«Una acción de gracias por el curso pastoral que termina»

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El arzobispo continua su visita a Gamonal en la parroquia de Santo Domingo de Guzman

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Con el curso pastoral llegando a su fin, doy infinitas gracias a Dios por haberme permitido vivir un año más al servicio de la archidiócesis burgalesa.

 

Quisiera comenzar agradeciendo a las personas que trabajan por y para esta Iglesia que peregrina en Burgos. Este año, ha habido tres ejes esenciales sobre los que ha girado toda nuestra acción pastoral: el primer anuncio, la constitución de unidades pastorales y la promoción del laicado.

 

El argumento que ha acompañado todas y cada una de las acciones que hemos llevado a cabo ha sido el Primer Anuncio. Fieles a la Palabra, hemos puesto encima de la mesa la pasión por la evangelización para parecernos, cada vez más, al Maestro. Así, siguiendo la estela del sí de María o la llamada a Pedro y Andrés, a Santiago y Juan (cf. Jn 1, 35-50) como primeros anuncios del Señor Jesús a la humanidad, siendo plenamente conscientes de que «este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación» (2 Cor 6, 2), nos hemos dejado transformar por el Espíritu que brota desde lo profundo para renovar por completo nuestra vida, nuestra mirada y nuestra fe.

 

Con Él, quien «recorría todas las ciudades y las aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del Reino y curando toda dolencia y toda enfermedad» (Mt 9, 35), hemos constituido unidades pastorales donde el obispo, los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los laicos hemos sido todos uno.

 

Abrazados al único horizonte de la misión, queremos vivir la corresponsabilidad de los laicos y la participación activa de los consagrados en la tarea evangelizadora, allí donde fuera necesario un gesto de caridad, una palabra de aliento o un corazón fraterno capaz de acompañar hasta el último suspiro de la soledad. Sin divisiones y sin distinciones, sin etiquetas y sin barreras, en las periferias tanto de la ciudad como de los corazones más alejados de la fe.

 

«¡Ánimo! ¡Levántate, te llama» (Mc 10, 49), replicó el gentío de Jericó al ciego Bartimeo. Este ciego no podía ver y, sin embargo, gracias a esa llamada –a modo de anuncio– se acercó al Señor con fe para pedirle recobrar la vista. Cuando Jesús le preguntó qué quería, Bartimeo sólo acertó a decir lo que florecía de su alma: «Maestro, que vuelva a ver» (Mc 10, 51). Entonces, Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado» (Mc 10, 52). Y, al instante, recobró la vista.

 

Una invitación que el Señor nos hace a cada uno de nosotros, pero que ha dirigido, de manera especial durante este curso, a los laicos. En un momento colmado de retos y desafíos, los seglares –como reza la exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata de san Juan Pablo II– en virtud del carácter secular de su vocación, «reflejan el misterio del Verbo Encarnado en cuanto Alfa y Omega del mundo, fundamento y medida del valor de todas las cosas creadas» (VC, n. 16). Ellos, guiados por el espíritu inconmovible de las Bienaventuranzas, han ido transformando la archidiócesis según el corazón de Dios.

 

Ciertamente, volviendo a san Juan Pablo II, «no se puede realizar una seria y válida evangelización de los nuevos ámbitos en los que se elabora y se transmite la cultura sin una colaboración activa con los laicos presentes en ellos» (VC, n. 98).

 

Querida Iglesia burgalesa, que ha caminado sin descanso hacia la Nueva Jerusalén y, a la vez, ha sostenido el Cuerpo de Cristo cada vez que era clavado en la Cruz: gracias por vuestro impagable trabajo, por las horas gastadas por amor, por poneros en el último lugar de la fila cada vez que un hermano vuestro acudía al Banquete del altar, por haceros Eucaristía que se dona hasta el último aliento, por vuestra entrega, generosidad y valentía, y por fiaros sin condiciones de Dios y ser otros cristos que se entregan –como el buen samaritano– en los senderos más pedregosos de esta tierra. Gracias, en definitiva, por un nuevo curso pastoral que no habría sido posible sin vosotros.

 

Pongo cada una de vuestras vidas en las manos de la Virgen María. Que santa María la Mayor, nuestra madre y patrona, respuesta de amor y de entrega total a Cristo, os cuide y os proteja con el mismo amor que derrochó en su Hijo Jesús, hoy y todos los días de vuestra vida.

 

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Juntos y hasta el Cielo»

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«Juntos y hasta el Cielo»

Fuente: Freepik

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

«Cada vez que la comunidad cristiana transforma la indiferencia en proximidad y la exclusión en pertenencia, cumple su misión profética».

 

Hace unos días visité el centro de Parkinson de Burgos y, en todo momento, rondaba por mi corazón esta frase que el Papa Francisco reveló en diciembre de 2022, en una audiencia con motivo del Día Internacional de las Personas con Discapacidad. En ese mismo encuentro, el Santo Padre destacaba que cualquier persona es portadora «no sólo de derechos que deben ser reconocidos y garantizados», sino también de «instancias aún más profundas», como la necesidad de «pertenecer, relacionarse y cultivar la vida espiritual hasta experimentar la plenitud y bendecir al Señor por este don irrepetible y maravilloso».

 

Hoy, reavivando ese inolvidable momento que viví con los afectados por esta patología neurodegenerativa y renovando el compromiso de la Iglesia de caminar juntos, quisiera que mis palabras fueran todas para las personas con capacidades diversas.

 

Hablamos sobre todo de la persona y, después, de la discapacidad. Y lo hacemos acentuando su testimonio de entrega y de coraje, de superación, de fortaleza, de participación social, de cuidado y de resiliencia; un testimonio que encuentra su sentido en un amor con una visión inmensamente profunda y sensible de la propia existencia.

 

En verdad, es incontable lo que las personas con diversidad funcional aportan a las familias, a la humanización de la sociedad y al corazón de la Iglesia. Ellos dan sentido al término Magisterio de la fragilidad que acunó el Papa cuando se refería a ese carisma que edifica y conforma el Cuerpo místico de Cristo: «Su presencia puede ayudar a transformar las realidades en las que vivimos, haciéndolas más humanas y acogedoras». Porque «sin vulnerabilidad, sin límites y sin obstáculos que superar, no habría verdadera humanidad».

 

Si la Iglesia es la Casa de todos, el corazón de cada uno de los hijos de Dios también ha de serlo. Por eso, hemos de vivir sin excluir, sin apartar, sin desviar la mirada ante el hermano. Porque no podríamos hacer un nosotros sin ellos, quienes conviven en la diversidad funcional y sus familias, los amigos predilectos del Señor. Y si ellos hacen más humano cualquier espacio que habitan, mucho más en la Iglesia, que es el templo espiritual donde Cristo mismo es «piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios» (1 P 2, 4-8).

 

Ellos son, sin duda alguna, parte de ese «edificio de Dios» que describe el apóstol Pablo; porque «el templo de Dios es santo», y «ese templo sois vosotros» (1 Co 3, 9.17).

 

Junto al entrañable recuerdo que viví hace unos días en el centro con el que comenzaba esta carta, mientras escribo estas líneas van pasando por mi memoria chicos y chicas en situaciones diversas que, junto a sus familias, han inundado de sentido, de fuerza y de admiración mi vocación; personas con alzhéimer, con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), con parálisis cerebral o con síndrome de Down que evocan la imagen bíblica de los árboles que crecen en la ribera del río, uno junto al otro, y producen frutos abundantes (cf. Ez 47, 12). Sois los protagonistas de las historias más admirables que llenan de bondad y esperanza a toda la humanidad.

 

Sus ojos no caerán y su fruto no faltará, dice el profeta Ezequiel. Y así, del mismo modo, cada uno de estos preferidos del Padre siempre permanecerán custodiados –como lo hace una madre– en el corazón de Dios. Y nosotros nos sentimos tan honrados y enriquecidos al tenerlos codo con codo y paso con paso en el camino de la vida.

 

No hay pretextos para la santidad más allá del amor, y la mirada bienaventurada de cada una de estas personas nos sitúa muy cerca de María, la Madre del Amor.

 

Nos encomendamos a Ella, junto a todos aquellos que están atravesando cualquier momento de dificultad, y le pedimos que sea ese vehículo apacible y entrañable de la ternura inenarrable del Salvador. María, la mujer acogedora y la sonrisa más bella de Dios, siempre será para los ojos vulnerables un motivo renovado de esperanza.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«El Corazón de Jesús, modelo de todo corazón humano»

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«El Corazón de Jesús, modelo de todo corazón humano»

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

«Son innumerables las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas», afirma el Papa Pío XII en su carta encíclica Haurietis aquas sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús, festividad que celebramos el viernes pasado.

 

Cuenta la tradición que en el año 1675, el Señor Jesús le dijo a santa Margarita María de Alacoque que deseaba que la fiesta del Sagrado Corazón se celebrara el viernes después de la octava del Corpus Christi. En 1856, la fiesta del Sagrado Corazón tomó la condición de universal.

 

A menudo, cuando pienso en el Corazón de Jesús, siento que si conociéramos verdaderamente el amor que Dios nos tiene (cf. Jn 4, 10), quedaríamos completamente extasiados ante el Cuerpo Místico de Cristo. El Señor, el Unigénito de Dios que nos estimula a devolverle amor por amor, sólo tiene un deseo: enseñarnos a amar como Él nos ama, también con un corazón profundamente humano. Y así hemos de entregarnos, participando de su Amor por y para todos, viendo a las personas como Él las ve, cuidándolas como Él las cuida, amándolas como Él las ama.

 

Esa implicación en la santidad de los demás, que nace a los pies de la Eucaristía para quedarse en el corazón del más necesitado, es lo que nos enseña el Sagrado Corazón de Cristo.

 

Esta «práctica religiosa dignísima de todo encomio», como el Papa León XIII llamaba a la fiesta que hoy conmemoramos, traspasa toda condición, sentido y planteamiento; porque bebe de la fuente que nace de la expresión más humana del Amor, porque rinde homenaje al Sagrado Corazón de Nuestro Señor, a través del cual se nos manifestó el amor eterno de Dios por todos.

 

El propio san Juan Pablo II, quien fuera un devoto incansable del Sagrado Corazón, llegó a confesar que esta advocación «recuerda el misterio del amor de Dios por el pueblo de todos los tiempos». Una oración que la Iglesia recoge en el Catecismo cuando afirma que «adora al Verbo encarnado y a su corazón» que, por amor a los hombres, «se dejó traspasar por nuestros pecados» (CCC 2669).

 

Quien guarda en su interior la palabra de Cristo y la derrama sin medida por doquier, descubre que el amor de Dios ha alcanzado en él la plenitud (cf. 1 Jn 2, 4), pues encuentra –en ese mandamiento– todos los demás.

 

Si hablamos de Dios, hablamos de amor. Y viceversa. No hay gesto de entrega, ni donación desinteresada que pasen desapercibidos para el Corazón de Cristo.

 

El Padre «amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna» (Jn 3,16). Así, «en el Corazón traspasado del Crucificado podemos descubrir la medida infinita de su amor», señaló el Papa Francisco en su discurso del año pasado a los participantes en la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias, que «nos ama con amor eterno» y «nos llama a ser sus hijos y a participar de la alegría que tiene su fuente en Él». De esta manera, recordó cómo viene a buscarnos «cuando estamos perdidos» y cómo nos levanta «cuando caemos y nos hace renacer de la muerte».

 

El Señor nos muestra el corazón de Dios como el de un Padre que siempre espera nuestra vuelta a casa. Y en ese latido nace el Sagrado Corazón de Jesús, que sale a los cruces de los caminos, que abraza a sanos y a enfermos, a ricos y a pobres, a santos y a pecadores.

 

Hoy, con María, quien cuidó como nadie el corazón de su Hijo y sufrió en el suyo propio la Pasión, sentimos cómo la caridad de Dios ha sido derramada en nosotros por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado (cf. Rom 5, 5). Y le pedimos que haga de nuestra vida un eterno Magnificat, para que –con santa Teresita de Lisieux– podamos cada día proclamar: «¡Si no puedo ver el brillo de tu rostro o escuchar tu dulce voz, Dios mío, puedo vivir de tu gracia, puedo descansar en tu Sagrado Corazón!».

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Corpus Christi: la presencia del Amor hecho Eucaristía»

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corpus christi

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Queridos hermanos y hermanas:

 

«No es para quedarse en una ambula de oro que Jesús desciende todos los días del cielo, sino para encontrar otro cielo, el de nuestra alma, donde encuentra sus delicias», dejó escrito santa Teresita del Niño Jesús, refiriéndose a la presencia del amor de Dios en la Eucaristía: principio y fin del amor fraterno.

 

No es fruto de la coincidencia que la solemnidad del Corpus Christi vaya de la mano del Día de la Caridad. El Señor, en la Última Cena, ofrece su propia vida con su Cuerpo y su Sangre, y derrama su sentir en virtud de toda la humanidad. Esta donación suprema es el sacramento vivo que conmemoramos hoy: porque el banquete de la Eucaristía comienza en el altar y concluye en el alma del más necesitado. Y este mandamiento sagrado, que nos hace partirnos y repartirnos en favor de los preferidos del Padre, es indivisible.

 

El Papa Francisco, en su encíclica Fratelli tutti, destaca que «el bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad no se alcanzan de una vez para siempre», sino que «han de ser conquistados cada día» (FT, 65). Una mirada a la realidad que debe interpelarnos de cara a una vida que se nos ha regalado para darle sentido a nuestra existencia. Porque de poco sirve entregarnos por amor, ser equitativos con quien lo necesita o revestirnos de caridad si lo hacemos un solo instante, y no cada uno de nuestros días.

 

Esta solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo que honra a Jesús, hecho vida y encarnado en sus hermanos más vulnerables, nos invita a revitalizar el gesto de la entrega en la vida diaria; con alegría, por caridad y en todos y cada uno de nuestros quehaceres, sentires y ambientes. No siempre será fácil, pero nuestro compromiso con el Amor debe promover el compromiso de la comunidad cristiana y de la sociedad en general, tal y como nos enseñan desde Cáritas, «con la defensa de la dignidad de las personas más pobres y vulnerables y sus derechos».

 

Según los últimos informes de Cáritas y la Fundación Foessa, ha habido un crecimiento de éxodos masivos de personas que se han visto obligadas a huir a causa de las guerras, las sequias y la violencia. En medio de este panorama tan doloroso, asediados por situaciones de exclusión, de falta de vivienda, de precariedad laboral, de situaciones de irregularidad y de desventaja social en la población infantil y juvenil, nuestra Cáritas Diocesana atendió, durante el año 2023, a 10.683 personas. Personas con nombre propio, con historias concretas, con miradas colmadas de dificultades. Personas, al fin y al cabo, y no números, que perdieron la ruta y buscan en nuestros ojos el camino de vuelta a casa.

 

En la Eucaristía, Dios mismo se nos da como alimento. Pero no de cualquier manera, sino como Hostia consagrada donde está verdaderamente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Pero no podremos comer este Cuerpo si cerramos el corazón a nuestros hermanos, ni podremos beber de su Sangre si no consolamos la angustia de quienes más sufren.

 

Decía san Gregorio Nacianceno que el Santísimo Sacramento «es fuego que nos inflama de modo que, retirándolo del altar, esparzamos tales llamas de amor». Un camino hacia la santificación que pasa por la misericordia y que no puede separarse del corazón del necesitado.

 

En la Eucaristía, Jesús dona toda su fragilidad, se hace pequeño y pobre para hacernos a todos uno en su inagotable amor. Así, cada vez que comulgamos, el Señor da un nuevo sentido a nuestras fragilidades, y también a su infinita misericordia. Porque la misericordia de Jesús «no teme nuestras miserias», como expresó el Papa Francisco un día como el de hoy, en 2021, en la Plaza de San Pedro. Asimismo, «nos cura con amor de aquellas fragilidades que no podemos curar por nosotros mismos […] Es él quien nos sana con su presencia, con su pan, con la Eucaristía», que «es una medicina eficaz contra estas cerrazones». El Pan de Vida, recordaba, «cura las rigideces, las transforma en docilidad y sana porque nos une a Jesús: nos hace asimilar su manera de vivir, su capacidad de partirse y entregarse a los hermanos y de responder al mal con el bien».

 

Le pedimos a la Virgen María que nos enseñe a ver a Cristo en cada Eucaristía, que no nos acostumbremos a este don inefable que se consuma por amor a nosotros y que hallemos la grandeza de Dios y la fragilidad del más vulnerable en esta presencia sacramental de Jesucristo.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Castrillo de Murcia revive su fiesta eucarística del Colacho

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El arzobispo, don Mario Iceta, fue el encargado de presidir ayer la eucaristía y procesión del Corpus Christi en Castrillo de Murcia, uno de los rincones de la provincia donde más arraigo popular tiene esta solemnidad. Desde el pasado miércoles, el sonido del atabal –una suerte de gran bombo–, llama al pueblo a la oración, mientras un personaje bufonesco, ataviado con llamativos colores y un zurriago y unas castañuelas, intenta impedirlo.

 

La fiesta del Colacho tiene como objetivo honrar a Jesús Sacramentado en la fiesta del Corpus Christi. Con esta finalidad se ha venido repitiendo desde que en 1621 se creara la cofradía del Santísimo Sacramento de ‘Minerva’, llamada así por ser hija de la fundada en Roma en la basílica del mismo nombre. Sin embargo, con toda probabilidad la fiesta se celebrara desde tiempo atrás, cuando los castrillenses tomaron esta figura popular –similar a la de los ‘tetines’ de la capital– para ensalzar la presencia sacramental de Cristo en la eucaristía en oposición a la reforma luterana. Cada tercer domingo de mes, los miembros de esta cofradía se reúnen en la iglesia para celebrar la misa y participar a una procesión eucarística por el interior del templo.

 

Escucha el podcast de ‘El Espejo’ de Cope Burgos sobre el Colacho

 

Juan Pablo Calvo es el responsable de interpretar este año la figura del Colacho. Para él, vestir la máscara amarilla supone «una ilusión hecha realidad», que le permitirá vivir la fiesta «con una intensidad profunda». «Es una satisfacción muy grande», explica. Además de burlar el sonido del atabal, recorrerá el pueblo persiguiendo a vecinos y visitantes en las numerosas «vueltas» que configuran el programa de fiestas.

 

Aunque, sin duda alguna, el punto álgido de la fiesta tendrá lugar el próximo domingo. Ese día, se desarrolla una gran procesión eucarística por el pueblo, adornado con mimo por los vecinos. El camino está lleno de colchones donde las mamás –no sin cierto temor– reclinan a los niños nacidos durante el último año, como el mejor de los frutos que puede ofrecer el pueblo a Dios. El Santísimo los bendecirá desde la custodia después de que el Colacho salte por encima de ellos huyendo de la bendición que tanto le irrita. Una responsabilidad para la que Juan Pablo se ha preparado durante los últimos meses: «Hay mucho respeto».

 

Calvo se ha preparado últimamente para ejercitar su salto. Entrena «saltando todo» lo que pilla, aunque los palés han sido su principal opción. «La presión de tener a los niños abajo existe, pero con respeto es más fácil hacerlo», comenta.

 

Su cuñado, Jorge Rodrigo, es el otro protagonista de la fiesta. Con una mazas golpea el atabal, que produce un sonido «potente, atávico, similar al del corazón». Aunque él no es castrillense, vive la tradición gracias a su esposa, que le metió el gusanillo por esta fiesta popular. «Para mí es un honor ser atabalero», explica recordando que ha tumbado a todos sus hijos en esta fiesta.