«El camino hacia la Vida Plena y Eterna»

por redaccion,

«El camino hacia la Vida Plena y Eterna»

Fuente: Freepik.

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Queridos hermanos y hermanas:

 

«Nuestra fe en Cristo nos asegura que Dios es nuestro Padre bueno que nos ha creado, pero además también tenemos la esperanza de que un día nos llamará a su presencia para «examinarnos sobre el mandamiento de la caridad»» (CIC n. 1020-1022). Comienzo esta carta con las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica que, sin más horizonte que el amor entregado hasta el último de nuestros días, nos abren la puerta a la festividad que acabamos de celebrar: la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles difuntos.

 

¿Acaso existe promesa más bella que ver a Cristo cara a cara, llevar su nombre en la frente y no tener nunca necesidad de la luz de una lámpara, ni de la del sol porque Dios alumbrará nuestra vida con su sola presencia? (cf. Ap 22, 4-5).

 

La solemnidad de Todos los Santos que celebramos el día 1 pone nuestra mirada en el Cielo para recordar a todos los santos, tanto conocidos como desconocidos, que cuidan de nosotros, interceden por los que aún peregrinamos en esta Tierra y gozan de la felicidad eterna.

 

«La santidad es el rostro más bello de la Iglesia», revela el papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudate et exultate. Una llamada que va dirigida a todos y cada uno de nosotros. Todos estamos llamados a la santidad, tal y como revela la Escritura: «Sed santos, porque yo soy santo» (1 P 1, 16). Y mientras estamos de paso por este mundo, teniendo siempre presente que hemos sido rescatados «con la preciosa sangre de Cristo, el cordero sin tacha ni defecto» (1 P 1, 18), hemos de ofrecer la propia vida como testimonio. Esta semilla ha de depositarse en la familia, en el trabajo, en la comunidad parroquial, en la universidad, en la atención a los pobres y enfermos, en las relaciones personales y en las ocupaciones de cada día. Y aunque esta opción de luchar por el bien común implique y exija, en ocasiones, renunciar a intereses personales, ¿quién podrá hacernos daño si nos empeñamos en hacer el bien? (cf. 1 P 3, 13).

 

Hemos de empezar por ahí, haciendo la voluntad de Dios en nuestra vida, dejando que la gracia de nuestro Bautismo bañe cada tesela que pisamos y fructifique con un amor inenarrable, como lo hizo en aquellos que ya gozan de la bienaventuranza eterna. Ellos nos marcan el camino, la heredad habitada, la vereda de la caridad. Nosotros, seguidores de la corriente de caridad y bondad fundamentadas en Cristo Jesús, tenemos que procurar ser santos de lo cotidiano, viviendo el amor en las cosas pequeñas, aceptando las limitaciones, luchando contra las injusticias, sembrando alegría y esperanza, y haciendo frente a los desafíos de lo ordinario.

 

Asimismo, la conmemoración de los fieles difuntos adquiere un valor profundamente humano y teológico, ya que abarca –en toda su plenitud– el misterio de la existencia humana. La muerte es un momento decisivo en la biografía personal y es la puerta hacia la plenitud y la eternidad.

 

Dice el Catecismo que, desde los primeros tiempos, «la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios» (CIC n. 1032). Por ello, este es, también, un día de fiesta en el Cielo y en la Tierra. En virtud de la comunión de los santos, la Iglesia encomienda los difuntos a la eterna misericordia de Dios.

 

Cristo venció a la muerte, y una muerte de Cruz. Y su misterio pascual (cf. Rm 8, 2) nos alienta, en un día como este, a donarnos en la vida cotidiana y a ofrecernos en el sacrificio de Cristo cada vez que celebramos la Eucaristía. De esta manera, si después de la muerte nuestros hermanos y nosotros necesitáramos ser purificados de nuestras fragilidades y pecados, podremos de una vez para siempre vivir eternamente con Cristo, ser abrazados in aeternum por el Padre y vivir una comunión plena con quienes el amor anudó para siempre a nuestro corazón ya aquí en la tierra.

 

Todo es posible para Dios (cf. Mt 19, 26) y, también, cuando intercede nuestra Madre. Ponemos en las manos compasivas de María, modelo de santidad, caridad y esperanza, a los fieles difuntos, y nos encomendamos a los santos para que su ejemplo perpetúe en nuestros corazones un deseo imborrable: «Dios quiere que todos los hombres se salven» (1 Tm , 4) para ser «todo en todos» (1 Co 15, 28) por toda la eternidad.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«¡Burgos cumple 450 años como sede metropolitana!»

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Queridos hermanos y hermanas:

 

El pasado día 22 se cumplieron 450 años desde que la Iglesia de Burgos fue elevada a sede metropolitana. Durante las visitas pastorales, no es infrecuente que en el encuentro con grupos de niños de catequesis me pregunten qué es un arzobispo, y pronto surja también la pregunta acerca de la diferencia entre un obispo y un arzobispo o una diócesis y una archidiócesis. Y quizás también haya adultos que se hagan esta pregunta: por qué decimos de Burgos que es archidiócesis y no diócesis y qué es una provincia eclesiástica.

 

La vida de la Iglesia que peregrina en Burgos ha estado desde siempre cargada de una historia inmensamente rica, fructífera y sorprendente. Sin embargo, hay que remontarse al año 1574 para comprender un hecho significativo que se esconde detrás de esta tierra de vocaciones sacerdotales, laicales, religiosas y misioneras y de todo el santo Pueblo de Dios en la diversidad de carismas.

 

El Código de Derecho Canónico establece que «para promover una acción pastoral común en varias diócesis vecinas y para que se fomenten de manera más adecuada las recíprocas relaciones entre los obispos diocesanos», las Iglesias particulares «se agruparán en provincias eclesiásticas delimitadas territorialmente» (can. 431 §1). Así, en el caso de Burgos, son varias las diócesis que conforman una única provincia, siendo la burgalesa su hermana mayor, que se denomina archidiócesis metropolitana. De ahí que posea este título de archidiócesis y que el pastor que la preside sea arzobispo. Por tanto, una provincia eclesiástica es el nombre que se le da a un distrito administrativo eclesiástico bajo la jurisdicción de un arzobispo.

 

Para conocer el sentido de nuestra historia, volvemos la mirada 450 años atrás cuando, a petición del rey Felipe II, el papa Gregorio XIII elevó la diócesis burgalesa a la dignidad de Metropolitana, siendo Francisco Pacheco de Toledo el primer arzobispo de la recién creada archidiócesis.

 

A lo largo de los siglos, la configuración de la provincia eclesiástica ha sido muy diversa. En los comienzos formaban parte de la misma Pamplona, Calahorra y la Calzada. Posteriormente se le añadió Santander, Palencia y Tudela. En 1851 se le añadieron León, Osma y Vitoria. Fue la aplicación del Concordato de 1953 la que dejó la configuración actual, en la que la provincia eclesiástica, presidida por la archidiócesis de Burgos, está formada por las diócesis de Vitoria, Bilbao, Osma-Soria y Palencia. Estas son conocidas como sedes sufragáneas, donde compete al metropolitano una labor de comunión, supervisión y colaboración para que se conserven diligentemente la fe y la disciplina eclesiástica en todo el territorio.

 

Los grupos de niños de catequesis no tardaron en preguntar por mi labor concreta como arzobispo. «Un arzobispo es el obispo de una archidiócesis», les respondí, «y como Burgos es la sede principal de la provincia eclesiástica, en este caso se trata de un arzobispo metropolitano». El signo que lo caracteriza es el palio. Éste es una cinta ancha bordada con lana de los corderos que se crían en el Monasterio de Santa Inés de Roma. Tiene bordadas cinco cruces que significan las llagas de Cristo, con tres clavos, los de la pasión que clavaron a Cristo en la cruz. Se coloca sobre los hombros del arzobispo para significar al buen pastor que carga sobre sus hombros a las ovejas del rebaño del Señor. Y significa la comunión entre la provincia eclesiástica y la sede de Pedro y la comunión de las diócesis que conforman la provincia eclesiástica.

 

Hoy, cuando acabamos de celebrar este aniversario desde que Burgos fue elevada a sede metropolitana, siento que el obispo ha de encarnar la presencia de Cristo Buen Pastor en la comunidad que Dios le encomienda, algo que me hace ver la absoluta necesidad de la gracia ante mi fragilidad, pobreza y debilidad para llevar adelante esta tarea de amor incondicional y entrega absoluta.

 

Pero la recompensa de cuidar del Pueblo de Dios en el nombre de Jesús el Buen Pastor, consiste en una alegría profunda e indescriptible cuando se es testigo de cómo Dios hace brotar agua abundante en la tierra seca, y cómo el Espíritu Santo prende en el corazón de los cristianos haciéndoles testigos del amor de Dios y edificadores del Reino de Dios.

 

Que Santa María la Mayor, madre y protectora de nuestra archidiócesis, continúe cuidándonos cada día; y que nuestro corazón sea una fiel respuesta a su inmenso amor.

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Domund: salid a los caminos e invitad al banquete»

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Con el lema Id e invitad a todos al banquete (cf. Mt 22,9), hoy celebramos la 98ª Jornada Mundial de las Misiones. Mediante una proposición clara a salir a los cruces de los caminos para invitar a todos a la gran fiesta del Señor, el papa Francisco ha escogido la parábola evangélica del banquete de bodas para conmemorar este Domingo Mundial de las Misiones, el Domund.

 

La Iglesia «seguirá yendo más allá de toda frontera, seguirá saliendo una y otra vez sin cansarse o desanimarse ante las dificultades y los obstáculos, para cumplir fielmente la misión recibida del Señor», recuerda el Papa en su carta para esta jornada. Y agradece la tarea incansable, valiente y tenaz de quienes, respondiendo a la llamada de Cristo, lo dejan todo «para ir lejos de su patria y llevar la Buena Noticia allí donde la gente todavía no la ha recibido o la ha acogido recientemente».

 

Como en los albores del cristianismo, todos los bautizados hemos de salir a los caminos, allanar las tristezas y, empapados de compasión y humildad de corazón, proclamar al mundo «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (Evangelii gaudium, 36).

 

El banquete de la Eucaristía es el punto de partida que nos convierte en discípulos misioneros que irradian luz y prenden el mundo de esperanza; porque llevan cada palabra del Evangelio tatuada en sus entrañas, porque invitan a la Cena sagrada de donde brota la vida verdadera (cf. Jn 10, 10).

 

En este momento hay 1.126 territorios de misión, que representan un tercio de las diócesis del mundo. En ellos se encuentran el 44 % de las escuelas de la Iglesia católica y el 30 % de sus instituciones sociales (hospitales, orfanatos, residencias …). Merced a los donativos del Domund, Obras Misionales Pontificias ayuda cada año a todos y cada uno de los territorios de misión en nombre del Papa.

 

Esta jornada trae a nuestra memoria el recuerdo de esas personas que un día dijeron ‘sí’ a dejarse hacer a la medida de Dios y, desde entonces, revestidos con el traje de fiesta de la misión, llevan el amor y la felicidad del Reino a cualquier lugar donde haya un solo resquicio de dolor que necesite ser acompañado.

 

Entre tantos nombres propios, hoy quisiera hacer mención del beato burgalés Manuel Ruiz y otros siete frailes franciscanos, seis de ellos españoles, así como tres laicos, martirizados en Damasco (Siria) en 1860. Los cristianos del Líbano y Siria eran objeto de persecución violenta por parte de los drusos y, en 1860, destruyeron infinidad de aldeas cristianas y asesinaron a muchos de sus habitantes. La violencia llegó a Damasco, y el 9 de julio asaltaron el barrio donde vivían unos treinta mil cristianos que fueron martirizados. Muchos se refugiaron en el convento franciscano, confiando en la solidez de sus muros. Estos hermanos, que hoy serán canonizados, tras ser atacados y amenazados de muerte, declinaron abandonar a sus feligreses y fueron asesinados sobre el altar de su iglesia. El padre Manuel, que había acudido a la iglesia a vaciar el sagrario, fue obligado a colocar su cabeza sobre la mesa del altar y así fue decapitado. Su cuerpo pudo ser recuperado por los cristianos supervivientes doce días después de la masacre.

 

El 10 de octubre de 1926 los ocho franciscanos y tres católicos maronitas seglares, víctimas de la misma persecución, fueron beatificados en la basílica vaticana por el Papa Pío XI. Hoy me encuentro en Roma, junto a un grupo de peregrinos burgaleses, participando en la Misa de canonización presidida por el Papa Francisco y, de esta manera, serán inscritos en el libro de los santos.

 

Fray Manuel Ruiz, que abre la causa, nació el 5 de mayo de 1804 en San Martín de las Ollas, una pequeña localidad en el norte de la provincia de Burgos, en el arciprestazgo de Merindades. Durante diez años fue profesor de latín y hebreo en nuestro seminario conciliar. Su testimonio nos recuerda que «el Reino de Dios está cerca» (cf. Mc 1, 15) y, por tanto, urge ser portavoces del Evangelio y semillas vivas que difundan pacientemente (era conocido como Padre Paciencia) el mandamiento del amor. Hemos de serlo desde el servicio, teniendo a Dios como faro y destino: Él entregó a su Hijo único «para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna» (Jn 3,16).

 

Pedimos a la Virgen María, madre de las misiones y madre nuestra, que interceda por quienes hoy consagran su vida a la misión y por todos nosotros, que somos enviados a anunciar el Evangelio «como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello y ofrece un banquete deseable» (Evangelii gaudium, 14).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Una ‘missio canónica’ para servir a Cristo en los alumnos»

por redaccion,

profesores religión missio canonica

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

El pasado día 10, en el conjunto de nuestra archidiócesis hemos celebrado la inmensa y trascendental labor que llevan a cabo los profesores de Religión, y lo hicimos con la entrega de la missio canonica al finalizar la celebración de la Santa Misa.

 

En el transcurso de una tarde de formación para aquellos profesores que, siguiendo el Evangelio, apuestan por formar a los alumnos en las raíces y contenidos de nuestra fe, la Eucaristía ha sido el lugar que ha abierto las puertas a una labor educativa que tiene a Jesús de Nazaret como el mejor educador y maestro.

 

Decía san Agustín que «nuestro verdadero maestro es Aquel a quien escuchamos, de quien se dice que mora en el interior del ser humano, o sea, Cristo, poder inmutable y sabiduría eterna de Dios» (De magistro, XI, 38). Sin duda alguna, la actividad magisterial y profética de Jesús de Nazaret derramaba sabiduría, conocimiento e inteligencia en todos los acontecimientos de su vida terrenal. Sólo hay que volver la mirada a Galilea, a Judea, a Samaría, a Tiro, a Sidón, a Transjordania y a tantos lugares donde su vida transformó por completo la sociedad y las personas de su tiempo.

 

En la enseñanza de Jesús, el recurso a las Sagradas Escrituras es habitual. Oraba continuamente, de modo intenso cada noche, y su vida y predicación eran fuente de esperanza para quienes le rodeaban o escuchaban. Todo ello constituye una vocación al amor como pedagogía cristiana que infunde plenitud a la existencia y que los educadores han de tomar como referencia para llevar a cabo su labor.

 

Por eso es tan importante la asignatura de Religión como una misión eclesial, una llamada colmada de servicio y entrega que los docentes deben desarrollar con gran ánimo y alegría. Con su tarea, ayudan a crecer en el conocimiento de Jesucristo, a construir un mundo mejor, a estar más cerca de las necesidades de los más desfavorecidos, a cultivar el humanismo cristiano y a dilatar el corazón de los alumnos.

 

«La educación cristiana es el arte de conducir a los jóvenes hacia la plenitud», señaló el Papa Francisco, a principios de este año, durante una audiencia a los miembros de la Universidad de Notre Dame. Ciertamente, vivimos un tiempo que demanda una verdadera educación donde el Amor sea el centro y el testimonio del docente vaya acorde con su tarea y vocación. «No se puede descuidar el papel esencial de la religión en la educación del corazón de las personas», subraya, además, el Papa, ni tampoco «permanecer encerrados dentro de los muros o límites de nuestras instituciones», sino que «debemos esforzarnos por salir a las periferias, para encontrar y servir a Cristo en el prójimo».

 

Educar es cincelar el corazón de niños y jóvenes para que vivan en plenitud desarrollando todas sus potencialidades, haciéndose cargo de las necesidades de los desfavorecidos, trascendiendo la lógica humana para adentrarse hasta lo más profundo, siendo cauce de misericordia en el conocimiento y la enseñanza de Dios (cf. Mt 11, 29). La educación es vital para alcanzar el pleno desarrollo de las personas y para comprender el presente y el futuro de nuestra sociedad.

 

Queridos profesores de Religión; así exhortaba San Pablo a su discípulo Timoteo: «Ten por modelo las palabras sanas que has oído de mí en la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús» (2 Tim 1, 13). Así es el Reino de Dios, regalado y dadivoso, siempre preocupado de los pequeños y los débiles (cf. Lc 9, 46-48), de los pecadores y de los pobres (cf. Lc 5, 31-32). Y esa es vuestra principal tarea: ser como Jesús para transformar el corazón de vuestros alumnos, y desde ahí, transformar el mundo.

 

Pongo vuestra excelente y entregada tarea bajo la intercesión materna de la Virgen María y de san José, que ejercieron admirablemente su tarea educativa con Jesús, para que os acompañen en el camino educativo de la fe que corresponde al admirable proyecto de Dios.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Desde el corazón de la Fundación Manjón y Palencia»

por redaccion,

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

A lo largo de la historia, nuestra archidiócesis de Burgos y la Iglesia en general han tenido siempre un interés muy especial por la educación: desde la implicación directa en una misión centrada en una formación integral de los alumnos, pasando por la inconmensurable labor de las familias y de los profesores, hasta la búsqueda de la excelencia en el trabajo.

 

Todos los cristianos, «en cuanto han sido regenerados por el agua y el Espíritu Santo y se llaman y son hijos de Dios, tienen derecho a la educación cristiana», afirma la declaración Gravissimum educationis, de san Pablo VI. Esta educación busca que los bautizados tomen conciencia del don de la fe y aprendan a adorar a Dios Padre en espíritu y en verdad, «adaptándose a vivir según el hombre nuevo en justicia y en santidad» y, así, «lleguen al hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo y contribuyan al crecimiento del Cuerpo Místico», tal y como relata la declaración.

 

Los más jóvenes son la esperanza viva de una Iglesia alegre (cf. Rm 12, 12) que nace del encuentro con Cristo, porque se saben amados hasta el extremo por Él. «Sólo si Dios me acoge y estoy seguro de ello», recordaba el Papa Francisco en su discurso a la Curia romana en diciembre de 2013, «sabré definitivamente que es bueno que yo exista» y que «es bueno existir como persona humana, incluso en tiempos difíciles».

 

Los niños son la esperanza fiel en medio de los dramas de la humanidad, son una puerta abierta a ese Dios que enciende una llama incombustible de amor en el corazón de quienes deciden descansar en su mirada. Y la educación es, sin lugar a dudas, la puerta principal para crear una cohesión social indeleble con cada uno de ellos.

 

En este sentido, quiero destacar la labor de la Fundación Manjón-Palencia, entidad que aúna cinco colegios diocesanos más el colegio del Círculo Católico de Obreros de Burgos, y que arranca un nuevo curso junto a 5.000 alumnos que deciden formarse en sus centros.

 

En el año 2021 determinamos crear una fundación canónica que asumiera la responsabilidad sobre estos colegios para una mejor consecución de los fines para los que fueron creados. Así, esta fundación se puso bajo el patrocinio de Don Andrés Manjón y del Beato Valentín Palencia, que dedicaron su vida al mundo de la educación y fueron pioneros en este campo.

 

El objetivo primordial de estos centros diocesanos, conformados también por casi medio millar de profesionales entre docentes y personal colaborador, es que los niños –más allá de su situación social, personal o familiar– reciban una educación integral en todas sus dimensiones, en excelencia y calidad. La esencia de estas escuelas católicas está formada por el colegio de María Madre – Politecnos, el colegio Apóstol San Pablo, el colegio San Pedro y San Felices, el colegio Santa María la Nueva y San José Artesano, el colegio Saldaña y el anteriormente citado Colegio del Círculo Católico.

 

El núcleo fundamental de la educación no es una cuestión tanto de metodología, sino sobre todo la puesta en juego de libertades: la del educando y la del educador, en un contexto de relación interpersonal, en el seno de una comunidad educativa. En este encuentro de libertades, en el acompañamiento que el educador y toda la comunidad educativa ofrecen al educando es donde éste va alcanzando su madurez. Es ésta la misión fundamental de la tarea educativa: hacer surgir y modelar lo mejor de cada uno de nosotros, introducir al educando en el asombro de la realidad, en el contexto de una relación interpersonal, de un acompañamiento, de una amistad creativa, de un amor respetuoso que hace percibir el infinito que constituye cada persona y la plenitud a la que está llamada.

 

Es esencial que caminemos junto a nuestros alumnos para que alcancen la tan ansiada excelencia educativa, que seamos parte de sus pasos y sus procesos, y que nos dejemos tocar por sus fragilidades y anhelos para –con ellos– transformar la sociedad desde la perspectiva del humanismo cristiano.

 

Ponemos a todos los miembros que conforman la gran familia de la Fundación Manjón y Palencia en el corazón de la Virgen María, la primera educadora de Jesús. Que santa María, quien contribuyó –junto a san José– al crecimiento, la educación y el desarrollo del Hijo de Dios, ayude a nuestros niños y jóvenes a crecer «en sabiduría, en estatura y en gracia» (Lc 2, 52) para que esperen en el Señor caminando con alegría, siempre y sin jamás desfallecer (cf. Is 40, 31).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos