado».

 

Consuelo, que está al frente del secretariado diocesano de Trata, cree que desde su carisma aporta «cosas diferentes, cosas que normalmente no se ven en la Iglesia». «Creo que somos esa parte pequeñita, a veces de respiro, de normalidad, de cotidianidad, de no reglas, de acompañar, que a veces en la Iglesia cuesta mucho verla porque todos son normas o directrices que hay que cumplir. Aportamos esa parte de acompañamiento, de cercanía, de estar, de no juzgar, de crear hogar, en el sentido amplio de la palabra. Para mí un hogar es un lugar donde todos puedan estar en zapatillas, como metáfora. Eso no siempre se consigue en la Iglesia. Queremos vivir el evangelio de una forma inclusiva, y que otras personas piensen de manera diferente a nosotras no es un problema, es un reto llegar a entendernos con personas que puedan pensar o vivir o estar de manera diferente en la Iglesia», explica.

 

Por su parte, José Andrés Pérez, presidente de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), entiende la Iglesia «como una mediación, como un elemento necesario que nos estructura, que nos unifica, que nos anima a tener un proyecto común; al final, la sensación que tenemos es que no es tanto sentirte parte de una Iglesia diocesana porque estás en un territorio sino porque tienes un proyecto común, porque tienes una idea similar, porque quieres caminar, porque ves que aun siendo muy diferentes y desde la pluralidad de sensibilidades, todos tenemos cabida y sentimos que estamos todos a una, bajo este paraguas de sentirnos Iglesia».

 

«En mi caso, desde mi ser hoacista, desde mi ser militante de la Pastoral Obrera, busco esa necesaria vinculación de tantas personas que están dentro del mundo del trabajo con la necesidad de presentarles un proyecto humanizado que es el de Cristo. ¿Qué puedo aportar? Aparte de esa sensibilidad hacia un espacio, un ámbito concreto que es el del trabajo, yo vivo también mi eclesialidad dentro de la parroquia, dentro de la diócesis, desde la delegación de Pastoral Obrera. Y al final te das cuenta de que aunque tengas una profesión civil, también la pones un poco al servicio de la Iglesia», apostilla.

 

«La Iglesia para mí es mi madre, es quien me lo ha dado todo», sostiene el sacerdote Juan Mariano de Lucio. «La Iglesia es el cuerpo de Cristo y esto es muy importante, porque creer en Cristo es creer en la Iglesia y por tanto amar a la Iglesia es amar a Cristo. Me siento Iglesia porque me siento hijo de Dios por el bautismo. Aunque claro, hay muchos que son bautizados y no se sienten Iglesia, quizá porque no han descubierto quién es Jesucristo… Pero cuando descubres quién es Jesús, entonces claro que te sientes partícipe».

 

Como sacerdote, el núcleo de su aportación a la Iglesia es la oración, el anuncio de la Palabra y la celebración de los sacramentos. «Y de esas tres cosas que la Iglesia me pide, se deriva todo lo que conlleva el ministerio sacerdotal: acompañar, dar catequesis, visitar enfermos. Como cura rural, visitar a las personas en sus casas, convivir con ellos, hacer la vida entre ellos el día a día… Pienso que la permanencia del sacerdote en el ámbito rural también testimonia que la Iglesia no se olvida de nadie. No va a lo cuantitativo, va a lo concreto, independientemente de que sean millones o diez, quince, cien personas».

 

Silvia Mutilba, catequista y miembro del Opus Dei, sostiene que para ella «la Iglesia es un regalo que nos ha hecho Dios en donde la comunidad de cristianos encontramos todos los medios necesarios para seguir y vivir nuestro ser cristiano. Igual que yo como madre alimento, enseño y cuido de mis hijos, la Iglesia nos guía cuida y acompaña en todos nuestras etapas de la vida. ¿Y qué decir de su universalidad y distintos carismas que encontramos? En la Iglesia se abre los brazos a todos, en sus formas más distintas, pero con una cosa en común y es vivir en Cristo».

 

A Silvia le preocupa que la sociedad esté dando la espalda a Dios y que «solo se trate a Dios cuando se va a misa». «Por otro lado», matiza, «siento alegría, ya que veo que los que están es porque les da la gana, que es una razón muy sobrenatural. Ya no se hacen las cosas porque todo el mundo lo hace, sino que se es consciente de que la fe es un don de Dios y el sentirse tan afortunado te lleva a preguntarte ¿cómo puedo compartir esta suerte mía? ¿Cómo puedo hacer para que la gente trate a Dios y dé más sentido a sus vidas?».

 

«Con el Opus Dei he aprendido que se puede dar sentido a todo lo que nos rodea en la vida, en especial en el trabajo y la familia. Es muy importante tener coherencia en la vida y mejor vivir como piensas que pensar como vives. Plantearte tu día a día con la idea de estar en sintonía con Dios, pensaba que eso solo era para gente religiosa y qué va, se puede y todos estamos llamados a la santidad. San Josemaría nos ha dado unas pautas y no caminamos solos, ya que somos una gran familia», concluye.

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