La hora del relevo

por redaccion,

relevo episcopal

 

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Hoy quiero compartir con todos vosotros algo que ya se dio a conocer en los medios el martes pasado. Ese día, el Papa Francisco me comunicaba que aceptaba mi renuncia a la tarea encomendada en la Diócesis de Burgos, renuncia que como sabéis es preceptiva por motivos de edad. Aunque también me ha concedido que siga siendo Administrador Apostólico de esta Iglesia hasta el próximo 5 de diciembre y, sabiendo que tendremos tiempo para la despedida, no quiero dejar de comunicaros ahora algunos sentimientos que llevo, en estos momentos, en el corazón.

 

Siento, en primer lugar, un profundo agradecimiento a Dios que, en el caminar de mi vida sacerdotal y ya como Obispo, quiso que llegara un día a esta tierra y me ha regalado la experiencia de poder formar parte de la Iglesia que camina en Burgos y con la que el Señor me ha desposado para siempre. Hace cinco años venía con enorme ilusión a esta parcela de la Iglesia para entregarme por entero, en alma y cuerpo, al ministerio confiado. A lo largo de este tiempo nos hemos ido conociendo mutuamente, hemos caminado unidos y hemos compartido innumerables momentos pastorales, motivadores, fraternos, celebrativos… A la escucha siempre del Maestro, que es el único Pastor, hemos intentando ser discípulos misioneros en esta hora que nos ha tocado vivir. Una hora, en la viña del Señor, llena de retos profundos y apasionantes. Doy gracias a Dios porque el Espíritu sigue engendrando vida en tantas personas de esta tierra burgalesa, sacerdotes, religiosos y laicos, que son instrumentos del amor entrañable de Dios, para vivirlo en la Iglesia y en la sociedad que nos rodea.

 

La Visita Pastoral a toda la diócesis, que concluiré este próximo día 18, me ha permitido acercarme a los muchos lugares y realidades de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia. Así he podido conocer de primera mano la profunda huella cristiana que alberga nuestro pueblo. Un alma que se sigue proyectando hoy en innumerables realidades de desarrollo y de evangelización por las que doy gracias a Dios. Además, durante esa Visita Pastoral crece algo que considero importante en estos momentos de relevo: el sentido de pertenencia a una única Iglesia, el descubrimiento en el obispo, sea el que sea, de la apostolicidad, de la catolicidad y de la comunión que dan vida a la propia diócesis y al conjunto de la Iglesia. Son esas hoy actitudes especialmente importantes para cultivar. Por ello mi gratitud, muy grande también, a todos vosotros que durante estos años habéis ido acogiendo, y acompañando con fe, mi sencillo caminar de pastor.

 

En segundo lugar, siento una profunda alegría por la persona que el Papa ha elegido para presidir esta Iglesia: D. Mario Iceta Gavicagogeascoa, hasta ahora Obispo de Bilbao. Se trata de un obispo joven y dinámico, muy bien preparado intelectualmente, apasionado de su vocación que le hace entregarse por completo en su quehacer misionero. Estoy seguro de que le vais a querer y va a sentir, igual que yo he sentido siempre, vuestra comunión y cariño. Y estoy convencido de que será un muy buen Pastor que sabrá ponerse delante, en medio o detrás vuestro, según el momento lo requiera.

 

Como tantas veces os he repetido aludiendo a este momento que ya llega, lo importante es la Iglesia, parcela del Pueblo de Dios en Burgos, que tiene su historia, su ritmo y su experiencia, y en la que el Obispo se inserta como guía, formando parte totalmente de ella. No es el Obispo el que hace o determina la Iglesia, sino el que le da continuidad apostólica, camina con ella, la sirve y la anima. En medio de esta comunidad de cristianos, el Obispo se siente cristiano con cada uno de los bautizados y Obispo para ellos. Es el Espíritu el auténtico protagonista del presente y del futuro y una vez más nos confiamos a Él.

 

No es ahora el momento de hacer balance de estos intensos años. Dios lo sabe y a su amor y misericordia lo confío y me confío. Hasta el último momento, como os he dicho en tantas ocasiones, seguiré trabajando y entregándome a todos y cada uno de vosotros. Quiero cumplir así lo que también os he repetido y que da sentido a mi ministerio episcopal: amar y servir. En estos dos verbos querría que se resuma, con todas mis limitaciones, mi quehacer entre vosotros.

 

No es el Obispo el que hace o determina la Iglesia, sino el que le da continuidad apostólica, camina con ella, la sirve y la anima.

 

El relevo tiene lugar a las puertas de un año importante para nuestra Iglesia: el VIII Centenario de la Catedral. El Jubileo que estamos a punto de iniciar y la Asamblea Diocesana en curso serán momentos intensos de celebración y crecimiento como Iglesia, así como la ocasión privilegiada, estoy seguro, para crecer en comunión con el nuevo Obispo y para reemprender juntos la única misión de la que estamos llamados a ser continuadores: seguir acogiendo y anunciando la Buena Noticia de Jesucristo.

 

Santa María la Mayor, Madre y Protectora de la Iglesia burgalesa, ¡¡ruega por nosotros!!

«Voy a Burgos con ganas de entregarme y dar lo que soy y tengo»

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mario iceta

 

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«Yo voy a cuidar de algo que no es mío, algo que es de Dios y a lo que me tengo que acercar como tierra sagrada». Con estas palabras, monseñor Mario Iceta Gavicagogeascoa ha definido a los burgaleses, a los que servirá como arzobispo desde el próximo 5 de diciembre, cuando tome posesión de la diócesis. En una entrevista concedida a «El Espejo» de la Cadena Cope en Burgos, el actual administrador apostólico de Bilbao ha precisado que su deseo es ser un pastor «que da la vida por su ovejas, que no me mire a mí ni piense en mí, sino en ellas y que trabaje por ellas».

 

Asegura que su nombramiento –que le llegó de forma rápida, como una «laparoscopia sin anestesia»– es «una caricia de Dios» y del Santo Padre, a quien agradece la encomienda tras años de intenso trabajo al frente de la diócesis de Bilbao. «Voy con gran ilusión, con ganas de entregarme y dar lo que soy y tengo para poder serviros de corazón y con todo mi esfuerzo».

 

Para monseñor Iceta, sus cualidades humanas, sus dotes intelectuales y su currículum no son garantía de éxito. Sostiene que una persona «es mucho más que un currículum» y reconoce tener «limitaciones», como todo ser humano. «Lo más importante es la voluntad y el deseo de responder a la llamada de Dios», asegura mientras subraya unas palabras del Papa que le gusta recordar a menudo: «Piensa no en quién eres, sino en para quién eres: eres para Dios y para los demás». «Y así soy yo, para Dios y para los burgaleses».

 

Relevo episcopal

 

Aunque ya ha dialogado sobre la realidad de la Iglesia burgalesa con el ahora administrador apostólico, don Fidel Herráez Vegas, monseñor Iceta revela que ahora le espera un tiempo de «conocimiento profundo y pausado» de la realidad diocesana. Para ello, optará por escuchar, pues «hay que conocer por la vista y también por el oído: escuchar los relatos de las personas, las experiencias, las ilusiones, sus miedos, sus frustraciones…».

 

«Vengo a una Iglesia viva y muy en marcha, yo me subo a este tren que está caminando y además bien y a buena velocidad»

 

Agradece a don Fidel el trabajo realizado al frente de la Iglesia en Burgos durante los últimos cinco años, a la vez que afirma continuar algunos de los proyectos puestos en marcha, como el VIII Centenario de la Catedral o la Asamblea Diocesana: «Las asumo con espíritu humilde y agradecido. Soy consciente de que vengo a una Iglesia viva y muy en marcha, yo me subo a este tren que está caminando y además bien y a buena velocidad», sostiene. «Animará e impulsará» la Asamblea, «un signo vivo del Espíritu Santo en medio de vosotros». En cuanto a la Catedral, «deberemos hacer memoria agradecida de sus 800 años, ver la fecundidad enorme de ese testimonio y ver la proyección futura y cómo puede ser un elemento que pueda dinamizar y vivificar la Iglesia y la sociedad».

 

El prelado bilbaíno también ha tenido una palabra sobre el trabajo caritativo que debe desempeñar la Iglesia en el cuidado y acompañamiento de la vida: «Toda vida humana es un don inmenso y enorme en cualquiera de sus estadios y condicionantes. Estamos llamados a acoger, contemplar, admirar, proteger y cuidar la vida. Una sociedad, en la medida que acoge la vida débil y las dificultades (también los enfermos y los que no tienen trabajo, los que están en riesgo de descarte) nos hace más humanos y crecer como sociedad, nos enriquece».

Soñando la fraternidad con san Francisco

por redaccion,

 

san francisco de asis

 

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Con la celebración de este Domingo, coincide también la fiesta de uno de los santos más conocidos y queridos de la Iglesia, San Francisco de Asís. Permitidme que hoy nos acerquemos, siquiera brevemente, a este gran santo para acoger las señales de luz que, sin duda, nos dejará para el momento actual. Me uno así a la gran familia franciscana, tan presente en nuestra diócesis a través de las clarisas, que se alegra en esta jornada y que continúa con su obra y su carisma. Precisamente el Papa Francisco ha puesto su mensaje de relieve, al descubrirlo como fundamental en esta encrucijada histórica. Por eso, hoy mismo firmará en Asís su tercera Encíclica con un sugerente e interpelante título: «Hermanos todos». Nos alegrará después leerla y comentarla.

 

Francisco de Asís, como sabéis, vivió en una época compleja, como seguramente lo hayan sido todas las etapas de la historia. Tras una juventud repleta de experiencias humanas, encontró al final la experiencia fundante de su vida: se encontró con Jesús que le llenó el corazón y le propuso una misión atrayente. Abrazando la hermana pobreza, al servicio de los más pobres, fundó una fraternidad de hermanos que recrearan la sociedad desde otras claves y otra ética. Abriendo su corazón a la belleza, en la contemplación del Creador y de lo creado, supo percibir la huella insondable y sutil de Dios en todas las cosas. Su espíritu contribuyó a la renovación de la Iglesia y de la sociedad, aportando así una bocanada del siempre necesario aire evangélico.

 

Estas pequeñas pinceladas de su vida nos sirven para introducirnos en algunas claves importantes, que nos pueden ayudar en estos momentos que vivimos. La crisis que atravesamos, como nos recuerda el Papa Francisco, se convierte en “un momento de elección: es tiempo para elegir entre lo que verdaderamente cuenta y lo que es pasajero, para separar lo que es necesario de lo que no lo es”. San Francisco de Asís optó por lo fundamental, por vivir el Evangelio con radicalidad, de verdad. Fue un gran soñador de sueños no pequeños. Sin embargo, fue capaz de acercar los sueños a la realidad. Porque los sueños se convierten muchas veces en caminos que nos conducen a proyectos y realidades por los que entregarse y trabajar. Soñar a lo grande tiene mucho que ver con la esperanza.

 

En ese sentido, me parece importante que activemos la capacidad de soñar. Os animo también, de la mano de San Francisco, a soñar hoy con una sociedad más fraterna y humana, más compasiva e inclusiva en la que todos nos sintamos hermanos de todos y responsables los unos de los otros. Soñemos con un mundo nuevo, donde reine la armonía entre las personas y la casa común en la que habitamos. Soñemos con un sistema económico diferente, que armonice el necesario crecimiento con el reparto equitativo de los bienes y la riqueza. Soñemos con un trabajo digno que llegue a todos y que respete la dignidad de cada persona. Soñemos con una sociedad que cuida las relaciones y se construye desde una ecología integral que se abre al auténtico desarrollo. Soñemos, abiertos a Dios.

 

Y no nos quedemos solo en los sueños. Hagamos, como San Francisco, lo necesario y lo posible para acercarlos a la realidad. En una sociedad también herida, él fue capaz de animar otra ética que posibilitara edificar desde otros ideales. Embriagado del amor de Dios, sintiéndose previamente amado, se dispuso a construir un camino siempre nuevo: el camino del encuentro y de la fraternidad. De esta manera descubrió que no es posible vivir sin el otro, o peor aún, contra el otro, sino que el camino es vivir con el otro. El otro que es un hermano, especialmente el pobre, el leproso, el necesitado. Amar también lo otro, que no es ajeno a mi vida, sino que es tan cercano como la hermana agua o la hermana tierra y el hermano sol… Y yendo hasta lo más lejos, rompiendo el absurdo, llamar también hermano a quien es mi enemigo, como el hermano lobo…

 

El Papa Francisco en una de sus recientes homilías (30.09.2020), invitó a contemplar y apreciar la belleza de cada ser humano y de cada criatura, porque «cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario» y «cada criatura tiene algo que decirnos de Dios creador». Por este camino, decía, «podremos regenerar la sociedad y no volver a la llamada ‘normalidad’, porque era una normalidad ya enferma, de injusticias, desigualdades, y degrado ambiental antes de la pandemia. ¡La pandemia solo lo ha puesto de relieve!» Hoy sigue presentándose la fraternidad como el camino de nuestros sueños para la reconstrucción de un mundo distinto, más habitable y mejor.

 

Finalmente, os invito a recordar la oración de San Francisco y a dirigir al Señor, a lo largo del día, alguna de sus peticiones: «Que donde haya odio, lleve yo el amor. Donde haya ofensa, lleve yo el perdón. Donde haya discordia, lleve yo la unión… Hazme Señor, un instrumento de tu paz».

Cárcel y migraciones: la mirada de San Vicente de Paúl

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san vicente de paúl

 

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Hoy se conmemora la fiesta de San Vicente de Paúl. Y me parece importante traer aquí su memoria y su recuerdo, porque su intuición, tan evangélica y tan fundamental en el camino de la santidad, nos puede iluminar para acercarnos a dos realidades que se hacen presentes en esta semana: el mundo de los privados de libertad y el mundo de los migrantes y refugiados.

 

Se trata de uno de los grandes santos que supieron imitar a Jesucristo en su entrega y amor a los más pobres. A caballo entre el siglo XVI y XVII, en una Francia rural y empobrecida, San Vicente de Paúl prolongó su mirada más allá de sí mismo y de su entorno inmediato, para percibir así la dura realidad en la que vivían miles de personas junto a él. De esta manera se hizo buen samaritano con los hombres y mujeres de su tiempo para, desde la caridad, alcanzar la necesaria justicia. Se empeñó en defender la dignidad de cada persona, que siempre y en cualquier circunstancia está marcada por la huella misma de Dios; y a su desarrollo y promoción dedicó su esfuerzo, su tiempo y su imaginación.

 

La vida de los testigos que nos han precedido se convierte siempre en una provocación y en una esperanza. Y ello es más necesario hoy que nunca, en medio de esta sociedad en la que abunda tanto dolor y tantas heridas. Meternos en las claves de su vida, nos puede ayudar a seguir peregrinando sin errar. Así lo han comprendido tantas personas de la familia vicenciana, tan presentes en nuestra Diócesis, que hoy precisamente celebran su fiesta y a cuyo amparo han encontrado inspiración y orientación para sus vidas. ¡Felicidades a todos!

 

Al mirar a San Vicente de Paúl, percibimos inmediatamente el secreto de su entrega, que hoy nos puede ayudar. Sin miedo a equivocarnos, nos damos cuenta de que él supo descubrir en los rostros de cada persona con las que se encontraba el mismo rostro de Cristo hambriento, sediento, forastero, encarcelado… Cada pobre se convertía así en un misterio escondido de Dios. Por eso podía afirmar: «¡Qué bello ver a los pobres si les consideramos en Dios y con la misma estima que Jesús les tenía!»

 

Por eso os decía al comienzo que su figura nos ilumina para acercarnos a dos realidades que queremos tener especialmente presentes esta semana: el pasado 24 de septiembre, con la fiesta de la Merced, se nos invitaba a mirar con ojos de misericordia el mundo de la cárcel. Una realidad que nos es tan ajena, que siempre está en los extrarradios de nuestra sociedad y de nuestra sensibilidad, pero que afecta a tantas personas y familias con rostros e historias únicas y personales. Desde luego que no es la justicia sin corazón la que puede sacar adelante sus vidas y proyectos truncados. El legalismo y el aislamiento son soluciones fáciles, pero no son la solución. Únicamente la mano tendida que dé horizonte y esperanza será capaz de colaborar en la necesaria reinserción. Precisamente es lo que hacen tantos voluntarios de la pastoral penitenciaria que se acercan a nuestra cárcel para compartir vida y ayudar.

 

Junto a ello, la Iglesia celebra hoy la Jornada Mundial de los migrantes y refugiados: una fecha que nos invita a mirar esa otra realidad que afecta en el mundo a tantos millones de personas que tienen que salir de sus hogares buscando seguridad, trabajo, desarrollo, en definitiva pan para comer. Nuestra sociedad globalizada hoy se ha hecho intercultural. Se trata también de un fenómeno que hemos de asumir y gestionar si queremos evitar futuros conflictos. Para ello, nuestra mirada a esas personas quizás pueda cambiar si descubrimos en cada uno al mismo Cristo. Así nos lo recuerda el lema de la jornada: «Como Jesucristo, obligados a huir».

 

A una y otra realidad, al mundo de la cárcel y de la migración, se pueden adecuar las actitudes que el Papa Francisco nos invita a cultivar en el Mensaje que ha publicado con tal motivo. En forma de verbos, nos indica caminos a recorrer que se nos presentan como retos y compromisos ante el mundo de la exclusión. Yo solo los enuncio, porque encierran una fuerza que no necesita comentarios: necesitamos conocer para comprender; hacerse prójimo para servir; reconciliarse para escuchar; crecer para compartir; involucrar para promover; colaborar para construir. Este es un camino para una sociedad que siempre queremos más integrada, como la que hizo San Vicente de Paúl.

 

Encomendamos una vez más a Ntra. Señora las necesidades de sus hijos, nuestros hermanos, y hoy lo hacemos especialmente con la nueva advocación de la letanía del Rosario: «María, Consuelo de los migrantes, ruega por nosotros».

Reunidos en el nombre del Señor

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centenario catedral_35

 

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Nos vamos adentrando en el nuevo curso con la humilde confianza y la firme decisión de quien comienza «en el nombre del Señor», como os propongo en mi reciente Carta al Pueblo de Dios en Burgos. Las palabras del salmo 144, en la liturgia de hoy, «cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente» (v. 18), nos confirman en la fe de su presencia en medio de nosotros, y nos alientan para poner en marcha tareas, proyectos y actividades pastorales al servicio de nuestro compromiso evangelizador.

 

El Papa viene hablando en sus audiencias de los miércoles de la evangelización y de la presencia de la Iglesia en la sociedad, después de la pandemia y en el momento presente todavía tan amenazado e inseguro: Cómo ha de ser la evangelización en medio de esta realidad para echar raíces, estar presentes, discernir, y ofrecer signos de esperanza. Cómo seguir adelante para proponer desde el Evangelio, un nuevo estilo de vida personal, familiar y social que nos devuelva un mundo distinto, más acorde con los planes de Dios. Es verdad que vivimos atrapados en una pandemia a nivel mundial; pero puede ser un tiempo único para volver al Evangelio y aportar nuevos caminos para la salud de la humanidad. Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Evangelii Gaudium, 11).

 

La pandemia ha puesto de relieve nuestra interdependencia; todos estamos vinculados, los unos con los otros, todos nos necesitamos. Si hemos aprendido algo de esta situación y queremos salir mejores, no podemos hacerlo solos, debemos hacerlo juntos. Por eso al decir «reunidos en el nombre del Señor» subrayo hoy la palabra «reunidos», presencialmente cuando se pueda, pero siempre unidos en comunión fraterna y eclesial, viviendo algo tan profundo como es la dimensión comunitaria de la vida cristiana. Quiero acentuar este punto, aunque sea brevemente. Ahora que, entre dificultades y cautelas, estamos intentando un progresivo retorno a la normalidad, es conveniente que vayamos volviendo también a la normalidad en la vivencia comunitaria de la fe. Que en la medida de lo posible, tan pronto como las circunstancias lo permitan y observando prudentemente las prescripciones sanitarias, vayamos ya participando presencialmente en la vida eclesial, en la Eucaristía y otras celebraciones litúrgicas,

 

Es algo que también nos está recordando el Papa estos días, tras aprobar una carta de la Congregación para el Culto Divino dirigida a los Presidentes de las Conferencias Episcopales. El texto es una llamada a «Volver con alegría a la Eucaristía». En él se profundiza en el significado teológico de la dimensión comunitaria; se valora el servicio que los medios técnicos han ofrecido y ofrecen en circunstancias excepcionales o necesarias; pero «ninguna transmisión, se dice, es equiparable a la participación personal ni puede reemplazarla». También dice el Papa, en una homilía anterior, que: «esta familiaridad de los cristianos con el Señor es siempre comunitaria. Sí, es personal, pero en comunidad. Cuando se utilizan los medios técnicos, estamos todos comunicados, pero no juntos, solo espiritualmente juntos … También en el sacramento, en la Eucaristía, la gente que está conectada con nosotros solo tiene la comunión espiritual, y esta es la Iglesia en una situación difícil, que el Señor permite, pero el ideal de la Iglesia es estar siempre como pueblo y con los sacramentos» (17.04.2020).

 

Efectivamente las celebraciones litúrgicas piden, siempre que se pueda, la presencia, la reunión de la asamblea eclesial, la mediación de signos y símbolos, palabras, silencios, cantos y gestos. Se trata de elementos humanos visibles, indispensables para que podamos acercarnos como comunidad a celebrar la Pascua del Señor Resucitado. Por todo ello, respetando las normativas sanitarias y los posibles temores de algunas personas, os animo a retomar, dentro de lo posible, nuestros encuentros eclesiales. Os invito a experimentar la presencia del Señor cada vez que nos reunimos para la catequesis o los grupos de formación en sus diversos niveles; cada vez que somos convocados a celebrar la Eucaristía, los sacramentos y otros actos de piedad; cada vez que participamos en los grupos de la Asamblea, en nuestras actividades caritativas y sociales…

 

El Espíritu camina junto a nosotros y nos irá orientando en cada momento para comprender qué hemos de seguir haciendo; ese mismo Espíritu que habita en nuestros corazones y que es el alma de la Iglesia. Que Santa María, llena del Espíritu, nos ayude a seguir sintiendo la alegría de la fe al encontrarnos de diversas maneras como comunidad creyente, reunidos en el nombre del Señor.