María, Madre y Reina de la familia

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Hemos comenzado el mes de mayo, mes de María. Todas las prerrogativas que le concedió Dios apuntan hacia su vocación fundamental de ser Madre de Dios y, en su Hijo, ser también madre nuestra. Por eso en este domingo primero de mayo celebramos a todas las madres, a la nuestra propia que con tanto amor nos acogió en su seno, nos dio a luz y se ha entregado hasta el último aliento de vida para hacer de cada uno de nosotros una creación de amor y de esperanza.

 

Las madres, junto a los padres, constituyen el pilar fundamental de la familia. Por eso, me ha parecido oportuno instituir en la archidiócesis la Pascua de la familia, que se celebrará cada quinto domingo de Pascua. Así, lo que celebramos el domingo de la Sagrada Familia, inmediatamente después de Navidad, culmina en la Pascua, donde el Resucitado llena de luz y misericordia a cada una de nuestras familias. ¡Cuánto necesitamos de esta luz y vida pascual, particularmente aquellas familias probadas por el dolor, el desamor o cualquier tipo de sufrimiento!

 

Efectivamente, «La familia tiene carta de ciudadanía divina. Se la dio Dios para que, en su seno, crecieran cada vez más la verdad, el amor y la belleza». Bajo el amparo de estas preciosas palabras que el Papa Francisco dedicó a los asistentes al Encuentro Mundial de la Familia, celebrado en Filadelfia en 2015, quisiera vivir este día junto a cada uno de vosotros para celebrar esta primera Pascua de la Familia. Un don preciado, un tesoro incomparable, una ofrenda infinita nacida de la belleza de la Sagrada Familia de Nazaret.

 

«Todo el amor que Dios tiene en sí, toda la belleza que Dios tiene en sí, toda la verdad que Dios tiene en sí la entregó a una familia», recordaba también el Papa a los congregados en aquel encuentro, «y una familia es realmente familia cuando es capaz de abrir los brazos y recibir todo ese amor».

 

En este tiempo de Pascua, con el triunfo de Cristo sobre la muerte, se nos abren las puertas del Cielo con una Buena Nueva que ha de cambiar nuestra mirada. Y no es otra tarea que volver los ojos a la familia, hasta que la Resurrección del Señor la invada profundamente.

 

La alegría del amor que se vive en las familias «es también el júbilo de la Iglesia», escribía el Santo Padre en Amoris laetitia. Y qué importante es hacer del júbilo el signo visible del acto creador; dejándonos moldear por la raíz trinitaria de la familia, donde el amor del padre y de la madre prolongado en los hijos, como fruto de ese amor, es icono de vida trinitaria: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gn 2, 24).

 

Celebrar la Pascua es celebrar la vida. Y hacerlo en familia, redescubriendo en el cónyuge el amor de Dios que nos rescata de la soledad originaria, como esa Iglesia «que se reúne en la casa» (1 Co 16,19), y que se prolonga y expresa en el regalo inmenso de los hijos, es la mejor expresión de amor.

 

En el pan nuestro de cada día descubrimos toda la belleza de Dios, que se dona hasta el extremo en el misterio insondable de la Creación que culmina en Cristo. Por ello, igual que no podemos permanecer en la Iglesia sin vivir en Él, tampoco podemos conocer en plenitud el misterio del Cuerpo de Cristo –que es la Iglesia– sin referirnos al misterio de Dios que se revela en la familia.

 

Queridas familias: respirad en vuestra casa el amor de Cristo que os ha unido y que os ha constituido en fuente de gracia los unos para los otros. Sed, como dice San Pablo, el buen olor de Cristo (cf. 2 Cor 2, 15), sed su aroma, inundad la tierra de su amor y llenad la sociedad de bondad y misericordia. Y celebrad, cada día, en lo cotidiano de nuestra existencia, la vida del resucitado.

 

Lo pedimos en este mes a nuestra Madre, la Virgen María. Nos unimos a la Sagrada Familia para que nos ayude a ser semillas del Verbo, a entregarnos por amor a imagen de Cristo, cada día en el altar, y a esparcir –desde cada una de nuestras familias– la dulce y confortadora fragancia de Cristo (cf. 2 Cor 2, 14).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La película sobre la madre Teresa de Calcuta llega a Aranda de Duero

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Los Cines Victoria, en Aranda de Duero, exhibirán el 8 y 11 de mayo, la película documental que ofrece la visión más completa de la santa más popular del siglo XX. Filmada en los cinco continentes y dirigida por David Naglieri, «Madre Teresa: no hay Amor más grande» ofrece imágenes y datos desconocidos hasta ahora, fruto de una larga investigación en archivos de diversos países.

 

En el filme se nos muestran detalles emotivos de su vida heroica y humilde, que supo conciliar con un eco mediático sin igual. En 1979 recibió el Premio Nobel de la Paz en reconocimiento a su servicio humanitario en favor de los más pobres de India.

 

Además de promover las obras de misericordia y el servicio al necesitado, Madre Teresa fue una campeona del derecho a la vida, de la protección del no nacido y del cuidado de los enfermos. Los gobernantes del mundo escucharon con respeto su famoso discurso ante la asamblea de las Naciones Unidas contra el aborto y la eutanasia.

 

El Papa Francisco ha dado las gracias «por todos los esfuerzos realizados para plasmar la vida de esta santa cuya vida y testimonio han dado mucho fruto». También agradece esta iniciativa audiovisual que «ayuda, de manera creativa, a volver accesible el celo por la evangelización principalmente para las jóvenes generaciones».

 

El protagonista de la serie THE CHOSEN, Jonathan Roumie, tuvo la oportunidad de ver la película en su presentación en Roma y comentó que «me hizo pensar en cómo ser un mejor pincel en las manos de Dios y cómo ser actor en este mundo, tratando de servir a Dios a través de los dones que Él me ha dado».

 

El largometraje aporta testimonios inéditos de personas cuyas vidas cambiaron en contacto con la fundadora de las Misioneras de la Caridad, que invierten su vida en el servicio de los más pobres en estos tiempos tan necesitados de consuelo y esperanza.

 

El largometraje recoge, entre otros, los testimonios de Jim Wahlberg, cineasta y director de la Fundación Mark WahlbergRobert Barron, obispo de Winona-Rochester y fundador de ‘Word on Fire’; el de Jim Towey, consejero de confianza y amigo personal de la Madre Teresa de Calcuta; o el del P. Brian Kolodiejchuk, postulador de la causa de canonización de la Madre Teresa y autor de tres libros sobre la Madre Teresa.

 

La película, escrita y dirigida por David Naglieri, ganador de un premio Emmy, y producida por los Caballeros de Colón, muestra el gran impacto espiritual y humano que Madre Teresa y sus Misioneras de la Caridad tienen en todo el mundo. También aborda los períodos menos conocidos de oscuridad espiritual de la Madre Teresa y su amistad con el Papa Juan Pablo II.

 

«Madre Teresa: no hay Amor más grande» es un documental único que revela la rica personalidad de la Madre Teresa y su admirable modo de servir a los pobres viendo en cada uno de ellos al mismo Jesucristo. Este carisma es el que sigue irradiando hoy la orden religiosa que ella fundó: las Misioneras de la Caridad.

 

«Libres», el nuevo documental sobre la vida contemplativa

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Desde hace siglos, muchos hombres y mujeres lo dejan todo para entregar su vida a la contemplación. «Libres: un viaje al interior del hombre», es un documental que trata sobre esas personas, religiosos que rara vez pronuncian palabra y que permanecen en lugares cerrados para el mundo: los monasterios. ¿Qué lleva a una persona en el siglo XXI a despojarse de todo lo que le rodea y a retirarse a un lugar para el resto de su vida? ¿Cómo piensa una persona así? Este reportaje se acerca a grandes cuestiones de la existencia del hombre, con un solo objetivo: escucharles.

 

El largometraje ha logrado el permiso de 12 monasterios para adentrarse, por primera vez, entre los muros de la vida «en clausura», algo de lo que existen muy pocos precedentes cinematográficos. «Lograr el permiso de acceso a estos lugares misteriosos y místicos fue un gran reto para nosotros, y lo conseguimos gracias al apoyo de la fundación DeClausura. Son contadas las ocasiones en las que personas ajenas a la vida monástica han logrado entrar con sus cámaras a los monasterios de clausura. Más excepcional todavía que las personas que en ellos habitan hayan abierto su alma ante un equipo de cine» apuntan desde las productoras.

 

Además, la proyección de la película se realizará en el contexto de un «Bosco encuentro», reuniones exclusivas en la que los asistentes podrán disfrutar de una charla con los directores o actores que han participado en el largometraje, e incluso con personas cuyas vidas son parecidas a las narradas, contando de primera mano su experiencia de vida.

 

El documental se proyectará en el Monasterio de San Pedro de Cardeña, ya que ningún cine en Burgos ha accedido a presentarla. Los pases serán los siguientes:

 

  • Viernes 28 de abril: a las 16.45 y 18:45 horas.
  • Sábado 29 de abril: a las 16:45 y 18:45 horas.
  • Domingo 30 de abril: a las 12:15, 16:45 y 18:45 horas.

 

Las entradas tendrán un coste de 5€ y parte de sus beneficios irán destinados a la Fundación DeClausura para ayudar al sostenimiento de las comunidades monásticas más necesitadas. Pueden obtenerse desde la página web www.boscoencuentros.com, en el monasterio 20 minutos antes del comienzo de la película o bien llamando al 621 62 95 30.

 

La Pascua del trabajo

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, III Domingo de Pascua, cuando celebramos la Pascua del Trabajo, retomo aquellas palabras del Santo Padre para recordar la dignidad del trabajo y la necesidad de promoverlo en condiciones justas y humanizadoras. Un canto a la Doctrina Social de la Iglesia, que desea con todas sus fuerzas velar por la integridad de las personas y de la sociedad: «Cada vez que esta se vea amenazada, o reducida a un bien de consumo, la Doctrina Social de la Iglesia será voz profética que nos ayudará a todos a no perdernos en el mar seductor de la ambición. Cada vez que la integridad de una persona es violentada, toda la sociedad empieza a deteriorarse».

 

En este alto en el camino que Dios nos concede, tomamos conciencia de los desvelos, las alegrías y las esperanzas de nuestros hermanos y que deben ocupar nuestro corazón.

 

Si la conversión a Cristo que celebramos en esta Pascua nos hermana en su amor y constituye un nuevo nacimiento (cf. 1 P 1, 3), no podemos permanecer indiferentes ante el que sufre, por las circunstancias que sean; personales, familiares, laborales…

 

Cuando el trabajo deja de ser una expresión digna de la persona, que la perfecciona, entonces deja de formar parte de la preciosa obra que Dios pensó para ese hijo suyo. Porque nuestro compromiso cristiano adquiere autenticidad cuando abrimos de par en par el alma a quienes sufren porque, desgraciadamente, se ven obligados a sobrevivir en los márgenes de la sociedad. Solo así, quedándonos donde más sangran la pobreza, el desamparo y la marginación, apreciamos verdaderamente el inmenso amor que el Padre nos tiene.

 

En este sentido, se debe garantizar la protección plena de los trabajadores mediante el respeto de sus derechos fundamentales. Aún tengo grabadas las palabras del Papa Francisco en la Misa de Gallo de 2021: «¡No más muertes en el trabajo! Y esforcémonos por lograrlo». Una llamada especial a concienciarnos de la necesidad de sensibilizarnos ante la siniestralidad laboral que abandona el cuidado de la vida en el ámbito del trabajo. Jesús vino a «ennoblecer a los excluidos», exhortaba el Santo Padre, y por eso eligió nacer cerca de los pastores y «de los olvidados de las periferias». Dios «viene a colmar de dignidad la dureza del trabajo; nos recuerda qué importante es dar dignidad al hombre con el trabajo, pero también dar dignidad al trabajo del hombre, porque el hombre es señor y no esclavo del trabajo», confesó durante aquella celebración que hoy está más presente que nunca.

 

Y si la vida, queridos hermanos y hermanas, es el mayor bien que atesoramos, hemos de tener presente que el trabajo tiene que realizarse en plenas condiciones de dignidad. Cuando la persona deja de estar en el centro, todos los derechos se desmoronan. Como Iglesia, recojamos esta llamada a poner a la persona en el lugar que le corresponde y a hacer, del ámbito laboral, un espacio humano, saludable, que nos permita expresar la capacidad creadora que Dios ha puesto en nuestras manos. ¡Qué importante es no olvidar jamás la dimensión del cuidado en todas y cada una de nuestras acciones!

 

Le pedimos a la Virgen María que este llamamiento a la caridad profesional que hoy celebramos con la Pascua del Trabajo, sirva para que el vínculo de fraternidad en Cristo nos haga más fraternos, hasta que podamos escuchar, como dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga en este domingo de Pascua.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

¡Que la misericordia del Señor empape la tierra!

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Queridos hermanos y hermanas:

 

«La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia» (Diario, 300). Con estas palabras de Jesús reveladas a santa Faustina Kowalska, celebramos el Domingo de la Divina Misericordia: fiesta instituida por san Juan Pablo II que nos recuerda que Cristo es la fuente de la eterna compasión.

 

En este día tan colmado de esperanza y gratitud sobrevuela en mi corazón un pasaje del Evangelio que ilumina de modo formidable esta realidad. Me refiero al encuentro entre Jesús y la adúltera (cf. Jn 8,1-11); una página del Evangelio que pone el principio y el fin en el amor misericordioso del Padre. «Una mujer y Jesús se encuentran. Ella, según la Ley, juzgada merecedora de la lapidación; Él, que con su predicación y el don total de sí mismo, que lo llevará hasta la cruz, ha devuelto la ley mosaica a su genuino propósito originario», recuerda el Papa Francisco en su carta apostólica Misericordia et misera, escrita el 20 de noviembre de 2016, con motivo del Año de la Misericordia. En el centro no aparece la ley y la justicia legal, sino «el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona para comprender su deseo más recóndito, y que debe tener el primado sobre todo».

 

El Señor, como miró los ojos de aquella mujer para leer su corazón, hoy vuelve a recoger cada brizna de nuestra alma para recorrer, con nosotros, el camino del perdón y, por fin, liberarnos de aquello que nos esclaviza. Jesús, tras preguntarnos por nuestros acusadores como lo hizo con aquella mujer, vuelve a derramarse por entero para recordarnos que Él tampoco nos condena (cf. Jn 8,10-11); porque no solo anuncia, a tiempo y a destiempo, el mensaje de la misericordia del Padre, sino que también lo vive, se hace cargo, se compadece y nos llama a la conversión.

 

Dios desea revestirnos de la misericordia que encuentra su sentido en cada latido del verbo amar. Y nos envía a su Hijo para enseñarnos que la medida del amor alcanza su plenitud cuando abrazamos lo vulnerable, lo roto, lo frágil. Cómo no traer al recuerdo el momento en que Jesús se emociona y llora ante la tumba de su amigo Lázaro (cf. MC 6, 34), o cuando perdona al buen ladrón desde la cruz (cf. Lc 23, 34), o cuando se encuentra con los leprosos y sana su enfermedad (cf. Mc 1, 41)…

 

Hoy, en esta entrañable festividad, fijamos los ojos en la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), donde Jesús muestra la forma concreta de ejercer la misericordia. Mientras que un sacerdote y un levita pasan de largo ante el herido que permanece en la cuneta, es el samaritano quien se detiene ante la víctima y se hace cargo de su dolor. Con esta página del Evangelio, Dios quiere manifestar que nuestro prójimo es, precisamente, todo necesitado que se cruza en nuestra vida. Quizá quien nunca sostenga la mirada por miedo a manifestar su alma herida. Pero así se escribe la misericordia y así se educa el perdón, como «una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza» (Bula Misericordiae vultus, n.10, de S.S. Papa Francisco).

 

El Evangelio de hoy nos trae la paz en la preciosa mirada de Jesús (cf. Jn 20, 19-31), mientras nos muestra sus manos y su costado. Y, como a los apóstoles, nos envía por el mundo para anunciar la Buena Nueva. Y vendrán las dudas, las noches oscuras y los días más áridos, como le ocurrió a Tomás, pero Él volverá de nuevo para mostrarnos la señal de sus clavos y su costado abierto por amor. Y, como el discípulo al que le costó creer, podremos exclamar «Señor mío y Dios mío», porque habremos encontrado el tesoro escondido, la vida que jamás habíamos vivido antes de Él.

 

Le pedimos a la Virgen María, Madre de la Misericordia, que nos ayude a ser mansos y humildes de corazón, como Ella, y nos ampare en este ministerio de la compasión. Para que recordemos las palabras que dirigió Jesús a santa Faustina: «de todas mis llagas, como de arroyos, fluye la Misericordia para las almas, pero la Llaga de Mi Corazón es la fuente de la Misericordia sin límites; de esta fuente brotan todas las Gracias para las almas». Un misterio de amor infinito, que hoy vemos cumplido en la Divina Misericordia del Señor: «Las llamas de mi compasión me consumen, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres» (Diario 1190).

 

Con gran afecto, os deseo un feliz Domingo de la Divina Misericordia.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos