«El Bautismo: el sello indeleble del amor de Dios»

por Natxo de Gamón,

«El Bautismo: el sello indeleble del amor de Dios»

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«El Bautismo de Jesús revela cómo es realmente la justicia de Dios». Con estas palabras del papa Francisco pronunciadas antes del rezo del Ángelus del año pasado, recordamos la festividad del Bautismo del Señor que celebramos hoy.

 

La renovación de nuestra vida bajo el agua de la fe nos injerta en el corazón del Padre, nos hace nacer a la vida eterna por el Espíritu Santo y nos sumerge en las profundidades del Señor para que seamos como Él.

 

Dios tuvo el valor de entregarnos a su Hijo para hacernos hijos. Fiel a este designio, el Verbo se hizo carne y vino a la tierra por amor, para habitar y colmar de sentido todos los recovecos de nuestra vida (cf. Jn 1, 1-18).

 

Ahora, bautizados y ungidos, hemos de obrar en el mundo «por la participación en la función real, profética y sacerdotal –recuerda san Josemaría Escrivá–, hecho una sola cosa con Cristo por la Eucaristía, sacramento de la unidad y del amor». Por eso, como Él, hemos de vivir de cara a los demás, «mirando con amor a todos y a cada uno de los que le rodean, y a la humanidad entera» (Es Cristo que pasa, 106).

 

En este día, con la mirada asentada en la orilla del río Jordán y el corazón situado cerca de Juan el Bautista, recordamos la misión del Señor, mientras se hacía uno de tantos y le pedía a Juan el regalo de la vulnerabilidad de Dios: «Él ha venido para llevar a cabo la justicia divina, que es salvar a los pecadores; ha venido para tomar sobre sus hombros el pecado del mundo y descender a las aguas del abismo, de la muerte, con el fin de recuperarnos e impedir que nos ahoguemos», destacaba el Papa Francisco en su mensaje.

 

Ante tanto don inmerecido por parte de Dios hacia sus hijos amados, ¿qué podemos hacer nosotros? Quizá, nos nace resistirnos a esta petición del Señor y decirle –como hizo Juan– que somos nosotros quienes necesitamos ser bañados por Él (cf. Mt 3, 14), pero al instante escuchamos cómo vuelve a pedirnos que le permitamos hacer lo que anhela su corazón, pues conviene que se cumpla así toda justicia (cf. Mt 3, 15).

 

Nosotros, por el Bautismo, como discípulos de Jesús, somos llamados a ser santos como Él, a no juzgar ni condenar a quienes piensan diferente a nosotros, a ser misericordiosos y delicados con aquellos que necesitan ser levantados de la fragilidad.

 

Decía san Josemaría Escrivá que, en el Bautismo, «nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo». Y si la fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la Tierra, «haremos que arda el mundo en las llamas del fuego que viniste a traer a la Tierra; y la luz de tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las inteligencias, en un día sin fin» (Apuntes íntimos, n. 1741).

 

El Señor puso en nuestra alma un sello indeleble por medio del Bautismo. Con este gesto, no solamente nos convertimos en hijos amados de Dios, sino que, además, a partir de hoy, comenzamos un tiempo ordinario de amor y de esperanza.

 

Hoy, con María, quien nos devolvió la vida merced a su hijo Jesús, dejémonos conmover por aquellos que Dios pone en nuestro camino: los pobres, los enfermos, los frágiles, los desamparados y los más vulnerables. Una vez inmersos en el fuego de su amor, salgamos del barro que baña nuestra comodidad, percibamos cómo se abren los Cielos ante nuestros ojos y veamos al Espíritu de Dios descender en forma de paloma sobre nuestra debilidad.

 

Sólo desde ellos, los preferidos de Dios, podremos escuchar la voz del Padre, diciéndonos –una vez más– desde los Cielos: «Este es mi hijo amado, en quien me he complacido» (Mt 3, 15-17).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«El mejor Tesoro de nuestras vidas»

por redaccion,

reyes magos

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, víspera de la Epifanía del Señor, celebramos la manifestación de Cristo a las naciones en las personas de los Magos de Oriente. Una manifestación ya no sólo al pueblo elegido, sino a toda la humanidad, que pone en boga la universalidad que Jesús, desde su nacimiento, revela: un Dios de todos y para todos, que no hace acepción de personas ni de culturas ni de razas, que llega a esta Tierra en humildad y pobreza y que entrega hasta la última gota de su sangre por la salvación del mundo.
El Evangelio nos muestra la imagen de unos Magos que vienen de Oriente con el único deseo de encontrar a Dios. Y a pesar de que no sabían nada de las Sagradas Escrituras, decidieron seguir el rastro de la estrella que les mostraba el camino hacia el que sería, sin ellos siquiera imaginarlo, el sentido de sus vidas. Y aunque el encuentro con el Rey de reyes era la razón de su alegría, el pasaje estuvo lleno de pruebas, contratiempos y desafíos; el frío de la noche y el calor del día, el miedo ante lo desconocido, el cansancio en medio de la incertidumbre…
Durante su travesía hasta el corazón del Hijo de Dios, pasarían por momentos en los que, incluso, dejarían de ver la estrella que les guiaba hasta el pesebre de Belén Y, sin embargo, no cesaron en su búsqueda, y ni siquiera se plantearon aminorar el paso por lo que les podría suceder; incluso el encuentro con el rey Herodes y su homicida voluntad de eliminar a quien osara poner en peligro su grotesco reinado. Porque se fiaban y esperaban, como anunciaría el profeta Isaías: «Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60, 3). Así, continuaron con su misión, por encima de cualquier impedimento, hasta que llegaron al portal, se postraron ante el Niño y le adoraron como se ama lo que más se espera.
Esta actitud de los Magos nos enseña una hermosa lección, y es que, en los momentos de incertidumbre, lucha interna y aflicción, ante tantas vicisitudes que la vida nos presenta, es preciso ponerse en marcha, confiar en Quien nos guía, vencer las comodidades y los miedos con actitud de servicio, alegría y entrega, y asumir los riesgos del camino. Sólo así, la recompensa de abrazar el Misterio tendrá el sentido que el corazón anhela.
En Dios, cada paso es una nueva oportunidad, una encrucijada vencida, una vida por vivir. Por eso, la Epifanía es una fiesta de caridad que nos recuerda que en Jesucristo se revela el lenguaje universal del amor de Dios, el de la apertura, el de la escucha, el de la confianza, el del encuentro.
Y lo es por amor: un amor que no conoce límites ni fronteras, que nos hace a todos coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio (cf. Ef 3, 6).
Ahora, pues, de la mano de los Magos de Oriente y con el espíritu de san Pablo, quien se hacía llamar «el más insignificante de los santos», se nos da la gracia de anunciar a todos los pueblos la riqueza insondable de Cristo y de iluminar la realización del Misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, el Creador de todo (cf. Ef 3, 8-9).
Hoy, con el oro, el incienso y la mirra que los Magos posaron a los pies de Jesús (cf. Mt 2, 1-12), conmemoramos la humildad de Dios y la grandeza del destino de la humanidad. Él se rebaja hasta el extremo y, despojado de cualquier privilegio, se encarna en la humildad más absoluta; y nosotros, frágiles siervos del Amor, sólo tenemos que acoger su pobreza hasta ser imagen viva de su bondad, de su fidelidad y de su belleza.
En el Niño de Belén se nos revela el rostro de Dios. Seamos, a imitación de la Virgen María, la primera Custodia de Cristo, el regalo más preciado para los demás. Recorramos el Camino de la Verdad para adorar al Mesías, que es la Vida. Y, después, vayamos a todos los pueblos a anunciar –con inmensa alegría– lo que hemos visto y oído: quienes buscan a Dios acaban encontrando el mejor Tesoro de sus vidas.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

 

«La Sagrada Familia de Nazaret, escuela y santuario del amor»

por redaccion,

«La Sagrada Familia de Nazaret escuela y santuario del amor»

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Queridos hermanos y hermanas:

 

El nacimiento de Jesús dio plenitud y un nuevo sentido a la palabra familia. Hoy, fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, fijamos nuestra mirada en Jesús, María y José para ver la vida desde sus ojos, como nunca ha podido mirar nuestro corazón.

 

Esta familia «no se queda sólo en los altares, como objeto de alabanza y veneración», sino que «está cercana a toda familia humana; se hace cargo de los problemas profundos, hermosos y, al mismo tiempo, difíciles que lleva consigo la vida conyugal y familiar», señaló el papa san Juan Pablo II durante una audiencia general pronunciada en 1979.

 

De la humanidad que desprenden los Tres nace la primera Iglesia doméstica: un hogar de Amor Trinitario que es principio, belleza y camino del amor humano. Así, iluminados por este Misterio, podemos conocer la profundidad inmensa del bien que se esconde en la familia.

 

María es la Madre del amor y de la entrega, imagen y modelo de la Iglesia, la mujer que nace de la entraña delicada del Padre. Todo en Ella es un «sí» prolongado y pulcro que desentraña cada uno de los hilos del misterio: la Bienaventurada Virgen «avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz» (Lumen Gentium, n. 58).

 

José es el Padre custodio, la fidelidad que no conoce límites, la entrega silenciosa y justa. Él, guardián del Redentor, es el patrono de la Iglesia universal. Tanto es así que la economía de la Salvación pasa por sus manos, trabajadas en el taller y en la vida diaria, al servicio de María y de Jesús, a quienes no deja de cuidar ni un solo instante. No es casualidad que el papa san Juan XXIII, gran devoto de san José, estableciese que en el Canon romano de la Misa se incluyese su nombre junto al de María y antes que el de todos los santos.

 

Y Jesús, el Verbo Encarnado, es el Hijo de Dios (cf. Lc 1, 35) y de María y José en virtud del vínculo matrimonial que los une, la Palabra que se hizo carne para habitar eternamente entre la pobreza de nuestro barro (cf. Jn 1, 14).

 

Los tres conforman el Misterio revelador del profundo amor que Dios profesa a la familia humana. Su presencia arroja una luz nueva sobre la familia como origen, creación y cuna, de donde brota el corazón humano que peregrina en la fe hacia la Vida Eterna.

 

Su mirada es escuela y camino de amor y santidad, la promesa que nos enseña a ser una verdadera familia cristiana, donde todos caben en la mesa y donde nadie se queda fuera para compartir un gesto de afecto y entrega. Su ejemplo es fidelidad, sacramento y bienaventuranza, porque permanecieron fieles a la llamada de Dios hasta el final, hasta sus últimas consecuencias.

 

Hoy, desde el corazón de María y José, donde nace la Vida, «el ‘sí’ de todas las antiguas promesas (cf. 2 Cor 1, 20)» (Redemptoris custos, n. 11) y el manantial de santificación singular, conmemoramos que todos formamos parte de la familia de Dios y que nadie queda fuera de este santuario de amor y fidelidad que es la Sagrada Familia de Nazaret.

 

En este día de la Sagrada Familia, se inaugura en nuestra archidiócesis el año jubilar que lleva como lema Peregrinos de Esperanza. La Eucaristía que celebraremos esta tarde a las 17:30h en la Catedral y a la que estáis todos invitados, nos pone en camino siguiendo la estela de luz y amor de la Sagrada Familia hacia la plenitud de nuestra vida y de la humanidad entera.

 

Aprovecho esta ocasión para desearos un feliz y venturoso año nuevo 2025 que estamos a punto de inaugurar. Dios os colme de toda clase de bendiciones y os custodie siempre en su amor.

 

Con gran afecto, os deseo un feliz día de la Sagrada Familia.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«¡No os dejéis robar la esperanza!»

por redaccion,

Mons. Mario Iceta: «¡No os dejéis robar la esperanza!»

Fuente: Freepik.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

«La esperanza cristiana es un regalo de Dios que llena de alegría nuestra vida. Y hoy la necesitamos tanto. ¡El mundo la necesita tanto!», recuerda, con el corazón colmado de sueños por cumplir, el papa Francisco en su vídeo-mensaje del mes de diciembre, titulado Por los peregrinos de la esperanza.

 

En el corazón de este deseo para una Iglesia que está llamada a ser hogar con las puertas siempre abiertas, nace la intención de oración elegida por el Papa, quien recuerda el tiempo que vivimos como un lugar sagrado donde fortalecer la fe y reconocer a Cristo vivo en medio de nuestras vidas: «Llenemos nuestro día a día con el don que Dios nos da de la esperanza y permitamos que a través de nosotros llegue a todos cuantos la buscan», insiste en su petición.

 

Esta llamada especial, enmarcada en el contexto del próximo Jubileo 2025, nos sitúa ante el mandamiento principal de la ley de Dios, que es el verso central que acompaña cualquier poema recitado desde la esperanza cristiana: sólo amando al Señor con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente, seremos capaces de amar al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22, 36-40) y aún más, como Él nos ha amado.

 

Como todo es providencia en nuestra historia, el día 18 de este mes celebramos a la Virgen de la Esperanza. Ella nos recuerda que la esperanza «nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz» (Spes non confundit, n. 25). Así, por la acción del Espíritu Santo, somos renovados cada día en ese anhelo de plenitud que encuentra su fundamento en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos de su amor (cf. Rm 8, 35), porque su Palabra –que es la fuente de toda la esperanza– nunca defrauda (cf. Rm 5, 5).

 

«Cuando no sabes si mañana vas a poder dar de comer a tus hijos y si lo que estás estudiando te permitirá tener un trabajo digno, es fácil caer en el desánimo», confiesa el Papa mientras va desgranando el sentido de su plegaria. ¿Dónde buscas, entonces, la esperanza, tras esos momentos de angustia y de incertidumbre?, insiste, para manifestar que «es un ancla que tú la tiras con la cuerda y arraiga segura en la playa», lo que supone «estar aferrados a la cuerda de la esperanza».

 

María es el abrazo que no pregunta en mitad de la noche, la madre compasiva de todos los hijos del mundo, la promesa que salva cuando todo está perdido. María es la vida renovada que se inclina ante el más pobre, el bálsamo para una tierra en ruinas, la mensajera de Vida Eterna.

 

María es la certeza incondicional que se humilla por amor a nosotros, la sonrisa donde descansa el corazón, la caricia tallada a fuego en el rostro del sufriente.

 

Ella es la esperanza, hecha Camino, Verdad y Vida en la prolongación de la bondad de su Hijo, y desea que nosotros seamos signos creíbles de su presencia; a tiempo y a destiempo, cuando sople la suave brisa del Espíritu y cuando el huracán sacuda nuestras vidas, en el silencio de un gesto y en el grito del dolor más vulnerable.

 

De su mano siempre maternal, llevemos la buena noticia a los necesitados, vendemos los corazones heridos y proclamemos la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros (cf. Is 61, 1-2). Somos enviados por el Señor para cuidar de los débiles como una promesa calada de dignidad humana. Y este compromiso es sólo un trozo del Cielo que Dios nos tendrá preparado con una belleza inusitada en los jardines de la Vida Eterna.

 

¡No os dejéis robar la esperanza!, dice el Papa. Y confiemos, como ese pueblo que camina entusiasta en la fe, diligente en la caridad y perseverante en la esperanza (cf. 1 Ts 1, 3). Y dejemos escrito en el diario de nuestra vida que la esperanza no defrauda cuando se arraiga profundamente en el amor de Dios.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«María Inmaculada, Sagrario vivo de la Belleza»

por redaccion,

«María Inmaculada, Sagrario vivo de la Belleza»

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, con el tiempo de Adviento marcando el paso lento de Dios por nuestra vida, celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Ella, preservada del pecado merced a los méritos del sacrificio redentor de su Hijo, deja grabado en lo más profundo de nuestra fe que el amor –si es verdadero– lo inunda todo, hasta transformar en gracia la mirada afligida de este mundo.

 

«He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 26-38). María, con su perpetuo e inigualable «sí», rompe las ataduras humanas para enseñarnos cómo en una mirada pueden esconderse todos los misterios del Evangelio.

 

María nos lleva a Jesús. Todo en Ella es ofrenda derramada por amor; un amor incomparable capaz de transformar el dolor más oscuro en puro don. Incluso en la hora suprema de la nueva Creación, incluso en la Cruz, «cuando Cristo sufría en su carne el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la consoladora presencia de la Madre y del amigo» (Evangelii gaudium, 285).

 

Los ojos de Cristo tienen el mismo color que los de su Madre, porque no soporta que unos pies cansados peregrinen por las cimas más gastadas de esta Tierra sin la presencia de Aquella que es capaz de «transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura» (ibd, 286). Ciertamente, confiesa el Papa Francisco, al Señor «no le agrada que falte a su Iglesia el icono femenino» (ibd, 285). De mismo modo, Ella empeña la vida para que cada uno de nosotros, sus hijos más amados, llevemos grabado en el alma el Corazón de su Hijo.

 

A lo largo de la historia, los más grandes pintores, maestros, poetas, escultores y literatos han ido cincelando en sus obras la belleza de la Santísima Virgen María. Porque nadie olvida su rostro después de haberla conocido. No solo porque Ella acompaña a cada uno de los hijos que testimonian los mandamientos de Dios y mantienen la memoria de Jesús (cf. Ap 12, 17), sino porque en su mesa caben todos. Y no importa la mano que moldee su tez, describa su amor materno o sombree sus ojos; solamente basta el corazón de quien la invoque para que Ella, como verdadera Madre, se haga presencia para dejarse eternamente admirar.

 

La Concepción Inmaculada de María, «dotada con unos dones a la medida de una misión tan importante» (cf. LG 56), nos enseña a acoger al Verbo de la vida en la profundidad de nuestra pobre fe.

 

Gracias a Ella, el Hijo unigénito de Dios se ofrece al Padre para venir al mundo hasta hacerse carne de salvación. Y el Padre le regala la mejor Madre que podía tener: una Virgen inmaculada, sin mancha, sin pecado, ataviada con una hermosura que nada ni nadie podrá jamás mitigar.

 

Hoy, María, el Sagrario vivo de la Belleza, también nos invita a meditar el misterio de la Encarnación como «fuente de luz interior, de esperanza y de consuelo», tal y como una vez describió el Papa Benedicto XVI. Ahí, en el momento en que el Verbo se hace carne para habitar cada uno de los rincones de nuestra alma (cf. Jn, 1, 14).

 

El corazón sagrado de María nos recuerda que la gracia es más poderosa que el pecado. Por eso, sin proferir una sola queja, se puso al servicio de la voluntad de Dios, convirtiéndose en la custodia del Niño que nacerá dentro de unos días para salvar con su amor al mundo.

 

Virgen santa e inmaculada, escucha nuestra oración, atiende a la voz de nuestra súplica, cuida de tus hijos más necesitados y haz que el amor misericordioso de tu Hijo nos seduzca y que tu belleza materna nos conduzca a la plenitud de una vida que no tendrá fin.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos