«Deja tus redes y sígueme»

por Natxo de Gamón,

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús». En estas palabras de san Juan María Vianney late un misterio infinito, un encuentro con un Amor que se entrega sin medida, que llama, que acoge y que transforma para siempre; sobre todo hoy, cuando celebramos el Día del Seminario.

 

El lema Deja tus redes y sígueme es una promesa que atraviesa los siglos y vuelve a pronunciarse hoy con el mismo ardor del primer día: «Y dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5, 11). El evangelista nos recuerda que, después de aquella pesca desbordante junto al lago, lo dejaron todo, poniéndose ellos mismos en el último lugar para situar en el centro a Cristo. En ese instante decisivo –tan humilde, tan revelador y tan absoluto–, algo cambió para siempre en la historia y en el corazón de aquellos hombres.

 

Desde ese preciso momento, cada gesto, cada palabra y cada servicio de los discípulos comenzó a brotar de ese Corazón que encuentra, en quienes responden con fidelidad, un eco de su infinito amor. Ahora, si trascendemos aquel momento a nuestros días, podemos decir que la vida del sacerdote no se mide por lo que posee, sino por lo que da; que su fuerza no habita en la seguridad, sino en la libertad plena de entregarse.

 

En una cultura marcada por la prisa, el individualismo y la autorreferencialidad, hablar de vocación parece insólito, porque reducimos la vida a una idea, a una conquista o a un éxito concreto. Y la Escritura nos recuerda que la existencia es, ante todo, llamada. San Pablo lo expresa con una radicalidad luminosa cuando señala que todo lo considera pérdida «comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús»; por Él «lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3, 8). Perder para ganar, dar para recibir, vaciarse para ser colmado: he aquí la paradoja cristiana del amor, la lógica de una vida trazada por la Cruz.

 

El sacerdote –y quien se prepara para serlo– se convierte así en signo de una felicidad distinta, que este mundo, tantas veces, no es capaz de comprender. No es un héroe solitario, ni un ser incomparable, ni un técnico de lo sagrado… es un hombre alcanzado por la misericordia y configurado con Cristo, a imagen suya, para el servicio del Pueblo de Dios.

 

Dejar las redes, por tanto, no es despreciar el mundo ni huir de una historia que nos pertenece a todos; es dejar de vivir enredados y pasar de una vida preocupada y ocupada sólo en uno mismo a una vida plenamente entregada. Implica desclavar la comodidad, la búsqueda ansiosa de reconocimiento, el miedo a perder, la autoexigencia que asfixia, los apegos que atan el corazón, para abrirse a la confianza radical en Cristo hasta creer que su promesa es infinitamente más fiel que nuestra presuntuosa seguridad.

 

«Allí donde el mundo propone conexiones superficiales, Cristo ofrece una relación personal y transformadora; allí donde otros prometen felicidad efímera, Él regala una alegría que no pasa», destacan los obispos de la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios de la CEE.

 

Celebrar el Día del Seminario es creer que aún hoy existen jóvenes capaces de escuchar esa voz y responder con generosidad. Pero esta llamada no concierne sólo a unos pocos, porque el gesto de dejar las redes ilumina toda vida cristiana: cada uno, en su trabajo, en su familia, en sus relaciones, está invitado a desenredarse de lo que impide amar y a ensanchar el horizonte. Seguir a Cristo supone atrevernos a mirar más allá de lo que somos para llegar a ser lo que estamos llamados a ser. Como decía san Ireneo, «la gloria de Dios consiste en que el hombre viva»; y el hombre vive plenamente cuando se sabe don y profecía.

 

Pidamos al Señor que renueve en su Iglesia la alegría de la vocación, que sostenga a nuestros seminaristas y sacerdotes, y que nos conceda a todos la valentía de dejar nuestras redes. Porque quien se atreve a perder por Cristo descubre, con asombro agradecido, que no ha perdido nada: lo ha encontrado Todo.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

✠ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«La tarea de construir una vida buena y apasionante»

por Natxo de Gamón,

Un buen grupo de burgaleses acudió el pasado mes de agosto al Jubileo de los Jóvenes en Roma.

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Vivimos en un tiempo en el que los sonidos del mundo parecen atronadores y los estímulos llegan desde todas partes como una tempestad incesante que, a veces, nubla el corazón y confunde la mirada. Imágenes, opiniones, modelos de éxito y fracaso, voces que prometen respuestas rápidas y caminos peregrinos que nunca conducen a la plenitud… En medio de ese clamor, resulta difícil oír la voz de Dios que susurra y llama; desde esa perspectiva, cuesta reconocer la brújula que orienta los pasos hacia la Vida verdadera.

 

A punto de comenzar la primavera, pienso en los jóvenes, en sus estudios, trabajos y ocupaciones; en sus relaciones sociales, familias y amistades. Y a ellos les quiero dirigir estas palabras.

 

El Señor quiere encontraros allí donde estáis, anhela conversar con corazones vivos, ardientes y libres. «Cristo vive y te quiere vivo», recuerda la primera línea de la exhortación apostólica Christus vivit, y desea habitar en vosotros –aun sin necesitarlo– para asegurar una presencia, una compañía en el camino, una orientación en las encrucijadas de la vida. Aunque nos hayamos alejado, aun cuando la tristeza, los miedos o las dudas nos hayan hecho sentirnos mal y pecadores, Cristo vuelve a llamar y espera para recomenzar, una y mil veces.

 

El papa León XIV, en la homilía pronunciada durante el Jubileo de la Juventud del año pasado, animó a más de un millón de jóvenes a aspirar a cosas grandes –«a la santidad, allí donde estéis»–, y a no conformarse con menos: «Así veréis crecer cada día la luz del Evangelio, en vosotros mismos y a vuestro alrededor». Asimismo, en su primer Regina Coeli como Papa, celebrado el IV Domingo de Pascua, alentó a los jóvenes con un mensaje claro: «No tengáis miedo, aceptad la invitación de la Iglesia y de Cristo Señor».

 

A veces, por batallas personales y espirituales que quizá os ha tocado librar, os puede tentar la idea de una vida cómoda, descuidada, a la deriva. Sin embargo, nada del pasado –ya sean fracasos, heridas, ausencias, caídas o errores– puede apagar la luz que Él ha encendido en cada corazón. Porque el amor de Cristo no depende de nuestros méritos, sino de Su infinita misericordia, que nos sostiene incluso cuando nos sentimos débiles, agobiados o desilusionados de todo.

 

Cristo no pide que todo lo hagamos perfecto, sino que desea ante todo que seamos fieles a su amistad. Y la fidelidad no se mide por el número de caídas, sino por las veces que hemos vuelto cansados y defraudados a Casa, por cada paso que nos ha acercado de nuevo a su presencia, por las madrugadas que hemos elegido caminar de nuevo junto a Él, antes que junto a compañías que no nos hacen bien. Una y otra vez, nos invita a dejar que su Espíritu nos alivie y acompañe para que no nos perdamos en los espejismos de la cultura del consumo, de la imagen, del qué dirán, del momento, de la emoción pasajera que deja el corazón vacío.

 

En un mundo donde tantas personas se sienten desorientadas y solas, cada corazón tiene una historia única que Dios desea escribir con Él. Y en esa aventura que es la vida, debemos recordar que nuestra historia se escribe con las elecciones que cada día tomamos y que el Señor nos ayuda a tomar las buenas, las que construyen una vida verdadera, las que edifican amplios espacios donde tantas personas podrán encontrar en tí refugio, escucha, comprensión, calor, ayuda para caminar. Dios recoge cada grieta del pasado y la transforma en ocasión de gracia, porque un Padre no abandona a quien ama.

 

Queridos jóvenes: tened la valentía de caminar con Jesús, de dejar que su amistad transforme vuestros sentidos, pasos y expectativas. Y no temáis al silencio, al compromiso, al sacrificio y al amor verdadero, porque Él estará con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20). Y pedidle a la Virgen María que os enseñe cuál es el amor verdadero y no los sucedáneos que vende el mundo y que deja el corazón entristecido y desilusionado, cuando no herido y traicionado. Dios siempre está junto a Ella, esperando vuestra mirada, para llevaros de la mano hasta una plenitud y una eternidad que se construye paso a paso en la entrega apasionada de cada día en medio del mundo.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga

✠ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos

«Cuaresma: del desierto al amor que no pasa nunca»

por Natxo de Gamón,

«Cuaresma: del desierto al amor que no pasa nunca»

Foto: rawpixel.com/Freepik.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Esta semana comenzamos el tiempo de Cuaresma, los cuarenta días de preparación para el gran acontecimiento de la Pascua del Señor. Un periodo que la Iglesia nos regala como un umbral sagrado y como un tiempo de gracia en el que somos invitados a detener el paso, a acallar todos los ruidos interiores y exteriores, y a volver el corazón hacia Dios.

 

Cuarenta días permaneció el Señor en el desierto antes de comenzar su vida pública, preparando su corazón para el encuentro definitivo con una humanidad herida, necesitada de amor, entrega y compasión.

 

Durante cuarenta noches Cristo se adentró en las profundidades del desierto para enseñarnos, tiempo después, que su amor derramado restaura nuestras heridas y que el perdón otorgado y acogido es el paso definitivo para el encuentro con el Padre.

 

Y cuarenta fueron también las madrugadas en las que Jesús, en el misterio de su entrega, veló en obediencia filial, permaneciendo en un diálogo silencioso con el Padre, aprendiendo a amar hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), incluso cuando todo parecía oscuridad.

 

La Cuaresma no es un tiempo triste; es un camino propicio de esperanza y sanación, una senda escogida que nos conduce al corazón del Evangelio, un verdadero tiempo de gracia, como nos recuerda san Pablo: «Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (2 Cor 6, 2). Es un momento para volver a Dios, para dejarnos reconciliar por Él, para permitir que su misericordia infinita nos recree desde dentro. Y es, ante todo, un tiempo de volver a comenzar desde Cristo, una oportunidad renovada para acercarnos al Misterio.

 

La Iglesia nos propone con sabiduría los caminos tradicionales de la limosna, la oración y el ayuno como caudales que sanan, reconstruyen y liberan. Así, mientras nos introducimos en el silencio fecundo que aguarda la Pascua, reconocemos con humildad nuestros pecados, nuestras incoherencias y nuestras tibiezas. Porque todos necesitamos convertirnos, volver a mirar al Corazón de Jesús con ojos limpios, reorientar la vida y permitir que Cristo ocupe el centro de nuestra existencia. De otra forma, como decía san Agustín, nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en sus brazos.

 

La limosna, nos abre a la experiencia de la fraternidad. Cuando compartimos, nos liberamos de muchas ataduras que nos paralizan y nos vuelven superficiales y egoístas. Cuando aliviamos el peso de los pobres, una luz nueva ilumina nuestra senda y el caminar se hace más ligero y alegre.

 

La oración, a través del mirar de cada día y de cada estación del vía crucis que celebramos los viernes, nos enseña a leer nuestras propias cruces a la luz del Maestro. En cada estación descubrimos que Dios no es ajeno al dolor humano, sino que lo habita, lo hace completamente suyo y lo redime hasta la eternidad.

 

El ayuno nos educa en la caridad, nos ayuda a despojarnos de la armadura de lo superfluo, nos invita a reconocer que no solo de pan vive el hombre (cf. Mt 4, 4). Ayunamos para aprender a amar mejor, para solidarizarnos con aquellos que carecen de lo más necesario, para emular a Cristo que, en el vacío de lo inhóspito, confió plenamente en el Padre antes de comenzar su misión.

 

La Cuaresma es un camino de luz y de conversión: de luz porque caminamos hacia Cristo –la Luz del mundo–, y de conversión porque merced a su gracia desbordante descubrimos que nunca se hace demasiado tarde para volver, porque su puerta siempre está entreabierta para cuando decidamos regresar al calor de su abrazo.

 

Le pedimos a la Virgen María que nos tome de la mano para que, al llegar a la Pascua, podamos descubrir que hemos pasado de la muerte a la vida, de la tiniebla a la luz, del desierto inhóspito al amor que no pasa nunca (cf. 1 Cor 13, 8).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

✠ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Manos Unidas: declarar la guerra al hambre»

por Natxo de Gamón,

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Como cada año, la campaña de Manos Unidas nos invita a recordar que en cualquier lugar del mundo donde un ser humano carezca del pan necesario, la imagen de Dios queda profundamente herida y el designio de amor del Creador por cada persona es amenazado por nuestras manos.

 

El lema que nos propone esta entidad de Iglesia nacida de las mujeres de la Acción Católica, nos anima a Declarar la guerra al hambre. Atrevernos a atarle de pies y manos al hambre es una llamada a la conciencia creyente y una confesión de fe, porque el hambre no es sólo una realidad social que empaña la mirada del mundo, sino que es un escándalo pudiendo encontrar remedio en el reparto equitativo de recursos que la vitalidad de la tierra produce a manos llenas.

 

Declarar la guerra al hambre es tomar partido por la vida, es afirmar que el Dios Trinitario, como comunión eterna de amor, no puede ser anunciado de manera creíble en una tierra donde la mesa se convierte en frontera y la abundancia convive con la miseria. Si consentimos esta situación, estaremos colaborando –sin darnos cuenta, quizá– con la indiferencia ante el sufrimiento de tantos seres humanos que nada tiene que ver con el Evangelio de Jesús.

 

«He visto la opresión de mi pueblo, he escuchado su clamor» (Ex 3, 7), recuerda la Sagrada Escritura, porque el lamento del que es privado de cualquier derecho o libertad es un lugar teológico donde Dios se revela y desde donde interpela al corazón de su Iglesia. Y nosotros, como miembros de la misma, no podemos creer que la hambruna y la aridez son un accidente inevitable de la historia, sino que son el fruto amargo de estructuras injustas, de economías que excluyen, de una globalización que olvida la fraternidad como modo principal de convivir.

 

Por eso, esta lucha exige una conversión profunda de las conciencias. Como afirma el profeta Isaías: «El ayuno que yo quiero es soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien va desnudo y no desentenderte de los tuyos» (Is 58, 6-7). Entonces, y sólo entonces, insiste el profeta, «surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia y detrás de ti la gloria del Señor» (Is 58, 8). Porque sin justicia, la fe se vuelve estéril; y sin amor, la vida cristiana se convierte en una máscara vacía.

 

Manos Unidas lucha por erradicar el hambre y la pobreza en el mundo, y no puede haber un corazón cristiano que no se estremezca ante este sufrimiento. Pongámonos de su lado en cada proyecto de desarrollo, en cada comunidad por acompañar, en cada vida sostenida por esas manos que se ponen manos a la obra por amor. De esta manera, al darnos a los demás, un gesto ordinario y aparentemente sencillo se convierte en sacramento de paz, en signo concreto de una humanidad que busca reconciliarse con su realidad más sufriente.

 

La Trinidad misma nos enseña a declarar esta guerra, porque el Padre ha creado un mundo destinado a la vida y no a la muerte. El Hijo, Pan bajado del cielo se parte y se entrega sin medida para que nadie tenga hambre jamás, porque Él mismo nos mandó: “dadles vosotros de comer” (Lc 9, 13). Y el Espíritu Santo impulsa a la Iglesia a romper el encierro de la comodidad para hacerse –con todos– comunión y entrega.

 

Declarar la guerra al hambre es, por tanto, vivir trinitariamente la fe, haciendo de la fraternidad un camino concreto y salvífico de santidad. Decía san Francisco de Asís que «la pobreza es esposa del Crucificado». Y allí donde el Cuerpo de Cristo sigue crucificado en los pobres, debe estar la Iglesia. Sólo cuando declaramos la guerra a lo que hiere a nuestro hermano, comenzamos a parecernos al Dios que es Amor. Que María, mujer del Magníficat, nos ayude a edificar un mundo donde los hambrientos sean colmados de bienes y nadie quede excluido del maravilloso banquete de la vida.

 

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Vida Consagrada enraizada en la vida, santidad y misión de la Iglesia»

por Natxo de Gamón,

religiosos vida consagrada

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Mario Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Cada año, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada que ahora celebramos nos sitúa ante una pregunta sencilla y, a la vez, decisiva para el corazón de la Iglesia y del mundo: «¿Para quién eres?». Esta pregunta que interpela el sentir, la misión y la vocación de quien se atreve a formularla es el lema que nos congrega en esta conmemoración que atraviesa las paredes de la fe, que desarma, que devuelve a lo esencial. Porque la vida consagrada no se entiende desde lo que hace, sino desde Aquel a quien pertenece; como obediencia que se transforma en escucha, como pobreza que se torna en confianza, como castidad que responde a un amor profundamente encarnado.

 

«La vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión» (Vita consecrata, 3). Dicha afirmación de san Juan Pablo II que declara en esta exhortación apostólica que recoge el fruto del Sínodo de los Obispos de 1994, recuerda cómo los consagrados pertenecen de manera irrevocable a la vida y a la santidad de la Iglesia. Y no como algo accesorio o puntual, sino como un sacramento convertido en memoria viva, en eco trinitario, en eterna profecía.

 

La vida consagrada nace como confesión del Dios Trinidad: es un don que brota del amor del Padre, del seguimiento radical del Hijo y del soplo creador del Espíritu Santo. Por eso, la Iglesia contempla hoy este vivir entregado como una gracia que brota del corazón de Cristo Jesús y vuelve a Él convertido en servicio, en escucha, en acompañamiento y compasión.

 

De ese amor derramado del Cordero late una presencia que no busca protagonismo, sino que se pone en el último lugar con la mayor de las alegrías; que no exige reconocimiento, sino un sigilo habitado por el Maestro; que no quiere ser nombrada, sino que prefiere mantenerse en silencio donde sólo queda la presencia del Amado. Sin embargo, sin esta presencia –que es proclamación elocuente de que la vida sólo se comprende cuando se entrega– la Iglesia no respiraría igual.

 

En su mensaje para esta Jornada, los obispos de la Comisión para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal Española (CEE) defienden como un gesto elocuente «la vivencia plena de la castidad, la obediencia y la pobreza, verdadero don profético de las personas consagradas para toda la Iglesia y para los hombres y las mujeres de buena voluntad». En un mundo marcado por la prisa, la rentabilidad y el éxito inmediato, los consagrados han de responder con una lógica distinta: la de la gratuidad, la fidelidad cotidiana, la esperanza que persevera incluso cuando no hay aplausos, ni agradecimientos, ni resultados visibles.

 

Desde esta exigencia carismática, los obispos defienden la razón del lema, que «pone de relieve que la pregunta por la propia identidad (¿qué o quién soy?) es ineludible. Sin embargo, quedarse solo en ella «entraña algunos peligros», sobre todo «si la mirada un tanto obsesiva sobre nosotros mismos termina por impedirnos ver a quienes, estando más allá de nosotros, conforman nuestro horizonte último de vida y misión».

 

La vida consagrada habita allí donde el dolor tiene nombre propio: en hospitales y enfermerías, en la soledad de habitaciones olvidadas, en las calles donde la dignidad parece haberse perdido, en comedores sociales, en campos de misión, en países empobrecidos y en la vida ordinaria de tantos barrios y pueblos olvidados y con pocos recursos. Allí, los consagrados son manos que sostienen, ojos que saben mirar sin juzgar, labios que consuelan, corazones que permanecen. Allí se convierten, sin ruido, en la carne visible de la misericordia de Dios.

 

Queridos consagrados: gracias por habitar en el corazón de la Iglesia y, silenciosamente, transformar el alma rasgada del mundo. Hoy, junto a la Virgen María, recordamos unas palabras de santa Teresa de Calcuta que definen vuestro amor hasta el extremo: «Nosotros somos lápices en las manos de Dios». Eso sois, esa es la vida consagrada: dejarse escribir por Dios allí donde Él quiera, aunque la página sea oscura, aunque el trazo a veces duela.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos