El Sínodo de la Amazonía, un acontecimiento eclesial

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 10 de noviembre de 2019.

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El 27 de octubre se clausuró solemnemente el Sínodo de la Amazonía convocado por el Papa Francisco. Deseo referirme hoy a este acontecimiento, por su misma importancia y porque la información os ha ido llegando con diversos matices a través de los medios de comunicación. Han sido tres semanas, como señalaba el Papa, de diálogo, de escucha mutua y de discernimiento comunitario para identificar los caminos que Dios señala a su Iglesia. Ha sido a la vez una ocasión para la conversión personal y comunitaria a la luz del modo que Dios tiene de actuar en la historia, incluso en condiciones contradictorias.

 

A algunos de vosotros un Sínodo sobre la Amazonía le puede resultar un acontecimiento que afecta o interesa sólo a quienes habitan en aquellas regiones, tan distantes de nuestras preocupaciones diarias. Ello sería una visión muy estrecha desde el punto de vista eclesial, cultural y social. La comunión eclesial nos debe llevar a sentir como propios los problemas y las esperanzas de todas las diócesis del mundo. De un modo especial, en el Mes Extraordinario Misionero, ese acontecimiento sinodal ponía delante de nuestros ojos una de las fronteras más significativas de la actividad misionera: la evangelización y la atención pastoral dirigida a pueblos indígenas, tan frecuentemente olvidados o marginados.

 

En esta ocasión la experiencia de comunión eclesial tiene para nosotros un acento más directamente personal y cercano, porque entre los participantes en el Sínodo se encontraba Mons. Rafael Cob, presbítero ordenado en nuestra diócesis de Burgos, que desarrolló su vocación misionera en Ecuador y actualmente es obispo del vicariato de Puyo, en la región ecuatoriana de la Amazonía. El pasado martes pronunció una conferencia en la Facultad de Teología, para comunicar su experiencia sinodal.

 

Hay otras razones que ponen de relieve la importancia y la actualidad de este Sínodo. El Papa Francisco, en una entrevista concedida al periódico italiano La Stampa unos días antes de la apertura, decía que el Sínodo es «hijo» de la encíclica Laudato Si. Quien no la haya leído, advertía, nunca entenderá plenamente su urgencia, sus motivaciones y sus objetivos. ¿Por qué?

 

La Amazonía es una amplia zona que afecta a nueve países, y lo que allí sucede repercute de modo determinante en la supervivencia del planeta: gran parte del oxígeno que respiramos procede de allí. La deforestación significa un atentado contra el planeta y contra la vida de la humanidad. El mismo Papa contaba experiencias concretas: la de unos pescadores que le dijeron: «En los últimos meses recogimos seis toneladas de plástico»; recientemente un glaciar enorme de Islandia se ha derretido; en un país del Pacífico la gente se está trasladando de lugar porque dentro de veinte años la isla en la que viven habrá desaparecido. Es preciso tomar conciencia de esta realidad.

 

El Sínodo, pues, tiene una dimensión ecológica, social y cultural, pero sobre todo pastoral, que es la que da sentido a todas las demás. El Sínodo no es una reunión de científicos o de políticos. Nace de la Iglesia y debe servir a su misión evangelizadora. Busca ante todo el modo de acercarse a los pueblos amazónicos sin actitud de superioridad o de desprecio sino respetando su historia, su cultura, su sabiduría peculiar. La lógica de la encarnación enseña que Dios, en Cristo, se vincula a los seres humanos que viven en las «culturas propias de los pueblos»; y que la Iglesia Pueblo de de Dios inserto entre los pueblos, tiene la belleza de un rostro pluriforme, porque arraiga en mucha culturas diversas (EG, 116). La verdadera preocupación de la Iglesia, en esta cultura amazónica, es encontrar los modos adecuados de evangelización y los ministerios que puedan realizarla.

 

Como decía el Papa en la Eucaristía de clausura, «hemos tenido la gracia de escuchar las voces de los pobres y de reflexionar sobre la precariedad de sus vidas, amenazadas por modelos de desarrollo depredadores»; el grito de los pobres «es el grito de la esperanza de la Iglesia». Con espíritu católico hacemos también nuestro ese grito y esa esperanza. Y ponemos este acontecimiento eclesial bajo el amparo de María, venerada con diversas advocaciones en toda la región amazónica, para que Dios lo bendiga con frutos abundantes.

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