La cárcel: «Un lugar donde hacer evangelio»

Es el «espacio que tienen las personas privadas de libertad para poder desarrollarse más como personas. Y no solamente en el desarrollo personal de trabajo laboral, sino a nivel tanto espiritual como a nivel de reconciliación con la sociedad». Así define la Pastoral Penitencia su nuevo delegado, David Alonso, quien ha recibido su nombramiento «con sorpresa», pero también como una responsabilidad que no podía soslayar: «Es un servicio que presto a la Iglesia como cristiano», explica.
Su vinculación con la Pastoral Penitenciaria no es nueva. Entró en la prisión como voluntario por primera vez cuando apenas contaba 18 años, a través de un campo de trabajo: «Había tenido un familiar que había muerto de VIH en una cárcel y tenía curiosidad de conocer ese entorno. Lo que encontré allí me cambió la vida, cambió mi forma de pensar, la forma de creer y la forma de actuar ante la vida», recuerda.
En 2016, ese trabajo en la prisión se vio multiplicado cuando, como trabajador de Cáritas, impulsó un proyecto dentro del programa de Personas Sin Hogar con el que acompañar a las personas que salían de permiso de la cárcel y no tenían un lugar donde alojarse, pues «hay un nexo entre la cárcel y la calle»: «Muchas personas en situación de sin hogar acababan en prisión, porque la calle es muy dura y esa situación a veces te hace saltarte la ley o estar fuera de la ley». Junto a ello, «muchas personas que salen del centro penitenciario tienen rotas sus redes familiares y sus vínculos y entonces acababan estando en el albergue de Cáritas», explica.

Después de este bagaje, tanto los voluntarios de la Pastoral Penitenciaria como los capellanes de la prisión propusieron su nombre al arzobispo, quien lo ha nombrado responsable de esta pastoral. Es uno de los pocos delegados laicos del país y asume una tarea que hasta ahora habían realizado los sacerdotes que, a la vez, eran capellanes del centro penitenciario. Ahora, los sacerdotes seguirán ofreciendo su irrenunciable trabajo dentro de la prisión, celebrando la eucaristía y los sacramentos y acompañando espiritualmente a las personas privadas de libertad. David se encargará del peso institucional que corresponde a la delegación y su vinculación entre el centro penitenciario y el ámbito eclesial, sin olvidar el acompañamiento propio a los internos y sus familias.
Iglesia y reinserción
70 voluntarios, 40 de ellos jóvenes universitarios del campo social que se han enrolado en esta pastoral gracias a los campos de trabajo de verano, respaldan a David y a los capellanes en su tarea de acompañamiento a las personas privadas de libertad. Su trabajo se realiza en varias fases, dentro y fuera de la prisión.
En la cárcel, «desarrollamos objetivos básicos para trabajar habilidades sociales y personales, optimización de ocio y tiempo libre, trabajando la autoestima, el empoderamiento y la escucha». Lo hacen a través de talleres y otras actividades, como salidas a pie por el Camino de Santiago.
Para el proceso paulatino de salida de la prisión poseen un piso de acogida, «un espacio donde acompañamos a las personas que pueden disfrutar de permisos pero no tienen dónde poderlo hacer porque tienen rota su red social o porque son de otros lugares». Finalmente, no se olvidan de las personas que han alcanzado la libertad ni de sus familias: «Trabajamos para que se puedan integrar otra vez a la sociedad, que es quizás el paso más difícil, porque la cárcel es un paso que por desgracia, si has cometido un delito, tienes que pasar, pero luego ese traspaso otra vez a la vida normalizada es muy complicado», explica. Cada una de estas fases de acompañamiento se realizan desde tres áreas de intervención: el ámbito social, el espiritual y el asesoramiento jurídico. «Creemos que es importante trabajar desde la escucha, la reconciliación, el perdón, trabajar el aspecto espiritual de la persona».
En el horizonte de su nueva misión, David tiene la mente el número 25 como estela que le indica el camino. Porque 25 es el artículo de la Constitución donde se asegura que las cárceles han de ser un lugar de «reinserción», lejos del espacio «punitivo y no restaurativo en el que se han convertido». «Todos necesitamos una segunda oportunidad», sostiene. También las víctimas, que a veces «son las grandes olvidadas de todo este sistema jurídico». El otro número 25 que David tiene en mente es el del capítulo del evangelio de San Mateo, donde Jesús asegura que está en prisión y suscita interés o rechazo en la visita de sus discípulos. «Es una obligación cristiana estar con las personas que más lo necesitan». Para él, «la cárcel es lo más parecido a una misión dentro de la diócesis de Burgos». Por eso, para él la cárcel es «un espacio donde poder hacer evangelio, dar presencia y donde las personas se encuentran acogidas en un sitio donde se rechaza, donde están abandonados, donde están en las periferias de la sociedad».
