Día de la Inmaculada Concepción

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En medio del camino del Adviento, como estrella que alienta y acompaña nuestra esperanza, hoy nos encontramos y celebramos con gran alegría la festividad de la Inmaculada Concepción. Contemplamos agradecidos a María madre de Dios y madre nuestra, que camina con nosotros hacia la Navidad, porque en Ella se encarnó y se nos dio Jesucristo, Vida, Luz y Esperanza de la humanidad y de la historia. Y hoy, en esta solemnidad de la Inmaculada, una de las fiestas de la santísima Virgen más bellas y populares, la Iglesia nos invita a festejar a Santa María llena de la gracia de Dios desde su concepción. Esta es la fe de la Iglesia: Que la Virgen María, Madre de Jesús y Madre nuestra, no fue alcanzada por el pecado original sino que, desde el primer instante de su concepción, estuvo libre de todo pecado.

 

¿Qué celebramos, pues, en este «día de la Purísima», un nombre acuñado y repetido con devoción y cariño en la piedad cristiana? El Evangelio, de San Lucas (1, 28), en el pasaje de la Anunciación, que se proclama en la celebración de la liturgia de hoy, cuando el Ángel se dirige a María y la llama llena de gracia, nos ayuda a comprender lo que estamos celebrando. ¿Qué quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de Dios. Y si está completamente habitada por Dios, no hay lugar en Ella para el pecado. Cuando el mundo, las criaturas y todas las realidades, aun las más bellas, están tocadas por el mal original, Ella, María, es la única incontaminada, concebida sin pecado, creada inmaculada para acoger plenamente, con su «sí» a Dios que venía al mundo para comenzar así una historia nueva. La Purísima, la Inmaculada, la «llena de gracia» como la llamó Dios por medio del Ángel y como la llamamos nosotros en cada Ave María. Ella es efectivamente la más humilde y a la vez la más grande de todas las criaturas. Con razón le decimos al cantarle: «Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza».

 

En este día grande de la Virgen, bien podemos compartir como un canto agradecido, las palabras de San Anselmo, que la liturgia de la Iglesia nos invita a meditar en el Oficio de Lecturas: «El cielo, las estrellas, la tierra, los ríos, el día y la noche, y todo cuanto está sometido al poder o utilidad de los hombres, se felicitan de la gloria perdida, pues una nueva gracia, inefable, resucitada, en cierto modo por ti, ¡oh Señora!, les ha sido concedida … Todas las cosas se encontraban como muertas … pero ahora, como resucitadas [en Cristo] felicitan a María, al verse gobernadas por el dominio de la gracia y honradas por el uso de los que alaban al Señor». Y aún dice más este santo, celebrando la misión que tiene María según los planes de Dios en la historia de la salvación: «Dios es, pues, el Padre de todas las cosas creadas; y María es la Madre de todas las cosas recreadas. Dios es el Padre al que se le debe la constitución del mundo; y María es la madre a quien se le debe su restauración. Pues Dios engendró a aquel por quien fue todo hecho; y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado».

 

Como sabéis, todos los años los Papas acuden este día a la Plaza de España, en Roma, para presentar una ofrenda floral ante el monumento de la Inmaculada y para rezar una oración. Os invito a compartir y a rezar juntos esta oración que el Papa Francisco dirigía uno de estos años (2016) a la Virgen Inmaculada:

 

Madre Inmaculada, en el día de tu fiesta venimos a ti: Necesitamos tu mirada inmaculada, para recuperar la capacidad de mirar a las personas y cosas con respeto y reconocimiento, sin intereses egoístas o hipocresías. Necesitamos de tu corazón inmaculado, para amar de modo gratuito sin segundos fines, sino buscando el bien del otro, con sencillez y sinceridad, sin máscaras y maquillajes, con verdad. Necesitamos tus manos inmaculadas, para acariciar con ternura, para tocar la carne de Jesús en los hermanos pobres, enfermos, despreciados, para levantar al caído y sostener a quien vacila. Necesitamos de tus pies inmaculados, para ir al encuentro de quienes no saben dar el primer paso, para ir a acompañar a las personas que están solas, para caminar por los senderos en busca de quienes se han perdido.

 

Os deseo un gozoso y feliz día de la Inmaculada. Pongamos los ojos en Ella para que su luz nos guíe en el camino de Adviento y nos lleve al encuentro con Jesús.

Adviento, tiempo de espera y de esperanza

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Anunciad a los pueblos y decidles: «Mirad, viene Dios, nuestro Salvador». Estas palabras las proclama toda la Iglesia en la liturgia de las vísperas del primer domingo de Adviento, que celebramos hoy. Comienza un nuevo año litúrgico y desde el principio se nos invita a renovar el anuncio de la salvación a todos los pueblos. La expresión «viene» está escrita en presente. No estamos ante un hecho que ya ocurrió o que está por venir. Dios viene aquí y ahora, en cualquier momento Dios viene. Viene a nuestra vida y, a través de nosotros, quiere seguir entrando en la historia de la humanidad. Adviento es el tiempo litúrgico que nos invita a preparar la Navidad. Es un tiempo de espera y de esperanza. Pero más que un tiempo tiene que ser una actitud.

 

Algunos Santos Padres, como S. Bernardo, hablaban de los tres Advientos, las tres venidas del Señor: la que aconteció hace dos mil años cuando vino en la humildad de nuestra carne; la que acontecerá al final de los tiempos, cuando Él vuelva en su gloria; y la que deseablemente acontece en la vida del creyente que acoge al Señor. Por eso, la actitud de un cristiano no es la nostalgia de aquella primera llegada de Jesucristo en Belén, ni tampoco el temor por la última venida, al final de los tiempos. La actitud de un cristiano que quiere celebrar en serio la venida cotidiana de Dios, es precisamente la de abrirse a su venida, preparando los caminos, como se nos recuerda en la liturgia de este tiempo de Adviento: «Preparadle un camino al Señor, allanad la estepa, alzad los valles, abajad las colinas, enderezad lo torcido, igualad lo escabroso…» (Is 40,3-5).

 

Durante estas cuatro semanas estamos invitados a preparar la Navidad cristiana, revisando personalmente nuestros senderos para ponerlos en sintonía con los caminos por los que Dios quiere llegar a cada uno de nosotros. Vivamos el Adviento como un tiempo de gracia, de conversión y espera y sobre todo de esperanza, porque nos sitúa ante el rostro amoroso de Dios que se nos desvela en su Hijo, Jesucristo. Atentos a la Palabra de Dios que se nos regala en este domingo primero, quisiera destacar tres actitudes para vivir este tiempo:

 

En primer lugar hemos de estar vigilantes: «Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre» (Mt 24,44). Como expresa el Papa Francisco, «el Adviento nos invita a un esfuerzo de vigilancia, mirando a nuestro alrededor y más allá de nosotros mismos, alargando la mente y el corazón para abrirnos a las necesidades de la gente, de los hermanos y al deseo de un mundo nuevo. Este es un tiempo oportuno para abrir nuestros corazones al Señor y a los demás, para hacernos preguntas concretas sobre cómo y por quién gastamos nuestras vidas».

 

La segunda actitud es la oración, que está estrechamente vinculada con la vigilancia y con la conversión del corazón, «pues ya es hora de despertar del sueño» (nos dice hoy San Pablo)… «dejemos pues las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz»…, «revestíos más bien del Señor Jesucristo» (Rom 13, 12-14). En la oración, como nos dice también el profeta Isaías, «el Señor nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas» (Is 2,3-4). Es, pues, tiempo de rezar, de poner los pensamientos y el corazón en Jesús, suplicando su venida.

 

Y en tercer lugar, vivamos nuestra esperanza en clave eclesial. El Adviento es un tiempo favorable para caminar, personalmente y como comunidad diocesana, alegres y esperanzados. Durante este Adviento os invito a ir conformando los Grupos de la Asamblea diocesana para hacer juntos ese camino renovador que nos proponemos, buscando una Iglesia más misionera y más comprometida con el Reino de Dios en la tierra… «porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe» (Rom 13,11). El Adviento es un tiempo para que los cristianos nos unamos, con una mirada universal, a todos los hombres que buscan, que quieren y trabajan por un mundo más justo y fraterno, a cuantos albergan el deseo de la justicia y de la paz.

 

Que Santa María, Señora del Adviento, disponga nuestros corazones para acoger la venida del Señor, con la sencillez de su fe, la fuerza de su esperanza y la profundidad de su amor. ¡¡VEN, SEÑOR, JESÚS!!

Jornada Mundial de los Pobres

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Celebramos este domingo la III Jornada Mundial de los Pobres, una invitación que el Papa Francisco dirige a toda la Iglesia, así como a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que escuchen la voz dolorida de los pobres. Con esta iniciativa el Santo Padre busca recordar el puesto central que los pobres tienen en el mensaje y en la misión de Jesús, que ha venido a «dar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4, 18). Esta clave fundamental ha de tener su fiel reflejo en la vida de la Iglesia y en el quehacer de cada cristiano. El objetivo de esta Jornada, por consiguiente, no es tanto reflexionar sobre la pobreza o sobre sus dinámicas, sino acercarnos realmente a los pobres desde el convencimiento de que ellos «nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo», ya que Él se ha identificado con ellos.

 

Con motivo de esta Jornada, se organizan actividades que buscan visibilizar lo que es el quehacer ordinario de tantas acciones eclesiales en el mundo de los pobres: yo mismo he visitado estos días la cárcel, donde se encuentran personas carentes de libertad. También en parroquias y arciprestazgos se viven diferentes actos, celebraciones, comidas y encuentros que buscan esa «amistad social» que ha de ser la clave diferenciadora de nuestro quehacer con los últimos. Porque la pobreza no es solo carencia de medios materiales para subsistir; es un estado de debilidad, de dependencia, de subordinación, de privación de otros medios necesarios para una subsistencia humanamente digna.

 

El mensaje que para esta Jornada ha escrito el Papa Francisco lleva un sugerente título: «La esperanza de los pobres nunca se frustrará». Os invito, como siempre, a leerlo y hacerlo vida. Me gustaría detenerme en algunas afirmaciones que en él se contienen, porque nos previene de dinámicas que hoy están muy vivas en nuestra sociedad. Me estoy refiriendo a los fenómenos de aporofobia e invisibilización de la pobreza que se dan en nuestra cultura frente al mundo de la exclusión. Así lo expresa el Papa al afirmar: «Considerados generalmente como parásitos de la sociedad, a los pobres no se les perdona ni siquiera su pobreza. Se está siempre alerta para juzgarlos». Y añade: «Se ha llegado hasta el punto de teorizar y realizar una arquitectura hostil para deshacerse de su presencia, incluso en las calles, últimos lugares de acogida».

 

Estas afirmaciones son ratificadas por el informe FOESSA, recientemente publicado por Cáritas Española. En este estudio se nos previenen de actitudes que van creciendo en nuestra sociedad española y que tienen mucho que ver con el cansancio de la solidaridad, la penalización de aquellas políticas sociales positivas que garanticen derechos, el individualismo creciente… Nos encontramos, cada día más, con una sociedad profundamente desvinculada de estos problemas, que necesita revincularse si quiere afrontar con realismo los retos de la exclusión y de la pobreza.

 

Es este un reto que tenemos como sociedad, y especialmente como Iglesia. Los pobres, desde su profunda religiosidad, y tal y como señala el mensaje, invocan a Dios desde la certeza de no ser abandonados, desde el convencimiento de que Él se convierte en su única esperanza en medio de las injusticias, los sufrimientos y las dificultades de la vida. Un grito que, por otra parte, nunca queda sin ser acogido y escuchado, porque «la acción de Dios en favor de los pobres es un estribillo permanente en la Sagrada Escritura».

 

Esta acción de Dios que genera esperanza en la vida de los pobres es una provocación a nosotros: «Él ha inaugurado el Reino, pero nos ha confiado a nosotros, sus discípulos, la tarea de llevarlo adelante, asumiendo la responsabilidad de dar esperanza a los pobres (…). De esto depende que sea creíble nuestro anuncio y testimonio». «El compromiso de los cristianos, con ocasión de esta Jornada Mundial y sobre todo en la vida ordinaria de cada día, no consiste solo en iniciativas de asistencia que, si bien son encomiables y necesarias, deben tender a incrementar la plena atención que le es debida a cada persona que se encuentra en dificultad».

 

Por eso es tan importante toda la acción que la Iglesia realiza en favor de los pobres a través de tantas iniciativas en las que trabajan especialmente religiosos y voluntarios. Pero, sobre todo, es fundamental que nuestra opción por los últimos no sea una apariencia con más o menos gestos puntuales, sino nuestra seña de identidad como Iglesia, como comunidad que quiere acoger y vivir al estilo de Jesús. Seguro que la Asamblea Diocesana que nos disponemos a vivir nos ayudará a descubrir, con la ayuda de Dios, esta clave renovadora.

El Sínodo de la Amazonía, un acontecimiento eclesial

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El 27 de octubre se clausuró solemnemente el Sínodo de la Amazonía convocado por el Papa Francisco. Deseo referirme hoy a este acontecimiento, por su misma importancia y porque la información os ha ido llegando con diversos matices a través de los medios de comunicación. Han sido tres semanas, como señalaba el Papa, de diálogo, de escucha mutua y de discernimiento comunitario para identificar los caminos que Dios señala a su Iglesia. Ha sido a la vez una ocasión para la conversión personal y comunitaria a la luz del modo que Dios tiene de actuar en la historia, incluso en condiciones contradictorias.

 

A algunos de vosotros un Sínodo sobre la Amazonía le puede resultar un acontecimiento que afecta o interesa sólo a quienes habitan en aquellas regiones, tan distantes de nuestras preocupaciones diarias. Ello sería una visión muy estrecha desde el punto de vista eclesial, cultural y social. La comunión eclesial nos debe llevar a sentir como propios los problemas y las esperanzas de todas las diócesis del mundo. De un modo especial, en el Mes Extraordinario Misionero, ese acontecimiento sinodal ponía delante de nuestros ojos una de las fronteras más significativas de la actividad misionera: la evangelización y la atención pastoral dirigida a pueblos indígenas, tan frecuentemente olvidados o marginados.

 

En esta ocasión la experiencia de comunión eclesial tiene para nosotros un acento más directamente personal y cercano, porque entre los participantes en el Sínodo se encontraba Mons. Rafael Cob, presbítero ordenado en nuestra diócesis de Burgos, que desarrolló su vocación misionera en Ecuador y actualmente es obispo del vicariato de Puyo, en la región ecuatoriana de la Amazonía. El pasado martes pronunció una conferencia en la Facultad de Teología, para comunicar su experiencia sinodal.

 

Hay otras razones que ponen de relieve la importancia y la actualidad de este Sínodo. El Papa Francisco, en una entrevista concedida al periódico italiano La Stampa unos días antes de la apertura, decía que el Sínodo es «hijo» de la encíclica Laudato Si. Quien no la haya leído, advertía, nunca entenderá plenamente su urgencia, sus motivaciones y sus objetivos. ¿Por qué?

 

La Amazonía es una amplia zona que afecta a nueve países, y lo que allí sucede repercute de modo determinante en la supervivencia del planeta: gran parte del oxígeno que respiramos procede de allí. La deforestación significa un atentado contra el planeta y contra la vida de la humanidad. El mismo Papa contaba experiencias concretas: la de unos pescadores que le dijeron: «En los últimos meses recogimos seis toneladas de plástico»; recientemente un glaciar enorme de Islandia se ha derretido; en un país del Pacífico la gente se está trasladando de lugar porque dentro de veinte años la isla en la que viven habrá desaparecido. Es preciso tomar conciencia de esta realidad.

 

El Sínodo, pues, tiene una dimensión ecológica, social y cultural, pero sobre todo pastoral, que es la que da sentido a todas las demás. El Sínodo no es una reunión de científicos o de políticos. Nace de la Iglesia y debe servir a su misión evangelizadora. Busca ante todo el modo de acercarse a los pueblos amazónicos sin actitud de superioridad o de desprecio sino respetando su historia, su cultura, su sabiduría peculiar. La lógica de la encarnación enseña que Dios, en Cristo, se vincula a los seres humanos que viven en las «culturas propias de los pueblos»; y que la Iglesia Pueblo de de Dios inserto entre los pueblos, tiene la belleza de un rostro pluriforme, porque arraiga en mucha culturas diversas (EG, 116). La verdadera preocupación de la Iglesia, en esta cultura amazónica, es encontrar los modos adecuados de evangelización y los ministerios que puedan realizarla.

 

Como decía el Papa en la Eucaristía de clausura, «hemos tenido la gracia de escuchar las voces de los pobres y de reflexionar sobre la precariedad de sus vidas, amenazadas por modelos de desarrollo depredadores»; el grito de los pobres «es el grito de la esperanza de la Iglesia». Con espíritu católico hacemos también nuestro ese grito y esa esperanza. Y ponemos este acontecimiento eclesial bajo el amparo de María, venerada con diversas advocaciones en toda la región amazónica, para que Dios lo bendiga con frutos abundantes.

«Amigos fuertes de Dios»

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Siguiendo el calendario litúrgico, nos encontraremos la próxima semana con una fiesta que como tal no está señalada en rojo, pero que para nosotros es una fiesta especial. Es la fiesta de nuestra gran Santa castellana, Teresa de Jesús. Por eso, hoy quiero acercarme a ella para traerla al momento presente y compartir con vosotros, aunque sea brevemente, alguna reflexión.

 

Nació en Ávila, como sabéis, el 28 de marzo de 1515 y murió en Alba de Tormes (Salamanca) el 4 de octubre de 1582. Quiero recordar que en esta querida ciudad de Burgos realizó su última fundación (1582). Hay un texto en el libro de las Fundaciones (31,11) donde la Santa relata que estaba encomendando lo de Burgos al Señor porque siendo un sitio frío, y los fríos tan contrarios a sus enfermedades, ir allí le parecía una temeridad. Entonces le dijo el Señor estas palabras: «No hagas caso de esos fríos, que Yo soy la verdadera calor. El demonio pone todas sus fuerzas por impedir aquella fundación; ponlas tú de mi parte porque se haga, y no dejes de ir en persona, que se hará gran provecho». Y Santa Teresa vino a Burgos; y tuvimos la suerte de tener aquí uno de sus conventos, para gloria de Dios y provecho de los burgaleses como le dijo el Señor.

 

Justo es recordar a nuestra gran Santa como mujer excepcional, insigne carmelita descalza, fundadora, reformadora, escritora fecunda, madre y maestra espiritual, Doctora de la Iglesia, contemplativa en la oración y activa en el servicio del amor a los hermanos, andariega incansable por encima de todo obstáculo, para más servir a la Iglesia y mejor entregarse al Señor… A la distancia de más de cinco siglos, Teresa de Jesús sigue ofreciéndonos las huellas de su vida y misión espiritual, como verdadera maestra de vida cristiana para todos los tiempos. Así, en el IV Centenario de su muerte, San Juan Pablo II decía a un grupo de peregrinos abulenses: «Ser conciudadanos o compatriotas de Teresa de Jesús es un timbre de gloria, pero es también un compromiso de inspirarse en ella, en sus enseñanzas y ejemplo, para ser fieles a su legado universal, en un empeño de ser cada día mejores ciudadanos e hijos de la Iglesia» (Castelgandolfo, 1981).

 

Muchas son las enseñanzas de Santa Teresa, y su mensaje y testimonio siguen vigentes en nuestro tiempo, para nosotros y para las personas que están a nuestro alrededor. «Andan los tiempos recios» decía entonces la Santa, tiempos difíciles, de cambio entre épocas. También a nosotros nos toca vivir en unos «tiempos recios», de incertidumbre, de dificultad, de vivir contracorriente, tiempos que requieren firmeza, reciedumbre. En esto ella es una verdadera maestra de vida cristiana. Y nos dice que «cuando los tiempos son ‘recios’, son necesarios ‘amigos fuertes de Dios’ para sostener a los flojos» (Vida 15,5). Hoy, como entonces, el camino para llegar a serlo pasa por el encuentro con Cristo que cambia el corazón, que ofrece un horizonte nuevo, que llena de sentido la existencia.

 

Teresa de Jesús sobresale en la historia de la Iglesia por su empeño en dar a conocer al Señor, en «acercar, dice ella, las almas a Dios». Pienso que sus inquietudes y deseos continúan hoy como objetivos pastorales de plena actualidad para nuestra Iglesia diocesana, que se propone a través de la Asamblea y del Año Jubilar una verdadera conversión misionera. Ella, eminentemente contemplativa, no podía dejar de ser misionera. Su trato íntimo con Dios la iluminaba para discernir con claridad la ausencia de Dios en la sociedad; y cuando alguien está lleno de Dios se siente urgido a darlo a los demás. En la Santa, su amor a Jesucristo estaba inseparablemente unido a la Iglesia de su tiempo y el amor filial a la Iglesia se traducía en trabajo por el Evangelio alimentado y fortalecido con la oración. Su ejemplo es una llamada para nosotros, que hemos encontrado y hemos de anunciar la Buena Noticia de la Salvación. También nuestra acción misionera se apoya en la oración de nuestras queridas contemplativas, numerosas en nuestra diócesis, que van a la vanguardia de nuestra evangelización.

 

El Papa Francisco, en su mensaje del Año Jubilar Teresiano (2014), da gracias a Dios por el don de esta gran mujer y nos orienta hacia su escuela para aprender a ser peregrinos. «La imagen del camino, nos dice, puede sintetizar muy bien la lección de su vida y de su obra. Ella entendió su vida como camino de perfección por el que Dios conduce al hombre, morada tras morada, hasta Él y, al mismo tiempo, lo pone en marcha hacia los hombres. Su experiencia mística no la separó del mundo ni de las preocupaciones de la gente. Al contrario, le dio nuevo impulso y coraje para la acción».

 

El Papa evoca una expresión de la Santa: «Ya es tiempo de caminar». Y nos anima con unas palabras que también yo os digo juntamente con él: «¡Ya es tiempo de caminar, andando por los caminos de la alegría, de la oración, de la fraternidad, del tiempo vivido como gracia! Recorramos los caminos de la vida de la mano de santa Teresa. Sus huellas nos conducen siempre a Jesús».