«El trabajo humano como don ofrecido a Dios»

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Escucha aquí el mensaje semanal de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
En el horizonte cercano de la celebración de san José Obrero, la Iglesia nos invita a contemplar el misterio del trabajo humano como un don que nace del corazón mismo de Dios. En un gesto profundamente profético, el Papa Pío XII instituyó este día en 1955 con el fin de reconocer, en medio de la historia concreta de los hombres y mujeres, la grandeza de aquello que muchas veces pasa desapercibido.
El libro del Génesis nos recuerda que el ser humano está llamado por vocación a cultivar y cuidar la tierra (cf. Gn 2, 15). Por tanto, trabajar es una dimensión constitutiva de la dignidad humana, es participar humildemente en la obra creadora de Dios. Por eso, reafirmar el derecho a un trabajo digno, justamente remunerado y humanamente enriquecedor es una exigencia social y profundamente evangélica.
La dignidad inviolable de la persona se ve interpelada cada vez que pone sus manos al servicio de la tarea. En toda relación laboral se juega algo sagrado: que el ser humano sea reconocido como fin en sí mismo, amado por Dios y no un simple instrumento o una máquina de producir. Allí donde el trabajo respeta todas sus dimensiones constitutivas, la dignidad humana resplandece; allí donde se instrumentaliza, la dignidad se oscurece y es herida.
El trabajo, cuando es vivido en verdad, no solo dignifica: también purifica, madura, hace crecer y ennoblece. Decía san Juan Crisóstomo que «el trabajo es la escuela de la virtud», porque en él aprendemos la constancia, la entrega, la paciencia y el amor concreto. Por tanto, cada jornada, cada esfuerzo y cada tarea realizada con rectitud va tejiendo en lo oculto una humanidad más plena, más compasiva, más fraterna.
Pero hay un misterio aún más profundo: el trabajo ofrecido se convierte en alabanza. Cuando el ser humano trabaja con amor, su esfuerzo ofrecido asciende como una oración silenciosa que Dios acoge con alegría. Entonces, lo cotidiano se transfigura y lo pequeño adquiere un peso eterno. Así, el trabajo no sólo nos acerca a los demás, sino que nos acerca a Dios.
Contemplamos este misterio en la sencillez luminosa de la Sagrada Familia. En Nazaret, en el silencio de lo ordinario, María santificó las tareas cotidianas del hogar y José, calladamente, sostuvo con sus manos el misterio de la salvación. En ese rincón sagrado de la historia, lejos de los focos y del seductor reconocimiento, el Hijo de Dios aprendió el oficio de sus padres. Y, en ese trabajo, escondido y fiel, el mundo fue redimido por amor.
Por eso, en esta Pascua del Trabajo, nuestra mirada ha de dirigirse de un modo especial a tantos hombres y mujeres trabajadores. De modo particular, quisiera dirigirme a quienes trabajan en lo oculto: quienes sostienen la vida sin reconocimiento, quienes sirven en los márgenes, quienes entregan sus fuerzas cuando nadie mira. Son manos anónimas que levantan el mundo desde abajo, corazones silenciosos que hacen presente el Reino en lo cotidiano.
Porque hay un trabajo concreto que no aparece en estadísticas ni recibe aplausos: el cuidado, la entrega, la fidelidad en lo pequeño, la paciencia en el sufrimiento ajeno. Esa labor invisible es, quizá, la más cercana al corazón de Dios. Porque en ella no se busca recompensa, sino amor; no se acumula riqueza, sino misericordia; no se persigue reconocimiento, sino comunión. Trabajar, entonces, es mucho más que realizar tareas: es amar, es darse, es participar en la construcción de un mundo más humano y fraterno. Es, en definitiva, dejar que Dios siga actuando en la historia a través de nuestras manos.
Quisiera dirigir también una palabra de aliento a quienes no encuentran un trabajo que les ayude a llevar una vida digna. Entre todos, instituciones, tejido empresarial y laboral, particulares, debemos trabajar en red para superar esta grave situación.
Le pedimos a la Virgen María que nos enseñe a vivir nuestro trabajo como servicio, que nunca le falte a nadie la posibilidad de un trabajo digno y que en cada tarea –visible o escondida– sepamos descubrir la presencia de Aquel que hace eternas las cosas más sencillas. Porque, al final, quien trabaja con amor no sólo construye una mansión en el Cielo: se deja, en silencio, esculpir por Dios.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.




