El Buen Pastor da la vida por sus ovejas

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«El Buen Pastor da la vida por sus ovejas» (Jn 10, 11). Jesús Resucitado, verdadero Dios y verdadero hombre, vuelve a recordarnos hoy, Domingo del Buen Pastor, que ha venido a dar la vida por todos. El Señor, una vez más, abre sus brazos y se presenta como la puerta por la que entran las ovejas para alcanzar el descanso, la gloria y la vida plena en el amor. Hoy volvemos la mirada al Pastor. Porque su fidelidad nos preserva del peligro, porque su entrega redime nuestra desesperanza, porque necesitamos de su Cuerpo y de su Sangre para dar sentido pleno a nuestra vida.

 

El Señor Jesús se dejó clavar en el madero para curar nuestras heridas, sin retener nada para él, y para consumar, así, lo que a diario hacemos vida por amor en el altar. Cristo, Pastor del pueblo y Cordero de Dios, nos enseña a vivir una vida de servicio. Y lo hace curando y velando las heridas de cada una de sus ovejas, a las que llama por su nombre, para después salir a buscar a la que se despistó por el camino o se extravió.

 

Está deseando que reconozcamos su voz entre tanto ruido, llevarnos sobre sus hombros para sostener nuestro cansancio, que le reconozcamos como hermano y amigo. Porque, como decía santa Teresa de Jesús, «solo el amor da valor a todas las cosas», y sin un corazón lleno de amor y sin unas manos generosas, como son las de Dios, «es imposible curar a un hombre enfermo de su soledad».

 

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre…», revela el evangelista san Juan (1 Jn3, 1). Es el Padre que nos entrega a su propio Hijo para que pastoree nuestras huellas, nuestros dones, nuestros cansancios.

 

San Agustín, ante el misterio abismal de la elección divina, manifestaba que «Dios no te deja, si tú no le dejas». En Jesús escuchamos su Palabra hecha carne. Y nos posibilita percibir su presencia en el sonido de una hoja que cae, en el llanto de un niño que nace, en la sonrisa de un abuelo o en la brisa del mar. Y que lo hagamos con toda nuestra alma al descubierto. «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna» (Jn, 10, 27-28), nos prometió el Señor, y nos sigue prometiendo cada día de desvelo y cada noche de desierto.

 

Queridos hermanos y hermanas: sigámosle, aunque nos caigamos una y otra vez. Lo importante no es caer, sino levantarse; siendo conscientes de que siempre nos espera el abrazo que toma cuerpo en nuestra alma. El Buen Pastor, como hizo con los apóstoles a orillas del lago de Galilea, nos sigue llamando por nuestro nombre. Para que todos seamos uno: un solo rebaño y un solo redil, en el corazón de un solo Pastor. Él, quien nos ama profundamente, aunque algunas veces nosotros ni le devolvamos la mirada. Él, que siendo Dios, despojándose de sí mismo, abandona todo para velar por su amado rebaño.

 

La Santísima Virgen María, con su ternura de Madre, supo guardar en su corazón la voz de Dios. Acudamos a sus brazos cuando la niebla oculte los de su Hijo. Ella, Madre del Buen Pastor, nos alienta a ser –a imagen de Jesús– «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32). Fiaos del Señor. Él, como Pastor bueno que es, no os defraudará jamás. Y orad por quienes han recibido del Buen Pastor la vocación a representarle sacramentalmente en la comunidad cristiana. Los pastores desgastan su vida para cuidar de vosotros. También nosotros necesitamos de vuestro cuidado y acompañamiento. Que pueda, de este modo, hacerse realidad el deseo del Señor: «Sabrán que sois mis discípulos si os amáis».

 

Con gran afecto, recibid la Bendición de Cristo Buen Pastor en este domingo de Pascua.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La Pascua del trabajo

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Decía Yibran Khalil, más conocido como el poeta del exilio, que «amar a la vida a través del trabajo es intimar con el más recóndito secreto de la vida». Y, por esta misma razón, porque el verbo amar es inseparable del verbo servir, tenemos que valorar el trabajo humano en la medida en que nos dignifica como hijos de Dios, corresponsables con Él en el cuidado de la vida y la creación.

 

El trabajo es una dimensión fundamental de la vida humana. Por eso, me ha parecido conveniente instituir en la archidiócesis de Burgos la Pascua del Trabajo, que celebraremos cada III domingo de Pascua, ya que caerá habitualmente en la proximidad del primero de mayo. Un día singular y, sin duda, significativo, que nace con el deseo de resaltar la dignidad del trabajo como cooperación a la obra creadora de Dios y como elemento que nos dignifica y nos hace crecer hacia nuestra plenitud. De este modo introduciremos esta dimensión esencial en el misterio de la Pasión, muerte y Resurrección del Señor.

 

En estos momentos de fatiga existencial, donde el coronavirus no solo se está llevando por delante la vida de muchos hermanos, sino, también, el trabajo y las ilusiones de muchas personas, necesitamos edificadores de la ciudad humana que cumplan –con sus propias manos– el sueño de Dios. Decía el Papa Francisco en la festividad de san José del año pasado que «el trabajo humano es la vocación recibida de Dios y hace al hombre semejante a Él porque, con el trabajo, el hombre es capaz de crear».

 

Por eso, toda injusticia cometida contra el trabajador daña la propia dignidad humana y nos embrutece. El trabajo, sin duda alguna, es una vocación humana y una bendición de Dios. Trabajar dignifica siempre, y nos hace crecer y desarrollarnos como personas y como comunidad. El trabajo templa el espíritu, nos permite expresar nuestra capacidad creativa, contribuye al bien del prójimo y edifica una sociedad fraterna. Un camino, a veces, duro, que necesita de un reconocimiento, unas condiciones y una remuneración justa y equitativa. Para ello, necesitamos releer la realidad con los ojos de Evangelio y con la Doctrina Social de la Iglesia reavivando las esperanzas que a día de hoy se ven amenazadas por esta crisis sanitaria, social y económica.

 

No olvidemos que «Aquel que, siendo Dios, se hizo semejante a nosotros en todo, dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena al trabajo manual junto al banco del carpintero», manifiesta san Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens. Una circunstancia que constituye, por sí sola, «el más elocuente “Evangelio del trabajo”, que manifiesta cómo el fundamento para determinar el valor del trabajo humano no es, en primer lugar, el tipo de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo ejecuta es una persona humana» (LE, 6).

 

Queridos hermanos y hermanas: el trabajo no puede ser una mercancía o una actividad productiva sin más. Debe realizarse en condiciones adecuadas y respetuosas con el trabajador que promueva siempre su inherente dignidad. Por eso no podemos hablar con propiedad y verdad de «mercado laboral», porque el trabajo no es una mercancía que se pueda mercadear. Es muchísimo más. «Trabajo» y «persona» han de ir siempre de la mano; de otra forma, habremos deshumanizado la acción de trabajar, de servir y de poner en primer lugar y en el centro de todo a la persona.

 

El trabajo se une en una oración coral de fe y alabanza, dejando un lugar necesario y fundamental al descanso, desde la escucha de la Palabra de Dios, la celebración de la Eucaristía y el cuidado y servicio a la familia, a quienes nos rodean y particularmente a los necesitados. La Palabra es el termómetro que mide nuestra fidelidad y nos ayuda a unir trabajo y oración. Solo así, desde una economía de comunión que salvaguarde la dignidad y construya el Reino de Dios, tendrá sentido proclamar el Evangelio del trabajo: «Viviendo como cristianos en el mundo laboral y siendo apóstoles entre los trabajadores» (Mensaje de Benedicto XVI enviado al IX Foro Internacional de los jóvenes sobre el tema Testigos de Cristo en el mundo del trabajo).

 

Seamos pan partido y vino derramado que se conviertan, por amor y dignidad hacia los que más sufren, en Cuerpo y Sangre de Aquel nos amó primero. Arropemos a quienes no pueden trabajar, a los parados, cambiemos las condiciones penosas e indignas que puedan darse en algunos ámbitos laborales, honremos a quienes han sido heridos o han perdido la vida en el campo laboral. Reconozcamos adecuadamente con la remuneración y las condiciones justas de descanso, jubilación y futuro digno a quienes tanto han hecho para que todos disfrutemos del progreso y el bienestar, gracias al trabajo excelente y entregado de quienes nos precedieron y quienes, con nosotros, colaboran en la edificación de una sociedad justa y fraterna.

 

Con gran afecto, recibid mi bendición y felicitación en este tiempo de Pascua.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La misericordia de Dios abraza nuestra fragilidad

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hace veintiún años, el Papa san Juan Pablo II canonizó a santa Faustina Kowalska, quien recibió el carisma de promover la devoción a la Divina Misericordia. Durante la celebración, el Santo Padre declaró que cada segundo domingo de Pascua, que es el día que hoy conmemoramos, se celebraría en toda la Iglesia el Domingo de la Divina Misericordia.

 

«Cristo encarna y personifica la misericordia», revela san Juan Pablo II en su encíclica Dives in misericordia, escrita en 1980. En cada una de sus palabras, el Papa santo, que ya descansa en los brazos del Señor de la Vida, anima al pueblo cristiano a regresar la mirada al misterio del amor misericordioso de Dios. Una llama de amor perpetuo que ahora, más que nunca, en estos tiempos difíciles, hemos de mantener encendida. Porque Dios muestra su rostro, que es misericordia y que no conoce confines ni limitaciones. Él, ante nuestra fragilidad, prolonga su amor en forma de misericordia, ansía que volvamos a él, nos levanta de las caídas, y perdona nuestros pecados cuando –en el corazón del mundo– tantas veces no encontramos el consuelo que necesitamos.

 

La misericordia es el rostro de Dios manifestado en Jesús, que sufre en la piel deshecha de sus hijos e hijas, que impregna de ternura la intimidad angustiada de cualquier vida hecha jirones, que abre el corazón a la alegría de ser esperados siempre y amados para siempre. San Francisco de Asís, en su Testamento, recuerda cómo Dios, a través de los leprosos que cuidaba, impregnó sus manos de misericordia: «Me parecía extremadamente amargo ver los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos e hice misericordia con ellos. Y aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo».

 

La misericordia es el acto definitivo y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Y tiene que ser la ley fundamental que habite en el corazón de cada persona «cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida», afirmaba el Papa Francisco en Misericordiae vultus, la bula que convocó el Jubileo Extraordinario de la Misericordia el año 2015.

 

La misericordia es una realidad que podemos contemplar en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), donde la riqueza del perdón alcanza cimas incomparables y donde se palpa –en plenitud– la esencia de la misericordia divina. Una parábola hecha vida especialmente para quien ya ha perdido la esperanza o para quien ha dejado de creer en la insondable profundidad del misterio del amor de Dios. Porque todo en ella, todo en sí, habla de amor: un amor, como afirma la Escritura, «compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad» (Ex 34,6). Un abrazo, el del Padre, que encierra por completo el sentido primero y último del creer.

 

El Papa Francisco, cuando proclamó el Año Jubilar de la Misericordia, recordaba que «la misericordia de Dios se transforma en indulgencia del Padre que, a través de la Esposa de Cristo, alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo y consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor». Un valor que, incluso, sobrepasa los confines de la Iglesia. Y nosotros, frágiles apóstoles del Evangelio, somos testigos de este precioso regalo. Lo vivimos hace unos días, al pie de la cruz, con María y con Juan, a través de las palabras que salieron de la boca del Señor: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

 

Queridos hermanos y hermanas: hoy, de la mano de santa Faustina Kowalska, estamos llamados a ser signos del primado de la misericordia. Y cuando nos fallen las fuerzas, nos aferramos a la Eucaristía, pan vivo de misericordia que sostiene nuestro camino, y a la mirada de la Virgen María, como le decimos en la Salve, Reina y Madre de misericordia. Os deseo una vivencia profunda y llena de alegría de este tiempo de Pascua.

 

Con la felicitación pascual recibid mi abrazo y la bendición de Dios.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

He resucitado y estoy contigo

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 1-6). Hoy, con la resurrección de Jesús, se cumple la promesa que el Padre confió a nuestra mirada al atardecer del Viernes Santo: el Crucificado ha resucitado para sanar las heridas de una humanidad desorientada, fragmentada y desolada.

 

Hoy, el anhelo de infinito y la nostalgia de eternidad que habitan en nuestro corazón se sienten amparados por un amor que es más fuerte que la muerte. Hoy, resuena en cada confín de la tierra el consuelo de esta Iglesia que, como madre, nos acoge, nos cobija y nos levanta del polvo dolorido del pecado.

 

¡Jesucristo ha resucitado! Verdaderamente, ¡ha resucitado! De otra manera, ¿dónde sanarían el silencio solitario del Getsemaní, los latigazos, las lágrimas de la Pasión y el temblor de un madero construido con espinas? Si Cristo no hubiese vuelto a la vida, como dejó escrito san Pablo, vana sería nuestra fe… (1 Cor 15, 14).

 

Este día nos invita a redescubrir que nuestra vida terrena no es una pasión inútil, no es un vía crucis de desvelos infinitos, sino que es un sendero de esperanza, más allá de oscuridades y momentos inciertos, que nos lleva a contemplar la piedra removida del sepulcro. 

 

La misericordia de Dios manifestada en Jesús, una vez más, vence al dolor y a la desesperanza. La vida en Cristo resucitado, el suceso más desconcertante de la historia humana, vence al vacío de la muerte. Aquello que, humanamente, era impensable, sucedió… Y hoy Jesús está vivo. Un acontecimiento universal que no responde a un suceso milagroso, sino a un hecho acaecido y constatado históricamente que, como una vez señaló san Juan Pablo II, debe contemplarse «con las rodillas de la mente inclinadas».

 

Nosotros, como aquellos primeros discípulos que nos transmitieron un testimonio vivo de lo que habían visto y oído, también somos «testigos de la resurrección de Cristo» (Hech 1, 22). Lo somos, cuando la desolación del Huerto de los Olivos no deshace nuestra fe; lo somos, cuando el Señor nos pide que le ayudemos a cargar con el peso de una cruz compartida; lo somos, cuando permanecemos –como María– al pie de la cruz; lo somos, cuando recorremos con las santas mujeres el camino hacia el sepulcro; lo somos, cuando atardece, de camino hacia Emaús, pero mantenemos nuestro corazón en vela porque Jesús necesita nuestras manos para bendecir, acoger y sanar; y lo somos, cuando nos estremecemos de alegría, porque encontramos en el Resucitado a aquel que da sentido a nuestra vida.

 

Queridos hermanos y hermanas: «Dios es un Dios de vivos y no de muertos» (Lc 20, 38). Y si el Padre ha resucitado a su propio Hijo, nos quiere alegres, esperanzados y llenos de vida, «y vida en abundancia» (Jn 10, 10), porque esa resurrección es promesa de la nuestra. 

 

A partir de la Resurrección, esta promesa debe resonar en nuestro interior de una manera más especial, si cabe. Hemos de ser reflejos de esa Vida que se entrega, que se pone al servicio del prójimo sin ningún tipo de acepción de personas. Hasta que seamos conscientes de cuánto nos ama Dios, hasta que el corazón descanse en Él. Y así, como San Pablo, podamos afirmar con serenidad: «Si morimos con Cristo, viviremos con Él» (Rom 6, 5).

 

Con la Santísima Virgen María, de su mano generosa, delicada y compasiva, nos adentramos en el misterio que el Padre ha llevado a cabo con su vigilia de amor resucitando a su Hijo de entre los muertos por el poder del Espíritu Santo. Y, en su presencia, sintamos cómo su Hijo, hoy, nos dice en silencio: «No temas, he resucitado y estoy contigo» (Misal Romano, Domingo de Resurrección, Antífona de entrada. Cfr. Sal 138 (139), 18.5-6).

 

Con gran afecto, pido a Jesús resucitado que os bendiga y os deseo una Feliz Pascua de Resurreción.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Jesús viene humilde, sin imponerse, para darnos una palabra de aliento»

por redaccion,

 

No ha habido ni cornetas ni tambores ni niños portando ramos y aplaudiendo el paso de Jesús en la borriquilla. El primer domingo de Ramos de don Mario Iceta como arzobispo ha sido muy distinto al de otros años en la ciudad. Con todo, ha podido presidir la eucaristía de la Pasión del Señor en la Catedral y ha estado rodeado de representantes de las cofradías y hermandades penitenciales de la ciudad, a quienes ha agradecido el esfuerzo que, cada año, realizan por exponer en la calle «espléndidas catequesis».

 

En su homilía, que ha podido seguirse en directo a través del canal de YouTube de la archidiócesis, el arzobispo ha interrogado a los presentes sobre el modo de situarse ante Jesús en esta Semana Santa: «¿Como lo acojo, con indiferencia, con ironía, con hartazgo, o con la mirada de un niño?». Y es que don Mario ha afirmado que Jesús «no viene con poder, no entra en nuestra vida con estruendos ni alharacas, sino humilde, sobre un pollino». Una actitud que «despierta amor y ternura», porque «no se impone, se ofrece con humildad, como un Señor que adopta la condición de siervo».

 

Como ha recordado, los mismos personajes que hoy lo aclaman con ramos, dentro de cinco días dirán «crucifícale, porque no ha cumplido lo que esperaba», porque pensaban que «iba a imponer su reinado ante las tiranías del mundo y del sometimiento de los romanos». Pero no, «él se presenta como un discípulo que quiere dar al abatido una palabra de aliento, una palabra de vida» para los enfermos, los que están en los hospitales, los que han perdido un ser querido, quienes se han quedad sin trabajo o no pueden levantar la persiana de su negocio.

 

El pastor de la Iglesia en Burgos ha querido prevenir del «escándalo» que puede suponer «que Dios pueda hacerse humilde y pequeño», que «el Señor esté en nuestra casa, en tu trabajo, junto a tus amigos, entre los pucheros, en el hospital, en tus angustias y temores, en tu oscuridad» aunque «no nos atrevemos a percibirlo». De este modo, ha concluido, nosotros «hemos de aprender a mirar dentro, a mirar al corazón y no a las apariencias».

 

En los próximos días, don Mario Iceta presidirá en la Catedral los principales actos litúrgicos de la Semana Santa: la solemne eucaristía de la Cena del Señor el Jueves Santo (a las 17:00 horas), la celebración de la Pasión y Muerte del Señor el Viernes Santo (también a las 17:00 horas) y la solemne vigilia pascual del Sábado Santo (a las 20:00 horas), tres celebraciones que podrán seguirse para toda Castilla y León a través de RTVCyL. El canal de YouTube de la archidiócesis también retransmitirá en directo el Miércoles Santo (a las 11:00 horas) la solemne misa crismal y la solemne misa estacional del domingo de Pascua (a las 12:00), con bendición papal. Quienes deseen asistir presencialmente a los actos de culto en la Catedral, con aforo limitado siguiendo la normativa vigente, deberán recoger invitación en la Casa de la Iglesia o en la propia sacristía de Santa Tecla.