Primera homilía de don Mario Iceta Gavicagogeascoa como arzobispo

Transcribimos a continuación las palabras de don Mario Iceta Gavicagogeascoa en su primera homilía como arzobispo de Burgos.

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Escucha aquí la homilía

 

Muy queridos hermanos y hermanas.

 

Acabo de entrar en esta Catedral. Me he dirigido a la capilla dónde está el Santo Cristo de Burgos, tan invocado en las pandemias que han azotado Europa tantos siglos. También hoy, en esta pandemia, me he encomendado a él y he escuchado una vez más: «Mario, ¿me amas?» Y he respondido: «Señor, tú sabes que te quiero. Quisiera quererte más y mejor. Sabes que te quiero». Y he vuelto a escuchar: «Apacienta lo más hermoso y lo que yo más quiero, que son mis ovejas. Apacienta el Pueblo Santo de Dios que hoy te encomiendo». «Señor, con tu ayuda; si no, no somos nada». Y, una vez este diálogo con nuestro Señor, me he dirigido a la sacristía para comenzar esta eucaristía.

 

Comienzo saludando al señor nuncio. Agradezco mucho que esté esta mañana con nosotros. Agradezca al Santo Padre que me haya confiado esta porción venerable y hermosa del Pueblo de Dios. Me venía a la memoria las palabras del salmo 15: «Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad». Solía decir don Fidel «os viene un regalo»; yo a veces decía: «No perdáis el tíquet por si hay que devolverlo…». A mí sí que me ha tocado un gran regalo: esta hermosa archidiócesis. Agradezca al Santo Padre este regalo y mi amor y veneración filial y mi oración por su ministerio.

 

Saludo a los señores arzobispos y obispos. Cómo no, al señor cardenal, don Ricardo: de sus manos recibí la ordenación episcopal hace doce años; comencé los balbuceos como obispo de su mano y de él aprendí tantas cosas. Don Ricardo, su memoria queda en mí muy grabada; me tiene como un hermano pequeño, el hijo emancipado que usted decía cuando me dejó en la diócesis de Bilbao. Y cómo no, querido Fidel, hermano mayor: con cuánta dedicación has cuidado de esta Iglesia, has visitado las 1.003 parroquias en cinco años; has preparado junto con el equipo del VIII Centenario este Jubileo que estamos celebrando. Cuánto tengo que aprender de ti y agradecerte.

 

Asimismo, los hermanos arzobispos y obispos que desafiando el mal tiempo y el riesgo de nieve os habéis acercado a acompañarme, ciertamente un pequeño número en virtud de las normas para prevenir el contagio. También quisiera saludar a los hermanos, arzobispos y obispos, que quisieran estar aquí pero no pueden hacerlo por este motivo: les saludo a través de los medios de comunicación.

 

Cómo no, a las queridas autoridades civiles, militares y académicas que hoy nos acompañan. Quiero hacerme uno de vosotros en Burgos, uno con todos los burgaleses para remar juntos, de modo particular en estos momentos de dificultad para trabajar por el bien común, para ayudar de modo particular a quienes en esta situación particular están sufriendo con mucho rigor la dureza de la crisis social y económica.

 

Cómo no acordarme, también, de los sacerdotes, de los diáconos, colaboradores indispensables del obispo. Sabéis que mi lema de ordenación episcopal fue «Servidor de todos». Cuando Jesús les dice a sus discípulos: «Quien quiera ser el primero sea el último; quien quiera ser el más importante sea el servidor de todos». Vosotros, queridos sacerdotes y diáconos, servís al Pueblo de Dios, y el obispo sirve al Pueblo de Dios y a vosotros. En la Iglesia, recibir un ministerio no es subir, es bajar, es ponerse a los pies. Servís al Pueblo; el obispo sirve a los sacerdotes, diáconos, al Pueblo de Dios; como el Santo Padre sirve a los obispos, sacerdotes, Pueblo de Dios… Servum servorum Dei. Gracias por ayudarme en esta tarea.

 

Cómo no, a las familias, a los parados, a las personas que están en ERTE, a las personas que están en grandes dificultades de conservar el empleo, que tienen sus comercios cerrados, que ven con angustia que llega el fin de mes y no pueden. A los trabajadores, empresarios, autónomos… Pronto el Señor quiera que salgamos de esta situación. Como hemos escuchado en la primera lectura, nos dice el Señor en Isaías: «Saldréis con alegría». Saldremos, ayudados de la mano del Señor.

 

Cómo no recordar a los fallecidos por el covid, a los enfermos, a las personas mayores, de modo particular a las que viven en residencias o solas en sus casas; a las familias, a quienes les cuidan, a tantos profesionales que nos han cuidado para que nuestra vida, aunque sea con dificultades, pueda seguir adelante.

 

Quiero también tener un recuerdo a la vida contemplativa. Yo les llamo confinados por amor, confinados en oración. Están también aquí los abades tanto de Cardeña como de Silos: un recuerdo a todos esos monasterios, 29 monasterios de clausura de la archidiócesis. Y a los misioneros. Precisamente, antes de venir, ponía a mi madre la televisión (nos está viendo desde casa) y estaba un obispo misionero que decía: «Uno no elige la misión, uno es enviado». Enviados por el Señor, yo quisiera enviarles un abrazo grande, mi recuerdo en este día.

 

Estamos celebrando el tiempo de Adviento. Quiero compartir tres breves reflexiones para no cansaros. Como nos ha dicho don Fidel, «tiempo de espera y de esperanza». Y la pregunta sería: «¿Qué me cabe esperar? ¿Qué puedo esperar? ¿A quién puedo esperar?». Muchas veces digo a los adolescentes y a los jóvenes que a veces se quejan de que sus padres estén esperándoles a las cinco de la mañana cuando vienen los sábados –«¿Para qué me esperas? No hace falta que estés…»–. Yo les digo: «Da gracias de que alguien te espera». Qué triste es ir a una casa y que nadie te espere, que nadie te eche de menos. Pienso que una de las frases más tristes del evangelio es aquel paralítico de la piscina probática: 30 años esperando que se remueva el agua y cuando llega Jesús y le pregunta por qué no se mete en el agua le responde: «No tengo a nadie»… Qué hermoso que alguien te espere siempre, aunque parece que te pueda molestar. ¿A quién esperamos en este tiempo? Esperamos al Señor.

 

El tiempo de Adviento es un tiempo de preparar los caminos porque viene nuestra plenitud, viene la esperanza que nunca claudica, que está más allá de las esperanzas buenas y certeras que tenemos en el mundo: nuestras familias, los amigos, los investigadores que buscan las vacunas, los profesionales sanitarios que aprenden cómo manejar mejor la covid… Muchas esperanzas, gracias a Dios. Pero hay una esperanza muy profunda, que es la del Señor que viene. Y por eso nos ha dicho: «Mis caminos no son vuestros caminos». En el fondo, vuestros caminos son tristes; mis caminos son jubilosos y de alegría porque es una esperanza que nunca termina; «como dista el cielo de la tierra, mis planes no son vuestros planes». Y nos ha dicho: «Por eso llegará la Palabra que hará fecunda vuestras vidas, cumplirá el deseo de Dios». Me estoy acordando de San Rafael Arnáiz, con su texto «El deseo de Dios». El deseo de Dios y el encargo de Dios: lo cumplirá.

 

Y nos ha dicho una frase muy hermosa: «Entonces, saldréis con alegría». Isaías se estaba refiriendo al pueblo judío que estaba desterrado en Babilonia y les anuncia: «Saldréis con alegría de vuestra penuria, de una tierra que no conocéis, de una tierra árida, para llevaros a la tierra de los vivos». ¡Necesitamos ir a la tierra de los vivientes! Isaías o el autor nos dice: «Os llevarán seguros; montes y colinas romperán a cantar ante vosotros. Los árboles del campo aplaudirán, el vez de espinos, brezos del desierto; crecerá el ciprés que mira al cielo, ciprés que árbol con la que está hecho el árbol santo de la cruz; en vez de espinas crecerá el arrayán». San Pablo lo dirá de otro modo: «La creación entera está aguardando con dolores de parto». Porque también la pandemia nos ha revelado nuestra fragilidad, nuestra pequeñez, la de toda la creación, que solidariamente con nosotros aguarda la redención de los hijos de Dios.

 

Es la palabra que nos renueva, es la palabra de la esperanza y es lo que esperamos en este tiempo de Navidad: haya o no haya comidas de Navidad esperamos algo mucho más grande; haya o no reuniones sociales esperamos algo mucho más grande: te esperamos, Señor, a ti, Gran Esperanza, Esperanza definitiva. A ti y al Espíritu Santo. Por eso elegí el salmo «envía tu Espíritu, Señor, repuebla, renueva la faz de la tierra», todo lo que está rígido, apagado, yermo, que no es fecundo, que es triste, renuévalo con tu gracia.

 

Y esta renovación –la tercera y última idea para no cansaros– se realiza en la Santa Cena. Cuántas veces tenemos que volver al cenáculo. Ojalá cada día volvamos al cenáculo, en la eucaristía. Nos ha dicho san Juan, que introducía la escena que él vivió, que «había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre». Dice «Yo soy el Camino, el Camino al Padre» y nos arrastra con él. Y «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Y hace un acto realmente conmovedor: se levanta de la mesa, se quita el manto y se pone de rodillas ante los apóstoles, que no salen de su asombro. Y se pone el Maestro, el Señor, a lavarles los pies. Pedro se escandaliza: «No me lavarás los pies jamás». Aparece el orgullo…

 

No sé si habéis tenido experiencia de necesitar fuertemente de los demás. Yo recuerdo con 19 años que me rompí el fémur por siete trozos y estuve ingresado en el hospital y vi lo que era que te tengan que lavar, que te tengan que llevar al servicio, que te tenga que ayudar a comer, que te tengan que ayudar a incorporarte en la cama… Necesitamos que nos laven los pies, si no, qué solos vamos a estar si no nos dejamos lavar los pies. Dejarse lavar los pies es crecer en humildad, es ensanchar el corazón, es reconocer que nos necesitamos, que el Señor nos ha puesto unos a otros para cuidarnos. Por eso nos dirá: «Lavaos los pies unos a otros, yo a vosotros y vosotros a mí».

 

Jesús se pone de rodillas a lavar los pies y le dice a Pedro: «Si esto no lo entiendes y esto no lo haces no tienes nada que ver conmigo, no me entiendes, no entiendes que genero una humanidad nueva con el lavatorio de los pies, genero una relación nueva, una sociedad nueva que no es la del orgullo, la del poder, la autosuficiencia; como dice el papa Francisco, la autorreferencialidad. Genero una nueva humanidad que Dios siempre ha soñado de la entrega, del servicio, de la misericordia, del perdón». De ahí nace la humanidad nueva, de ahí nace el pueblo nuevo, de ahí nace la tierra de los vivientes.

 

Ponernos de rodillas a lavar los pies, que nunca se nos caigan los anillos de hacerlo porque es así como recibimos el anillo grande de ser de los del Señor. Y no nos avergoncemos de que tengan que lavarnos los pies, de que necesitamos que nos laven los pies: viviremos en la generación nueva del Señor en esta Iglesia nueva, en este templo santo de Dios. El Año Jubilar nos traía ese lema: «Sois templo de Dios». Al Señor le interesan las piedras vivas. Cómo no, estos días, servir de modo particular a los que más sufren: los enfermos, las personas mayores, los que están solos, los que viven sin esperanza, los que viven con angustia por llegar a fin de mes… Queremos serviros, queremos estar con vosotros, ser uno de vosotros, arrimar juntos el hombro, que Dios está con nosotros como fuente grande de esperanza.

 

Termino invocando a los santos de esta muy querida archidiócesis a la que me entrego con todo el corazón y con toda el alma: «Me ha tocado un lote hermosísimo» y estoy encantado de mi heredad. Hoy me encomiendo al patrono, santo Domingo de Guzmán, que celebra también su octavo centenario de fallecimiento este año; san Lesmes, patrono de la capital, a todos los santos y beatos en este Pueblo, familia santa de Dios que está en el cielo y en la tierra. Y, cómo no, me encomiendo a la Virgen Santísima. Yo me ordené sacerdote un día del Carmen del año 94; siempre me he confiado a la Virgen María, siempre me ha acompañado y he sentido su presencia cálida y amorosa y, una vez más, me encomiendo a ella bajo esta advocación de Santa María la Mayor. Que ella cuide de su Iglesia, cuide de toda la sociedad burgalesa, cuide de los que más sufren, de los hogares donde hay desesperanza. Que ella siempre sea la fuente perenne de la alegría, de la gracia y de la salvación del Señor. Que así sea.

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