El arciprestazgo de Burgos-Vega ha organizado este lunes, 9 de febrero, en la parroquia de San Josemaría Escrivá, un encuentro formativo sobre el uso de la inteligencia artificial al servicio de la evangelización. La sesión ha reunido a fieles, catequistas, laicos y sacerdotes de distintas parroquias con el objetivo de profundizar en las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías para el anuncio del Evangelio.
La jornada de formación ha comenzado con un momento de oración, en el que los participantes se han puesto «en manos de Jesús» y han encomendado sus deseos de aprender a evangelizar en el contexto actual. Durante este momento se han recordado las palabras del Evangelio «Id y haced discípulos a todos los pueblos», interpretándolas también como una llamada a estar presentes en los espacios digitales.
La formación ha sido impartida por Rodrigo García, responsable de comunicación de la unidad pastoral de San Antonio Abad y Nuestra Señora del Pilar, quien ha presentado herramientas concretas, ejemplos prácticos y estrategias que ya están siendo utilizadas en distintos proyectos evangelizadores. Según ha explicado Denis López, uno de los participantes en el encuentro, «nos hemos reunido con un mismo anhelo: descubrir nuevas formas de anunciar a Cristo en la catequesis, en redes sociales y en otros ámbitos».
Durante la sesión también se ha recordado el testimonio de Carlo Acutis como ejemplo de uso evangelizador de la tecnología, subrayando cómo las herramientas digitales pueden convertirse en instrumentos de misión cuando se ponen al servicio del Evangelio.
El encuentro de formación ha concluido en un ambiente de convivencia fraterna. En palabras de Denis López, «ha sido una tarde de aprendizaje, preguntas, risas y mucha ilusión compartida», en la que los participantes han reafirmado su compromiso de ser testigos del Evangelio también en el entorno digital.
La presencia de Misión País en Aranda de Duero ha dejado una huella profunda en la vida parroquial y juvenil tras una semana de actividades evangelizadoras, convivencia y testimonio cristiano. Jóvenes universitarios han dedicado sus vacaciones a la misión, integrándose en la vida de la parroquia y desarrollando iniciativas dirigidas especialmente a jóvenes, familias y niños.
Julia Singla, misionera de 19 años procedente de Barcelona, explica que Misión País nació en España en 2014, tras haberse desarrollado previamente en otros países, con el objetivo de que jóvenes católicos dediquen parte de sus vacaciones universitarias a la evangelización. Según ha señalado, el proyecto, que se nutre de la espiritualidad de movimiento de Schoenstatt, busca que los jóvenes vivan «como discípulos y misioneros de Jesucristo» y acerquen a otras personas a sus parroquias a través del testimonio de vida.
Sobre la llegada de la misión a la localidad ribereña, ha explicado que la iniciativa se ha desarrollado tras la invitación de Álvaro Zamora, vicario parroquial en San Juan de la Vera Cruz y Santa Catalina, que conoció el proyecto en Lourdes. La misionera ha asegurado que lo que impulsa a los jóvenes a participar es «el amor que tenemos por la Virgen y por Jesús» y la necesidad de comunicar esa experiencia a los demás.
Durante la semana, los jóvenes han realizado actividades en la calle y visitas puerta a puerta. Julia ha detallado que una de las iniciativas más características consiste en llevar pequeñas imágenes de la Virgen en forma de santuario portátil por las calles, con el objetivo de acercar la presencia de María a todas las personas, también a quienes no acuden habitualmente a los templos. En ese contacto directo con los vecinos, ha explicado, las reacciones han sido variadas, desde quienes no han querido abrir la puerta hasta quienes han agradecido la iniciativa o han pedido oración por sus intenciones personales.
La misionera ha subrayado también la exigencia física y emocional de la experiencia, marcada por jornadas intensas con pocas horas de descanso. Sin embargo, ha asegurado que «el Señor nos regala una fuerza sobrehumana» y que la alegría de entregarse a los demás sostiene el esfuerzo diario. «Cuando estás entregando la vida por los demás te invade una energía y una alegría que no sabes de dónde viene», ha afirmado.
Entre los objetivos principales de la misión, ha destacado la intención de mostrar que la fe cristiana sigue viva y es actual. «Principalmente lo que queremos es que vean que ser católico no es algo raro ni algo antiguo. Que el cristianismo está vivo, que Jesús está vivo y que es para todos», ha señalado.
«Un antes y un después» para GPJ
Desde la parroquia, la experiencia también ha sido valorada de forma muy positiva. Blanca, joven de 16 años de la parroquia de Santa Catalina e integrante de los Grupos Parroquiales Juveniles (GPJ), ha asegurado que la acogida de los misioneros ha sido «una de las mejores experiencias» vividas por el grupo. Según ha explicado, la convivencia durante esos días ha permitido compartir la fe con jóvenes de otras realidades y crear vínculos que han definido como «una familia».
La joven ha destacado especialmente la alegría y disponibilidad de los misioneros, así como su entrega total a la misión. «Han venido su semana de vacaciones y lo han dado todo con alegría», ha explicado, subrayando también el impacto que ha supuesto ver a decenas de jóvenes participando en celebraciones entre semana.
En el plano personal, Blanca ha señalado que la experiencia ha reforzado su vivencia de la fe y su relación con la Virgen María. Además, ha afirmado que la misión ha supuesto «un antes y un después» para el grupo juvenil y que, aunque los frutos se verán con el paso del tiempo, confía en que aumenten la alegría, la participación y la vida de fe en la parroquia.
Tanto los misioneros como los jóvenes de la parroquia han coincidido en que el principal fruto de la misión ha sido sembrar esperanza y recordar que la vida cristiana sigue teniendo sentido para los jóvenes y para la sociedad actual.
Al amanecer de este lunes, 16 de febrero, ha fallecido el sacerdote diocesano Teodoro Úzquiza Ruiz a los 94 años de edad y tras 70 como presbítero. Era natural de Belorado y residente de la Casa Sacerdotal.
Tras concluir sus estudios en el Seminario Diocesano de Burgos, Teodoro Úzquiza Ruiz fue ordenado sacerdote en julio de 1956 en Burgos, momento en el que se incorporó al presbiterio de la archidiócesis.
Su primer encargo pastoral fue como vicario parroquial de Villasandino. Un año después, en 1957, recibe el nombramiento de párroco de Bascuñana, Redecilla del Camino y Avellanosa de Rioja. De éste último cesa en 1968 y, en 1969, de los otros dos, para ser nombrado vicario parroquial de San Gil, abad, en Burgos. Permanecería en esta parroquia hasta 1972, cuando es nombrado párroco de la Sagrada Familia, un encargo pastoral que conservaría hasta 1986. En ese año fue nombrado capellán del Hospital Provincial de Burgos, hasta su renuncia por edad en 2016.
La misa de exequias por el eterno descanso del alma de Teodoro Úzquiza Ruiz se celebrará este martes, 17 de febrero, a las 11:00h en la parroquia de la Sagrada Familia, de la que fue párroco durante 14 años. Después, sus restos mortales recibirán cristiana sepultura en Belorado, su pueblo natal.
La comunidad diocesana, con el arzobispo, Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, a la cabeza, lloran su pérdida y piden oraciones para que Dios lo colme con el don de la vida eterna. Descanse en paz.
El sacerdote Teodoro Úzquiza, en la celebración de la fiesta del Reservado en el Seminario, el pasado mes de noviembre de 2025. | Foto: Archiburgos.
El pasado 11 de febrero, un día privilegiado de oración, caridad y cuidado, celebramos la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo. El lema –La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro– elegido por el Papa León XIV nos invita a contemplar la bondad, la piedad y la humanidad, a dejarnos seducir por esa forma de amar del buen samaritano que no pasa de largo, que se detiene, se inclina y carga sobre sí el dolor del otro.
Esta jornada nos ayuda a volver la mirada hacia el sufrimiento humano, una de las moradas más sagradas del Evangelio. La figura evangélica del samaritano ama cuidando al herido y subraya el principal mandamiento del seguidor de Jesús de Nazaret: el amor necesita gestos concretos, hacer nuestro el dolor ajeno y asumir su propia fragilidad, por mucho que nos duela.
La parábola del buen samaritano nos invita a dejarnos afectar, a detenernos, a inclinarnos, a tocar las heridas, a vendarlas con cuidado, a cargar con el peso del otro y a acompañarle a un lugar seguro (cf. Lc 10, 33-34). Todo esto implica una gran dosis de tiempo, de cercanía y, sobre todo, de entrega. ¿Pero no se merece el Señor que hagamos eso por Él? Esta manera de amar puede parecer imposible en clave humana; sin embargo, según la lógica de Dios supone llevar sobre nuestros propios hombros el peso del sufrimiento del otro. Y aunque pueda parecer imposible, es una misión profundamente consoladora.
El rostro frágil de Cristo es una presencia viva que sale al encuentro de cada hermano marcado por el sufrimiento. Y toda la comunidad cristiana ha sido convocada a recrear esta misma tarea. Porque no basta con mirar desde lejos ni con delegar el sufrimiento en otros que, desde nuestro entendimiento, son más capaces; somos llamados a ser una Iglesia samaritana que no huye de la debilidad, que no teme acercarse a la llaga, que sabe que el desconsuelo – cuando es acompañado– se transfigura y se vuelve lugar de comunión, de abrazo y de Cielo.
El dolor no es un residuo inútil de la existencia, es un espacio sagrado donde el amor puede alcanzar su letra más pura, su brillo más hondo, su eco más bello. El Señor, al ver a la viuda, se compadeció de ella (cf. Lc 7, 13), levantó de su camilla al paralítico de Cafarnaún para que comenzase a caminar (cf. Lc 5, 20- 24), extendió su mano, tocó al leproso y le limpió de toda enfermedad (Mc 1, 41)… Por eso, esta Jornada nos deja una certeza: la compasión cristiana no reside en eliminar el dolor del otro –detalle que, casi siempre, no está en nuestras manos–, sino en habitarlo con él, en no abandonarle en medio de la prueba, en transitar sus silencios, en hacer del acompañamiento una forma preciosa de esperanza.
A lo largo de todos estos años de ministerio sacerdotal, he aprendido que allí donde alguien permanece, ora, escucha, cuida y ama, el sufrimiento se puede compartir, acompañar y aliviar.
Recuerdo, siguiendo esta misma senda, a un sacerdote que cada vez que imponía una penitencia a una persona que acudía a la confesión, procuraba realizarla él mismo en silencio, sin que nadie lo supiera. De esa manera, el camino hacia la conversión no recaía solamente sobre el penitente, sino que era compartido también por él, para que la carga fuera más llevadera… En ese gesto discreto que nadie aprecia se transparenta la verdad profunda del Evangelio: nadie se salva solo, nadie soporta el peso solo, nadie sufre solo cuando el amor nace de las manos y culmina en el corazón de Dios.
Confiamos a María Santísima, Salud de los enfermos, Madre fiel y siempre cercana al débil, que lo vivido en esta Jornada siga fecundando nuestra vida personal y comunitaria como semilla de consuelo y gratitud. Que, a ejemplo suyo, sepamos detenernos ante quien sufre, aprendamos a inclinarnos sin temor y que, como el buen samaritano, hagamos de nuestra fe un amor que se hace cargo, que ora, que carga, que espera, que acompaña, que sostiene y que permanece. Hagamos de cada vida un lugar de encuentro, de cada dolor un acto de amor y de cada fragilidad un camino de resurrección. Siempre bajo la mirada piadosa del Señor: hasta que la compasión sea nuestro primer gesto y nuestra última palabra.
La Delegación de Familia y Vida ha organizado el pasado 12 de febrero, dentro de las actividades de la Semana del Matrimonio, una cata de vinos para matrimonios, celebrada en la empresa de catering de Cáritas, El Gusto. La iniciativa ha formado parte de un programa más amplio que se está desarrollando estos días y que incluye también una oración y un paseo romántico, con el objetivo de ofrecer espacios de encuentro y cuidado de la vida matrimonial.
En esta segunda edición de la actividad han participado quince matrimonios, que han compartido una velada marcada por el ambiente de comunidad, oración, intimidad y convivencia. La propuesta ha buscado ofrecer un espacio sencillo y cercano donde los matrimonios han podido detenerse, dialogar y compartir experiencia desde la vida cotidiana.
La cata ha sido guiada por Mariano, de la bodega Cantaburros de la Ribera del Arlanza, junto con Fernando y Raquel, matrimonio acompañante de la sesión. Durante la actividad, los participantes han realizado un recorrido simbólico por las distintas etapas del matrimonio, estableciendo un paralelismo con los tipos de vino degustados: joven, crianza y reserva.
A lo largo del encuentro se han combinado explicaciones técnicas sobre el vino y sus características con momentos de música, textos del Evangelio y tiempos de reflexión. Todo ello ha contribuido a crear un ambiente acogedor que ha invitado a los matrimonios a profundizar en su relación y en el cuidado mutuo.
La velada ha concluido en un clima cordial y de amistad, donde los participantes han compartido brevemente su experiencia personal de la cata, destacando el valor de generar espacios que ayuden a fortalecer la vida matrimonial.
Esta actividad se ha presentado como una oportunidad concreta para acompañar a los matrimonios en su vida cotidiana, favoreciendo el encuentro, el diálogo y el crecimiento conjunto, en línea con el sentido pastoral de la Semana del Matrimonio y su apuesta por cuidar y fortalecer la familia desde experiencias sencillas, cercanas y compartidas.