Un año más, el Aula de Doctrina Social de la Iglesia promovida por la Cátedra Francisco de Vitoria de la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, organiza las XXIV Jornadas de Divulgación de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). En esta ocasión, el Aula ofrece el Curso de Presencia en la vida pública, de acuerdo con la prioridad diocesana escogida para este curso, y está organizado en colaboración con la Vicaría de Pastoral y el Departamento para la Formación Sociopolítica de la archidiócesis, junto con HOAC y la Delegación para la Pastoral del Trabajo.
Estas Jornadas se desarrollarán en dos sesiones. En la primera de ellas, el jueves, 6 de noviembre, el obispo burgalés Mons. Fernando García Cadiñanos, impulsor en su tiempo de estas jornadas, refrescará el Concilio Vaticano II, cuya constitución Gaudium et Spes comienza fundamentando la presencia de los cristianos en los lugares donde se promueve y decide la vida social. Lo hará en una conferencia titulada Cristianos en medio del mundo a la luz del Concilio Vaticano II.
Y en la segunda sesión, el jueves, 13 de noviembre, la teóloga y madre sinodal Cristina Inogés nos presentará su experiencia en el reciente proceso sinodal y cómo en todo lo vivido y en su Documento final aparece la llamada a la presencia pública en medio del mundo para los seguidores de Jesús. Su conferencia llevará por título Sinodalidad y profecía en medio del mundo.
Ambas sesiones de estas Jornadas de Divulgación de la DSI comenzarán a las 19:30h en el espacio Compañeros de Valentín Palencia del Seminario San José (entrada por la avenida del Conde de Guadalhorce) y serán retransmitidas además en directo por el canal de YouTube de la propia Facultad de Teología.
La capilla de Santa Tecla de la catedral de Burgos ha acogido esta mañana la celebración eucarística en sufragio por los sacerdotes y obispos difuntos del presbiterio diocesano. Una ceremonia que ha presidido Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, arzobispo de Burgos, y que ha estado concelebrada por el arzobispo emérito, Mons. Fidel Herráez Vegas, y los obispos burgaleses Mons. Ramón del Hoyo López, emérito de Jaén, y Mons. Cecilio Raúl Berzosa Martínez, emérito de Ciudad Rodrigo, así como por numerosos sacerdotes de la archidiócesis.
Durante la homilía, el arzobispo ha recordado el valor inconmensurable del ministerio sacerdotal y ha afirmado que «una eucaristía no vale diez euros; vale el infinito». En esta línea, ha subrayado que «bienaventurados vosotros porque no os lo pueden pagar, pero os pagarán en la resurrección de los justos». Mons. Iceta ha destacado que el sacerdocio es un servicio que no puede medirse en términos materiales, sino en la entrega gratuita al pueblo de Dios: «Perdonar los pecados no se puede comprar con todo el oro del mundo. Nuestro tesoro es el Señor».
En su reflexión, ha invitado a los presbíteros a reconocer la grandeza de su vocación y a vivir con espíritu de sencillez y comunión: «Entre el presbiterio no sólo comáis con los que son de la misma cuerda, sino que abrid el círculo a los pobres, a los que tú piensas que son cojos, pero igual el cojo es uno mismo». Ha exhortado también a cada sacerdote a mantener viva la caridad pastoral, recordando que «no vivimos para acaparar bienes, sino para servir con alegría al trozo de viña que el Señor nos ha encomendado».
Mons. Iceta ha insistido en la necesidad de cultivar la generosidad y la atención a los más necesitados, dedicando tiempo a quienes sufren la soledad o la enfermedad: «Al menos la décima parte de nuestro tiempo debe ser para los que están solos, para visitar a las personas mayores». Y añadió: «Acordaos del buen samaritano, que no pidió nada a cambio, sino que pagó la posada. Pagó su sanación, su salvación».
El arzobispo ha reconocido el sacrificio y la fidelidad de tantos sacerdotes que, a lo largo de los años, han servido con humildad en parroquias y comunidades rurales: «Muchos han vivido en condiciones muy precarias, pero su tesoro ha sido y es enorme, infinito en el cielo». Ha pedido al Señor que recompense su entrega y ha recordado que el presbiterio diocesano continúa la labor de quienes les precedieron: «Nosotros no comenzamos nada. Somos seguidores de una tradición y detrás de nosotros vendrán otros. Nadie es imprescindible, ni el último sacerdote del último pueblo del mundo ni el Santo Padre».
La celebración ha concluido en la capilla de Santa Ana, donde reposan los restos de los últimos arzobispos de Burgos. Allí, Mons. Iceta ha rezado un responso y ha asperjado con agua bendita las tumbas, en un gesto de gratitud y comunión con quienes consagraron su vida al servicio de la Iglesia.
El profesor Eloy Bueno de la Fuente, sacerdote y profesor de la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, ha ofrecido este martes una charla de formación al clero diocesano titulada Vivir la sinodalidad, en el Espacio Compañeros de Valentín Palencia del Seminario de San José. El encuentro, enmarcado en las sesiones formativas que organiza la Vicaría para el Clero, ha servido para presentar y comentar el Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad, texto que marcará las líneas pastorales de la Iglesia para los próximos años.
Durante su ponencia, Eloy Bueno ha explicado que el objetivo de la sinodalidad no es alterar la misión del sacerdote, sino redefinir su papel dentro de una Iglesia en la que la tarea pastoral se comparte entre todos los fieles. «El sacerdote no tiene por qué ocuparse de todo —ha señalado—. Se trata de que la tarea común la llevemos entre todos». En este sentido, ha recordado que el ministerio ordenado mantiene una misión específica: «gobernar, regir y santificar al pueblo de Dios», pero siempre desde un espíritu de comunión.
El teólogo ha destacado que el documento sinodal define el ministerio ordenado como «un servicio a la armonía», orientado a que la diversidad de carismas y vocaciones confluyan en la misión común de la Iglesia. «Eso también exige —ha reconocido— un pequeño reciclaje, pero no es tan difícil si se asume desde la fidelidad al Evangelio y al propio ministerio».
Entre las claves que propone el texto sinodal, Bueno ha subrayado la importancia del discernimiento vocacional y comunitario, la toma de decisiones compartidas y la transparencia y rendición de cuentas. «Son caminos —ha concluido— que ayudarán a que nuestras comunidades vivan de verdad la sinodalidad como un modo de ser Iglesia».
El cementerio municipal de San José ha acogido este sábado la celebración de la solemnidad de Todos los Santos, presidida por el arzobispo de Burgos, Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, en una jornada marcada por la oración y la esperanza cristiana. Acompañado por varios sacerdotes y numerosos fieles, el arzobispo ha subrayado en su homilía que esta fiesta «no se celebra en las tinieblas ni en el miedo, sino en la luz, en el amor y en la misericordia».
Mons. Iceta ha recordado que la solemnidad de Todos los Santos «es la promesa de una esperanza», porque «ahora vemos a Dios en la fe, pero un día lo veremos tal como es». En este sentido, ha animado a los presentes a mirar la vida «no como un camino hacia la oscuridad o la perdición, sino hacia un amor inmenso», convencidos de que «el día del entierro de nuestros seres queridos no fue un ‘hasta nunca’, sino un ‘hasta el Cielo’».
El arzobispo ha presentado el Evangelio de las bienaventuranzas como «el camino de la santidad cotidiana», que se vive «en la caridad, el servicio y la misericordia». «No hay otro camino —ha dicho— que el ejercicio diario del amor: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al encarcelado». En ese mismo camino, ha añadido, «cada dificultad y cada entrega se convierten en pequeñas semillas de santidad».
Por último, Mons. Iceta ha recordado la visión del Apocalipsis como «imagen del destino último de nuestra vida: un lugar de luz, de amor y de inmensa felicidad». «Pedimos al Señor —ha concluido— que acoja con misericordia a nuestros hermanos difuntos y que ellos, desde su presencia junto a Dios, nos animen en nuestra carrera hacia la eternidad».
La capilla de Santa Tecla de la catedral de Burgos ha acogido este domingo la celebración eucarística de la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, presidida por Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, arzobispo de Burgos, quien ha invitado a los presentes a vivir esta jornada «no como una fiesta tenebrosa, sino como la fiesta de la esperanza». La misa se ha celebrado en sufragio por todos los difuntos de la archidiócesis, en el marco de las celebraciones de estos días dedicadas a recordar a quienes «nos precedieron en la fe y edificaron nuestras vidas, nuestras familias y nuestras comunidades».
En su homilía, Mons. Iceta ha contrapuesto la fe cristiana en la vida eterna frente a la visión oscura de la muerte que muchas veces domina el ambiente cultural. «Nosotros no celebramos lo tenebroso ni lo oscuro, celebramos a Cristo resucitado, a quien es la vida para siempre», ha afirmado, recordando que «el cementerio, para los cristianos, no es la ciudad de los muertos, sino el lugar de descanso en el Señor, bajo la sombra de la cruz».
El arzobispo ha subrayado que esta conmemoración es una llamada a mantener «los ojos abiertos al asombro, para mirar el horizonte último de la existencia con esperanza», porque «en el seno de la Iglesia, la muerte es la puerta última de la vida». En este sentido, ha señalado que los fieles difuntos «nos enseñan a mirar la existencia como esperanza que resplandece, porque la fe en la resurrección de Cristo es el núcleo luminoso de nuestro credo».
Mons. Iceta ha recordado también que el amor de Dios es más fuerte que la muerte: «En Cristo crucificado y resucitado encontramos nuestro destino definitivo, la promesa del amor que vence al temor, a la oscuridad y a lo tenebroso». Y ha concluido su homilía invitando a orar no sólo por los difuntos, sino también por los vivos, «para que nuestra fe se fortalezca y creamos con firmeza que ellos gozan ya para siempre de la presencia luminosa de Dios».
Con esta misa, la Iglesia en Burgos ha querido recordar a todos los que han partido ya a la Casa del Padre, en una celebración que, en palabras del arzobispo, «no mira hacia atrás, sino hacia adelante, hacia los santos, confiados en la esperanza que sostuvo su camino».