La Pascua el enfermo, fuente de esperanza

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, con el alma rozando –a media voz– lo que Dios va escribiendo en nuestras vidas, celebramos la Pascua del enfermo. Un momento realmente especial, en medio de esta pandemia que estamos padeciendo, para sostener la angustia de tantos Cristos rotos que, desde una cama de hospital, una residencia, una casa sin vestir, una soledad desnuda, anhelan una sola mirada nuestra para percibir que son queridos y que estamos dispuestos a alimentar la llama de su esperanza.

 

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28), entona la Palabra, en la voz delicada del Señor, para recordarnos que –del misterio de su Muerte y su Resurrección– brota un amor capaz dar sentido a todo: al hálito fatigoso del enfermo y al servicio generoso del cuidador. La enfermedad comienza a encontrar un rayo de sentido cuando se vive desde la oración del Padrenuestro, desde ese corazón traspasado que se dejó crucificar para enseñarnos que solo amando hasta el extremo, es posible ponerle nombre al dolor.

 

El Papa Francisco, en sucesivas ocasiones, ha señalado que «una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a los miembros que más sufren». Y hoy hemos de hacerlo, no por obligación, sino por amor. Porque también los enfermos son esenciales para nuestra vida y nos aportan mucho más de lo que nosotros podemos dar. Con ellos queremos caminar, procurando que nadie se sienta excluido ni abandonado, hasta transformar nuestro miedo en la confianza de caer en los brazos del Padre.

 

Ciertamente, hay muchos hermanos nuestros que –ante el cuidado y la enfermedad– experimentan el cansancio y la soledad. Sin embargo, no hemos de tener miedo a la debilidad, pues en ella encontramos la llave que abre el corazón de Dios. Y la debilidad del Padre, sin duda alguna, son sus hijos más heridos, más sufrientes, más enfermos. Decía san Pablo VI que «la alegría de ser cristiano, vinculado a la Iglesia en Cristo, es verdaderamente capaz de colmar el corazón humano». Y así es, aunque a veces servir duela; aunque, en algunos momentos, tengamos que pasar por la escuela del amor, que es la cruz. Y si creemos que no podemos, que nuestra pobreza oprime nuestra capacidad, el Señor Resucitado rompe las ataduras del mundo para cosernos con amor a su mano y para rescatarnos del barro frágil que nos hunde.

 

No olvidemos, como escribió san Agustín, que «Dios tuvo en la tierra un hijo sin pecado, pero nunca uno sin sufrimiento». Hoy, en la Pascua del Enfermo, los sacerdotes rememoramos, también, una tarea inmensamente bella con la Unción de los enfermos; siendo el consuelo espiritual al final de la vida, en el horizonte de la misericordia de Dios.

 

Recuerdo, a lo largo de mi vida sacerdotal, las veces que he acudido a administrar el sacramento de la Unción. Y he podido experimentar cómo es el Señor Jesús quien toma mis pobres manos y, en mi persona, acaricia y calma a quien está gravemente enfermo. Lo hace de la misma manera que lo hacía con cada uno de los enfermos que se encontraba en el camino, para recordarnos que nada (ni el pecado, ni la muerte, ni el abismo), podrá separarnos jamás de su amor.

 

Uno solo es nuestro maestro y todos nosotros somos hermanos (Mt 23, 8). Por tanto, cuidémonos mutuamente, porque es la expresión de nuestra vocación a amar como Jesús nos ha amado. En este tiempo de pandemia hemos echado de menos poder estar juntos, cogernos de la mano, abrazarnos, expresar con gestos corporales concretos el cariño y el afecto. Pero el deseo de sostenernos mutuamente ha espoleado la creatividad y la imaginación para, a pesar de la separación física, hacernos presentes de mil maneras para sostener la luz de la fuerza y la esperanza. La Virgen María, Madre de misericordia y salud de los enfermos, nos ha entregado al médico que cura, para siempre, todas las enfermedades.

 

Con gran afecto, recibid mi bendición y os deseo una entrañable jornada.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Madres: el maravilloso regalo de Dios

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Una vez leí que el corazón de una madre es un abismo profundo en cuyo fondo siempre encontraremos acogida y perdón. Y es que el amor de una madre es tan incondicional que no sabe de pasados, que no tiene en cuenta el mal y que no contempla lo imposible. Hemos comenzado el mes de mayo; mes de María; mes de la madre.

 

Hoy, quisiera dedicar esta carta, de manera muy especial, a todas las madres del mundo. A vosotras: valientes, fuertes, humildes, sencillas, heroínas que, en medio de una dificultad asombrosa, habéis conseguido sacar adelante a vuestros hijos. Y, en el corazón de todas vosotras, pienso en la Virgen María: la madre del amor, la razón de la ternura, el cáliz viviente que custodió –en su vientre– a Jesús.

 

Una madre es algo tan maravilloso y tan bello que hasta el mismo Dios quiso tener una. Ella, custodia de la vida de la Iglesia, con su ofrenda sobrehumana en la cruz, nos hace a todos hijos; amados, elegidos e infinitamente suyos. Un amor que brota de otro más grande: el del Padre, que –abrazando a su Hijo, en sus últimos hálitos de vida– nos entregó a su propia madre. «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27). Y, desde ese momento, Dios vistió de humanidad la orfandad de un mundo tantas veces solitario.

 

Las madres son «el antídoto más fuerte para el individualismo, las que más repudian la guerra que mata a sus hijos y las que atestiguan la belleza de la vida», dijo el Papa Francisco en 2015, durante la primera catequesis de las audiencias generales de los miércoles. Y, ciertamente, «una sociedad sin madres sería una sociedad inhumana», apenada, vacía de sentido.

 

Ya sabéis por dónde pasa el camino más directo para llegar a Jesús: por María. Y también os podéis imaginar quién intercede para que vuestros nombres sean escritos en el libro de la vida: María. «Todo a Jesús por María, y todo a María para Jesús», rezaba san Marcelino Champagnat.

 

Una madre, tenemos todos una experiencia constante de ello, entiende, perdona, no lleva cuentas, cuida, enseña, sufre, cura y, sobre todo, ama. Mucho más, incluso, que a ella misma. Porque es capaz de tomar el lugar de todos, de esperar lo inesperable, de permanecer en silencio, sea el tiempo que sea, hasta que el corazón de su hijo vuelva a abrazar la calma.

 

Queridas madres: si la Santísima Virgen María fue para Jesús el paño que alivió su sufrir, vosotras sois el consuelo de todas esas nostalgias que habitan en el alma de vuestros hijos. Porque la maternidad de María no termina en ella, sino allí donde queda un dolor por aliviar, un duelo por sanar y una lágrima por consolar.

 

Durante toda mi vida, he podido comprobar que, como decía san Luis María Grignon de Monfort, «a quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace devoto de la Virgen María». Nadie como Ella, la primera discípula de Jesús, quien nos abre las puertas del Cielo. También la Iglesia es mujer y madre. Así lo quiso Jesús, porque la elección de vida de una madre –así como la de la Iglesia– es la de dar su propia vida por amor.

 

Que este día y este mes, dedicados exclusivamente a vosotras, mujeres y madres luchadoras, evangelios vivos y plegarias siempre en vela, nos recuerden que vuestra labor, tan bella y tan infinita, es un inmenso regalo de Dios.

 

Con gran afecto, os felicito la Pascua y felicito de corazón a todas las madres. Gracias por ser así y por estar siempre ahí.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El Buen Pastor da la vida por sus ovejas

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«El Buen Pastor da la vida por sus ovejas» (Jn 10, 11). Jesús Resucitado, verdadero Dios y verdadero hombre, vuelve a recordarnos hoy, Domingo del Buen Pastor, que ha venido a dar la vida por todos. El Señor, una vez más, abre sus brazos y se presenta como la puerta por la que entran las ovejas para alcanzar el descanso, la gloria y la vida plena en el amor. Hoy volvemos la mirada al Pastor. Porque su fidelidad nos preserva del peligro, porque su entrega redime nuestra desesperanza, porque necesitamos de su Cuerpo y de su Sangre para dar sentido pleno a nuestra vida.

 

El Señor Jesús se dejó clavar en el madero para curar nuestras heridas, sin retener nada para él, y para consumar, así, lo que a diario hacemos vida por amor en el altar. Cristo, Pastor del pueblo y Cordero de Dios, nos enseña a vivir una vida de servicio. Y lo hace curando y velando las heridas de cada una de sus ovejas, a las que llama por su nombre, para después salir a buscar a la que se despistó por el camino o se extravió.

 

Está deseando que reconozcamos su voz entre tanto ruido, llevarnos sobre sus hombros para sostener nuestro cansancio, que le reconozcamos como hermano y amigo. Porque, como decía santa Teresa de Jesús, «solo el amor da valor a todas las cosas», y sin un corazón lleno de amor y sin unas manos generosas, como son las de Dios, «es imposible curar a un hombre enfermo de su soledad».

 

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre…», revela el evangelista san Juan (1 Jn3, 1). Es el Padre que nos entrega a su propio Hijo para que pastoree nuestras huellas, nuestros dones, nuestros cansancios.

 

San Agustín, ante el misterio abismal de la elección divina, manifestaba que «Dios no te deja, si tú no le dejas». En Jesús escuchamos su Palabra hecha carne. Y nos posibilita percibir su presencia en el sonido de una hoja que cae, en el llanto de un niño que nace, en la sonrisa de un abuelo o en la brisa del mar. Y que lo hagamos con toda nuestra alma al descubierto. «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna» (Jn, 10, 27-28), nos prometió el Señor, y nos sigue prometiendo cada día de desvelo y cada noche de desierto.

 

Queridos hermanos y hermanas: sigámosle, aunque nos caigamos una y otra vez. Lo importante no es caer, sino levantarse; siendo conscientes de que siempre nos espera el abrazo que toma cuerpo en nuestra alma. El Buen Pastor, como hizo con los apóstoles a orillas del lago de Galilea, nos sigue llamando por nuestro nombre. Para que todos seamos uno: un solo rebaño y un solo redil, en el corazón de un solo Pastor. Él, quien nos ama profundamente, aunque algunas veces nosotros ni le devolvamos la mirada. Él, que siendo Dios, despojándose de sí mismo, abandona todo para velar por su amado rebaño.

 

La Santísima Virgen María, con su ternura de Madre, supo guardar en su corazón la voz de Dios. Acudamos a sus brazos cuando la niebla oculte los de su Hijo. Ella, Madre del Buen Pastor, nos alienta a ser –a imagen de Jesús– «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32). Fiaos del Señor. Él, como Pastor bueno que es, no os defraudará jamás. Y orad por quienes han recibido del Buen Pastor la vocación a representarle sacramentalmente en la comunidad cristiana. Los pastores desgastan su vida para cuidar de vosotros. También nosotros necesitamos de vuestro cuidado y acompañamiento. Que pueda, de este modo, hacerse realidad el deseo del Señor: «Sabrán que sois mis discípulos si os amáis».

 

Con gran afecto, recibid la Bendición de Cristo Buen Pastor en este domingo de Pascua.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La Pascua del trabajo

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Decía Yibran Khalil, más conocido como el poeta del exilio, que «amar a la vida a través del trabajo es intimar con el más recóndito secreto de la vida». Y, por esta misma razón, porque el verbo amar es inseparable del verbo servir, tenemos que valorar el trabajo humano en la medida en que nos dignifica como hijos de Dios, corresponsables con Él en el cuidado de la vida y la creación.

 

El trabajo es una dimensión fundamental de la vida humana. Por eso, me ha parecido conveniente instituir en la archidiócesis de Burgos la Pascua del Trabajo, que celebraremos cada III domingo de Pascua, ya que caerá habitualmente en la proximidad del primero de mayo. Un día singular y, sin duda, significativo, que nace con el deseo de resaltar la dignidad del trabajo como cooperación a la obra creadora de Dios y como elemento que nos dignifica y nos hace crecer hacia nuestra plenitud. De este modo introduciremos esta dimensión esencial en el misterio de la Pasión, muerte y Resurrección del Señor.

 

En estos momentos de fatiga existencial, donde el coronavirus no solo se está llevando por delante la vida de muchos hermanos, sino, también, el trabajo y las ilusiones de muchas personas, necesitamos edificadores de la ciudad humana que cumplan –con sus propias manos– el sueño de Dios. Decía el Papa Francisco en la festividad de san José del año pasado que «el trabajo humano es la vocación recibida de Dios y hace al hombre semejante a Él porque, con el trabajo, el hombre es capaz de crear».

 

Por eso, toda injusticia cometida contra el trabajador daña la propia dignidad humana y nos embrutece. El trabajo, sin duda alguna, es una vocación humana y una bendición de Dios. Trabajar dignifica siempre, y nos hace crecer y desarrollarnos como personas y como comunidad. El trabajo templa el espíritu, nos permite expresar nuestra capacidad creativa, contribuye al bien del prójimo y edifica una sociedad fraterna. Un camino, a veces, duro, que necesita de un reconocimiento, unas condiciones y una remuneración justa y equitativa. Para ello, necesitamos releer la realidad con los ojos de Evangelio y con la Doctrina Social de la Iglesia reavivando las esperanzas que a día de hoy se ven amenazadas por esta crisis sanitaria, social y económica.

 

No olvidemos que «Aquel que, siendo Dios, se hizo semejante a nosotros en todo, dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena al trabajo manual junto al banco del carpintero», manifiesta san Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens. Una circunstancia que constituye, por sí sola, «el más elocuente “Evangelio del trabajo”, que manifiesta cómo el fundamento para determinar el valor del trabajo humano no es, en primer lugar, el tipo de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo ejecuta es una persona humana» (LE, 6).

 

Queridos hermanos y hermanas: el trabajo no puede ser una mercancía o una actividad productiva sin más. Debe realizarse en condiciones adecuadas y respetuosas con el trabajador que promueva siempre su inherente dignidad. Por eso no podemos hablar con propiedad y verdad de «mercado laboral», porque el trabajo no es una mercancía que se pueda mercadear. Es muchísimo más. «Trabajo» y «persona» han de ir siempre de la mano; de otra forma, habremos deshumanizado la acción de trabajar, de servir y de poner en primer lugar y en el centro de todo a la persona.

 

El trabajo se une en una oración coral de fe y alabanza, dejando un lugar necesario y fundamental al descanso, desde la escucha de la Palabra de Dios, la celebración de la Eucaristía y el cuidado y servicio a la familia, a quienes nos rodean y particularmente a los necesitados. La Palabra es el termómetro que mide nuestra fidelidad y nos ayuda a unir trabajo y oración. Solo así, desde una economía de comunión que salvaguarde la dignidad y construya el Reino de Dios, tendrá sentido proclamar el Evangelio del trabajo: «Viviendo como cristianos en el mundo laboral y siendo apóstoles entre los trabajadores» (Mensaje de Benedicto XVI enviado al IX Foro Internacional de los jóvenes sobre el tema Testigos de Cristo en el mundo del trabajo).

 

Seamos pan partido y vino derramado que se conviertan, por amor y dignidad hacia los que más sufren, en Cuerpo y Sangre de Aquel nos amó primero. Arropemos a quienes no pueden trabajar, a los parados, cambiemos las condiciones penosas e indignas que puedan darse en algunos ámbitos laborales, honremos a quienes han sido heridos o han perdido la vida en el campo laboral. Reconozcamos adecuadamente con la remuneración y las condiciones justas de descanso, jubilación y futuro digno a quienes tanto han hecho para que todos disfrutemos del progreso y el bienestar, gracias al trabajo excelente y entregado de quienes nos precedieron y quienes, con nosotros, colaboran en la edificación de una sociedad justa y fraterna.

 

Con gran afecto, recibid mi bendición y felicitación en este tiempo de Pascua.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La misericordia de Dios abraza nuestra fragilidad

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hace veintiún años, el Papa san Juan Pablo II canonizó a santa Faustina Kowalska, quien recibió el carisma de promover la devoción a la Divina Misericordia. Durante la celebración, el Santo Padre declaró que cada segundo domingo de Pascua, que es el día que hoy conmemoramos, se celebraría en toda la Iglesia el Domingo de la Divina Misericordia.

 

«Cristo encarna y personifica la misericordia», revela san Juan Pablo II en su encíclica Dives in misericordia, escrita en 1980. En cada una de sus palabras, el Papa santo, que ya descansa en los brazos del Señor de la Vida, anima al pueblo cristiano a regresar la mirada al misterio del amor misericordioso de Dios. Una llama de amor perpetuo que ahora, más que nunca, en estos tiempos difíciles, hemos de mantener encendida. Porque Dios muestra su rostro, que es misericordia y que no conoce confines ni limitaciones. Él, ante nuestra fragilidad, prolonga su amor en forma de misericordia, ansía que volvamos a él, nos levanta de las caídas, y perdona nuestros pecados cuando –en el corazón del mundo– tantas veces no encontramos el consuelo que necesitamos.

 

La misericordia es el rostro de Dios manifestado en Jesús, que sufre en la piel deshecha de sus hijos e hijas, que impregna de ternura la intimidad angustiada de cualquier vida hecha jirones, que abre el corazón a la alegría de ser esperados siempre y amados para siempre. San Francisco de Asís, en su Testamento, recuerda cómo Dios, a través de los leprosos que cuidaba, impregnó sus manos de misericordia: «Me parecía extremadamente amargo ver los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos e hice misericordia con ellos. Y aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo».

 

La misericordia es el acto definitivo y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Y tiene que ser la ley fundamental que habite en el corazón de cada persona «cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida», afirmaba el Papa Francisco en Misericordiae vultus, la bula que convocó el Jubileo Extraordinario de la Misericordia el año 2015.

 

La misericordia es una realidad que podemos contemplar en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), donde la riqueza del perdón alcanza cimas incomparables y donde se palpa –en plenitud– la esencia de la misericordia divina. Una parábola hecha vida especialmente para quien ya ha perdido la esperanza o para quien ha dejado de creer en la insondable profundidad del misterio del amor de Dios. Porque todo en ella, todo en sí, habla de amor: un amor, como afirma la Escritura, «compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad» (Ex 34,6). Un abrazo, el del Padre, que encierra por completo el sentido primero y último del creer.

 

El Papa Francisco, cuando proclamó el Año Jubilar de la Misericordia, recordaba que «la misericordia de Dios se transforma en indulgencia del Padre que, a través de la Esposa de Cristo, alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo y consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor». Un valor que, incluso, sobrepasa los confines de la Iglesia. Y nosotros, frágiles apóstoles del Evangelio, somos testigos de este precioso regalo. Lo vivimos hace unos días, al pie de la cruz, con María y con Juan, a través de las palabras que salieron de la boca del Señor: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

 

Queridos hermanos y hermanas: hoy, de la mano de santa Faustina Kowalska, estamos llamados a ser signos del primado de la misericordia. Y cuando nos fallen las fuerzas, nos aferramos a la Eucaristía, pan vivo de misericordia que sostiene nuestro camino, y a la mirada de la Virgen María, como le decimos en la Salve, Reina y Madre de misericordia. Os deseo una vivencia profunda y llena de alegría de este tiempo de Pascua.

 

Con la felicitación pascual recibid mi abrazo y la bendición de Dios.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos