«Manos Unidas: declarar la guerra al hambre»

por Natxo de Gamón,

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Como cada año, la campaña de Manos Unidas nos invita a recordar que en cualquier lugar del mundo donde un ser humano carezca del pan necesario, la imagen de Dios queda profundamente herida y el designio de amor del Creador por cada persona es amenazado por nuestras manos.

 

El lema que nos propone esta entidad de Iglesia nacida de las mujeres de la Acción Católica, nos anima a Declarar la guerra al hambre. Atrevernos a atarle de pies y manos al hambre es una llamada a la conciencia creyente y una confesión de fe, porque el hambre no es sólo una realidad social que empaña la mirada del mundo, sino que es un escándalo pudiendo encontrar remedio en el reparto equitativo de recursos que la vitalidad de la tierra produce a manos llenas.

 

Declarar la guerra al hambre es tomar partido por la vida, es afirmar que el Dios Trinitario, como comunión eterna de amor, no puede ser anunciado de manera creíble en una tierra donde la mesa se convierte en frontera y la abundancia convive con la miseria. Si consentimos esta situación, estaremos colaborando –sin darnos cuenta, quizá– con la indiferencia ante el sufrimiento de tantos seres humanos que nada tiene que ver con el Evangelio de Jesús.

 

«He visto la opresión de mi pueblo, he escuchado su clamor» (Ex 3, 7), recuerda la Sagrada Escritura, porque el lamento del que es privado de cualquier derecho o libertad es un lugar teológico donde Dios se revela y desde donde interpela al corazón de su Iglesia. Y nosotros, como miembros de la misma, no podemos creer que la hambruna y la aridez son un accidente inevitable de la historia, sino que son el fruto amargo de estructuras injustas, de economías que excluyen, de una globalización que olvida la fraternidad como modo principal de convivir.

 

Por eso, esta lucha exige una conversión profunda de las conciencias. Como afirma el profeta Isaías: «El ayuno que yo quiero es soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien va desnudo y no desentenderte de los tuyos» (Is 58, 6-7). Entonces, y sólo entonces, insiste el profeta, «surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia y detrás de ti la gloria del Señor» (Is 58, 8). Porque sin justicia, la fe se vuelve estéril; y sin amor, la vida cristiana se convierte en una máscara vacía.

 

Manos Unidas lucha por erradicar el hambre y la pobreza en el mundo, y no puede haber un corazón cristiano que no se estremezca ante este sufrimiento. Pongámonos de su lado en cada proyecto de desarrollo, en cada comunidad por acompañar, en cada vida sostenida por esas manos que se ponen manos a la obra por amor. De esta manera, al darnos a los demás, un gesto ordinario y aparentemente sencillo se convierte en sacramento de paz, en signo concreto de una humanidad que busca reconciliarse con su realidad más sufriente.

 

La Trinidad misma nos enseña a declarar esta guerra, porque el Padre ha creado un mundo destinado a la vida y no a la muerte. El Hijo, Pan bajado del cielo se parte y se entrega sin medida para que nadie tenga hambre jamás, porque Él mismo nos mandó: “dadles vosotros de comer” (Lc 9, 13). Y el Espíritu Santo impulsa a la Iglesia a romper el encierro de la comodidad para hacerse –con todos– comunión y entrega.

 

Declarar la guerra al hambre es, por tanto, vivir trinitariamente la fe, haciendo de la fraternidad un camino concreto y salvífico de santidad. Decía san Francisco de Asís que «la pobreza es esposa del Crucificado». Y allí donde el Cuerpo de Cristo sigue crucificado en los pobres, debe estar la Iglesia. Sólo cuando declaramos la guerra a lo que hiere a nuestro hermano, comenzamos a parecernos al Dios que es Amor. Que María, mujer del Magníficat, nos ayude a edificar un mundo donde los hambrientos sean colmados de bienes y nadie quede excluido del maravilloso banquete de la vida.

 

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Vida Consagrada enraizada en la vida, santidad y misión de la Iglesia»

por Natxo de Gamón,

religiosos vida consagrada

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Cada año, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada que ahora celebramos nos sitúa ante una pregunta sencilla y, a la vez, decisiva para el corazón de la Iglesia y del mundo: «¿Para quién eres?». Esta pregunta que interpela el sentir, la misión y la vocación de quien se atreve a formularla es el lema que nos congrega en esta conmemoración que atraviesa las paredes de la fe, que desarma, que devuelve a lo esencial. Porque la vida consagrada no se entiende desde lo que hace, sino desde Aquel a quien pertenece; como obediencia que se transforma en escucha, como pobreza que se torna en confianza, como castidad que responde a un amor profundamente encarnado.

 

«La vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión» (Vita consecrata, 3). Dicha afirmación de san Juan Pablo II que declara en esta exhortación apostólica que recoge el fruto del Sínodo de los Obispos de 1994, recuerda cómo los consagrados pertenecen de manera irrevocable a la vida y a la santidad de la Iglesia. Y no como algo accesorio o puntual, sino como un sacramento convertido en memoria viva, en eco trinitario, en eterna profecía.

 

La vida consagrada nace como confesión del Dios Trinidad: es un don que brota del amor del Padre, del seguimiento radical del Hijo y del soplo creador del Espíritu Santo. Por eso, la Iglesia contempla hoy este vivir entregado como una gracia que brota del corazón de Cristo Jesús y vuelve a Él convertido en servicio, en escucha, en acompañamiento y compasión.

 

De ese amor derramado del Cordero late una presencia que no busca protagonismo, sino que se pone en el último lugar con la mayor de las alegrías; que no exige reconocimiento, sino un sigilo habitado por el Maestro; que no quiere ser nombrada, sino que prefiere mantenerse en silencio donde sólo queda la presencia del Amado. Sin embargo, sin esta presencia –que es proclamación elocuente de que la vida sólo se comprende cuando se entrega– la Iglesia no respiraría igual.

 

En su mensaje para esta Jornada, los obispos de la Comisión para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal Española (CEE) defienden como un gesto elocuente «la vivencia plena de la castidad, la obediencia y la pobreza, verdadero don profético de las personas consagradas para toda la Iglesia y para los hombres y las mujeres de buena voluntad». En un mundo marcado por la prisa, la rentabilidad y el éxito inmediato, los consagrados han de responder con una lógica distinta: la de la gratuidad, la fidelidad cotidiana, la esperanza que persevera incluso cuando no hay aplausos, ni agradecimientos, ni resultados visibles.

 

Desde esta exigencia carismática, los obispos defienden la razón del lema, que «pone de relieve que la pregunta por la propia identidad (¿qué o quién soy?) es ineludible. Sin embargo, quedarse solo en ella «entraña algunos peligros», sobre todo «si la mirada un tanto obsesiva sobre nosotros mismos termina por impedirnos ver a quienes, estando más allá de nosotros, conforman nuestro horizonte último de vida y misión».

 

La vida consagrada habita allí donde el dolor tiene nombre propio: en hospitales y enfermerías, en la soledad de habitaciones olvidadas, en las calles donde la dignidad parece haberse perdido, en comedores sociales, en campos de misión, en países empobrecidos y en la vida ordinaria de tantos barrios y pueblos olvidados y con pocos recursos. Allí, los consagrados son manos que sostienen, ojos que saben mirar sin juzgar, labios que consuelan, corazones que permanecen. Allí se convierten, sin ruido, en la carne visible de la misericordia de Dios.

 

Queridos consagrados: gracias por habitar en el corazón de la Iglesia y, silenciosamente, transformar el alma rasgada del mundo. Hoy, junto a la Virgen María, recordamos unas palabras de santa Teresa de Calcuta que definen vuestro amor hasta el extremo: «Nosotros somos lápices en las manos de Dios». Eso sois, esa es la vida consagrada: dejarse escribir por Dios allí donde Él quiera, aunque la página sea oscura, aunque el trazo a veces duela.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«La palabra de Cristo habite en vosotros» (Col 3, 16)

por Natxo de Gamón,

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Como quien abre de par en par las ventanas del alma para que entre el soplo del Espíritu, la Iglesia nos convoca, una vez más, al Domingo de la Palabra de Dios: una presencia, una Palabra viva pronunciada desde siempre en el corazón del Padre y ofrecida al mundo en el Verbo hecho carne.

 

El lema que nos acompaña este año —«La palabra de Cristo habite en vosotros» (Col 3, 16)— guarda un mensaje de una densidad teológica y espiritual muy grande. San Pablo, al escribir a la comunidad cristiana de Colosas, invita a escuchar y a conocer la Palabra, así como a permitirle habitar en lo profundo de cada uno, a dejarle espacio, a ofrecerle morada. La Palabra no pide ser invitada de vez en cuando: reclama un hogar, una parte, un sitio preferente en la mesa de la vida.

 

Habitar es echar raíces, es entretejer la vida cotidiana, es dejar que el Misterio configure nuestro ser desde las entrañas. Cuando la Palabra de Cristo habita en nosotros, Cristo mismo se hace huésped del corazón, y poco a poco va transformando la casa entera. Como recuerda el evangelio de san Juan, «el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Ese mismo Verbo también desea poner su morada en nosotros.

 

La Palabra de Dios no está encerrada por amor en un libro, ni vive prisionera en el pasado; es una palabra que acontece, que irrumpe, que crea comunión y abre caminos. Por eso, el autor de la Carta a los Hebreos afirma que «es viva y eficaz, más cortante que espada de doble filo» (Hb 4, 12). Desde este sentir, penetra hasta lo más hondo, discierne, sana, purifica y despierta lo que parecía dormido.

 

La relación entre el Resucitado, la comunidad de creyentes y la Sagrada Escritura es vital para nuestra identidad cristiana. Sin la Palabra, la fe corre el riesgo de convertirse en costumbre; con ella, la fe vuelve a ser encuentro, escucha y respuesta.

 

Participar de la Palabra de Dios no supone únicamente oírla, leerla o proclamarla en la liturgia, es dejar que modele la conciencia, que eduque los afectos, que inspire las decisiones. La Palabra nos va entretejiendo el corazón, haciéndonos, día tras día, más semejantes a Aquel que la pronuncia. En ese lento –pero inconmensurable– trabajo interior, el creyente es recreado a imagen del Hijo, y aprende a mirar, a amar y a esperar como Él.

 

San Jerónimo, con la lucidez de los santos, afirmaba que «desconocer la Escritura es desconocer a Cristo». Este doctor de la Iglesia, considerado el traductor más grande de la Biblia, nos animaba a aprender el lenguaje de Dios, para que, poco a poco, nuestra vida pueda llegar a ser palabra pronunciada por otros hermanos. En esta clave se comprende la profunda afirmación de monseñor Rino Fisichella cuando señala –para esta celebración– que «la Palabra de Cristo permanece como criterio seguro que unifica y vuelve fecunda la vida de la comunidad cristiana», y que «cuando se deja espacio a la Palabra, el Verbo de Dios habita el corazón como semilla que, a su tiempo, germina y da fruto». Porque la Palabra actúa con fidelidad, sin imponer, fecundando todo lo que toca.

 

Que este día nos ayude a abrir la casa interior, a sentarnos a los pies del Maestro como María (cf. Lc 10, 39) y a dejarnos formar por esa Palabra que no pasa, porque es el mismo Cristo quien la pronuncia. Y que, habitados por ella, podamos convertirnos nosotros mismos en evangelio vivo, en signo humilde y verdadero del Dios que, verso a verso, sigue hablando al corazón del mundo.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Tú vida, una misión»

por Natxo de Gamón,

Niños jugando en la misión católica de Dajla, en el Sáhara Occidental. | Foto: OMP.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

«Es necesario crear una cultura que en lugar de pensar en cómo dejar a los niños de lado, excluidos con paredes y cerraduras, se preocupe por ofrecer cuidados y belleza». Con estas palabras pronunciadas por el papa Francisco en 2018 en el Instituto de los Inocentes de Florencia, reclamaba una vida digna para los más pequeños: «A los débiles, especialmente a los niños, hemos de darles lo mejor que tenemos».

 

Hoy sería preciso reiterar su mensaje a esta humanidad tan necesitada de atención y cuidado. Cuando celebramos hoy la Jornada de la Infancia Misionera, reavivamos esa invitación a ayudar a los niños, «especialmente a los que no tienen lo necesario para vivir o no conocen a Dios», tal y como señalan desde Obras Misionales Pontificias.

 

Esta invitación implica a todos, niños, jóvenes y adultos, y desea recordar nuestra vocación bautismal como misioneros para ayudar a quienes menos tienen, con nuestra oración y nuestra ofrenda, para que los misioneros continúen proveyendo educación, salud y formación cristiana a más de 4 millones de niños en 120 países del mundo.

 

Compartir lo que somos supone caminar hacia un mañana que nos renueve en el Amor; un amor vivido en el abrigo acogedor de una comunidad que no deja a nadie a un lado, que comparte hasta lo último que tiene y rompe con la barrera del individualismo porque desea entregarse hasta la última gota, como lo hizo el Señor Jesús.

 

Cada persona es creada a imagen y semejanza de Dios, y solo haciéndonos como niños podremos habitar la morada celestial (cf. Mt 18, 1-3).Y este mandamiento, esencial en el credo que nos hermana, no puede ser sustituido por ninguno de los demás. Un detalle que no solo refleja nuestra misión, sino también nuestra cultura: «Una cultura –sostenía el papa Francisco– que reconozca en todos los rost­­­­­ros, también en el de los más pequeños, el rostro de Jesús». En este sentido, «debemos imaginar que nuestros pobres tienen una medalla rota, y que nosotros tenemos la otra mitad».

 

Qué importante es, en medio de tanto ruido, el cuidado de la infancia y la adolescencia para forjar una humanidad verdadera y plena. Por eso, el carisma de la Infancia Misionera propone y testimonia el Evangelio en cualquier lugar de la Tierra donde haya un solo niño necesitado.

 

Porque cuidar no es solo proteger, es también entregarse, darse por entero aun cuando se agotan las fuerzas. Es lo que hacen los misioneros y que hemos de hacer, también, cada uno de nosotros: hasta vivir plenamente el discipulado misionero, a la luz del Espíritu Santo y a imagen y semejanza de Jesús.

 

Ojalá tengamos muy presente, cada día de nuestra vida, que nuestras manos han de ser las del Señor. Seamos discípulos de corazón misionero y evangélico, atravesemos los muros del egoísmo, recorramos los corazones varados en tantos desiertos que nos rodean sin apenas luz, vistamos a los desnudos de fe, vayamos a donde nadie quiere estar para ofrecer compañía, abramos caminos de esperanza, desatemos tantos sueños mudos y quebremos muros imposibles.

 

Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las Misiones, dedicó su existencia a orar y a entregarse por los sacerdotes, especialmente los misioneros. Su sencillez, sin salir siquiera del convento, manifiestan que la oración es el abrazo eterno que anhela la Iglesia para desarrollar la labor misionera cada día. Ella, nuestra intercesora para recordar a los misioneros, nos lleva a esos rincones tan necesitados del Evangelio de la misericordia y del amor.

 

Le pedimos a la Virgen María, mediante la intercesión de Teresita de Lisieux, que nos ayude a ser promotores del carisma y la espiritualidad de la Infancia misionera. Para que podamos testimoniar, sin complejos y sin miedos, con los más necesitados en el centro de nuestro corazón, las palabras que esta santa dejó escritas con el reflejo de su vida: «En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor».

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos

«Donde habita la paz, habita Dios»

por Natxo de Gamón,

«La misericordia, camino de fraternidad y de paz»

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Queridos hermanos y hermanas:

 

El día 1 celebramos la 59ª Jornada Mundial de la Paz, momento en el que la Iglesia vuelve a manifestar un anuncio nacido del corazón del Resucitado: «La paz esté con vosotros» (Jn 20, 19). Estas palabras marcan el camino que nosotros hemos de recorrer, pues reclaman nuestra propia carne y el principio y fin de nuestras decisiones.

 

«La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”», recuerda el papa León XIV en su mensaje para esta jornada, que lleva por título La paz esté con vosotros: hacia una paz “desarmada y desarmante”. Estas palabras nos sitúan ante un misterio que roza los límites de nuestro entendimiento: la paz no se impone, se testimonia. Así, la paz de Jesús «es desarmada», porque así «fue su lucha», dentro de unas circunstancias históricas, políticas y sociales concretas; y los cristianos, reconoce el Papa, debemos hacernos proféticamente «testigos de esta novedad».

 

Desde este horizonte en el que nos introduce el Señor, ponemos nuestro existir en el Buen Pastor, que venció a la tristeza, abatió de su trono a la muerte y derribó el muro que separaba a los hombres (cf. Ef 2, 14) para hacernos eternamente uno en Él. Por eso, el papa León nos impulsa a ser testigos y a entablar una amistad indisoluble con la paz. Si conseguimos afianzar esta alianza entre nuestro aspirar y nuestro hacer, cuando este anhelo brote de una amistad con el Señor, este vínculo nos comprometerá durante toda la vida.

 

San Agustín ya intuía esta verdad cuando afirmaba que «la paz es la tranquilidad del orden», el descanso del corazón cuando encuentra su lugar en Dios. ¿Cómo va a darse la paz en la sociedad y en el mundo si antes no se da en lo profundo de cada persona que los conforman? Ser amigos de la paz significa dejarnos ordenar por el amor y permitir que Dios recomponga en nosotros lo que el miedo, la angustia y la violencia han disgregado. Esto, más allá de ser un mero sentimiento, implica el retorno del hombre hacia Dios, acogiendo su plan de salvación conforme nos enseña el Señor: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15).

 

Este camino no es otro que el trazado por Cristo Jesús, el Príncipe de la Paz, desde el principio de todos los tiempos. Él mismo encarnó una paz desarmada: sin más armadura que el amor, sin más indumentaria que la misericordia, sin más fuerza que la mansedumbre del amor entregado. Su victoria, que alcanzó en la Cruz, selló un pacto de perdón eterno: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

 

El Señor nos perdona porque el perdón es la perfección del amor, así como la misericordia es la perfección de la justicia. Por eso Dios escogió hacerse Niño, tomando el camino más humilde, el que le situaba en la sencillez de un niño frágil, sin defensas, sin poder terrenal. Porque la bondad, cuando es verdadera, es profundamente desarmante.

 

La paz nace del amor y de la humildad evangélica, porque sólo quien renuncia a dominar e imponerse puede comenzar a amar. Este es el camino para el encuentro verdadero. Como recordaba san Juan XXIII, «la paz será palabra vacía mientras no se funde sobre un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y, finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad» (Pacem in terris, n. 167).

 

Le pedimos a la Virgen María que nos ayude a ser testigos de esta paz que conduce al encuentro con quienes piensan distinto, a la escucha paciente, a la concordia, a la cercanía con los pobres, los descartados, los heridos por la historia. Ellos –más que nadie– claman por una paz concreta, encarnada, cotidiana. Al fin y al cabo, no hay paz verdadera si no pasa por las manos tendidas y los corazones abiertos. Porque cuando la paz entra en nuestro interior, cambia la vida; y cuando una vida cambia, el corazón del mundo comienza, silenciosamente, a sanar.

 

Os deseo un feliz año 2026, colmado de la paz que viene de Dios.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos