La película sobre la madre Teresa de Calcuta llega a Aranda de Duero

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Los Cines Victoria, en Aranda de Duero, exhibirán el 8 y 11 de mayo, la película documental que ofrece la visión más completa de la santa más popular del siglo XX. Filmada en los cinco continentes y dirigida por David Naglieri, «Madre Teresa: no hay Amor más grande» ofrece imágenes y datos desconocidos hasta ahora, fruto de una larga investigación en archivos de diversos países.

 

En el filme se nos muestran detalles emotivos de su vida heroica y humilde, que supo conciliar con un eco mediático sin igual. En 1979 recibió el Premio Nobel de la Paz en reconocimiento a su servicio humanitario en favor de los más pobres de India.

 

Además de promover las obras de misericordia y el servicio al necesitado, Madre Teresa fue una campeona del derecho a la vida, de la protección del no nacido y del cuidado de los enfermos. Los gobernantes del mundo escucharon con respeto su famoso discurso ante la asamblea de las Naciones Unidas contra el aborto y la eutanasia.

 

El Papa Francisco ha dado las gracias «por todos los esfuerzos realizados para plasmar la vida de esta santa cuya vida y testimonio han dado mucho fruto». También agradece esta iniciativa audiovisual que «ayuda, de manera creativa, a volver accesible el celo por la evangelización principalmente para las jóvenes generaciones».

 

El protagonista de la serie THE CHOSEN, Jonathan Roumie, tuvo la oportunidad de ver la película en su presentación en Roma y comentó que «me hizo pensar en cómo ser un mejor pincel en las manos de Dios y cómo ser actor en este mundo, tratando de servir a Dios a través de los dones que Él me ha dado».

 

El largometraje aporta testimonios inéditos de personas cuyas vidas cambiaron en contacto con la fundadora de las Misioneras de la Caridad, que invierten su vida en el servicio de los más pobres en estos tiempos tan necesitados de consuelo y esperanza.

 

El largometraje recoge, entre otros, los testimonios de Jim Wahlberg, cineasta y director de la Fundación Mark WahlbergRobert Barron, obispo de Winona-Rochester y fundador de ‘Word on Fire’; el de Jim Towey, consejero de confianza y amigo personal de la Madre Teresa de Calcuta; o el del P. Brian Kolodiejchuk, postulador de la causa de canonización de la Madre Teresa y autor de tres libros sobre la Madre Teresa.

 

La película, escrita y dirigida por David Naglieri, ganador de un premio Emmy, y producida por los Caballeros de Colón, muestra el gran impacto espiritual y humano que Madre Teresa y sus Misioneras de la Caridad tienen en todo el mundo. También aborda los períodos menos conocidos de oscuridad espiritual de la Madre Teresa y su amistad con el Papa Juan Pablo II.

 

«Madre Teresa: no hay Amor más grande» es un documental único que revela la rica personalidad de la Madre Teresa y su admirable modo de servir a los pobres viendo en cada uno de ellos al mismo Jesucristo. Este carisma es el que sigue irradiando hoy la orden religiosa que ella fundó: las Misioneras de la Caridad.

 

«Libres», el nuevo documental sobre la vida contemplativa

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Desde hace siglos, muchos hombres y mujeres lo dejan todo para entregar su vida a la contemplación. «Libres: un viaje al interior del hombre», es un documental que trata sobre esas personas, religiosos que rara vez pronuncian palabra y que permanecen en lugares cerrados para el mundo: los monasterios. ¿Qué lleva a una persona en el siglo XXI a despojarse de todo lo que le rodea y a retirarse a un lugar para el resto de su vida? ¿Cómo piensa una persona así? Este reportaje se acerca a grandes cuestiones de la existencia del hombre, con un solo objetivo: escucharles.

 

El largometraje ha logrado el permiso de 12 monasterios para adentrarse, por primera vez, entre los muros de la vida «en clausura», algo de lo que existen muy pocos precedentes cinematográficos. «Lograr el permiso de acceso a estos lugares misteriosos y místicos fue un gran reto para nosotros, y lo conseguimos gracias al apoyo de la fundación DeClausura. Son contadas las ocasiones en las que personas ajenas a la vida monástica han logrado entrar con sus cámaras a los monasterios de clausura. Más excepcional todavía que las personas que en ellos habitan hayan abierto su alma ante un equipo de cine» apuntan desde las productoras.

 

Además, la proyección de la película se realizará en el contexto de un «Bosco encuentro», reuniones exclusivas en la que los asistentes podrán disfrutar de una charla con los directores o actores que han participado en el largometraje, e incluso con personas cuyas vidas son parecidas a las narradas, contando de primera mano su experiencia de vida.

 

El documental se proyectará en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, ya que ningún cine en Burgos ha accedido a presentarla. Los pases serán los siguientes:

 

  • Viernes 28 de abril: a las 16.45 y 18:45 horas.
  • Sábado 29 de abril: a las 16:45 y 18:45 horas.
  • Domingo 30 de abril: a las 12:15, 16:45 y 18:45 horas.

 

Las entradas tendrán un coste de 5€ y parte de sus beneficios irán destinados a la Fundación DeClausura para ayudar al sostenimiento de las comunidades monásticas más necesitadas. Pueden obtenerse desde la página web www.boscoencuentros.com, en el monasterio 20 minutos antes del comienzo de la película o bien llamando al 621 62 95 30.

 

La Pascua del trabajo

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, III Domingo de Pascua, cuando celebramos la Pascua del Trabajo, retomo aquellas palabras del Santo Padre para recordar la dignidad del trabajo y la necesidad de promoverlo en condiciones justas y humanizadoras. Un canto a la Doctrina Social de la Iglesia, que desea con todas sus fuerzas velar por la integridad de las personas y de la sociedad: «Cada vez que esta se vea amenazada, o reducida a un bien de consumo, la Doctrina Social de la Iglesia será voz profética que nos ayudará a todos a no perdernos en el mar seductor de la ambición. Cada vez que la integridad de una persona es violentada, toda la sociedad empieza a deteriorarse».

 

En este alto en el camino que Dios nos concede, tomamos conciencia de los desvelos, las alegrías y las esperanzas de nuestros hermanos y que deben ocupar nuestro corazón.

 

Si la conversión a Cristo que celebramos en esta Pascua nos hermana en su amor y constituye un nuevo nacimiento (cf. 1 P 1, 3), no podemos permanecer indiferentes ante el que sufre, por las circunstancias que sean; personales, familiares, laborales…

 

Cuando el trabajo deja de ser una expresión digna de la persona, que la perfecciona, entonces deja de formar parte de la preciosa obra que Dios pensó para ese hijo suyo. Porque nuestro compromiso cristiano adquiere autenticidad cuando abrimos de par en par el alma a quienes sufren porque, desgraciadamente, se ven obligados a sobrevivir en los márgenes de la sociedad. Solo así, quedándonos donde más sangran la pobreza, el desamparo y la marginación, apreciamos verdaderamente el inmenso amor que el Padre nos tiene.

 

En este sentido, se debe garantizar la protección plena de los trabajadores mediante el respeto de sus derechos fundamentales. Aún tengo grabadas las palabras del Papa Francisco en la Misa de Gallo de 2021: «¡No más muertes en el trabajo! Y esforcémonos por lograrlo». Una llamada especial a concienciarnos de la necesidad de sensibilizarnos ante la siniestralidad laboral que abandona el cuidado de la vida en el ámbito del trabajo. Jesús vino a «ennoblecer a los excluidos», exhortaba el Santo Padre, y por eso eligió nacer cerca de los pastores y «de los olvidados de las periferias». Dios «viene a colmar de dignidad la dureza del trabajo; nos recuerda qué importante es dar dignidad al hombre con el trabajo, pero también dar dignidad al trabajo del hombre, porque el hombre es señor y no esclavo del trabajo», confesó durante aquella celebración que hoy está más presente que nunca.

 

Y si la vida, queridos hermanos y hermanas, es el mayor bien que atesoramos, hemos de tener presente que el trabajo tiene que realizarse en plenas condiciones de dignidad. Cuando la persona deja de estar en el centro, todos los derechos se desmoronan. Como Iglesia, recojamos esta llamada a poner a la persona en el lugar que le corresponde y a hacer, del ámbito laboral, un espacio humano, saludable, que nos permita expresar la capacidad creadora que Dios ha puesto en nuestras manos. ¡Qué importante es no olvidar jamás la dimensión del cuidado en todas y cada una de nuestras acciones!

 

Le pedimos a la Virgen María que este llamamiento a la caridad profesional que hoy celebramos con la Pascua del Trabajo, sirva para que el vínculo de fraternidad en Cristo nos haga más fraternos, hasta que podamos escuchar, como dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga en este domingo de Pascua.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

¡Que la misericordia del Señor empape la tierra!

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Queridos hermanos y hermanas:

 

«La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia» (Diario, 300). Con estas palabras de Jesús reveladas a santa Faustina Kowalska, celebramos el Domingo de la Divina Misericordia: fiesta instituida por san Juan Pablo II que nos recuerda que Cristo es la fuente de la eterna compasión.

 

En este día tan colmado de esperanza y gratitud sobrevuela en mi corazón un pasaje del Evangelio que ilumina de modo formidable esta realidad. Me refiero al encuentro entre Jesús y la adúltera (cf. Jn 8,1-11); una página del Evangelio que pone el principio y el fin en el amor misericordioso del Padre. «Una mujer y Jesús se encuentran. Ella, según la Ley, juzgada merecedora de la lapidación; Él, que con su predicación y el don total de sí mismo, que lo llevará hasta la cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario», recuerda el Papa Francisco en su carta apostólica Misericordia et misera, escrita el 20 de noviembre de 2016, con motivo del Año de la Misericordia. En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino «el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo».

 

El Señor, como miró los ojos de aquella mujer para leer su corazón, hoy vuelve a recoger cada brizna de nuestra alma para recorrer, con nosotros, el camino del perdón y, por fin, liberarnos de aquello que nos esclaviza. Jesús, tras preguntarnos por nuestros acusadores como lo hizo con aquella mujer, vuelve a derramarse por entero para recordarnos que Él tampoco nos condena (cf. Jn 8,10-11); porque no solo anuncia, a tiempo y a destiempo, el mensaje de la misericordia del Padre, sino que también lo vive, se hace cargo, se compadece y nos llama a la conversión.

 

Dios desea revestirnos de la misericordia que encuentra su sentido en cada latido del verbo amar. Y nos envía a su Hijo para enseñarnos que la medida del amor alcanza su plenitud cuando abrazamos lo vulnerable, lo roto, lo frágil. Cómo no traer al recuerdo el momento en que Jesús se emociona y llora ante la tumba de su amigo Lázaro (cf. MC 6, 34), o cuando perdona al buen ladrón desde la cruz (cf. Lc 23, 34), o cuando se encuentra con los leprosos y sana su enfermedad (cf. Mc 1, 41)…

 

Hoy, en esta entrañable festividad, fijamos los ojos en la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), donde Jesús muestra la forma concreta de ejercer la misericordia. Mientras que un sacerdote y un levita pasan de largo ante el herido que permanece en la cuneta, es el samaritano quien se detiene ante la víctima y se hace cargo de su dolor. Con esta página del Evangelio, Dios quiere manifestar que nuestro prójimo es, precisamente, todo necesitado que se cruza en nuestra vida. Quizá quien nunca sostenga la mirada por miedo a manifestar su alma herida. Pero así se escribe la misericordia y así se educa el perdón, como «una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza» (Bula Misericordiae vultus, n.10, de S.S. Papa Francisco).

 

El Evangelio de hoy nos trae la paz en la preciosa mirada de Jesús (cf. Jn 20, 19-31), mientras nos muestra sus manos y su costado. Y, como a los apóstoles, nos envía por el mundo para anunciar la Buena Nueva. Y vendrán las dudas, las noches oscuras y los días más áridos, como le ocurrió a Tomás, pero Él volverá de nuevo para mostrarnos la señal de sus clavos y su costado abierto por amor. Y, como el discípulo al que le costó creer, podremos exclamar «Señor mío y Dios mío», porque habremos encontrado el tesoro escondido, la vida que jamás habíamos vivido antes de Él.

 

Le pedimos a la Virgen María, Madre de la Misericordia, que nos ayude a ser mansos y humildes de corazón, como Ella, y nos ampare en este ministerio de la compasión. Para que recordemos las palabras que dirigió Jesús a santa Faustina: «de todas mis llagas, como de arroyos, fluye la Misericordia para las almas, pero la Llaga de Mi Corazón es la fuente de la Misericordia sin límites; de esta fuente brotan todas las Gracias para las almas». Un misterio de amor infinito, que hoy vemos cumplido en la Divina Misericordia del Señor: «Las llamas de mi compasión me consumen, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres» (Diario 1190).

 

Con gran afecto, os deseo un feliz Domingo de la Divina Misericordia.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El sepulcro está vacío

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, con inmensa alegría, abrazamos la verdad culminante de nuestra fe, la resurrección del Señor: «No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron» (Mc 16, 6).

 

Hoy, la verdad revelada por Dios vuelve a levantarnos y llena nuestra vida de esperanza. El Padre, como al hijo pródigo, nos recibe en su casa, nos prepara un admirable banquete y nos da una túnica nueva.

 

Hoy nos convertimos en testigos de la Resurrección de Cristo (cf. Hech 1, 22), porque el Resucitado vuelve a sanar, una vez más, las llagas de toda la humanidad.

 

«¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!», reza la secuencia de Pascua que anuncia la victoria de Cristo sobre la muerte. La tumba vacía anuncia la esperanza más fiel, aunque –como a las mujeres santas y a los apóstoles Pedro y a Juan– necesitemos ir hasta el sepulcro al alba para ver: «Hasta entonces no habían comprendido que, según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos» (Jn 20, 9). Ciertamente, aunque las piedras que cubran nuestros sepulcros sean inmensamente grandes, el amor de Dios todo lo puede vencer, porque «si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe» (1 Cor 15,14).

 

La muerte no tiene la última palabra, porque la vida se abre paso con amor, porque la alegría ha vencido a la tristeza. «En Pascua, en la mañana del primer día de la semana, Dios vuelve a decir: “Que exista la luz”. Antes había venido la noche del Monte de los Olivos, el eclipse de la pasión y muerte de Jesús, la noche del sepulcro. Pero ahora vuelve a ser el primer día, comienza la creación totalmente nueva», recordaba el Papa Benedicto XVI, en una homilía pronunciada durante la Vigilia Pascual de 2012.

 

Jesús resucita del sepulcro: «La vida es más fuerte que la muerte. El bien es más fuerte que el mal. El amor es más fuerte que el odio. La verdad es más fuerte que la mentira. La oscuridad de los días pasados se disipa cuando Jesús resurge de la tumba y se hace Él mismo luz pura de Dios», revelaba el Santo Padre, para descubrir –al hilo de estas palabras– que con la Resurrección de Jesús la luz vuelve a ser creada: «Él nos lleva a todos tras Él a la vida nueva de la Resurrección, y vence toda forma de oscuridad. Él es el nuevo día de Dios, que vale para todos nosotros».

 

Ahora, en Galilea, el Resucitado nos precede y nos acompaña por los senderos del mundo. Y si ayer, con las mujeres «contemplábamos “al que traspasaron”», decía el Papa Francisco en su homilía del 31 de marzo de 2018, hoy con ellas «somos invitados a contemplar la tumba vacía y a escuchar las palabras del ángel: “No tengáis miedo… ha resucitado”». Palabras que desean palpar nuestras certezas más hondas, «nuestras formas de juzgar y enfrentar los acontecimientos que vivimos a diario; especialmente nuestra manera de relacionarnos con los demás». Por tanto, si Él resucitó «del lugar del que nadie esperaba nada» y «nos espera –al igual que a las mujeres, como reseñaba el Papa– para hacernos tomar parte de su obra salvadora», ¿cómo no vamos a estar alegres ante un anuncio tan grande?

 

San León Magno desvelaba que Jesús «se apresuró a resucitar cuanto antes porque tenía prisa en consolar a su Madre y a los discípulos» (Sermón 71, 2). Resucitó al tercer día, «pero lo antes que pudo», afirma, anticipando el amanecer con su propia luz para consolar tanto dolor por su ausencia, para curarnos con sus propias heridas, que son las pruebas de un amor victorioso y profundamente fiel.

 

Ahora, en forma de mandamiento y como dijo a los apóstoles, nos deja una tarea primordial: «Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34). Si vivimos así, a pesar de las contrariedades de la vida, dando la vida por los hermanos (cf. 1 Jn 3, 16), seremos discípulos de una esperanza que nada ni nadie nos podrá arrebatar, porque nace de la Resurrección de nuestro Señor.

 

Hoy, de manera especial, nos acogemos a la protección de la Virgen María, la Madre de Cristo Resucitado, y permanecemos a su lado, como hijos, aferrados a su precioso corazón. Y también al de María Magdalena, quien escuchó cómo el Maestro le llamaba por su nombre para darle una vida nueva. Que, como ella, nos dejemos impregnar por el amor del Señor y corramos, hasta los confines del mundo, proclamando con inmensa alegría: «¡Hemos visto al Señor. Ha resucitado!»

 

Con gran afecto, os deseo una feliz y santa Pascua de Resurrección.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos