«La misericordia no se cansa jamás»

por Natxo de Gamón,

divina misericordia

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«La misericordia no se cansa jamás; cuanto más se da, más queda; cuanto más se ofrece, más se recibe», dejó escrito san Juan Pablo II. En este día en que celebramos la Divina Misericordia, quiero invitaros a mirar con atención el corazón del Evangelio: la misericordia que nace de Dios y que está llamada a transformar nuestra vida cotidiana.

 

Ser misericordioso es un don que Dios pone en nuestras manos para que lo usemos como Él lo hace, siempre en clave de fe y nunca en términos de vanidad. Ejercer la misericordia no consiste en llevar a cabo un gesto ocasional o un ideal inaccesible; ser compasivo es apostar por la vida misma que se concreta en cada instante, en cada relación, en cada encuentro ordinario que vivimos.

 

Ser misericordioso no es únicamente perdonar cuando todos lo ven, sino –sobre todo– cuando nadie mira. No es el gesto amable en público, sino levantar en silencio y con paciencia el peso del otro, acompañar a quien sufre sin aplausos ni reconocimiento, ofrecer una palabra de consuelo cuando –al otro lado de la puerta– no habrá nadie que nos lo agradezca.

 

Ser misericordioso es ser como el Señor nos enseñó, a ejemplo de nuestro Padre (cf. Lc 6, 36). Porque la verdadera piedad se manifiesta en los detalles invisibles, en esas actitudes que pasan desapercibidas, en el consuelo callado y constante que se ofrece cuando más duele.

 

¿Acaso hay humanidad más grande que la que se vive en lo cotidiano, en la vida común, entre familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos? Es ahí, en la rutina de cada día, donde Dios nos invita a ser signos vivos de su ternura. Pedir disculpas cuando hemos faltado a la caridad, perdonar, aunque nos hayan causado un profundo dolor, cuidar de los más pequeños, los olvidados, los que sufren en silencio: todo esto es vivir la misericordia.

 

Santa Faustina Kowalska, a quien Jesús confió su mensaje de la Divina Misericordia, nos recuerda en su Diario que no hay acto demasiado pequeño que pase desapercibido ante la misericordia de Dios, pues «el amor se mide por las obras» (Diario, 742). Así, cada actitud amable y cada palabra que cura construye el Reino de Dios. Y es ahí donde la misericordia se hace carne y nos hace a nosotros más humanos, más fraternos y más cristianos.

 

Estamos más necesitados que nunca de la Divina Misericordia. Vivir abrazados a ella significa latir, respirar, amar, sentir y tocar con compasión, dejando que nuestras vidas estén abiertas al dolor ajeno y que nuestras acciones diarias ayuden al prójimo a levantarse: amando lo visible y lo invisible en la vida de quienes nos rodean, acompañando sin juzgar y ofreciendo consuelo.

 

Perdonar a quien nos ha hecho daño, incluso cuando más nos duele y nos cuesta, es el acto supremo de misericordia. Abrir nuestro corazón a la reconciliación es hacer presente el amor de Dios en la tierra. Hemos de hacerlo en lo grande y en lo pequeño. Así, la misericordia deja de ser un concepto abstracto y se convierte en realidad. Porque quien no aprende a perdonar, no ha abrazado el corazón del Evangelio.

 

Le pedimos a la Virgen María que nos ayude a ser misericordioso en cada instante de nuestra vida, como Dios lo es con nosotros: desde el gesto que todos ven hasta el acto silencioso que sólo Dios conoce. Porque ser cristiano es ser misericordioso como el Padre. Al final, todos vivimos sostenidos por una compasión, una misericordia y perdón que ilumina y sostiene nuestra vida.

 

¡Os deseo un feliz domingo de la Divina Misericordia! Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.

 

✠ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos

«Resucitados a una eternidad prometida»

por Natxo de Gamón,

 

Cristo resucitado

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, la Iglesia vuelve a situarnos ante el acontecimiento más importante y decisivo de la historia: la victoria de Cristo sobre la muerte. Una vez más, la historia humana es seducida por una esperanza invencible, por una promesa —siempre antigua y siempre nueva— que nos recuerda que la fe tiene como horizonte el sacrificio que se hace fecundo cuando es atravesado por el Amor.

 

La liturgia que nos ha acompañado durante estos días nos ha hecho recorrer un camino. Comienza con la ceniza que perpetúa que sin Dios no hay vida plena, continúa con el silencio de la penitencia y pasa por las estaciones del vía crucis, donde contemplamos al Señor cargando sobre sus hombros con el peso del mundo. Sin embargo, la fe nos recuerda que nuestra historia no termina ni se detiene en la Pasión: cada estación del camino de la Cruz se convierte, para nosotros, en un peldaño hacia la Vida eterna.

 

Este día nos sitúa ante una evidencia que lo cambia todo, y es que Cristo no evitó, de ninguna manera, el sufrimiento humano; lo aceptó y lo hizo suyo. Y lo hizo por nosotros, para transformarlo en un amor invencible. Por eso, para comprender la luz de la Pascua que hoy resplandece en todos los rincones del mundo, hemos de aceptar también el misterio del Viernes Santo. Porque no hay gloria sin entrega, ni resurrección sin cruz… «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24).

 

La Pascua se hace verdadera cuando nos atrevemos a tocar las heridas del Señor por medio de nuestros hermanos. El apóstol Tomás se acerca al cuerpo glorioso de Cristo y, hasta que no toca con sus propias manos sus heridas resucitadas, no es capaz de creer: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20, 27). Y es, en ese contacto con el cuerpo del Señor Crucificado y Resucitado, donde la fe se vuelve confesión viva: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28).

 

Por eso, la Pascua es una forma de mirar la realidad con otros ojos, de ver los signos concretos de la Vida nueva que Cristo nos regala. Con el Domingo de Resurrección, los cristianos aprendemos a descubrir, en medio de las llagas de la historia, que allí donde parece imponerse el fracaso, el abandono o la desolación, la Pascua anuncia que Dios continúa obrando, que allí donde el corazón humano experimenta el peso de la cruz, la Resurrección anuncia que la última palabra la tiene el Amor.

 

Y aunque quizá nunca nos hayamos parado a pensarlo, nuestro camino personal no es muy distinto del de Cristo. También nosotros atravesamos, una a una, nuestras propias estaciones hasta llegar, por la gracia de Dios, a la gloria: momentos de caída, de cansancio, de silencio, de tristeza, de incertidumbre, de desánimo y de aparente derrota. Y, al final, sólo queda la seguridad de la fe para recordarnos que ninguna de esas estaciones es el final, porque cada una de ellas puede convertirse –si la vivimos unidos a Cristo Jesús– en un paso hacia la gloria que Dios tiene preparada para sus hijos.

 

Por tanto, celebrar la Pascua significa creer que nuestra vida no está destinada al polvo del olvido, sino a la plenitud de la eternidad prometida. Como escribió san Pablo: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él» (Rom 6, 8). Y únicamente desde esa mirada podemos contemplar, con los ojos abiertos al asombro, el destino último de nuestra existencia.

 

Junto a María, Virgen de los Dolores y Madre de la Alegría, pedimos que esta Pascua nos ayude a mirar la Cruz con ojos nuevos, sabiendo que en ella ya se atisba la luz de la mañana de la Resurrección. Y que, siguiendo las huellas de Cristo, cada una de las estaciones de nuestro particular vía crucis se transforme en un paso más hacia el Cielo, hacia la plenitud de Dios. Cristo ha resucitado y, con Él, cada razón de nuestra esperanza.

 

¡Feliz Domingo de Resurrección! Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Cuando la cruz y la gloria se encuentran»

por Natxo de Gamón,

Domingo de Ramos borriquilla Burgos

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

El Domingo de Ramos nos abre las puertas de la Semana Santa con un gesto triunfal cargado de un enorme misterio: la alegre bienvenida a Jesús en su entrada en Jerusalén como anticipo de un camino de pasión, cruz y entrega absoluta. Así, cada ramo es una invitación a vivir en clave de amor, a reconocer que la gloria y el sufrimiento se entrelazan en el corazón de Dios y en la vida de quienes decidimos seguirle como discípulos.

 

La Pasión de Jesús «se vuelve compasión cuando tendemos la mano al que ya no puede más», confesó el Papa Francisco durante su homilía del año pasado, tal día como hoy. Haciendo memoria de estas palabras, rememoramos cómo este día nos enseña que la vida cristiana es un caminar consciente entre la luz y la sombra, entre la celebración y la entrega. El júbilo que acompaña los ramos se convierte en misión: es un eco que nos llama a cargar nuestra propia cruz y a compartir las de los demás, a vivir la Semana Santa no como espectadores, sino como participantes en la obra redentora del Señor.

 

La Semana Santa nos invita a hacer, de cada día, un Domingo de Ramos: abrazar la alegría y la despedida, la esperanza y la incertidumbre, la exaltación y la humildad.

 

Este día nos enseña que amar es tocar la fragilidad de quienes nos rodean, acompañar al que sufre, perdonar al que hiere, sostener al que cae… Cada ramo que sostenemos hoy en nuestras manos se convierte en símbolo de esa entrega silenciosa que transforma cada página de la historia, porque el Amor que dio su vida por nosotros es, también, la fuerza que nos capacita para vivir, para perdonar, para cuidar, para servir, para amar. En palabras de san Pablo: «No nos cansemos de hacer el bien; a su tiempo cosecharemos, si no nos damos por vencidos» (Gal 6, 9).

 

No podemos reducir nuestra fe a un rito, sino a dejar que transforme la existencia: «La fe se alimenta cuando se comparte, cuando se hace visible en gestos concretos de amor, justicia y misericordia» (EG, 24). Estamos llamados a dejar que su Amor alimente nuestra acción cotidiana. Cargar con nuestra cruz y con la de los demás es el signo definitivo de una vida ofrecida, de una oración hecha vida.

 

Abramos nuestras manos, nuestro corazón y nuestra existencia hoy, al igual que aquel pueblo que tendió las ramas de olivo ante Cristo, a la obra inenarrable del Amor que nos precede; para contemplar el camino del Señor y hacer de nuestra vida una ofrenda continua de servicio, reconociendo que la cruz no es un obstáculo definitivo, sino la antesala de la gloria que Él nos ha prometido.

 

Y pidamos al Señor, en este inicio de la Semana Santa, que nos enseñe a vivir con fidelidad, a ser signos de su compasión en el mundo y a recordar, cuando más nos cueste seguirle, que la última palabra la tiene el Amor.

 

Le pedimos a la Virgen María, quien acompañó a su Hijo desde la humildad de Nazaret hasta el Calvario, que nos enseñe a acoger al prójimo con confianza, humildad y entrega. Ella, que supo decir «sí» al Amor que todo lo transforma, nos invita a seguir al Señor abrazando la alegría y la cruz, la alborada y el ocaso, la esperanza y la despedida. Que bajo su mirada maternal aprendamos a vivir la Semana Santa como un verdadero caminar hacia la Vida plena, la que no acaba nunca, reconociendo que cada sacrificio ofrecido nos acerca más al corazón de Cristo y nos convierte en testigos de su misericordia en el mundo. Así aprendemos en Cristo, cuando la cruz y la gloria se encuentran, que el Amor vence y los sufrimientos y contrariedades de la vida se transforman en salvación.

 

Con gran afecto, os deseo una Semana Santa llena de la gracia de Dios.

 

✠ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

José Juan Jiménez: «El reto es comunicar mejor la Semana Santa de Burgos»

por Natxo de Gamón,

 

Escucha aquí la entrevista completa:

 

La Semana Santa de Burgos afronta una nueva etapa marcada por el impulso a la comunicación y la difusión. Así lo ha señalado el presidente de la Junta de Semana Santa, José Juan Jiménez, este Viernes de Dolores, pórtico de la Semana Santa. El presidente ha destacado que uno de los principales desafíos actuales es «saber comunicar» una tradición «austera, profunda, entrañable y muy vivida hacia dentro, como somos en Castilla».

 

En una entrevista concedida a ‘El Espejo de COPE Burgos’, Jiménez ha explicado que su labor al frente de la Junta consiste en «impulsar, coordinar y mantener el entusiasmo», favoreciendo el trabajo conjunto de las 16 cofradías de la ciudad. En este sentido, ha insistido en la necesidad de dar a conocer mejor el patrimonio, la historia y la riqueza de la Semana Santa burgalesa tanto a nivel local como nacional e internacional.

 

El presidente ha subrayado que, aunque la base de la Semana Santa es la fe —«no se puede entender sin la contemplación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo»—, también constituye un fenómeno más amplio que integra cultura, arte, historia y tradición. «Es un compendio que engloba diferentes aspectos de la vida de la ciudad», ha señalado.

 

Entre las líneas de trabajo actuales, Jiménez ha destacado la apuesta por las nuevas tecnologías y la accesibilidad, con iniciativas como la retransmisión en directo de actos, la presencia activa en redes sociales o la incorporación de lengua de signos. Asimismo, ha avanzado proyectos de digitalización del patrimonio procesional y su adaptación para personas con discapacidad visual.

 

En relación con la vida de las cofradías, ha reconocido la diversidad de situaciones, con algunas más numerosas y otras más vinculadas a barrios concretos y afectadas por la evolución demográfica. En cualquier caso, ha defendido que todas ellas «son reflejo de la realidad de la ciudad» y ha insistido en la importancia de vivir la pertenencia cofrade durante todo el año.

 

Por último, ha señalado que la Semana Santa constituye «una oportunidad magnífica» para acercarse a la fe, sin excluir a nadie y acogiendo motivaciones diversas. «Un cofrade tiene que serlo 365 días al año», ha afirmado, subrayando la dimensión comunitaria y continuada de esta vivencia.

«Deja tus redes y sígueme»

por Natxo de Gamón,

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús». En estas palabras de san Juan María Vianney late un misterio infinito, un encuentro con un Amor que se entrega sin medida, que llama, que acoge y que transforma para siempre; sobre todo hoy, cuando celebramos el Día del Seminario.

 

El lema Deja tus redes y sígueme es una promesa que atraviesa los siglos y vuelve a pronunciarse hoy con el mismo ardor del primer día: «Y dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5, 11). El evangelista nos recuerda que, después de aquella pesca desbordante junto al lago, lo dejaron todo, poniéndose ellos mismos en el último lugar para situar en el centro a Cristo. En ese instante decisivo –tan humilde, tan revelador y tan absoluto–, algo cambió para siempre en la historia y en el corazón de aquellos hombres.

 

Desde ese preciso momento, cada gesto, cada palabra y cada servicio de los discípulos comenzó a brotar de ese Corazón que encuentra, en quienes responden con fidelidad, un eco de su infinito amor. Ahora, si trascendemos aquel momento a nuestros días, podemos decir que la vida del sacerdote no se mide por lo que posee, sino por lo que da; que su fuerza no habita en la seguridad, sino en la libertad plena de entregarse.

 

En una cultura marcada por la prisa, el individualismo y la autorreferencialidad, hablar de vocación parece insólito, porque reducimos la vida a una idea, a una conquista o a un éxito concreto. Y la Escritura nos recuerda que la existencia es, ante todo, llamada. San Pablo lo expresa con una radicalidad luminosa cuando señala que todo lo considera pérdida «comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús»; por Él «lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3, 8). Perder para ganar, dar para recibir, vaciarse para ser colmado: he aquí la paradoja cristiana del amor, la lógica de una vida trazada por la Cruz.

 

El sacerdote –y quien se prepara para serlo– se convierte así en signo de una felicidad distinta, que este mundo, tantas veces, no es capaz de comprender. No es un héroe solitario, ni un ser incomparable, ni un técnico de lo sagrado… es un hombre alcanzado por la misericordia y configurado con Cristo, a imagen suya, para el servicio del Pueblo de Dios.

 

Dejar las redes, por tanto, no es despreciar el mundo ni huir de una historia que nos pertenece a todos; es dejar de vivir enredados y pasar de una vida preocupada y ocupada sólo en uno mismo a una vida plenamente entregada. Implica desclavar la comodidad, la búsqueda ansiosa de reconocimiento, el miedo a perder, la autoexigencia que asfixia, los apegos que atan el corazón, para abrirse a la confianza radical en Cristo hasta creer que su promesa es infinitamente más fiel que nuestra presuntuosa seguridad.

 

«Allí donde el mundo propone conexiones superficiales, Cristo ofrece una relación personal y transformadora; allí donde otros prometen felicidad efímera, Él regala una alegría que no pasa», destacan los obispos de la Comisión Episcopal para el Clero y Seminarios de la CEE.

 

Celebrar el Día del Seminario es creer que aún hoy existen jóvenes capaces de escuchar esa voz y responder con generosidad. Pero esta llamada no concierne sólo a unos pocos, porque el gesto de dejar las redes ilumina toda vida cristiana: cada uno, en su trabajo, en su familia, en sus relaciones, está invitado a desenredarse de lo que impide amar y a ensanchar el horizonte. Seguir a Cristo supone atrevernos a mirar más allá de lo que somos para llegar a ser lo que estamos llamados a ser. Como decía san Ireneo, «la gloria de Dios consiste en que el hombre viva»; y el hombre vive plenamente cuando se sabe don y profecía.

 

Pidamos al Señor que renueve en su Iglesia la alegría de la vocación, que sostenga a nuestros seminaristas y sacerdotes, y que nos conceda a todos la valentía de dejar nuestras redes. Porque quien se atreve a perder por Cristo descubre, con asombro agradecido, que no ha perdido nada: lo ha encontrado Todo.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

✠ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos