«La mirada del perdón desde el corazón de Cristo»

por Natxo de Gamón,

 

Mons. Mario Iceta: «La mirada del perdón desde el corazón de Cristo»

Foto: jcomp | Freepik.

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Entrados ya en el tiempo litúrgico de Cuaresma como camino de conversión y reconciliación, nos seguimos preparando para la gran fiesta de la Pascua. Pero, para llegar a la tan esperada resurrección, hemos de recorrer la vía de la conversión, de la mano de la fe, la esperanza y la caridad. Este propósito supone arrepentirnos de nuestros pecados y volver a la fuente del amor para vivir más cerca del Sagrado Corazón de Cristo.

 

El color morado que dibuja nuestras celebraciones nos invita a cambiar de vida, a poner el perdón en el centro de nuestra existencia para reconciliarnos con Dios, con nuestros hermanos y con nosotros mismos. Nos llama a la esperanza de una vida resucitada tras el paso por la penitencia y la austeridad. «Podemos caminar en una vida nueva» (Rm 6, 4), escribe el apóstol de los gentiles a los primeros cristianos; esa vida que nos hace para siempre hijos de Dios.

 

Hoy deseo invitaros a abrir vuestro corazón al sacramento de la Reconciliación, recordándoos que aquellos que se acercan a este misterio de curación «obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él» y, al mismo tiempo, «se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones» (Lumen gentium, 11).

 

Todos necesitamos de la misericordia de Dios, que perdone nuestras ofensas (cf. Mt 6, 12) y nos reconcilie con lo pobre de nuestro ser, con Dios y con los hermanos, que es donde se manifiesta la incalculable riqueza de Cristo.

 

El Señor nos enseña continuamente que Dios siempre está a la espera, que nunca se cansa de perdonarnos: «¡Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón!», afirmó el papa Francisco en una homilía pronunciada durante la celebración de la penitencia en la parroquia romana de San Pío V, en marzo de 2024.

 

Él espera un pequeño paso nuestro para salir a nuestro encuentro, para celebrar la misericordia, para recibirnos en su Casa. A Él le gusta un corazón sincero donde inculcar sabiduría, para rociarnos con el hisopo que lava y limpia hasta dejarnos más blancos que la nieve (cf. Sal 50).

 

Este Salmo de la reconciliación es el comienzo de la transformación, donde quiere hacerlo todo nuevo. «Misericordia, Dios mío por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado» (Sal 50, 3-4), rezan los primeros versos para concluir con la paz que serena y consuela el alma: «Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias» (Sal 50, 18-19).

 

El Padre desea devolvernos la alegría de la salvación, renovarnos por dentro, crear en nosotros un corazón puro, sanar nuestros huesos quebrantados y abrir nuestros labios para que podamos proclamar sin miedo su alabanza. Y, para ello, nos espera en el sacramento de la reconciliación para entrar en su inmenso corazón lleno de misericordia. ¿No sería esta Cuaresma el momento de entrar?

 

Si nos asaltan las dudas y los miedos y nos cuesta dar el paso, acudimos a la ayuda materna, delicada y poderosa de la Virgen María. Ella, que sabe tanto de clemencia en medio de la adversidad, que acompañó y consoló a su Hijo al pie de la Cruz y abrazó con el perdón a quienes le crucificaron, nos ayudará a entrar en el sacramento de la reconciliación.

 

Dejémonos renovar por Cristo, acojamos el abrazo de su perdón con fe y, a partir de ese día, como la hemorroísa, nos bastará simplemente tocar su manto para que Él ampare el corazón al escuchar de sus labios: «Tu fe te ha curado. Vete en paz» (Mc 5, 34).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«El don de toda vida humana»

por Natxo de Gamón,

40 días por la vida aborto vida

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

El 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, cuando conmemoramos que el Hijo eterno del Padre asume nuestra humanidad en el seno de María para cumplir la promesa de la eterna salvación, celebramos la Jornada por la Vida.
Traemos al recuerdo el gran acontecimiento que cambió para siempre la historia de la humanidad: el arcángel Gabriel, enviado por Dios, anunciaba a una humilde doncella de Nazaret el plan salvífico del Padre, invitándole a ser la Madre del Hijo unigénito de Dios, el Señor Jesús.
Por eso, recordando este acontecimiento admirable, celebramos la jornada de la vida, porque es la fiesta de la Encarnación del Verbo de Dios. Que el Hijo del eterno Padre partícipe de la naturaleza humana, es la prueba por excelencia del inmenso amor de Dios por todos y cada uno de quienes formamos parte de la humanidad a lo largo de todos los tiempos.
Los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida afirman que «sólo en Jesucristo encontramos la verdadera respuesta a los anhelos más hondos». En este sentido, a la luz de la revelación y acorde al lema elegido – abrazando la vida, construimos esperanza–, reconocen que «descubrimos con asombro y agradecimiento que cada persona ha sido creada por amor y para amar».
Toda vida humana es un don que proviene del amor de Dios, una buena noticia que conlleva la responsabilidad de cuidar esta gracia que se nos concede desde el su inicio en el seno materno hasta su fin natural; y cómo ha de ser cuidada desde su concepción hasta su paso definitivo a la casa del Padre. Dios bendice en abundancia a la mujer encinta y pone en su seno un latido de amor eterno. Ante esta realidad, las madres «son una luz de esperanza para el matrimonio cristiano y para quienes siguen creyendo en el amor que sobrepasa la comodidad inmediata, donde los hijos son una esperanza para el futuro», revelan los obispos en su carta.
No puedo evitar pensar en esas madres coraje que, durante un embarazo en situaciones complejas, a pesar de atravesar momentos de dificultad o penurias diversas, deciden seguir adelante con el don que el Padre les ha confiado. Su fortaleza y esperanza en la debilidad testimonian su pertenencia al grupo de mujeres fuertes de Dios, las mujeres del Evangelio que Él elige y ama en Cristo (cf. Ef 1, 1-5) y gracias a las cuales se continúa construyendo la civilización del amor.
En esta Jornada por la Vida, instituida por el Papa san Juan Pablo II para «manifestar el gozo por una vida que nace y el respeto y la defensa de toda existencia humana, el cuidado del que sufre o está necesitado, la cercanía al anciano o al moribundo, la participación del dolor de quien está de luto, la esperanza y el deseo de inmortalidad» (Evangelium vitae, 84), reconocemos en cada niño que nace la imagen viva de la gloria de Dios; gloria que celebramos «en cada persona, signo del Dios vivo, icono de Jesucristo» (EV, 84 ss).
El fin fundamental de esta jornada, escribía el san Juan Pablo II en su encíclica Evangelium vitae cuyo XXX aniversario celebramos este día, es «suscitar en las conciencias, en las familias, en la Iglesia y en la sociedad civil, el reconocimiento del sentido y del valor de la vida humana en todos sus momentos y condiciones, centrando particularmente la atención sobre la gravedad del aborto y de la eutanasia», sin olvidar tampoco «los demás momentos y aspectos de la vida, que merecen ser objeto de atenta consideración, según sugiera la evolución de la situación histórica» (EV, 85).
La maternidad conlleva una «comunión especial» con el misterio de la vida, que «madura en el seno de la mujer» (Mulieris dignitatem, 18). Fieles a este designio, ponemos esta Jornada en las manos de la Virgen María, para que Ella –Santuario de la vida– nos recuerde cada día que la herencia preciosa del Señor son el don de los hijos, testimonio perenne del amor de Dios (cf. Sal 127 [126]).
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Alejandro Sánchez y Óscar Olivares: «Somos felices en el Seminario»

por Natxo de Gamón,

Alejandro Sánchez y Óscar Olivares: «Somos felices en el Seminario»

Óscar Olivares y Alejandro Sánchez, en su visita a los estudios de COPE Burgos. | Archidiócesis de Burgos.

 

Escucha aquí la entrevista completa con motivo del Día del Seminario en ‘El Espejo’ de COPE Burgos

 

Este domingo, 16 de marzo, la Iglesia en España celebra el Día del Seminario bajo el lema Sembradores de esperanza, en sintonía con el año jubilar Peregrinos de Esperanza que está celebrando la Iglesia universal. Con este motivo, los seminaristas Alejandro Sánchez y Óscar Olivares han compartido su testimonio en el programa ‘El Espejo’ de COPE Burgos, donde han hablado de su vocación, su experiencia en el Seminario y la alegría de responder a la llamada de Dios.

Ellos son dos de los dieciocho seminaristas que se forman en el Seminario Diocesano de San José, uno de los dos centros de formación para los aspirantes al sacerdocio que tiene la archidiócesis, junto al Seminario Misionero Redemptoris Mater, en el que se forman 10 candidatos al sacerdocio.

Alejandro Sánchez, en su primer año de licenciatura en Teología, ha recordado cómo su vocación surgió de su implicación parroquial desde muy joven: «Siempre he sido de misa, de recibir catequesis y luego de darla». Con el tiempo, su deseo de profundizar en la fe lo llevó a discernir su vocación sacerdotal. El descubrimiento de su vocación ha estado ligado a san José: «Conocer su historia y sus virtudes me hizo desear ser como él: dedicarme a los demás, transmitir la buena noticia que hemos recibido los cristianos, celebrar la Eucaristía, los sacramentos y dar testimonio de esa verdad que es Jesucristo». Ahora, además de formarse académicamente, está en la etapa pastoral y colabora activamente en la parroquia de San Pedro y San Felices, donde acompaña a jóvenes y participa en la organización de actividades parroquiales.

 

Por su parte, Óscar Olivares ha relatado una experiencia diferente pero igualmente significativa. Aunque siempre ha sido católico, no era practicante hasta que un día sintió la necesidad de confesarse y empezar a participar en grupos juveniles en la archidiócesis: «Iba a Hakuna, luego hice Effetá y también hice unos ejercicios espirituales. Ahí es donde sentí la llamada del Señor y, después de un acompañamiento, el deseo de entrar en el seminario. Un acompañamiento que ha continuado hasta llevarle a las puertas del seminario, donde ahora afronta su segundo curso.

 

Ambos seminaristas han destacado el apoyo que han recibido de sus familias y amigos en este camino. Olivares ha contado entre risas que su madre reaccionó con naturalidad cuando le comunicó su decisión: «Bien, sí, yo ya lo sabía», demostrando que en muchas ocasiones, los seres queridos perciben la vocación antes que uno mismo. En el caso de Sánchez, la sorpresa fue menor, ya que desde pequeño su entorno le hacía bromas sobre su posible vocación al sacerdocio. «Siempre decían que acabaría en el Seminario», ha comentado con una sonrisa.

 

«En el Seminario de Burgos venimos de varias diócesis y eso es muy enriquecedor»

En cuanto a la vida en el Seminario, han explicado que los días comienzan con la celebración eucarística y la oración, seguida de clases en la Facultad de Teología, momentos de estudio y convivencia con los demás seminaristas. Pero la jornada no se reduce solo a la formación académica: el deporte, la vida comunitaria y la formación espiritual también desempeñan un papel fundamental. Aprenden a vivir en comunidad, algo que es «muy enriquecedor, porque en el Seminario de Burgos venimos de varias diócesis y de varios países también, entonces yo creo que todo eso cuenta y suma», ha comentado Sánchez. «Pasa de todo, desde que te ganen el turno para lavar la ropa hasta que les puedas contar una cuestión personal que te tiene preocupado», ha añadido Olivares con humor.

 

Finalmente, ambos han definido su vocación en una frase que resume su compromiso con Dios y la Iglesia. Sánchez la ha expresado como «servir a los demás», mientras que Olivares la ha descrito como «entregarme al Señor». Un testimonio que, en pleno Día del Seminario, pone rostro y voz a quienes han respondido a la llamada de Dios al sacerdocio con pasión, esperanza y un corazón dispuesto a servir.

«Pastores que siembran esperanza»

por Natxo de Gamón,

reservado tierra vaciada

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Si la Iglesia es la Esposa de Cristo, vosotros constituís el momento del noviazgo, la primavera de la vocación, la estación del descubrimiento, de la prueba, de la formación». Hoy, cuando celebramos el Día del Seminario en torno a la fiesta de san José (que es el día 19), deseo recordar estas palabras que el Papa Francisco dedicó a un grupo de seminaristas y novicios en julio de 2013, en la Basílica Vaticana. Allí, ante su mirada atenta y despierta, les hacía una pregunta que debemos hacernos nosotros cada día: «¿De dónde nace la misión?».

 

En estos momentos, cuando vivimos sobrepasados por las prisas, las emociones y los sentimientos, el Señor vuelve a llamarnos para preguntarnos por la raíz donde nace nuestra vocación, por esa brisa vocacional que acompasa nuestro andar y por el agua que baña nuestra fe. Es una llamada de Dios que no solamente se la hace a los seminaristas, sino que lleva escondido el rostro de todos sus hijos. El lema que nos propone la Iglesia para esta jornada lleva implícito un mensaje cargado de sentido: Sembradores de esperanza. Y ha sido elegido por la Subcomisión Episcopal para los Seminarios para recordar que, en medio de las realidades que provocan sufrimiento e injusticia, es necesario «descubrir las zonas luminosas de la aventura humana y el papel que tienen los sacerdotes para generar esperanza». El compromiso silencioso de estos sacerdotes con cada persona es «generador de esperanza en el día a día», ayudando a «encontrar soluciones a sus problemas» y «aportando un sentido a sus experiencias vitales», señalan desde la Subcomisión.

 

Queridos seminaristas, que estáis viviendo esa primavera de la vocación: a los sacerdotes nos emociona volver a recordar esa llamada del Padre para ser eternamente suyos. Nunca olvidéis que vosotros vais a servir a Cristo en los hermanos, haciendo presente su misericordia con el perdón de los pecados, consagrando y distribuyendo su Cuerpo y su Sangre, fuente de amor y de vida, predicando su Palabra, consolando y fortaleciendo a los enfermos, santificando el amor de los esposos, acogiendo y cargando sobre los hombros a los heridos de la vida y el desamor.

 

En eso se fundamenta la vocación, en sabernos llamados por Él para algo infinitamente bello que supera nuestras fuerzas y debilidades, y que conlleva el mejor de los regalos: la Vida Eterna.

 

«Dios está vivo, y necesita hombres que vivan para Él y que lo lleven a los demás. Sí, tiene sentido ser sacerdote; el mundo, mientras exista, necesita sacerdotes y pastores, hoy, mañana y siempre», reveló el Papa Benedicto XVI a los seminaristas, al concluir el Año Sacerdotal, en octubre de 2010. Un canto a la esperanza que ha de fundamentarse en la formación humana, intelectual, pastoral, espiritual y comunitaria para configurarnos con el corazón del Buen Pastor. Porque la fe no se reduce a una palabra o un conjunto de normas, sino una respuesta a una llamada que conforma la existencia con un amor que «todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta» (Cor 13).

 

Estos años de Seminario son un tiempo de maduración humana y espiritual, de manera que cada tiempo vaya enraizando en vosotros «un equilibrio justo» entre corazón y mente, razón y sentimiento, cuerpo y alma, «y que sea humanamente íntegro», como escribía Benedicto XVI a los seminaristas.

 

Sois moldeados bajo el cuidado de san José y de la Virgen María, para que seáis el reflejo de su corazón en cualquier rincón donde Dios os envíe. Fiaos de su manera de servir y de amar; su generosa entrega os acercará, cada vez más, al Reino de Dios. Que Ellos sean bálsamo para vuestras vidas y os configuren con Cristo, el amor primero, para que seáis apóstoles de la misericordia, pastores según su corazón y buenos samaritanos de todo el que sufre.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Cuaresma: retornar a la casa del Padre»

por Natxo de Gamón,

Mons. Mario Iceta: «Cuaresma: retornar a la casa del Padre»

‘El retorno del Hijo Pródigo’ (1667-1670), de Bartolomé Esteban Murillo.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

La Cuaresma debe marcar profundamente la vida de todo cristiano. Este tiempo litúrgico nos adentra en el recogimiento personal y comunitario para sanar, por medio de la limosna, la oración y el ayuno, las heridas que ha generado el pecado, que nos alejan de Dios y de los hermanos y que dañan nuestro corazón.

 

Hoy, como el profeta Isaías, nos ponemos en actitud de escucha, para percibir cómo la Palabra de Dios llama a la puerta de nuestra vida para recordarnos que «el ayuno que yo quiero es este: partir tu pan con el que tiene hambre, dar hospedaje a los pobres que no tienen techo… Entonces clamarás al Señor y él te responderá, gritarás y él te dirá: aquí estoy» (Is 58, 6-7-9).

 

Entramos de lleno en este misterio de salvación, sabiendo que ya hemos sido salvados en esperanza (cf. Rm 8, 24). Y nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios, quien transfigura nuestra vida si nos dejamos transformar por la caridad de Cristo. Si caminamos por esta senda, hasta la celebración del Triduo Pascual en la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor como culmen del año litúrgico, conseguiremos romper las cadenas del egoísmo y del pecado que anidan en el corazón (cf. Mc, 7, 20-23).

 

Hemos de marchar sin desánimo hacia el horizonte de la Resurrección. Y hacerlo en comunión con Dios y con nuestros hermanos, sin dejar entrar a la tristeza, al cansancio y al desánimo que pueden transformar el jardín en un árido y afligido desierto (cf. Gn 3, 17-18). ¿De qué manera? Acogiendo el don de Dios, iniciando el camino de conversión, abriéndonos a la gracia que nace del costado del Señor, iniciando el camino de retorno a la casa del Padre, viviendo la caridad que consiste en compartir la vida con aquellos que menos tienen, dando a los demás lo más necesario y no solamente de lo que nos sobra, saliendo a los márgenes de la sociedad siendo portadores de la misericordia de Dios, teniendo muy presente que lo viejo ha pasado porque lo nuevo acaba de comenzar (cf. 2 Co 5, 17).

 

Limosna, oración y ayuno son los pilares sobre los que se asienta este tiempo de Cuaresma que ahora comenzamos. Cuarenta días para vaciarnos de esos apegos que nos aprisionan y nos hacen cautivos de inclinaciones, actitudes y acciones que no responden al plan amoroso de Dios.
Cuarenta días para abrazar la actitud del Padre del hijo pródigo, del buen samaritano o de Simón de Cirene; de María Magdalena o del buen ladrón. Porque amar a Dios y al prójimo sólo tienen sentido si se conjugan en la misma oración.

 

Cuarenta días en los que nos adentramos con Jesús en el desierto para hacer nuestros sus ayunos, sus silencios más profundos, sus angustias, sus tentaciones y sus soledades. Pero también sus esperanzas, sus plegarias, su fortaleza, su oración y sus palabras.

 

Y como es tiempo de conversión, también lo es de libertad. Es volver a recorrer un camino bautismal. Somos libres para detenernos y contemplar, a la luz de esta espera, cómo nos mira el Señor; un momento oportuno de gracia para hacer un alto en el camino y considerar cómo nos ama Cristo… Hacer memoria de cuánto tiempo hace que no hablamos confiadamente con Él; de examinar el modo en que el corazón está ahogado por elementos que, en realidad, no son importantes; de darnos cuenta de que necesitamos volver al primer amor.

 

Como el hijo pródigo, es hora de acoger el amor de Dios que nos impulsa a ponernos en camino de regreso al hogar, donde Él nos aguarda. Porque no hay plan más importante que desandar el camino extraviado e iniciar un camino de Emaús con el Señor que nos explica las Escrituras y reparte para nosotros el don de su Cuerpo y Sangre. Un camino que nos hace reencontrarnos con los hermanos y que comienza a responder verdaderamente al anhelo más profundo de amor y plenitud que anhela en el corazón. La Virgen María, hará más fácil el camino cuaresmal, con su compañía materna y misericordiosa.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos