La vida contemplativa que genera la esperanza

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«La esperanza que brota de la fe en la realidad última de Dios se hace carne cotidiana en cada convento y monasterio, allí donde se cultivan la oración y la celebración, la fraternidad y la reconciliación, la hospitalidad y la caridad, el trabajo y el descanso». Con estas palabras, los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desean adentrarnos en la Jornada Pro Orantibus, que celebramos hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, bajo el amparo de un lema que anhela dar respuesta a la sed de un mundo escéptico, quebrado y cansado: Generar esperanza.

 

La vida monástica construye, sustenta y edifica –desde lo más íntimo del claustro– el corazón de la Iglesia. En el rincón más escondido resuena su voz, como lámpara siempre encendida que custodia al mismo Dios, dejándose forjar por el Señor, en el silencio que lo empapa e inunda todo.

 

San Benito de Nursia, fundador del monacato occidental, insistía en su Regla que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (cf. RB Pról. 9-11) que, más tarde, debe traducirse en acción concreta: «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos» (35). Así, ofrecía una simbiosis fecunda entre acción y contemplación, las cuales deben caminar de la mano «para que en todo sea Dios glorificado» (57, 9).

 

La vida contemplativa genera y hace aflorar esperanza allí donde haya un sufrimiento que no se sienta escuchado, sostenido o amado; haciendo las veces de Cristo, amparando la sequía del corazón humano merced al agua viva, inagotable e inextinguible del Amor.

 

«Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti» (I 1, 1), expresa san Agustín en sus Confesiones, dejando entrever la presencia misteriosa de Dios en el interior del hombre, en un lugar preciado y, a la vez, esperado. Si es Dios quien busca primero a la persona, ¿cómo no devolverle la mirada, con un corazón orante que descanse todos sus silencios, anhelos e incertidumbres en Él?

 

Así lo viven quienes habitan en la luz de la vida monástica, a quienes ahora quiero dirigirme de una manera especial como guardianes y testigos privilegiados de un Amor silente que no tiene fin. Vosotros, a pesar de las tormentas, los tiempos de aridez y los desiertos, experimentáis –en vuestra propia carne– que por encima de todo está la fidelidad de Dios. Y esa esperanza, incomprensible tantas veces para nuestras mentes finitas y limitadas, nunca camina sola y no defrauda jamás (cf. 2 Tim 2, 13). ¿Acaso alguna vez se han agotado las bondades del Señor? Vuestro ejemplo, en la búsqueda incansable del Dios vivo, alimenta el deseo y ensancha el corazón de quien os mira, os busca, os piensa, os aguarda y os sueña. Así vivís, con el alma ensanchada en la luz serena y habitada del monasterio, en cada alegría y en cada deseo; como personas libres de ataduras que dedican todo su corazón, toda su alma y todas sus fuerzas a Dios para el bien de los hermanos (cf. Dt 6, 5). Vosotros sois un don precioso, la esperanza que el mundo y la Iglesia necesitan, el testimonio fehaciente de la riqueza que nace de la pobreza y de la belleza que brota de una vida totalmente dedicada a contemplar y dejarse penetrar por el amor de Dios. La profecía de vuestras vidas –entregadas en lo escondido– ilumina la noche oscura de aquellos que se refugian, al caer de la tarde, en vuestra oración entregada.

 

«La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. […] La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2715). Este modo de amar del Santo Cura de Ars nos enseña que en el camino de la penitencia y del seguimiento del Maestro, solo cuesta el primer paso.

 

Le pedimos a María, la Madre del silencio y el modelo más preciado de contemplación, que transforme nuestro corazón inquieto en un corazón orante que solo sepa mirar desde el Amor. Y nunca olvidemos que las horas de gracia que la vida contemplativa ofrece, deben forjar cada latido de nuestra vida en el servicio a Dios y a los hermanos.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La Iglesia en Burgos se une a la oración mundial por el Sínodo

por redaccion,

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La Iglesia, en todo el mundo, se ha unido hoy en oración por los frutos de la próxima asamblea general del sínodo de los obispos. También en Burgos el Pueblo de Dios se ha congregado en la catedral para rezar, junto a la Virgen María, por los trabajos finales del proceso sinodal, en el que viene caminando la Iglesia desde hace unos años y que recientemente concluía su fase continental.

 

María se puso en camino a visitar a su prima Isabel «respondiendo a la inspiración de Dios». «El movimiento no sale de ella», ha dicho el arzobispo en su homilía, y nosotros «hemos de percibir la inspiración del Espíritu para proclamar las maravillas de Dios». Para don Mario Iceta, el sínodo no es un ejercicio de «auto referencialidad», sino «caminar juntos detrás del Señor», pues es él «quien abre el camino» «con vistas a la misión». «El Espíritu inspira y mueve, él es el protagonista», ha insistido.

 

Para ello es necesaria la respuesta del Pueblo de Dios, hace falta «un acto de fe». «La sinodalidad no es un ejercicio de sociología y de poner delante nuestras ideas. Dios lo hace todo, todo es fruto del Señor y él requiere nuestra fe», ha explicado. «La sinodalidad es fruto del Espíritu. Él logra la unidad más allá de cualquier pensamiento o sentimiento». Una unidad que se resume «en siete versículos» de la Biblia –los que se han proclamado en la segunda lectura– y que hablan «del estilo sinodal de la Iglesia»: amor cordial, no ser perezosos ni negligentes, estimar a los demás más que a nosotros mismos, ser fervorosos sirviendo constantemente al Señor y a los hermanos.

 

Rosario

 

Antes de la misa, los fieles congregados en la basílica, dedicada a Santa María la Mayor, han rezado el Rosario, siguiendo las meditaciones propuestas por la Conferencia Episcopal Española. La fecha coincidía en Burgos, además, con el 25 aniversario de la clausura del Sínodo Diocesano, que involucró a más de 12.000 personas.

 

Ministros ordenados, personas consagradas, jóvenes, una familia cristiana y personas de la tercera edad han rezado los misterios gloriosos implorando a la Virgen «dejar de ser una Iglesia de museo, hermosa pero muda, con mucho pasado y poco futuro» y evitar que el Sínodo se transforme en «discusiones estériles». A ella han encomendado «la celebración y el fruto de la próxima asamblea del sínodo de los obispos para que la Iglesia, a impulsos del Espíritu, crezca en comunión, en participación y en espíritu de misión».

 

El Espíritu de Dios para que el mundo viva

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). Este es el anuncio esperado, el legado que nos abre a la esperanza, la promesa eterna de sabernos amados hasta el extremo.

 

Con la venida del Espíritu Santo, quien coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia hasta su consumación, celebramos en la Iglesia la solemnidad de Pentecostés. Hoy vuelve a cumplirse la promesa de Cristo a los apóstoles, cuando les dio su palabra para dejar grabado en sus corazones que el Padre enviaría al Paráclito con la intención de guiarlos en la misión evangelizadora (cf. Lc 24, 46-49). Estamos, pues, ante una fiesta de plenitud, de gozo, de gracia derramada.

 

«Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo» (Hch 2, 1-4). Viento y fuego, así se hace presente el Espíritu de Dios sobre cada uno de nosotros, sus hijos amados, para impregnar nuestras vidas de luz, fuerza y consuelo para transformar el mundo según el corazón del Padre.

 

Jesús vino a traer fuego sobre la tierra (cf. Lc 12, 49) y a empapar de sentido la existencia, para reconstruir las ruinas de nuestra vida, causadas por la tristeza, el desánimo y la desesperanza. Y hoy, dos mil años más tarde, nos envía por el mundo para derramar su Espíritu a través de los actos concretos de amor y servicio. Él sólo nos pide que le dejemos entrar en nuestro corazón, que le abramos la puerta para lavar lo que nos impide amar y para ser revestidos de su conocimiento y amor.

 

Los discípulos, cuando estaban en el cenáculo, recibieron la visita del Espíritu para que saliesen al mundo a recorrer los caminos, a impregnar los ojos de esperanza, a sanar los corazones heridos. El Consolador desciende con una misión, que hoy vuelve a grabar en nuestro interior: «No extingáis el Espíritu» (1 Ts 5, 19).

 

La Iglesia es enviada al mundo y el Espíritu Santo nos invita a olvidarnos de nosotros mismos y volver nuestra mirada a quienes nos rodean. Así «rejuvenece la Iglesia», confesaba el Papa Francisco durante le celebración de Pentecostés del año pasado: «El Espíritu nos libera de obsesionarnos con las urgencias» y «nos invita a recorrer caminos antiguos y siempre nuevos, los del testimonio, la pobreza y la misión, para liberarnos de nosotros mismos y enviarnos al mundo», señalaba, dejando muy presente que esta es la riqueza de la Iglesia.

 

El apostolado de los laicos adquiere, una vez más, un papel muy importante en esta tarea de ir por el mundo, como discípulos misioneros, a dar testimonio del Evangelio (cf. Mc 16, 15-20), participando de la vida de Cristo. Por eso hoy celebramos este apostolado laical y el día de la Acción Católica. Si el Espíritu Santo irrumpió en la historia para derrotar la desesperanza, ¡cuánta es la confianza que pone el Padre en nosotros para seguir sembrando el Reino de Dios en nuestro mundo!

 

Le pedimos a la Virgen María, Esposa del Espíritu Santo, que nos enseñe a ser ese tabernáculo que vela y custodia la obra más valiosa, para que seamos capaces de ver al Señor en cada rostro necesitado, y no haga falta, siquiera, que Jesús tenga que mostrarnos sus manos y su costado.

 

Hoy, en medio de tanto ruido, escuchamos cómo Jesús viene a nuestro encuentro y, antes de soplar la brisa apacible del Espíritu, nos anuncia su paz y nos dice: no temáis, como el Padre me envió, también os envío yo (cf. Jn 20, 21).

 

Con gran afecto, os deseo un feliz día de Pentecostés.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Hablar con el corazón en la verdad y en el amor

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Después de haber reflexionado, en años anteriores, sobre los verbos “ir”, “ver” y “escuchar” como condiciones para una buena comunicación, en este Mensaje quisiera centrarme en “hablar con el corazón”». Con esta confesión, promesa siempre nueva de Jesús que nos recuerda que cada árbol se reconoce por su fruto (cf. Lc 6, 44), comienza la carta que el Papa Francisco ha escrito para la LVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que hoy celebramos.

 

El lema elegido por el Santo Padre –Hablar con el corazón, «en la verdad y en el amor» (Ef 4,15)– deja, a su paso, una enseñanza que se convierte en mandamiento, huella y sendero para todo aquel que desee comunicar con el lenguaje del alma: para hacer una comunicación humana y veraz es necesario purificar el corazón.

 

La comunicación es un pilar fundamental para la sociedad, para el mundo y, sobre todo, para la Iglesia. Cuando nos comunicamos, dejamos abierta una puerta de nuestra vida para que otro hermano pueda entrar. Y qué importante es, ahí, el modo que empleamos, el tono al que recurrimos o el cariz de cada una de nuestras palabras. Porque no solo es esencial lo que decimos, sino también cómo lo expresamos: la manera de hablar, de mirar, de cuidar y de ser cauce de escucha y misericordia para con el otro. Porque si la comunicación no nace del corazón, ¿qué amor estaremos testimoniando si no busca el interés por los demás (cf. Flp 2, 4)?

 

Hoy, cuando conmemoramos la solemnidad de la Ascensión del Señor, pienso en cómo Jesús sube al Cielo con su cuerpo ya glorificado, y encomienda a los apóstoles una misión que cambiará el curso de toda la historia: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 16–20).

 

Seguir a Cristo es comunicar su Palabra, ser revelación y misterio, llevarla a todos los rincones e ir hasta los confines de la tierra para que resuene el pregón de Dios; anunciando cuál es la medida, la anchura y la profundidad de su amor. Para los discípulos, la Ascensión fue un misterio inigualable que dejó en ellos una huella profunda. Jesús, sentado a la derecha del Padre (cf. Mc 16, 19), nos revela el misterio inmarcesible de la vida. Pero, para llegar allí, antes hemos de ser anuncio, testimonio y misión; siendo compasivos para compadecer ante el necesitado y amando bien para decir bien. Ya lo dejó escrito san Francisco de Sales: «Nada es tan fuerte como la dulzura, y nada es tan suave como la verdadera fuerza».

 

En la Iglesia «necesitamos urgentemente una comunicación que encienda los corazones, que sea bálsamo sobre las heridas e ilumine el camino de los hermanos», señala el Santo Padre en su Mensaje para esta Jornada. Su deseo, revestido de una esperanza que no defrauda, ha de ser el nuestro: «Sueño una comunicación eclesial que sepa dejarse guiar por el Espíritu Santo, amable y, al mismo tiempo, profética; que sepa encontrar nuevas formas y modalidades para el maravilloso anuncio que está llamada a dar en el tercer milenio».

 

Una comunicación, continúa diciendo, «que ponga en el centro la relación con Dios y con el prójimo, especialmente con el más necesitado, y que sepa encender el fuego de la fe en vez de preservar las cenizas de una identidad autorreferencial». Una comunicación con unas bases que den sentido a cada palabra del Evangelio: «La humildad en el escuchar y la audacia en el hablar; que no separe nunca la verdad de la caridad».

 

Seamos centinelas del mañana y custodios del Verbo y de los hermanos que viven sumergidos en cualquier tipo de sufrimiento. Lo encomendamos a la Virgen María, que es palabra compasiva, atenta y delicada, para que Ella nos enseñe a comunicar con alegría el mensaje de la Resurrección. Que la Palabra se haga carne en nuestras vidas y nos convierta en apóstoles del amor misericordioso de Dios.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Me van faltando las fuerzas, no me abandones

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Cuando aparece la enfermedad, particularmente si es grave o crónica, no es fácil resituar la vida para hacer frente a semejante desafío. Y afloran, muchas veces sin pretenderlo, las preguntas fundamentales de la vida: ¿cómo afecta esta situación a la vida cotidiana? ¿cómo influirá en mi familia, en las personas que me quieren, en mi trabajo, en mis relaciones sociales? ¿qué me deparará el futuro? Y aparecen así mismo, otras cuestiones de gran calado: ¿cuál es el significado de la enfermedad? ¿se puede encontrar algún sentido al sufrimiento? Y también se vive de alguna manera la experiencia de la fragilidad y finitud de la vida humana.

 

Para un cristiano, estas cuestiones nos hacen volver la mirada a Jesús. Ante todo, Él nos escucha y nos acompaña todos los días hasta el fin del mundo. A veces la relación no es fácil: el reproche, el enfado, el rechazo… Pero también caben la confianza, el descanso en su regazo, la esperanza cierta. Él es el Siervo sufriente por amor, siervo inocente que ha experimentado nuestros dolores, sufrimientos, angustias y soledades. Él nos comprende y se ofrece para ser nuestro descanso: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Con Él y en Él es posible comenzar a escrutar el sentido de la propia vida y también a percibir luces que empiecen a iluminar el sentido del sufrimiento.

 

El Papa san Juan Pablo II, cuando habla del sufrimiento en su carta apostólica Salvifici Doloris, confiesa que «es un tema universal que acompaña al hombre a lo largo y ancho de la geografía». Así, en cierto sentido, «coexiste con él en el mundo y por ello hay que volver sobre él constantemente» (SD, 2).

 

Volver al sufrimiento es entrar en un misterio que muchas veces no conseguimos comprender. Volvamos la mirada al Señor Jesús, quien termina venciendo al desconsuelo en la cruz (cf. Jn 16, 33) como signo de un Amor que es capaz de vencer el mal que, como la cizaña, crece junto a las espigas en el campo del mundo. Por tanto, descubrimos que el sentido profundo de la vida alcanza su respuesta más preciada en el encuentro con Jesús muerto y resucitado; descalzándonos ante el misterio del sufrimiento propio y del prójimo con el cuidado que merece, donde Cristo comienza a iluminar con la luz de la esperanza lo que al inicio todo parecía oscuridad.

 

La Pascua del Enfermo de este año pone el foco en las personas mayores, en quienes anhelan vivir una ancianidad lo más serena y acompañada posible, y nos invita a dejarnos cautivar por su rostro desgastado: «No me rechaces ahora en la vejez; me van faltando las fuerzas no me abandones» (Sal 71, 9).

 

Hoy pienso en aquellos que se dedican a cuidar de nuestros mayores, que ven el rostro de Cristo en los más llagados o que viven en soledad, que se dejan cautivar por su mirada y, ceñidos por una inenarrable ternura que nace en los brazos del cuidador, ejercen el amor que Cristo siempre tuvo con sus hermanos heridos, sus preferidos.

 

Nos decía el Papa Francisco que «aislar a los ancianos y abandonarlos a cargo de otros sin un adecuado y cercano acompañamiento de la familia, mutila y empobrece a la misma familia» (Fratelli tutti, 19). Así, siguiendo la estela de tantos santos que han hecho, de su vocación, un servicio a la humanidad herida, reconocemos que las personas enfermas están siempre en el corazón de la Iglesia. El Papa Francisco, consciente de que la fe, el cuidado y la misericordia transfiguran el sufrimiento, incide en que «hemos sido hechos para la plenitud que solo se alcanza en el amor» y «no es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor» (FT, 68).

 

Configuremos nuestra vida con la de Cristo, donde adquiere sentido también nuestra propia cruz. «Yo mismo apacentaré mis ovejas y las llevaré a descansar –oráculo del Señor–. Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y curaré a la enferma […]. Yo las apacentaré con justicia» (Ez 34, 15-16). Vuelvo a este pasaje de la Escritura para recordar cómo late el corazón de Jesús ante la experiencia de la enfermedad. Que esta Pascua del Enfermo nos anime a acompañar y a cuidar, a la manera del Señor y de su Madre, la Virgen María María, las heridas de todos nuestros hermanos en su fragilidad.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos