Hacia la culminación de la Asamblea Diocesana en el Año Jubilar con ocasión del VIII centenario de nuestra Catedral

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Mario Iceta Gavicagogeascoa, con motivo del inicio de la fase final de la Asamblea Diocesana.

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Queridos hermanos y hermanas.

 

Tras un tiempo tan difícil que hemos vivido a causa de la pandemia, que tanto sufrimiento ha causado y que ha probado duramente la vida familiar y social, y también el discurrir del año jubilar y de la Asamblea diocesana, iniciamos la recta final de estos dos acontecimientos tan importantes para nuestra Iglesia de Burgos. Y lo queremos vivir con la esperanza y fortaleza que el Espíritu de Dios infunde en nuestros corazones que nos ayuda a «Reconstruir sobre ruinas y poner en pie los sitios desolados» (cfr. Is 61, 4)

 

Además, esta Asamblea diocesana se inserta en el contexto de la convocatoria que el Papa Francisco ha dirigido a toda la Iglesia para participar de un Sínodo sobre la sinodalidad. El Santo Padre nos invita a vivir en comunión, unidos en la misma llamada y la misma misión, participando de la tarea evangelizadora del Pueblo de Dios. Hace unos días he aprobado el reglamento de la fase final de la Asamblea. Pedimos ahora el don del Espíritu que nos ayude a participar y discernir en un clima de oración y de escucha a lo que este mismo Espíritu suscita en nosotros y en nuestra Iglesia diocesana.

 

Me gustaría subrayar algunas dimensiones que nos ayuden a vivir esta etapa final de nuestra Asamblea Diocesana en el contexto de la experiencia sinodal que estamos viviendo.

 

Es necesario que tomemos conciencia de que formamos parte de un Pueblo de Dios en camino. Un Pueblo que no se constituye a sí mismo, sino que es fruto de una llamada y de una consagración en el día de nuestro bautismo. Esto nos introduce en un Nosotros más grande, en un Misterio de comunión formando parte del Cuerpo de Cristo, como piedras vivas del templo santo de Dios, que es la Iglesia. Precisamente la palabra «sínodo» remite a su etimología griega: «caminar juntos».

 

Es este Misterio de comunión lo que reclama nuestra participación como miembros vivos y activos del Pueblo de Dios. La Asamblea diocesana requiere en primer lugar un sereno ejercicio de escucha en clave de oración: escuchar lo que dice el Espíritu a nuestra Iglesia y escucharnos a nosotros como miembros del Pueblo santo de Dios viviendo la fraternidad en virtud de nuestra consagración profética, sacerdotal y real el día de nuestro bautismo. «Escucha Israel» (Dt 6, 4) es el mandato primero que Dios dirige al Pueblo elegido. La escucha atenta da lugar a un diálogo en el que se expresan las diversas aportaciones, reflexiones, contribuciones y matices fruto de la acción del Espíritu que servirán para un ejercicio de discernimiento a la luz de ese mismo Espíritu.

 

Precisamente discernir quiere decir separar el grano de la paja, lo que proviene del Espíritu de Dios de lo que proviene de los falsos espíritus. Para ello es necesario vivirlo en un clima de oración y confianza en Dios. En el discernimiento siempre se pone de manifiesto un camino de conversión personal y eclesial, de profunda renovación y retorno a las fuentes limpias de la Revelación que se manifiesta de modo pleno en la Encarnación de la Palabra que se ha hecho carne, de Jesús, Hijo de Dios que ha acampado entre nosotros para hablarnos de modo humano las cosas de Dios (DV, 1).

 

Se trata de iniciar un camino de conversión en clave misionera. Esta perspectiva misionera es esencial para no caer en la tentación de la autorreferencialidad y para ser capaces de mirar con ojos de discípulo, con una mirada purificada por la Palabra de Dios, que es «lámpara para mis pasos y luz en mi camino» (Sal 119, 105). La perspectiva misionera alumbra los caminos que el Espíritu quiere abrir para nosotros, para que volvamos a escuchar sin miedo la invitación: «rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca» (Lc 5, 4) con una confianza renovada y con modos y formas nuevas suscitadas por el mismo Espíritu. De este modo aparece la corresponsabilidad en la misión de todos los bautizados, cada uno según su propia vocación, carisma y ministerio.

 

La celebración de la Eucaristía sostiene nuestro camino sinodal como Asamblea del Pueblo de Dios. Es el Misterio Pascual que celebramos el que nos convoca como Pueblo y sostiene nuestro camino. Orar y celebrar durante este camino es una dimensión insustituible en la que recibimos la fuerza de lo alto para no desfallecer en la tarea y ser guiados según el Espíritu de Dios. Esta presencia del Señor suscita la esperanza y la alegría en el camino más allá de las dificultades que puedan surgir.

 

Confiamos este acontecimiento de gracia al cuidado materno de la Virgen María. Acabamos de comenzar el tiempo de Adviento. Ella es la Virgen de la Esperanza, la que nos trae a Jesús hecho carne por obra del Espíritu Santo en su seno Virginal. Que Ella nos ayude a responder con generosidad a la invitación que os dirijo a participar en esta etapa final de nuestra Asamblea Diocesana, como miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, el Templo santo de Dios que es la Iglesia, en este año jubilar. Dios nos bendiga y acompañe llenándonos de paz, fortaleza y alegría. Con gran afecto.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

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