«Tú vida, una misión»

por Natxo de Gamón,

Niños jugando en la misión católica de Dajla, en el Sáhara Occidental. | Foto: OMP.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

«Es necesario crear una cultura que en lugar de pensar en cómo dejar a los niños de lado, excluidos con paredes y cerraduras, se preocupe por ofrecer cuidados y belleza». Con estas palabras pronunciadas por el papa Francisco en 2018 en el Instituto de los Inocentes de Florencia, reclamaba una vida digna para los más pequeños: «A los débiles, especialmente a los niños, hemos de darles lo mejor que tenemos».

 

Hoy sería preciso reiterar su mensaje a esta humanidad tan necesitada de atención y cuidado. Cuando celebramos hoy la Jornada de la Infancia Misionera, reavivamos esa invitación a ayudar a los niños, «especialmente a los que no tienen lo necesario para vivir o no conocen a Dios», tal y como señalan desde Obras Misionales Pontificias.

 

Esta invitación implica a todos, niños, jóvenes y adultos, y desea recordar nuestra vocación bautismal como misioneros para ayudar a quienes menos tienen, con nuestra oración y nuestra ofrenda, para que los misioneros continúen proveyendo educación, salud y formación cristiana a más de 4 millones de niños en 120 países del mundo.

 

Compartir lo que somos supone caminar hacia un mañana que nos renueve en el Amor; un amor vivido en el abrigo acogedor de una comunidad que no deja a nadie a un lado, que comparte hasta lo último que tiene y rompe con la barrera del individualismo porque desea entregarse hasta la última gota, como lo hizo el Señor Jesús.

 

Cada persona es creada a imagen y semejanza de Dios, y solo haciéndonos como niños podremos habitar la morada celestial (cf. Mt 18, 1-3).Y este mandamiento, esencial en el credo que nos hermana, no puede ser sustituido por ninguno de los demás. Un detalle que no solo refleja nuestra misión, sino también nuestra cultura: «Una cultura –sostenía el papa Francisco– que reconozca en todos los rost­­­­­ros, también en el de los más pequeños, el rostro de Jesús». En este sentido, «debemos imaginar que nuestros pobres tienen una medalla rota, y que nosotros tenemos la otra mitad».

 

Qué importante es, en medio de tanto ruido, el cuidado de la infancia y la adolescencia para forjar una humanidad verdadera y plena. Por eso, el carisma de la Infancia Misionera propone y testimonia el Evangelio en cualquier lugar de la Tierra donde haya un solo niño necesitado.

 

Porque cuidar no es solo proteger, es también entregarse, darse por entero aun cuando se agotan las fuerzas. Es lo que hacen los misioneros y que hemos de hacer, también, cada uno de nosotros: hasta vivir plenamente el discipulado misionero, a la luz del Espíritu Santo y a imagen y semejanza de Jesús.

 

Ojalá tengamos muy presente, cada día de nuestra vida, que nuestras manos han de ser las del Señor. Seamos discípulos de corazón misionero y evangélico, atravesemos los muros del egoísmo, recorramos los corazones varados en tantos desiertos que nos rodean sin apenas luz, vistamos a los desnudos de fe, vayamos a donde nadie quiere estar para ofrecer compañía, abramos caminos de esperanza, desatemos tantos sueños mudos y quebremos muros imposibles.

 

Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las Misiones, dedicó su existencia a orar y a entregarse por los sacerdotes, especialmente los misioneros. Su sencillez, sin salir siquiera del convento, manifiestan que la oración es el abrazo eterno que anhela la Iglesia para desarrollar la labor misionera cada día. Ella, nuestra intercesora para recordar a los misioneros, nos lleva a esos rincones tan necesitados del Evangelio de la misericordia y del amor.

 

Le pedimos a la Virgen María, mediante la intercesión de Teresita de Lisieux, que nos ayude a ser promotores del carisma y la espiritualidad de la Infancia misionera. Para que podamos testimoniar, sin complejos y sin miedos, con los más necesitados en el centro de nuestro corazón, las palabras que esta santa dejó escritas con el reflejo de su vida: «En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor».

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos

«Donde habita la paz, habita Dios»

por Natxo de Gamón,

«La misericordia, camino de fraternidad y de paz»

jcomp | Freepik

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

El día 1 celebramos la 59ª Jornada Mundial de la Paz, momento en el que la Iglesia vuelve a manifestar un anuncio nacido del corazón del Resucitado: «La paz esté con vosotros» (Jn 20, 19). Estas palabras marcan el camino que nosotros hemos de recorrer, pues reclaman nuestra propia carne y el principio y fin de nuestras decisiones.

 

«La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”», recuerda el papa León XIV en su mensaje para esta jornada, que lleva por título La paz esté con vosotros: hacia una paz “desarmada y desarmante”. Estas palabras nos sitúan ante un misterio que roza los límites de nuestro entendimiento: la paz no se impone, se testimonia. Así, la paz de Jesús «es desarmada», porque así «fue su lucha», dentro de unas circunstancias históricas, políticas y sociales concretas; y los cristianos, reconoce el Papa, debemos hacernos proféticamente «testigos de esta novedad».

 

Desde este horizonte en el que nos introduce el Señor, ponemos nuestro existir en el Buen Pastor, que venció a la tristeza, abatió de su trono a la muerte y derribó el muro que separaba a los hombres (cf. Ef 2, 14) para hacernos eternamente uno en Él. Por eso, el papa León nos impulsa a ser testigos y a entablar una amistad indisoluble con la paz. Si conseguimos afianzar esta alianza entre nuestro aspirar y nuestro hacer, cuando este anhelo brote de una amistad con el Señor, este vínculo nos comprometerá durante toda la vida.

 

San Agustín ya intuía esta verdad cuando afirmaba que «la paz es la tranquilidad del orden», el descanso del corazón cuando encuentra su lugar en Dios. ¿Cómo va a darse la paz en la sociedad y en el mundo si antes no se da en lo profundo de cada persona que los conforman? Ser amigos de la paz significa dejarnos ordenar por el amor y permitir que Dios recomponga en nosotros lo que el miedo, la angustia y la violencia han disgregado. Esto, más allá de ser un mero sentimiento, implica el retorno del hombre hacia Dios, acogiendo su plan de salvación conforme nos enseña el Señor: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15).

 

Este camino no es otro que el trazado por Cristo Jesús, el Príncipe de la Paz, desde el principio de todos los tiempos. Él mismo encarnó una paz desarmada: sin más armadura que el amor, sin más indumentaria que la misericordia, sin más fuerza que la mansedumbre del amor entregado. Su victoria, que alcanzó en la Cruz, selló un pacto de perdón eterno: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

 

El Señor nos perdona porque el perdón es la perfección del amor, así como la misericordia es la perfección de la justicia. Por eso Dios escogió hacerse Niño, tomando el camino más humilde, el que le situaba en la sencillez de un niño frágil, sin defensas, sin poder terrenal. Porque la bondad, cuando es verdadera, es profundamente desarmante.

 

La paz nace del amor y de la humildad evangélica, porque sólo quien renuncia a dominar e imponerse puede comenzar a amar. Este es el camino para el encuentro verdadero. Como recordaba san Juan XXIII, «la paz será palabra vacía mientras no se funde sobre un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y, finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad» (Pacem in terris, n. 167).

 

Le pedimos a la Virgen María que nos ayude a ser testigos de esta paz que conduce al encuentro con quienes piensan distinto, a la escucha paciente, a la concordia, a la cercanía con los pobres, los descartados, los heridos por la historia. Ellos –más que nadie– claman por una paz concreta, encarnada, cotidiana. Al fin y al cabo, no hay paz verdadera si no pasa por las manos tendidas y los corazones abiertos. Porque cuando la paz entra en nuestro interior, cambia la vida; y cuando una vida cambia, el corazón del mundo comienza, silenciosamente, a sanar.

 

Os deseo un feliz año 2026, colmado de la paz que viene de Dios.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«La clausura del jubileo y la Sagrada Familia»

por Natxo de Gamón,

Jubileo 2025 peregrinos de esperanza burgos

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Adentrados en el corazón mismo de la Navidad, con la Palabra hecha carne en el silencio de nuestro particular pesebre, la Iglesia se detiene hoy para contemplar un misterio doméstico y decisivo para la historia: la Sagrada Familia de Nazaret. Hoy celebramos una forma concreta de vivir de Dios en el seno de una familia. En una casa humilde de Nazaret, Dios aprendió a ser cuidado y amado. Y desde ese hogar comenzó a latir una esperanza para todos.

 

En la Virgen María, aquella que conservaba todas las cosas y las meditaba en su corazón (cf. Lc 2, 19), descubrimos la fe que acoge sin poseer, la confianza que no exige explicaciones. Ella sabía que su vida era un terreno sagrado, una custodia viva conservada sin mancha donde Dios podía permanecer, incluso cuando ese misterio le obligaba a transitar en la penumbra.

 

En san José, el justo que cree obedeciendo, descubrimos a ese servidor fiel que escucha y actúa en silencio, guardando lo que más ama: hizo lo que el ángel del Señor le había mandado (cf. Mt 1, 24). Es el brazo que sostiene y protege, la voz que escucha y calma, la mirada que ve y espera. José es el guardián silencioso que hace espacio a Dios, sin ruido, sin palabras que desacrediten la misión que le ha sido encomendada.

 

Y en Jesús contemplamos al Hijo eterno que aceptó crecer «en sabiduría, en estatura y en gracia» (Lc 2, 52) en el seno de una familia humilde, bajo la penumbra de un sencillo cobijo en mitad de la noche. El Verbo, siendo el mismo Dios, se dejó criar y cuidar. De esta manera, santificó lo cotidiano, el transitar de los años ocultos bajo el manto de sus padres y la obediencia filial. Su encarnación nos muestra a un Dios que acompaña, vela y salva desde lo más profundo de nuestra fragilidad.

 

A la luz de este Misterio, comprendemos mejor el camino jubilar que clausuramos en nuestra archidiócesis burgalesa. Como la Sagrada Familia, también nosotros hemos caminado fiándonos de esa Trinidad que acompaña nuestro paso por las páginas de la historia, sosteniéndonos tantas veces en la confianza. Hemos emprendido acciones en pos de un mundo más justo, más fraterno y más bello; hemos escuchado el clamor de la fragilidad y nos apresuramos a remediar sufrimientos y pobrezas siendo conscientes de nuestras propias heridas y carencias; hemos abierto procesos, celebrado encuentros en vistas a impulsar la evangelización, siempre desde la esperanza compartida que hace bello lo quebrado y perfecto lo imperfecto.

 

Decía san Juan Pablo II que la familia –y podríamos decir también la Iglesia– está llamada a ser «comunidad íntima de vida y de amor conyugal, fundada por el Creador» (Familiaris consortio, 13), lugar donde la fe se hace carne y el Evangelio se torna regalado.

 

Desde esta pertenencia recíproca que brota como signo sacramental de la misma relación de Cristo con la Iglesia, descubrimos que este Jubileo ha sido para nosotros una verdadera escuela de Nazaret, donde hemos aprendido que la fe se transmite por contagio, por cercanía, por testimonio y del servicio a los pobres y necesitados que pretendemos acompañar y servir. Y es, a través de la Sagrada Familia, de vidas de santos y de tantos ejemplos sencillos que han florecido entre nosotros, cómo hemos ido descubriendo la manera en la que el Señor de la Vida nos ha acompañado en este tiempo de gracia y bendición.

 

La Iglesia crece cuando cuida, evangeliza cuando acompaña y permanece cuando ama. Así cerramos el Jubileo, no para esconderlo bajo el celemín o en un rincón de la casa, sino para entregarlo a la Providencia. Como hacía la familia de Nazaret que, tras cada noche incierta, se afianzaba en la bondad del Padre para continuar diciendo «sí» sin condiciones, sin evasivas y sin miedos. Para que nuestra Iglesia que peregrina en Burgos siga siendo un hogar habitable, entrañable y fraterno donde Dios pueda morar y donde toda persona, de modo particular la más vulnerable, al entrar, pueda volver a creer al sentirse acogida y servida con amor.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«En el Niño Dios volvemos a ser hijos y hermanos»

por Natxo de Gamón,

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

¡Feliz y Santa Navidad! Os expreso este deseo desde lo más profundo de mi corazón, no como un gesto amable y formal que repetimos cada año, sino como una proclamación especial de entrega, esperanza y fe.

 

Decir Navidad es volver a casa, es saberse una vez más en los brazos de Aquel que rompe las ataduras del mundo para enseñarnos que la pobreza se convierte en riqueza cuando brota del amor –y viceversa.

 

Decir Navidad es confesar que Dios no ha permanecido oculto ni al margen de la historia, sino que ha entrado en ella hasta el fondo, hasta transformarla por completo y cambiar, para siempre, nuestra fragilidad en fortaleza, nuestro llanto en alegría, nuestra nostalgia en gozo.

 

Decir Navidad es reconocer que el Infinito ama los límites, que el Viviente sigue aceptando el pesebre como morada y que el Creador ha asumido la carne para ser eternamente humano. Desde aquella noche en Belén, la historia ha quedado definitivamente tocada por Dios.

 

La Navidad no es un recuerdo piadoso, ni una escena entrañable detenida en algún rincón del pasado; es un misterio que se hace presente ahora, un paso hacia un lugar que nos sobrepasa, un abrazo definitivo con el Verbo encarnado (cf. Jn 1, 14). Él asumió nuestra propia carne, con todo lo que eso significa (fragilidad, soledad, cansancio, lágrimas, muerte) para redimirla desde lo profundo, en una entrega heroica, solamente por amor.

 

Con el nacimiento del Salvador, se revela –a corazón abierto– la plenitud de nuestra fe: Encarnación y Redención son inseparables. Porque Dios no se hace hombre únicamente para acompañarnos, sino para salvarnos y transformarnos para siempre. «Lo que no es asumido no es redimido», decía san Ireneo de Lyon; y, en el Niño de Belén, Dios asume la condición humana para sanarla y devolverle su dignidad.

 

En el establo ya está presente la Cruz, una Cruz iluminada por la Pascua. Las telas con las que fue cubierto Jesús son profecía del sudario, la madera del pesebre anticipa el Madero del Calvario, el «sí» de María predice su último beso tras la Pasión antes de que su Hijo amado vuelva a los brazos del Padre.

 

En María, la humanidad responde a Dios con confianza, porque ofrece su carne para que Dios se haga carne: Ella ofrece su vida para que Dios asuma la nuestra. En José, la redención avanza a través de la fidelidad escondida, de las decisiones humildes, del amor que no busca ningún protagonismo. Por eso, entre el «sí» de María y la fidelidad de José, Dios establece un puente y encuentra su hogar. Y, al encontrarlo, convierte la historia humana en lugar de salvación. Y en el centro de este misterio nace Jesús, el Hijo eterno del Padre. Con su nacimiento, Dios se deja tocar, comprender y amar; y por medio de Él, el ser humano se descubre infinitamente valioso, cuidado y amado.

 

En Belén comienza la entrega total del Hijo al Padre, pues «siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8, 9), como escribe san Pablo. Así, Belén ya no es sólo un horizonte más en el mapa: es el signo de que Dios puede nacer allí donde todo parece pequeño y pobre.

 

Y esta es la gran esperanza de la Navidad, que Dios continúa encarnándose en las vidas de los hombres y las mujeres de hoy, y sigue redimiendo lo que parecía roto, arruinado o perdido. El Señor no exige respuestas, sólo pide confianza. Que esta Navidad nos devuelva el asombro, la alegría y la esperanza, y escriba en el corazón el mayor deseo del Padre: Dios se ha hecho Niño para que volvamos a ser hijos y hermanos.

 

Con gran afecto, os deseo una Feliz y Santa Navidad y pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

 

«Esperando al Mesías»

por Natxo de Gamón,

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Estos días de espera, plegaria sosegada y quietud, la Iglesia guarda un silencio expectante y el tiempo cuenta los segundos ante el Misterio para adentrarnos –con la paz que sólo da el Señor– en la intimidad del Adviento. Hoy nos introducimos en la esperanza aprendida en la escuela de María, porque nadie aguardó al Mesías como Ella; nadie sustentó la promesa con tanta pureza, docilidad y valentía como aquella muchacha de Nazaret que, al pronunciar su inolvidable «hágase», abrió un surco eterno en la historia.

 

Adviento es un tiempo de sosiego habitado, un soplo de luz confiado al Padre donde nació la esperanza cristiana, la que tiene su raíz en el Amor.

 

Este tiempo nos invita a perseverar, pero no de cualquier manera, sino desde el corazón de María, el icono vivo de la confianza. Ella vivió la llegada del Mesías como quien guarda un fuego interior en la noche más fría, creyó contra toda lógica humana y creció en la pequeñez de un hogar que no tenía más que fe y un universo eterno de servicio. Y es ahí, en esa morada de letanía perpetua, en la inmensidad de su promesa, donde se revela la grandeza de la certeza cristiana: esperar no porque veamos, sino porque confiamos en que la fidelidad de Dios no descansa, incluso cuando nuestros pasos se tambalean.

 

Santa María aguardaba al Mesías mientras servía, mientras realizaba las tareas del día a día, mientras cumplía la voluntad de Dios. Su vida entera fue un templo escondido donde lo pequeño se volvía infinito, donde lo imposible se hacía capaz en sus ojos.

 

Decía san Juan de la Cruz que «la esperanza es un vacío que sólo Dios puede llenar». Ella también viviría noches infinitas, silencios en vela, preguntas ocultas que a nadie desvelaría… Pero no temió la incertidumbre, ni el desconcierto, ni el qué dirán en un momento de la historia muy diferente al que vivimos hoy, porque en todas esas tinieblas guardó al Hijo como quien guarda un amanecer. Su fe fue una llama encendida en un corazón humilde y disponible como el suyo.

 

El Adviento nos educa en esta pobreza luminosa. Por ello, en tiempo de fragilidad, cuando la oración pese como una piedra, la vida parezca cerrarse sobre sí misma y el cielo calle ante la súplica, María está deseando mostrar el camino de sus ojos. Ella, la razón que purifica el corazón y la luz que modela nuestros deseos, nos enseña a permanecer con la pobreza que permite a Dios ser Dios.

 

«La esperanza es la fuerza para dar a luz en medio de los dolores de parto de la historia», dejó escrito san Óscar Romero. ¿No es esto lo que la Virgen María vivió? ¿Y no es esa la misión de cada cristiano?

 

La bienaventurada Virgen María no sólo esperó a Cristo: esperó con Él la redención del mundo. Y esa es nuestra verdadera vocación: gestar con Ella la presencia del Salvador en medio de las fragilidades e incertidumbres humanas. De esta manera, cada vez que abrazamos al que sufre, que sostenemos al débil y que acompañamos al que está solo, dejamos que Cristo vuelva a nacer en nosotros. Y si nos aprieta la incerteza, Ella nos enseña a hacerle sitio.

 

Dios actúa aun cuando no lo percibimos y se inclina ante los corazones sencillos. Para ello, en estos días de Adviento –y también de ahora en adelante–, hemos de dejar que la humildad sea camino, principio y fin en nuestra vida, siendo conscientes de que el tiempo de Dios es siempre historia de salvación.

 

Pidamos a la Madre de Dios que nos ayude a recogernos en su regazo materno hasta que su ejemplo nos ensanche por dentro y hasta hacer de nuestro corazón un cielo entrañable capaz de acoger a Jesucristo, el Salvador del mundo y, con Él y en Él, a todo el que necesita compañía y consuelo.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos