Semana Santa: celebrar el paso de la muerte a la Vida

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 25 de marzo de 2018, domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

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Al finalizar el camino cuaresmal, la celebración del domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa, la semana grande de los cristianos. La liturgia de la Iglesia, a través de las celebraciones que se suceden estos días, pone ante nosotros los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Él, que «muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró nuestra vida», como cantaremos en el Prefacio de Pascua. La Semana Santa sigue ofreciéndonos la oportunidad de descubrir más profundamente lo que significa el amor de Dios por nosotros y la fuerza con que se derrama sobre toda la humanidad.

 

Un año más somos invitados a acompañar a Cristo en su paso de la muerte a la Vida. No se trata de hacerlo como un simple recuerdo del pasado, o como una manifestación religiosa meramente festiva o cultural, sino de vivir con fe lo que en la liturgia de estos días santos se nos relata y actualiza. En verdad: actualizaremos los misterios centrales de la vida de Cristo en orden a nuestra salvación y, por el Espíritu, seremos introducidos en la nueva Vida que Él nos regaló y sigue ofreciéndonos. Ello ya aconteció en nuestro bautismo; pero la consideración de estos días ha de ayudarnos a agradecer y a renovar el don de la fe y de la vida cristiana que recibimos, pues «el paso de esta vida mortal a la otra inmortal, es decir, de la muerte a la vida, se ha obrado en la pasión y resurrección del Señor» (S. Agustín. Enarrat., 120,6).

 

Nuestra Iglesia diocesana es la comunidad de Jesús que re-vive estos días el Misterio Pascual. El Jueves Santo, agradezcamos al Señor que nos haya dejado la Eucaristía como Pan de Vida, presencia permanente y alimento transformador que nos invita a hacer en todo momento memoria suya y a vivir su estilo de existencia entregada en favor de todos: «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo les amó hasta el extremo…» (Jn 13). El Viernes Santo pongamos nuestros ojos y nuestro corazón en la Cruz redentora de Jesús. «Creer en el Hijo crucificado significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal en que el hombre, la humanidad, están metidos» (San Juan Pablo II. Dives in misericordia). Y el Sábado Santo, en la Vigilia Pascual, celebremos el gozo de la Resurrección del Señor, resucitemos con Él a una Vida Nueva y acojamos la misión que la Iglesia nos encomienda de anunciar a otros la alegría del Evangelio.

 

En los años que ya llevo entre vosotros he podido comprobar con satisfacción la numerosa participación de los burgaleses en las celebraciones de la Semana Santa, con el sentimiento, sobriedad y dignidad de la espiritualidad castellana. Tanto las celebraciones como las procesiones que recorren nuestras calles, reflejan la doble dimensión de esta Semana tan significativa: la comunidad cristiana se reúne en los templos para celebrar el misterio de la salvación y a la vez se hace presente en las calles con la belleza de los pasos, de las tallas, de las flores, de la música, del silencio…, ofreciendo con sencillez, pero con solemnidad, un testimonio de fe, de oración y de piedad sincera. Es de señalar y agradecer el servicio de nuestras cofradías y de tantos cofrades que representan y ofrecen lo mejor del pueblo cristiano. Una bella conjunción de fe, sentimiento, arte y cultura. Muestras multiseculares de la piedad popular, que se multiplican por la geografía burgalesa en todas sus latitudes, en las ciudades y en los pueblos. ¡Ojalá que todo ello sea expresión sincera del paso del Señor por nuestras vidas y por el mundo!

 

Con todo afecto os invito a participar en los diversos actos de esta Semana Santa y os animo a vivirla con intensidad y profundidad. Deseo de corazón que nuestra Iglesia diocesana siga encontrando en el Señor muerto y resucitado nuevos impulsos evangélicos y evangelizadores, para ser fieles «discípulos misioneros». El Jesús que estos días recorrerá nuestras calles y plazas nos pide que sigamos tras Él. Y Él nos seguirá acompañando para ayudarnos a anunciar el Evangelio de la Vida, y a comunicar la esperanza que nuestros contemporáneos esperan y necesitan.

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