«Huerta Molinillo»: Lograr una tierra mejor cultivando evangelio

Con sus 190 socios, «Huerta Molinillo» se ha convertido en un referente de soberanía alimentaria respetuosa con el medio ambiente y con las condiciones laborales de sus trabajadores.
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Mucho antes de que Greta Thunberg se convirtiera en un icono mundial y mediático contra el cambio climático e incluso antes de que el papa Francisco alertara de la necesidad de lograr una «ecología integral» en el planeta –la «casa común», como él la llama–, nacía «Huerta Molinillo», un proyecto de soberanía alimentaria que busca el respeto del medio ambiente (sus productos son 100% ecológicos) y una relación directa y cercana entre el agricultor y el consumidor. La iniciativa tomaba el nombre de la calle de Burgos donde nació el proyecto que, siete años después de su puesta en marcha, ha crecido hasta el punto de gestionar algo más de una hectárea de terreno en Rabé de las Calzadas, adquirida recientemente mediante una campaña de crowdfunding.

 

Y es que la solidaridad ha sido siempre la base de «Huerta Molinillo». Sus 190 socios pagan una cuota anual haciendo sostenible económicamente la viabilidad de proyecto y asegurándose la entrega durante 50 semanas al año de una cesta de verduras de temporada de unos seis kilos de peso. Los socios reciben a lo largo del año, además, otras cinco cestas de madera con productos menos perecederos, como calabazas o patatas.

 

Detrás de esta curiosa propuesta están Isabel Díez Espina y Rafael Martínez Amor, dos cristianos comprometidos pertenecientes a la asociación Promoción Solidaria y que entienden que su vocación como laicos debe responder a las graves problemáticas del ser humano desde el evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia. Ambos estaban en paro cuando nació la iniciativa y pusieron en marcha «Huerta Molinillo» con una clara intención: «Queríamos que nuestra nueva salida profesional fuera transformadora y que propusiera al mundo nuevas formas de hacer economía», asegura Rafael, ingeniero técnico agrícola de formación.

 

Según argumenta, el actual sistema agroalimentario a nivel global hace que mucha gente pase hambre en el mundo mientras unas pocas multinacionales se benefician en una clara «perversión de la economía», como la definía Juan Pablo II. No en vano, un tercio de los productos de la tierra y los peces recogidos de mares y ríos acaban cada año en la basura por un sistema de comercialización que empuja a comprar por encima de nuestras necesidades.

 

Para Martínez, consumir es más que un acto económico, es un «acto moral» pues «eligiendo qué compramos, dónde compramos y a quién compramos estamos eligiendo muchas veces favorecer un sistema en el que muchos países del mundo están explotando a hermanos nuestros y no les están dejando disfrutar de sus recursos naturales».

 

Por ello defienden que para que un producto sea ecológico no solo tienen que cumplir con una serie de requisitos «verdes», sino también lograr que el compromiso sea global: «Muchas veces es más barato comprar un kiwi de Nueva Zelanda o unas alubias de Marruecos porque no se respetan los derechos de sus trabajadores o porque allí se usan fitosanitarios que aquí están prohibidos porque no son respetuosos con el medio ambiente».

 

Por ello, en Huerta Molinillo apuestan por «una ecología integral». Para ello procuran «mejorar la calidad del suelo, haciendo compost para dejar una mejor tierra a nuestros hijos, utilizar cuerda natural en vez de bridas y usar plásticos que sean biodegradables». Junto a ello, se afanan en conquistar unas condiciones laborales dignas para sus trabajadores, entre los que se encuentra Dominique, un burkinés que llegó a nuestro país en patera, o Lamine, un agricultor de Guinea Conakry: «Queremos compatibilizar trabajo y familia, nuestra vida laboral con otras facetas, como la dimensión comunitaria con nuestros hermanos de Promoción Solidaria, la formación o, por qué no, cuidar nuestra vida espiritual», argumenta Rafael mientras detalla que desean convertirse en cooperativa, pues, dice «queremos que sea un proyecto de todos».

 

Además, Martínez señala también la relación directa que mantienen con sus «clientes», con los que existe siempre un trato cercano: «Para nosotros es importante conocer sus nombres, sus problemas, compartir alguna receta… También hacemos un día de convivencia, reconocemos el trabajo de otros campesinos… creamos sociedad», en definitiva.

 

Todo, para lograr unas verduras que, además de ser ecológicas y cultivadas con mimo, tienen sabor a evangelio: «Somos cristianos. No metemos el Nuevo Testamento dentro de las cestas», bromea, «pero esto también nos sirve como lugar para la evangelización, pues con el modo de hacer las cosas y de relacionarnos ya estamos anunciando al mundo cómo entendemos ser cristianos».

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