Jornada Mundial de los Pobres

Mensaje del arzobispo de Burgos, don Fidel Herráez Vegas, para el domingo 17 de noviembre de 2019.

Jornada pobres

 

Escucha aquí el mensaje

 

Celebramos este domingo la III Jornada Mundial de los Pobres, una invitación que el Papa Francisco dirige a toda la Iglesia, así como a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que escuchen la voz dolorida de los pobres. Con esta iniciativa el Santo Padre busca recordar el puesto central que los pobres tienen en el mensaje y en la misión de Jesús, que ha venido a «dar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4, 18). Esta clave fundamental ha de tener su fiel reflejo en la vida de la Iglesia y en el quehacer de cada cristiano. El objetivo de esta Jornada, por consiguiente, no es tanto reflexionar sobre la pobreza o sobre sus dinámicas, sino acercarnos realmente a los pobres desde el convencimiento de que ellos «nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo», ya que Él se ha identificado con ellos.

 

Con motivo de esta Jornada, se organizan actividades que buscan visibilizar lo que es el quehacer ordinario de tantas acciones eclesiales en el mundo de los pobres: yo mismo he visitado estos días la cárcel, donde se encuentran personas carentes de libertad. También en parroquias y arciprestazgos se viven diferentes actos, celebraciones, comidas y encuentros que buscan esa «amistad social» que ha de ser la clave diferenciadora de nuestro quehacer con los últimos. Porque la pobreza no es solo carencia de medios materiales para subsistir; es un estado de debilidad, de dependencia, de subordinación, de privación de otros medios necesarios para una subsistencia humanamente digna.

 

El mensaje que para esta Jornada ha escrito el Papa Francisco lleva un sugerente título: «La esperanza de los pobres nunca se frustrará». Os invito, como siempre, a leerlo y hacerlo vida. Me gustaría detenerme en algunas afirmaciones que en él se contienen, porque nos previene de dinámicas que hoy están muy vivas en nuestra sociedad. Me estoy refiriendo a los fenómenos de aporofobia e invisibilización de la pobreza que se dan en nuestra cultura frente al mundo de la exclusión. Así lo expresa el Papa al afirmar: «Considerados generalmente como parásitos de la sociedad, a los pobres no se les perdona ni siquiera su pobreza. Se está siempre alerta para juzgarlos». Y añade: «Se ha llegado hasta el punto de teorizar y realizar una arquitectura hostil para deshacerse de su presencia, incluso en las calles, últimos lugares de acogida».

 

Estas afirmaciones son ratificadas por el informe FOESSA, recientemente publicado por Cáritas Española. En este estudio se nos previenen de actitudes que van creciendo en nuestra sociedad española y que tienen mucho que ver con el cansancio de la solidaridad, la penalización de aquellas políticas sociales positivas que garanticen derechos, el individualismo creciente… Nos encontramos, cada día más, con una sociedad profundamente desvinculada de estos problemas, que necesita revincularse si quiere afrontar con realismo los retos de la exclusión y de la pobreza.

 

Es este un reto que tenemos como sociedad, y especialmente como Iglesia. Los pobres, desde su profunda religiosidad, y tal y como señala el mensaje, invocan a Dios desde la certeza de no ser abandonados, desde el convencimiento de que Él se convierte en su única esperanza en medio de las injusticias, los sufrimientos y las dificultades de la vida. Un grito que, por otra parte, nunca queda sin ser acogido y escuchado, porque «la acción de Dios en favor de los pobres es un estribillo permanente en la Sagrada Escritura».

 

Esta acción de Dios que genera esperanza en la vida de los pobres es una provocación a nosotros: «Él ha inaugurado el Reino, pero nos ha confiado a nosotros, sus discípulos, la tarea de llevarlo adelante, asumiendo la responsabilidad de dar esperanza a los pobres (…). De esto depende que sea creíble nuestro anuncio y testimonio». «El compromiso de los cristianos, con ocasión de esta Jornada Mundial y sobre todo en la vida ordinaria de cada día, no consiste solo en iniciativas de asistencia que, si bien son encomiables y necesarias, deben tender a incrementar la plena atención que le es debida a cada persona que se encuentra en dificultad».

 

Por eso es tan importante toda la acción que la Iglesia realiza en favor de los pobres a través de tantas iniciativas en las que trabajan especialmente religiosos y voluntarios. Pero, sobre todo, es fundamental que nuestra opción por los últimos no sea una apariencia con más o menos gestos puntuales, sino nuestra seña de identidad como Iglesia, como comunidad que quiere acoger y vivir al estilo de Jesús. Seguro que la Asamblea Diocesana que nos disponemos a vivir nos ayudará a descubrir, con la ayuda de Dios, esta clave renovadora.

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