«Resucitados a una eternidad prometida»

por Natxo de Gamón,

 

Cristo resucitado

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, la Iglesia vuelve a situarnos ante el acontecimiento más importante y decisivo de la historia: la victoria de Cristo sobre la muerte. Una vez más, la historia humana es seducida por una esperanza invencible, por una promesa —siempre antigua y siempre nueva— que nos recuerda que la fe tiene como horizonte el sacrificio que se hace fecundo cuando es atravesado por el Amor.

 

La liturgia que nos ha acompañado durante estos días nos ha hecho recorrer un camino. Comienza con la ceniza que perpetúa que sin Dios no hay vida plena, continúa con el silencio de la penitencia y pasa por las estaciones del vía crucis, donde contemplamos al Señor cargando sobre sus hombros con el peso del mundo. Sin embargo, la fe nos recuerda que nuestra historia no termina ni se detiene en la Pasión: cada estación del camino de la Cruz se convierte, para nosotros, en un peldaño hacia la Vida eterna.

 

Este día nos sitúa ante una evidencia que lo cambia todo, y es que Cristo no evitó, de ninguna manera, el sufrimiento humano; lo aceptó y lo hizo suyo. Y lo hizo por nosotros, para transformarlo en un amor invencible. Por eso, para comprender la luz de la Pascua que hoy resplandece en todos los rincones del mundo, hemos de aceptar también el misterio del Viernes Santo. Porque no hay gloria sin entrega, ni resurrección sin cruz… «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24).

 

La Pascua se hace verdadera cuando nos atrevemos a tocar las heridas del Señor por medio de nuestros hermanos. El apóstol Tomás se acerca al cuerpo glorioso de Cristo y, hasta que no toca con sus propias manos sus heridas resucitadas, no es capaz de creer: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20, 27). Y es, en ese contacto con el cuerpo del Señor Crucificado y Resucitado, donde la fe se vuelve confesión viva: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28).

 

Por eso, la Pascua es una forma de mirar la realidad con otros ojos, de ver los signos concretos de la Vida nueva que Cristo nos regala. Con el Domingo de Resurrección, los cristianos aprendemos a descubrir, en medio de las llagas de la historia, que allí donde parece imponerse el fracaso, el abandono o la desolación, la Pascua anuncia que Dios continúa obrando, que allí donde el corazón humano experimenta el peso de la cruz, la Resurrección anuncia que la última palabra la tiene el Amor.

 

Y aunque quizá nunca nos hayamos parado a pensarlo, nuestro camino personal no es muy distinto del de Cristo. También nosotros atravesamos, una a una, nuestras propias estaciones hasta llegar, por la gracia de Dios, a la gloria: momentos de caída, de cansancio, de silencio, de tristeza, de incertidumbre, de desánimo y de aparente derrota. Y, al final, sólo queda la seguridad de la fe para recordarnos que ninguna de esas estaciones es el final, porque cada una de ellas puede convertirse –si la vivimos unidos a Cristo Jesús– en un paso hacia la gloria que Dios tiene preparada para sus hijos.

 

Por tanto, celebrar la Pascua significa creer que nuestra vida no está destinada al polvo del olvido, sino a la plenitud de la eternidad prometida. Como escribió san Pablo: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él» (Rom 6, 8). Y únicamente desde esa mirada podemos contemplar, con los ojos abiertos al asombro, el destino último de nuestra existencia.

 

Junto a María, Virgen de los Dolores y Madre de la Alegría, pedimos que esta Pascua nos ayude a mirar la Cruz con ojos nuevos, sabiendo que en ella ya se atisba la luz de la mañana de la Resurrección. Y que, siguiendo las huellas de Cristo, cada una de las estaciones de nuestro particular vía crucis se transforme en un paso más hacia el Cielo, hacia la plenitud de Dios. Cristo ha resucitado y, con Él, cada razón de nuestra esperanza.

 

¡Feliz Domingo de Resurrección! Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La Soledad llora la muerte de su hijo por las calles de Burgos

por Natxo de Gamón,

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Fotografías de Rodrigo Mena Ruiz para Archiburgos

 

Como cada año, el Sábado Santo es el día en el que la Soledad recorre las calles de Burgos, saliendo desde la iglesia de Santa Águeda, haciendo una parada en el Convento de las Madres Salesas para recibir el cántico Stabat Mater y continuando hacia el Arco de Santa María.

 

En este último lugar tradicionalmente se realizaba el indulto a un preso, sin embargo el ministerio ha vuelto a denegar la petición solicitada por la cofradía, por lo que nuevamente no tendrá lugar el perdón para el reo. Esta costumbre fue creada en Burgos en 1447 por Juan II de Castilla, padre de Isabel I la Católica, y lo denominó «El perdón del Viernes Santo de la Cruz»

 

A pesar de este contratiempo los asistentes han podido contemplar una vez más a su señora. La actual talla, creada por Ildefonso Serra, data de principios del siglo XX y salió en procesión por la ciudad por primera vez en 1905, con una estética que supuso una renovación respecto a los modelos anteriores. «Crea una imagen totalmente distinta. Los autores, la Casa Serra, hacen esta Virgen maravillosa, con la mirada al Cielo, sujetando la Corona de Espinas fuertemente sobre el pecho, con esa fuerza en la mirada, la boca entreabierta… rompió un poco con los modelos que había hasta esa época», explica Alfonso Díez Ausín, mayordomo de la Cofradía.

 

Esta procesión ha sido la segunda que ha acogido el Sábado Santo, siendo la primera un Rosario Penitencial junto a la imagen de Nuestra Señora de la Misericordia y de la Esperanza que ha recorrido las calles Nuestra Señora de Fátima, Santa Bárbara y Severo Ochoa, entre otras, terminando su itinerario de vuelta en la parroquia.

La Soledad de Burgos: el trabajo discreto del mayordomo que cuida cada detalle

por Natxo de Gamón,

Alfonso Díez Ausín, mayordomo de la Cofradía de Ntra. Sra. de la Soledad y de Santiago, realizando los últimos retoques en las ropas de la Virgen. | Foto: Jon Quintano/Cedida por Alfonso Díez Ausín.

 

La Semana Santa de Burgos se distingue por la riqueza de sus imágenes y por el cuidado con el que se preparan cada una de sus procesiones. En este contexto, la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y de Santiago de Burgos mantiene una tradición centenaria en la que el trabajo silencioso resulta fundamental. Alfonso Díez Ausín, mayordomo de la cofradía, es uno de los responsables de que todo esté dispuesto para el Sábado Santo.

 

Esta cofradía, vinculada al entorno de Santa Águeda, procesiona una imagen realizada por el taller de Ildefonso Serra hace ahora 125 años, que supuso una renovación respecto a los modelos anteriores. «Crea una imagen totalmente distinta. Los autores, la Casa Serra, hacen esta Virgen maravillosa, con la mirada al Cielo, sujetando la Corona de Espinas fuertemente sobre el pecho, con esa fuerza en la mirada, la boca entreabierta… rompió un poco con los modelos que había hasta esa época».

 

El trabajo en la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y de Santiago no se limita al momento de la procesión. A lo largo de los días previos, la preparación es intensa y requiere coordinación. «Preparar la ropa, junto con las camareras, y vestir la imagen. Además, con los costaleros, como también soy el capataz de andas, tenerlo todo coordinado para los ensayos, preparar los ajuares que tienen que salir en la procesión… y luego, dirigir la procesión junto con el maestro de ceremonias».

 

Desde su experiencia como técnico en patrimonio y especialista en etnografía, Alfonso subraya el valor cultural de esta labor dentro de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y de Santiago. «Creo que la religiosidad popular es una parte muy importante del patrimonio inmaterial y hay que ponerla mucho en valor». En este sentido, cuidar cada elemento no es solo una cuestión organizativa, sino también una forma de preservar una tradición viva.

 

Su implicación nace de una devoción arraigada desde la infancia. «Lo hago por devoción. Para mí, la imagen de Nuestra Señora de la Soledad es muy importante… Los que somos del barrio de Santa Águeda tenemos metida en nuestro ADN a la Cofradía». Una dedicación que explica el esfuerzo de estos días y que contribuye a mantener viva una de las expresiones más significativas de la Semana Santa burgalesa.

Burgos enmudece ante el paso del Cristo Yacente

por Natxo de Gamón,

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Fotografías de Rodrigo Mena Ruiz para Archiburgos

 

Un año más, la sobriedad y reciedumbre propias de la Semana Santa castellana, de la que Burgos es cumplido ejemplo, han sido las dos claves del desfile procesional del Santo Entierro, el más multitudinario de la ciudad. No en vano, congrega a 17 pasos y a las cruces-farolas de las Siete Palabras. El silencio reinante ha impresionado a los miles de burgaleses que con fervor se han acercado para ver la comitiva, pero también a los miles de turistas que estos días pasean por la ciudad.

 

La noche ha comenzado hacia las 19:30h, con el traslado del Cristo Yacente portado a hombros por miembros de la Hermandad del Santo Sepulcro, desde la capilla del Corpus Christi de la Catedral, situada en el claustro alto del templo, hasta el trascoro de la Catedral.

 

El Cristo ha sido introducido en la urna del Santo Sepulcro en la fachada de Santa María, momento en el que el resto de hermandades y cofradías se han unido para comenzar la procesión del Santo Entierro.

 

La salida de esta procesión general se ha producido pasadas las ocho de la tarde, con el sol ya en caída, desde la fachada de Santa María de la Catedral. Desde allí, a través de la calle de Santa Águeda y de la de Nuño Rasura, han alcanzado la plaza del Rey San Fernando, saliendo por el arco de Santa María y dirigiéndose, por la calle Valladolid, hacia la calle Calera, donde la estrechez de la vía y la tenue luz han dejado momentos de auténtica devoción.

 

Desde allí, han subido por la calle de San Pablo, cruzando de nuevo el Arlanzón por el puente homónimo, y tras franquear la plaza de Mío Cid, han proseguido por las calles de Santander, San Juan, Laín Calvo y La Paloma para retornar, a través de Nuño Rasura y Santa Águeda, a la plaza de Santa María, donde ha concluido el desfile procesional y desde donde cada cofradía se ha dirigido a su respectivo templo. Un recorrido nuevo, más largo que el del año pasado y que ha permitido contemplar bellas panorámicas, aprovechando también que el día y la temperatura han acompañado.

La Iglesia en Burgos conmemora la Pasión del Señor en el Viernes Santo

por Natxo de Gamón,

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El silencio y el recogimiento han marcado la jornada del Viernes Santo en Burgos, uno de los días más intensos y sobrecogedores del calendario litúrgico. La Iglesia ha conmemorado la Pasión y Muerte del Señor en una celebración cargada de sobriedad, en la que los fieles han sido invitados a contemplar el misterio de la cruz.

 

La liturgia, profundamente austera, ha comenzado con el celebrante postrado, rostro en tierra, en un profundo signo de humildad que recuerda la agonía de Cristo. A continuación, la celebración ha girado en torno a la proclamación de la Pasión, que narra los últimos momentos de la vida de Jesús. Este relato, leído a tres voces, ha centrado la celebración, ayudando a los presentes a adentrarse en el sentido más profundo de este día, en el que Cristo entrega su vida por amor a la humanidad.

 

A continuación, ha tenido lugar la oración universal, en la que la Iglesia ha elevado sus súplicas por toda la humanidad, recordando especialmente a quienes más sufren. Uno de los momentos más significativos ha sido la adoración de la cruz, en la que los fieles han ido acercándose para venerarla en un gesto de fe y reconocimiento del sacrificio de Cristo.

 

Durante la adoración se ha realizado la tradicional colecta para los Santos Lugares, una costumbre antiquísima de ofrecer lo obtenido en la celebración del Viernes Santo para las necesidades de los cristianos de Tierra Santa.

 

Por último, los fieles han tenido la posibilidad de comulgar el Cuerpo de Cristo consagrado en la tarde del Jueves Santo, durante la celebración de la Santa Misa de la Cena del Señor, y conservado en el Monumento Eucarístico que se instaló en la capilla de Santa Tecla de la Seo, que los fieles han podido adorar durante la tarde del Jueves y la mañana del Viernes.

 

A lo largo del día, parroquias y templos de la archidiócesis han acogido celebraciones similares, mientras que la piedad popular ha tenido su reflejo en las manifestaciones propias de esta jornada, con la participación de cofradías y fieles en distintos actos, destacando el Desenclavo del Santísimo Cristo de Burgos.

 

El Viernes Santo invita así a detenerse ante la cruz, centro de la fe cristiana, y a contemplar el amor llevado hasta el extremo. Con esta celebración, la Iglesia continúa el camino del Triduo Pascual, a la espera de la gran noche de la Vigilia Pascual, en la que se proclamará la Resurrección de Cristo.