Crecer en el amor es caminar en santidad

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

El Señor nos eligió a cada uno de nosotros y escribió en su corazón nuestros nombres «para que fuéramos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1, 4). Una llamada al amor, es decir, a la santidad que va ligada, por añadidura, a la alegría y la entrega en la vida ordinaria, para que seamos testigos valientes del Evangelio allá donde la llama de la fe se encuentre insegura, sofocada o en ruinas.

 

La alegría del cristiano «no es la emoción de un momento o simple optimismo humano», sino «la certeza de poder afrontar cada situación bajo la mirada amorosa de Dios, con la valentía y la fuerza que proceden de Él». Con estas palabras, pronunciadas hace justamente un año por el Papa Francisco, conmemoramos la preciosa fecha que celebramos este martes: la festividad de Todos los Santos.

 

Este día ponemos sobre el altar, junto al Cuerpo y la Sangre del Señor, a los santos conocidos que ya interceden desde los jardines del Cielo y a los santos anónimos que, de manera silenciosa y entregada sembraron y siembran la plenitud del Evangelio en los terrenos más variados de la vida cotidiana.

 

En este sentido, conviene volver la mirada a tantos santos que nos preceden, hombres y mujeres de corazón sencillo que escribieron –con la tinta de sus propias vidas– las páginas más bellas de la historia sagrada: testigos vivos que fueron hilvanando, con amor, confianza y humildad, cada uno de sus versos.

 

Y no solo ponemos el recuerdo en los santos que la Iglesia tiene inscritos en el libro sempiterno de su historia, sino también en los de la puerta de al lado: hombres y mujeres que, desde la bondad de sus miradas y corazones, deciden escuchar –en lo más hondo de su ser– la voz delicada del Espíritu de Dios y ponerla en práctica. Estos se dejan encontrar, una y otra vez, por el amor del Padre para, así, vivir las Bienaventuranzas como una profecía de una humanidad nueva que desea vivir en clave de santidad.

 

En lo profundo del castillo interior siempre hay Alguien más, recordaba una y otra vez santa Teresa de Jesús. Ella, la incansable andariega del Amor, decía que «el Espíritu Santo, como fuerte huracán, hace adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas». Y es ahí, en los brazos del Espíritu, donde debemos poner nuestra confianza para abrazar la santidad a la que Dios nos llama. Y hemos de hacerlo sin desfallecer, a la manera de Dios, con los ojos puestos en Cristo como punto de partida de todo el proceso de nuestra vida (cf. Hb 12, 9).

 

La santidad es un camino del que hemos de aprender cada día. ¿Cómo? En primer lugar, recibiendo y dejándonos transformar por el amor de Dios. Y, después, en ese amor, dándonos del todo, sin dejarnos nada por hacer si en medio de la tarea está el amor que se hace servicio y entrega. De este modo nos damos cuenta de que la santidad se refleja en el rostro de Dios que, colmado de belleza, sale a nuestro encuentro en la vida ordinaria, en el pan nuestro de cada día, en esos terrenos difíciles de transitar donde, en ocasiones, sobrevive velado el mensaje siempre lleno de vida y esperanza de Jesucristo.

 

El Santo Padre, en su encíclica Gaudate et exultate, propone un camino para celebrar este día de Todos los Santos. Esta es la senda: «Ser pobre en el corazón, esto es santidad. Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad. Saber llorar con los demás, esto es santidad. Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad. Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad. Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad. Aceptar cada día el camino del Evangelio, aunque nos traiga problemas, esto es santidad» (GE, 3).

 

Ponemos este día en las manos de la Bienaventurada Virgen María y le pedimos que, a la luz del Magníficat, ponga en nuestros ojos esa mirada de Madre buena que «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» (Lc 1, 52). Que el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, donde superamos la barrera del dolor y de la muerte, nos abra el corazón hasta el extremo, hasta que podamos comprender que solo la entrega cotidiana por vivir en santidad es garantía de verdadera felicidad.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga y os deseo un feliz día de Todos los Santos.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Domund: Seréis mis testigos

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«El Espíritu Santo vendrá sobre vosotros y recibiréis su fuerza, para que seáis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Del corazón de estas palabras, fruto del último diálogo de Jesús Resucitado con sus discípulos antes de ascender al Cielo, nace el lema de la Jornada Mundial de las Misiones 2022: Seréis mis testigos.

 

Hoy, cuando celebramos el Domund, conmemoramos la manera tan testimonial en que la Iglesia universal reza por los misioneros y colabora con las misiones. Y aunque cada año es especial, en esta ocasión celebramos 200 años al servicio de la misión.

 

200 años siguiendo la estela de los apóstoles, hombres colmados de fragilidades que, como manifiesta el director de OMP en España, José María Calderón, «se extendieron por todo el mundo», sin miedos, sin complejos, sin protestas ni condiciones «para llevar aquello que habían descubierto en el Corazón de Cristo, que les había cambiado la vida». Una llamada del Padre y, a la vez, una invitación hacia nuestro despertar más humano, a ser como esos testigos de Dios en cada uno de los rincones de la tierra; sembrando dignidad donde escasee la justicia y desplegando –a cuerpo entero– el corazón de Jesús de Nazaret en esos horizontes donde nunca fue anunciada la Palabra.

 

200 años testimoniando el Amor Crucificado y Resucitado, sosteniendo el dolor, el desaliento, la soledad y, también, la alegría de millones de personas que encuentran en estos testigos la esperanza de sus vidas rotas. Sin duda alguna, el testimonio de vida evangélica de los cristianos es primordial para la transmisión de la fe, pues –como expresa Pablo VI en Evangelii nuntiandi– «será, sobre todo, mediante su conducta, mediante su vida, cómo la Iglesia evangelizará al mundo»; es decir, «mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra, de santidad».

 

200 años dejando entreabierta, con sumo cuidado y delicadeza, la puerta de la fe (cf. Hch 14, 27), el sendero que introduce en la vida de comunión con  Dios  y  permite  la  entrada  en  la  Iglesia.

 

«La identidad de la Iglesia es evangelizar», recuerda el Papa Francisco en su mensaje para esta jornada. Una misión que ha de llevarse a cabo «en comunión con la comunidad eclesial y no por propia iniciativa». No es casual, asegura, «que el Señor Jesús haya enviado a sus discípulos en misión de dos en dos». En este sentido, el testimonio que los cristianos dan de Cristo «tiene un carácter sobre todo comunitario» y, por eso, la presencia de una comunidad, incluso pequeña, para llevar adelante la misión «tiene una importancia esencial».

 

Hoy, cada cristiano está llamado a ser misionero y testigo de Cristo: de su vida, pasión, muerte y resurrección, por amor al Padre y a la humanidad. Como exhorta el Papa, sigue siendo necesario y fundamental «retomar la valentía, la franqueza, esa parresía de los primeros cristianos, para testimoniar a Cristo con palabras y obras, en cada ámbito de la vida».

 

Imitemos a nuestros hermanos misioneros como Iglesia enviada que a nada teme porque, con Dios, nada le falta; salgamos «hasta los confines de la tierra» (como invita el lema) a anunciar a Cristo por todas partes (cf. Hch 8, 14), recorramos las periferias de la historia, vayamos a donde nadie quiere ir y quedémonos a la espera de esa palabra, de ese gesto o de ese abrazo que Jesús usará a través de un hermano para darle un sentido nuevo a la vida.

 

El Espíritu Santo fortaleció a los apóstoles para que rompiesen con sus miedos y debilidades, y fuesen eternamente testigos de la resurrección (cf. Hch 1, 22). El Espíritu, recalca el Papa, es el verdadero protagonista de la misión, «es Él quien da la palabra justa, en el momento preciso y en el modo apropiado».

 

Hoy, en este día tan especial, le pedimos a la Virgen María que nos ayude a ser esa Iglesia misionera que, cada día, anhela el corazón de Dios. Que Ella, la Reina de las misiones, la estrella de la evangelización y la bienaventurada que se hace eco del amor inagotable del Padre, proteja a los misioneros bajo su mirada y nos ayude a todos, sin distinción, a dar testimonio del Reino de Dios con palabras y obras. Seamos testigos, hoy y siempre, por amor.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Mirar con el corazón de María

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Con el Rosario se puede alcanzar todo. Según una graciosa comparación, es una larga cadena que une el Cielo y la tierra, uno de cuyos extremos está en nuestras manos y el otro en las de la Virgen María. Mientras el Rosario sea rezado, Dios no puede abandonar al mundo, pues esta oración es muy poderosa sobre su corazón». Con estas palabras de santa Teresa de Lisieux, recordamos la importancia de esta venerada oración en el mes del Santo Rosario.

 

Octubre está dedicado al Santo Rosario, y la Iglesia enmarca esta admirable devoción mariana (iniciada y difundida por santo Domingo de Guzmán), tan querida por los santos a lo largo de la historia, en el corazón de todo este mes. De esta manera, estamos unidos como Pueblo de Dios que camina, con paso reflexivo, por cada uno de los misterios de la vida de Jesús, «vistos a través del Corazón de Aquella que estuvo más cerca de Él» (san Pablo VI).

 

Los brazos de María son el regazo materno de paz que, como una mística corona, desea abrazar nuestra debilidad. Así, por medio del Rosario, mientras vamos contemplando la vida de Jesús a través de los ojos de su Madre, aprendemos un modo de vivir humilde, generoso, entregado, paciente, contemplativo y bueno.

 

Santo Domingo de Guzmán, el burgalés fundador de la Orden de Predicadores, venció todas las dificultades gracias al rezo del Rosario que propagó por la cristiandad esta devoción, extendida por todo el orbe católico. La Orden creció y el Santo Rosario se mantuvo vivo como la oración predilecta durante casi dos siglos. El dominico, tras todo lo vivido y en acción de gracias, llegó a expresar a viva voz: «Estás viendo el fruto que he conseguido con la predicación del Santo Rosario; haz lo mismo, tú y todos los que aman a María, para de ese modo atraer todos los pueblos al pleno conocimiento de las virtudes».

 

Nuestra pequeñez, al desgranar cada uno de los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos a través de las manos de María y de Jesús, se hace grande por amor. Según la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, de san Juan Pablo II, la indicación de meditar estos veinte misterios divididos en diferentes días, «no pretende limitar una conveniente libertad en la meditación personal y comunitaria, según las exigencias espirituales y pastorales y, sobre todo, las coincidencias litúrgicas que pueden sugerir oportunas adaptaciones» (n. 38).

 

Desde que María dio a luz en Belén a Jesús y «le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 1-14), la contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. «El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial», recuerda el Papa santo en dicha carta apostólica, pues «ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún».

 

Contemplemos a Cristo con María. Recorriendo de su mano de Madre los misterios del corazón de su Hijo, seremos capaces –mientras meditamos el Rosario– de admirar, con nuestros propios ojos, el rostro del Señor. El rezo del Rosario no es una devoción pasada. Trabajadores, estudiantes, profesionales, niños y personas mayores, deportistas o personas enfermas, lo rezan diariamente. Se puede rezar mientras se va al trabajo, durante un paseo, en el coche, en un santuario mariano… y siempre deja en el corazón la huella de Cristo impresa con la suavidad de María.

 

Este mes del Santo Rosario nos invita a abrazar, mediante el dolor salvífico de Cristo y la gloria del Resucitado, el consuelo que anhelan nuestras vidas y la humanidad sufriente. Hoy me quedo con la mirada inmensamente generosa de la Madre Teresa de Calcuta quien, en medio del servicio a las almas que cuidó por puro y traspasado amor, dejó escrito en su sonrisa este mensaje de salvación: «Aférrate al Rosario como las hojas de la hiedra se aferran al árbol; porque sin nuestra Señora no podemos permanecer».

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

San Francisco y el cántico de las criaturas

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Hemos sido llamados para curar las heridas, para unir lo que se ha venido abajo y para llevar a casa a los que han perdido su camino». Estas palabras de san Francisco de Asís resuenan, de manera especial, en mi corazón esta semana, cuando celebramos la fiesta del fundador de la orden franciscana: un horizonte de pobreza y sencillez, escondido a los sabios y entendidos, y revelado a los pequeños (cf. Mt 11,25).

 

San Francisco lo abandonó todo y se desvistió de cualquier tipo de riqueza para abrazar, de una vez y para siempre, la vida de Cristo. Si Él, siendo rico, se hizo necesitado para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9), el santo de Asís renunció a todos los bienes paternos para cuidar a los más pobres; hasta tal punto de pedir limosna con la intención de que a ninguno de ellos les faltase un trozo de pan.

 

El Papa Francisco, en una homilía pronunciada en Asís en octubre de 2013, preguntaba dónde comienza el camino de este santo italiano hacia Cristo; y confesaba que emprende «con la mirada de Jesús en la cruz». Una invitación –la del Santo Padre– a mirarnos por dentro para, así, sintiéndonos frágiles y pequeños, dejarnos mirar por Él.

 

El fundador de la Orden de los Frailes Menores experimentó ese amor en la iglesia de San Damián, orando delante de un crucifijo donde la sangre «desciende de las heridas de las manos, los pies y el costado», pero esa sangre «expresa vida», manifestaba el Santo Padre. Jesús tiene los ojos abiertos, de par en par: «Una mirada que habla al corazón». El que se deja mirar por Jesús crucificado «es re-creado, llega a ser una nueva criatura». Y esta experiencia de la Gracia que transforma, recuerda el Papa, es «el ser amados sin méritos, aun siendo pecadores».

 

La vida del pobre de Asís es el reflejo de un alma entregada enteramente a Cristo crucificado. Amando a la medida de Dios (cf. Jn 13,34; 15,12), con mansedumbre y humildad de corazón, sin descuidar la paz que Jesús resucitado puso en el corazón de los discípulos (cf. Jn 20,19.20) como preludio de la fe que hoy celebramos.

 

«De nada sirve caminar a cualquier parte para evangelizar al menos que nuestro camino sea nuestro evangelio», dejó escrito este santo, amante de los pobres e imitador incansable de Cristo. Una frase que nos anima a salir, a encontrarnos con los otros, a recorrer los caminos con la Palabra entre las manos, a ser testimonios vivos y a romper con el «siempre se ha hecho así». El mismo Jesús, estando un día san Francisco rezando en la capilla de San Damián, le dijo: «Ve y repara mi Iglesia». Aquella llamada sigue vigente hoy, pues Dios cuenta con cada uno de nosotros para reparar y fortalecer espiritualmente las grietas de la Iglesia de Jesucristo.

 

Con esta fiesta, terminamos también el mes de la Creación: un momento sumamente especial en el que todos los cristianos hemos podido aunar nuestras voces por el cuidado de nuestra Casa común. El cántico de las criaturas, siempre antiguo y, cada vez, más nuevo, nos alienta a percibir la mano bondadosa de Dios en todo lo creado.

 

Decía san Francisco que «toda la oscuridad en el mundo no puede apagar la luz de una sola vela». Y esa vela, nacida del corazón de Cristo, somos cada uno de nosotros, cada vez que velamos el corazón entristecido de un hermano; cada vez que curamos las llagas de un pobre; cada vez que consolamos un llanto, un tormento o un dolor.

 

Acojamos este amor asido a la Virgen María, a quien Francisco amaba «con indecible afecto» (Leyenda Mayor de San Buenaventura 9, 3), y hagamos –de esta preciosa herencia– un cielo nuevo en la tierra colmado de alegría y humildad. Y si tropezamos o nos perdemos por el camino, sigamos los pasos de san Francisco: comencemos haciendo «lo necesario» para, luego, hacer «lo posible» hasta que, de repente, estemos haciendo «lo imposible».

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Los dramas de la historia nos recuerdan cuán lejos estamos todavía de alcanzar nuestra meta, la Nueva Jerusalén, “morada de Dios entre los hombres” (Ap 21, 3)». Con estas palabras, el Papa Francisco compendia –en voz baja y con el alma esperanzada, convencido de que está cerca la construcción de un futuro más acorde con el plan de Dios– el día que celebramos hoy: la Jornada del Migrante y del Refugiado.

 

El lema, elegido por el Santo Padre, se centra en Construir el futuro con los migrantes y los refugiados. En este sentido, perpetúa que solo es posible tener un horizonte si se camina de la mano de los más vulnerables.

 

Ciertamente, cuando hablamos de seres humanos y de dignidad, no podemos esperar a mañana, porque el futuro empieza hoy. Y si ponemos el corazón en seguridades cimentadas y presentes, la Palabra nos recuerda –una y otra vez– el destino pasajero de lo que somos, pues «aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura» (Heb 13, 14).

 

Los obispos de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Española, en su mensaje para esta 108a Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, comienzan afirmando que a pesar de las oscuridades y las malas noticias que nos invaden, «la fe nos dice que hay esperanza» y que «tenemos un futuro que tiene el don de comenzar a realizarse ya en nuestro presente». Aferrados a esta firme convicción, en un mundo globalizado y regado con los flujos migratorios, la Iglesia, en cada lugar, «se pone al servicio del Reino de Dios, sabiendo que nuestra tarea no es pesimista ni alienante, pues es Cristo mismo quien actúa».

 

No podemos esperar, por tanto, a construir un futuro sobre posibles mañanas. Porque, como nos enseña cada día la historia, mañana puede ser tarde. Construir un futuro para todos es una tarea apremiante, «siempre que comencemos aprendiendo a leer y desvelar el paso de Dios por la historia del presente», como recuerdan los obispos en su misiva. Hoy, «cuando se pone en cuestión el derecho a huir de guerras, hambrunas, de construir una vida familiar en entornos seguros, de buscar una vida digna», afirman que es tiempo de atreverse a mirar el futuro de las migraciones «con los ojos de Dios».

 

Una tarea principal es construir un futuro fraterno, en armonía, donde todos quepamos y vivamos en paz. Porque el Evangelio se hace carne en cada uno de estos rostros migrantes y refugiados, y la Iglesia está llamada a ser siempre «la casa abierta del Padre» (Evangelii gaudium, 47). Uno de los signos concretos de esa apertura es, según el Santo Padre, «tener templos con las puertas abiertas en todas partes». De ese modo, «si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas».

 

Lo mismo hemos de llevar a cabo con nuestros hermanos migrantes y refugiados que se acercan a nuestras vidas, con una mirada profunda y contemplativa, acogiendo la invitación que nos hace la propia Iglesia de acogerles, protegerles, promoverles e integrarles. Su presencia en nuestras vidas «representa un enorme reto y una oportunidad de crecimiento cultural y espiritual», tal y como confiesa el Papa en su mensaje para esta jornada. Gracias a ellos, reconoce, «tenemos la oportunidad de conocer mejor el mundo y la belleza de su diversidad». Con ellos, como nos ha enseñado –con sus gestos y sus acciones– el Santo Padre, maduramos en humanidad «hacia un nosotros cada vez más grande».

 

Le pedimos a la Virgen María que, cuando nos cueste encarnar la mirada de Jesús de Nazaret en cada uno de estos hermanos nuestros, Ella nos ayude a caer del lado de Dios, de Su misericordia, de Su compasión. Y cuando pensemos que no somos capaces, recordemos las palabras que el Señor puso en el corazón de san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9). Solo así, abrazados a los habitantes más necesitados de las periferias existenciales, podremos construir un futuro inundado de fe, esperanza y caridad; siendo discípulos del Amor y anunciando la alegría del Evangelio, esa que nada ni nadie podrá arrebatarnos jamás (cf. Jn 16, 22).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos