La verdad profunda de la Semana Santa

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 5 de abril de 2020, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

chamarilero semana santa

 

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A lo largo de las últimas semanas ya me he dirigido varias veces a todos vosotros para expresaros mi cercanía y mi oración, en medio del sufrimiento y la incertidumbre que en estos momentos nos invaden. Nuestra sociedad sufre y, en nombre de una Iglesia igualmente dolorida, quiero hacerme presente en medio de vosotros, de un modo especial en este Domingo de Ramos cuando comienza la Semana Santa. Vamos a recorrerla juntos, acompañando al Señor y viviendo la comunión eclesial, que es siempre un manantial de esperanza.

 

Nunca hubiéramos podido imaginar una Semana Santa envuelta en un silencio tan desconocido: sin celebraciones comunitarias en los templos, sin procesiones en nuestra calles, sin los pasos que con su dramatismo y belleza hacen visibles el acontecimiento de nuestra salvación… El Pueblo de Dios en camino parece recluirse en una soledad teñida de sufrimiento. La presencia en las iglesias y en los diversos actos, que siempre han tenido lugar en las calles, quedará sustituida por la televisión, la radio, las retransmisiones en streaming, la oración personal y comunitaria… Es el vínculo que nos rescata del aislamiento para que podamos sentirnos unidos y convocados a vivir interiormente esta Semana Santa que ahora se nos muestra en su realidad más genuina y verdadera.

 

Las actuales circunstancias presentan la Semana Santa en su cruda desnudez, y por eso en su verdad más profunda y más auténtica, sin ningún elemento que nos distraiga de lo esencial. Porque estos días se hace patente la actualidad desgarradora del misterio de nuestra redención. Jesús, en su vida y en su muerte, se identificó con los enfermos, con los desnudos, con los presos, con los pobres… «Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos, los más pequeños y vulnerables, a mí me lo hicisteis» (cf. Mt 25,40.45). Todos ellos quedaron convertidos en el sacramento vivo de su presencia. Por eso descubrimos su rostro torturado en la angustia de quienes mueren sin compañía, en el miedo de los ancianos abandonados, en la impotencia de los enfermos aislados, en la inseguridad de los profesionales que desgastan su vida en el campo de la sanidad, del orden público, de los servicios esenciales…

 

Nos disponemos, pues, a vivir la Semana Santa como una profunda experiencia interior, acompañando a Jesús en su agonía; y, como Jesús, invocando al Padre y dejando en sus manos nuestro desconcierto y el aliento de nuestra esperanza. Encontraremos a Dios sin duda de un modo nuevo: como el que acompaña a Jesús en el camino que a través del calvario conduce a la resurrección. Con la prepotencia apoyada en los avances científicos y técnicos de nuestros días, en la satisfacción de la sociedad del bienestar y en la seguridad que aportan los medios humanos, habíamos relegado a Dios a un plano secundario. Pero «no somos autosuficientes, solos nos hundimos», nos recordaba el Papa en la impresionante celebración del pasado día 27. Hemos de redescubrir a Dios en la fragilidad de nuestra vida. Y, a la vez, reconocer todo el espacio que hemos dejado al pecado y al mal en nuestro mundo. El pecado de acción, pero también el de omisión, por la frivolidad, por la banalidad, por la indiferencia que impregnaban nuestro comportamiento y nuestra mentalidad.

 

La pandemia que ha irrumpido en esta Cuaresma es una invitación a la conversión. Para que desde la mirada de Dios sepamos prepararnos para un mundo que ni podrá ni deberá ser como antes. «Tenemos un ancla -nos decía el Papa-: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nada ni nadie nos separe de su amor redentor». Los cristianos nunca podemos olvidar que hablamos de la Cruz del Resucitado. Recordamos a Jesús, en medio del horror que tuvo que padecer, porque resucitó desde una Gloria superior a la humana. Esa Gloria se manifiesta también hoy cuando transfigura la debilidad humana haciendo brotar lo mejor del corazón humano: tanta generosidad heroica, tanto servicio desinteresado, tanta compasión conmovedora… Esa dosis inmensa de santidad hará que la fuerza del Resucitado actúe como la savia que devuelva vida gozosa a la carne tan dolorida de nuestro mundo.

 

Nuestra Iglesia, también desde su profundo sufrimiento, está llamada a ser testigo de esperanza. Su misión es más necesaria que nunca. Debemos ser los nazarenos que acompañan el Paso del Señor entre los cansados y los abatidos. Como Iglesia en Asamblea Diocesana os invito a seguir profundizando en el encuentro con Jesús y a sentirnos unidos como comunidad eclesial, para que podamos salir al encuentro de quienes se hallan a la orilla del camino.

 

Acompañemos también a la Virgen Dolorosa, Madre de la Soledad, Señora de la Esperanza y Estrella de la mañana. Ella nos ayudará a estar junto a Jesús en el momento de la cruz y a esperar en el cenáculo la fuerza renovadora de la Resurrección.

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