Pastoral de la salud: «Donde unos ven fragilidad, nosotros vemos un momento de acercarnos a Dios»

por redaccion,

 

«Allí donde unos ven fragilidad, nosotros vemos un momento de acercarnos a Dios». El dolor, el sufrimiento y la enfermedad se convierten así en lugares donde «evangelizar y dejarse evangelizar», un panorama que es necesario «fortalecer» después de más de dos años de pandemia en parroquias y equipos de pastoral de la salud. Son algunas de las propuestas que la Asamblea Diocesana ha puesto sobre la mesa en sus reflexiones sobre el mundo de la salud y que, a falta de hacerse público el documento final, el pasado domingo fueron «adelantadas» durante la celebración de la Pascua del Enfermo. José Luis Lastra, vicario de Pastoral, aseguró que aunque muchas de las iniciativas presentadas no supongan «nada nuevo», sí es necesario «renovar» el «modo de ser Iglesia ante los que sufren limitaciones».

 

Crear equipos de pastoral de la salud; mejorar la atención a las personas mayores en residencias o en sus casas; reforzar la formación de las personas que acompañan a los enfermos y preparar voluntarios sanitarios que quieran ser la «prolongación» de los sacerdotes donde estos no puedan llegar –como ucis u otras zonas de aislamiento– son algunas de las propuestas. También se plantea dar a conocer el Centro Diocesano de Escucha, crear parroquias samaritanas que salgan al encuentro de los enfermos y una mejor coordinación entre parroquias, Cáritas y centros y entidades sociales que trabajan en el ámbito de la enfermedad.

 

«El Espíritu Santo y nosotros»

 

Como indicó Lastra, que presidió la eucaristía en la Catedral, las decisiones adoptadas por la Asamblea Diocesana son el reflejo de un discernimiento de la comunidad cristiana de Burgos en un ambiente de oración. «Cuando los cristianos nos reunimos en actitud fraterna, en ambiente de oración para analizar problemas y debatirlos, cuando dialogamos y somos capaces de incorporar matices y visiones, cuando al final decidimos… cuando lo hacemos con tranquilidad y espíritu cristiano de verdad podremos decir al final, como los primeros cristianos, «hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros»». Como expresó, «el Espíritu no es monopolio de nadie, sino que habita en cada uno de los bautizados. Actúa, vive, a través de cada uno de los bautizados; cuando nos reunimos y discernimos juntos hacemos avanzar a la Iglesia».

 

«No nos salva una ideología ni formar parte de un partido político; no nos salva pertenecer a un movimiento en la Iglesia, a una corriente, a un grupo. Nos podrán ayudar, pero el único que salva y da sentido a nuestra vida en plenitud es Jesús», subrayó.

 

La Pascua del Enfermo se celebra en España coincidiendo con el VI domingo de este tiempo litúrgico. Con esta fiesta concluye la «campaña del Enfermo» que, este año con el lema «acompañar el sufrimiento», se iniciaba el pasado 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes.

Aliviar y acompañar hasta el final a quien sufre

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy perpetuamos que Cristo cura, cuida y acompaña a la persona que sufre: hoy celebramos la Pascua del Enfermo. Este VI Domingo de Pascua, fecha que cierra la Campaña que comenzó el 11 de febrero con la Jornada del Enfermo, nos anima a acercarnos –con sumo cuidado– al mundo de los enfermos, de sus familias y de los profesionales sanitarios y voluntarios que se dejan el alma en cada herida por sanar.

 

Acompañar en el sufrimiento: el corazón de este tema nos urge a dejar a un lado lo superfluo para aproximarnos a aquellos que están sumergidos en el aciago horizonte del sufrimiento. Ellos, quienes están librando una batalla contra la enfermedad, siempre han estado en el centro de la vida de la Iglesia. Porque Dios, de manera constante, sale al encuentro de los que sufren; y con más fuerza, aún, y con una delicadeza especial, posa su mano sobre esos corazones desgarrados que anhelan una sola palabra Suya para sanarse.

 

Cristo encomendó a su Iglesia la misión de cuidar a los enfermos «hasta el final de sus vidas, abrazando todas las consecuencias», recordaba el Papa Francisco en el marco de la XXX Jornada Mundial del Enfermo. En este sentido, «el testigo supremo del amor misericordioso del Padre a los enfermos es su Hijo unigénito». ¿Quién, sino Él, «recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente» (Mt 4,23)?

 

La experiencia vivida durante estos dos últimos años con la pandemia de la Covid-19, tal y como rememoran los obispos de la Subcomisión de Acción Caritativa y Social de la Conferencia Episcopal Española, «nos ha mostrado nuestra vulnerabilidad» y, sobre todo, «nos ha hecho percibir la necesidad de acompañar a los que sufren cualquier tipo de enfermedad».

 

Hemos de tocar la carne sufriente de Cristo: acompañar su dolor, curarlo y ayudar a buscarle un sentido. Y el enfermo es, por encima de todo, el centro de nuestra caridad pastoral. El grito del hermano que sufre reclama nuestra presencia, nuestra mano, nuestra mirada: a veces, con la palabra; otras, con el silencio. Pero siempre con amor.

 

Incluso cuando no es posible curar, sostiene el mensaje de mis hermanos obispos, «siempre es posible cuidar, consolar y hacer sentir nuestra cercanía». Son muy convenientes la paciencia, la delicadeza, la quietud, el afecto y la misericordia. Así, prosiguiendo la huella compasiva del Padre (Lc 6, 36) y continuando la tarea que nos encomendó el apóstol Pedro, «hemos de estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida» (1 Pe 3, 15).

 

La fragilidad es una escuela de vida y de esperanza para aprender a vivir como solo Jesús vivió, y los sacramentos son la mano extendida del Padre donde encontrar el alivio que dé sentido al sufrimiento.

 

Queridos familiares, agentes sanitarios, voluntarios y miembros de los equipos de pastoral de la salud que acompañáis y cuidáis a diario de las personas que sufren: gracias por ser posada samaritana que refleja el rostro de Cristo, por dejaros tocar, por abrirle paso en vuestra propia vida al dolor del herido, por ser presencia esperanzada, cercanía constante y palabra habitada. Vuestro es el de María, al pie de la cruz.

 

Queridos enfermos: no estáis solos, tenéis un hogar abierto con vuestros nombres y aunque ahora, quizá, os cieguen el sufrimiento, la pesadumbre o la angustia, existe la esperanza verdadera y se llama Cristo. Y lo es, porque está deseando que os dejéis acoger en sus brazos para llevar, sobre Sus hombros, vuestro dolor: hasta que la pena alcance sosiego y se abra a la confianza y la paz, hasta darle el sentido del amor que –al caer de la tarde– anhela el corazón humano.

 

Hoy, en esta Pascua del Enfermo, nos acogemos a María, Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos. Que Ella, quien más sabe de fidelidad y de cuidado, nos enseñe a acompañar a quien sufre; para que seamos bienaventuranza en Sus manos y para que podamos mirar al Señor y escuchar cómo nos dice: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36).

 

Con gran afecto, pido al Señor que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

arzobispo de Burgos

El Buen Pastor y las vocaciones al ministerio sacerdotal

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy celebramos el Domingo del Buen Pastor, una jornada que nos invita a orar –de manera especial– por los sacerdotes que nos acompañan en el camino de la vida y por las vocaciones sacerdotales: para que el Señor suscite en el corazón de muchos jóvenes ese deseo de consagrarse a Él para que, a Su modo y desde sus frágiles manos, Jesús siga pastoreando su Iglesia; y para que generosamente respondan a su llamada a configurarse con Él en el ministerio sacerdotal.

 

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Jesús es el Buen Pastor, la puerta por la que se entra en el rebaño; y las ovejas escuchan Su voz, confían en Él sus vidas y lo siguen. Es una prueba de fe, y también de amor. Él, quien «no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28) da su vida, una y otra vez, por nosotros. Y solo nos pide que estemos a Su lado, que no abandonemos Su redil y que escuchemos Su voz que nos orienta firmemente en el camino de nuestra existencia.

 

Este precioso día que Dios nos regala trae a nuestra memoria la generosidad de tantos sacerdotes de Jesucristo que, a diario, derraman su vida allí donde el Padre ha edificado una morada con sus nombres. Pastores que dan la vida por sus fieles, que salen al encuentro de todos, que portan a Dios por los caminos más intransitables, que no descansan y están siempre disponibles, que se ofrecen como Cordero de Dios y que velan para que encontremos el camino que Jesús viene a mostrarnos.

 

Jesús nos cuida en su Iglesia. Por eso, hoy conmemoramos un domingo «de paz, de ternura y de mansedumbre», porque «nuestro Pastor nos cuida», tal y como recordaba el Papa Francisco en una homilía pronunciada un día como hoy, en mayo de 2020. «Cuando hay un buen pastor que hace avanzar, hay un rebaño que sigue adelante. El buen pastor escucha, conduce y cura al rebaño», revelaba el Santo Padre, con esa «ternura de la cercanía» de quien conoce a la perfección a cada una de sus ovejas y la cuida como si fuera única, «hasta el punto de que cuando llega a casa después de una jornada de trabajo, cansado, se da cuenta de que le falta una, sale a trabajar otra vez para buscarla y, tras encontrarla, la lleva consigo sobre sus hombros» (cf. Lc 15,4-5).

 

Os invito, en este día, a orar por esos sacerdotes santos que, en silencio y pese a sus limitaciones, en medio de la confusión y sin hacer ruido, se han desgastado y se desgastan por vosotros. Ojalá podamos acompañarlos y cuidarlos en el servicio que prestan en favor nuestro. Son pastores, a imagen del Buen Pastor, que acompañan hasta que el dolor del otro se haya ido del todo, hermanos que permanecen en silencio ante el herido el tiempo que haga falta, compañeros que predican la Palabra a tiempo y a destiempo (2 Tim 4, 2), y nos ofrecen diariamente el Amor incomparable de Dios que nos da vida en el altar.

 

«Llamaré a la oveja descarriada, buscaré a la perdida. Quieras o no, lo haré. Y aunque al buscarla me desgarren las zarzas de los bosques, pasaré por todos los lugares, por angostos que sean», proclamaba san Agustín en su Sermón 46, 2. 14. El obispo de Hipona, un apasionado de la verdad y de la belleza, confirmaba así cada sentido de su vocación: «Derribaré todas las vallas; en la medida en que me dé fuerzas el Señor, recorreré todo. Llamaré a la descarriada, buscaré a la perdida. Si no quieres tener que soportarme, no te extravíes, no te pierdas».

 

Si Jesús se deja tocar es para convertir a sus discípulos –que estaban desconcertados tras su entrega en la cruz– en testigos de la resurrección. Y a nosotros nos concede la gracia de testimoniar que esas heridas del Señor son signos de esperanza y de salvación.

 

En este mes de mayo lo ponemos todo en las manos de la Madre del Buen Pastor. Ella nos enseña a entregarnos cada día. Y a Ella le pedimos por las vocaciones al ministerio sacerdotal, para que siga llamando a muchos jóvenes a prolongar el ministerio de Cristo buen pastor, sacerdote y testigo de la verdad.

 

Danos, Señor, el agradecimiento que nunca abandona a su Pastor. Y que siempre podamos decir, a la luz del Salmo 22: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (v.1).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

 

Con María en el alma y el trabajo digno en el corazón

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy comenzamos el mes de mayo, el más bello de los meses, el mes de María. A Ella, nuestro fiel consuelo, nuestra Madre que ofreció su vida al cuidado de Jesús y que constantemente cuida de nosotros, le dedicamos –como ningún otro día– cada segundo de este mes.

 

Y lo hacemos con la celebración del Día de la Madre. Porque el corazón de una madre es lo más parecido al corazón de la Virgen María. Es esa tierra sagrada donde entran todos, donde nadie se queda aparte, donde se derrocha un amor que nunca termina.

 

En este mes, María desea volver a juntar a todos sus hijos que, por distintas circunstancias de la vida, se han separado. Es la intercesora que edifica continuamente la Iglesia; que aúna lo alejado, que cura lo herido y que repara lo quebrado.

 

Y en Ella ponemos, una vez más, nuestra esperanza, para que –como sucedió en Caná de Galilea– vuelva la alegría a nuestra vida después de la prueba. Hagámoslo sin miedo, dejándonos guiar por Su mano, aunque despunte el camino de la cruz que, al atardecer, nos llevará al consuelo de la resurrección.

 

Es la petición que, una y otra vez, nos hace el Papa Francisco: «Contemplar juntos el rostro de Cristo con el corazón de María, nuestra Madre, nos unirá todavía más como familia espiritual y nos ayudará a superar la prueba» (Carta del Santo Padre a todos los fieles para el mes de mayo de 2020). Qué importante y consolador es sentirnos hermanos, vinculados –en un mismo amor de Dios– los unos con los otros en el camino de la vida.

 

Hoy, además, bajo el amparo de Santa María la Mayor, celebramos en nuestra Iglesia diocesana la Pascua del Trabajo. Una jornada que nace con el deseo de hacer prevalecer, por encima de todo, la dignidad del trabajo, del que participamos todos, como cooperación a la obra creadora de Dios.

 

Conscientes de que cualquier injusticia que se lleve a cabo contra el trabajador hunde y deteriora la propia dignidad de la persona, hemos de tener presente que la misión de la Iglesia no termina en la puerta del templo. Cada uno de nosotros somos responsables de la importancia del trabajo, tanto para la vida de las personas, como para el cuidado del prójimo y la construcción de una sociedad fraterna. Y si este no se realiza en condiciones dignas, no viene de Dios.

 

Un asunto clave de la ética social «es el de la justa remuneración por el trabajo realizado», tal y como señalaba el Papa san Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens (p. 19). En este sentido, este Papa santo, entrañable y amigo incondicional de las causas justas, se aferró a la Doctrina Social de la Iglesia para recordar que el ser humano es el centro de toda cuestión económica, política o social, así como que la persona es inmensamente más grande que todas las cosas.

 

El Papa san Juan XXIII, en su encíclica Mater et magistra, también evocaba que la remuneración del trabajo «no puede verse como una simple mercancía, en tanto el mismo se relaciona directamente con el ser humano, ya que es la fuente de su decoroso sustento».

 

Trabajo y persona, persona y trabajo: dos vertientes que han de mantenerse adheridas bajo el velo de la dignidad.

 

Y celebrar una jornada de oración especial por el mundo del trabajo, al que todos pertenecemos, de una u otra forma, nos ayuda a caminar hacia un Reino fundado en torno a la dignidad de la persona y la realidad del bien común que se deriva de ella, y que nos hace más justos, más caritativos, más solidarios, más hermanos y, sobre todo, más humanos.

 

Que esta Pascua del Trabajo que celebramos en este mes de mayo nos ayude a ponerle nombre y rostro a la fragilidad de los más vulnerables. Lo ponemos en el corazón de la Virgen María. Ella, que sabe mucho de amor, de constancia y de entrega, jamás se cansa de cuidarnos mientras perseveramos en la tarea hacia la edificación de una sociedad más equitativa, más misericordiosa y más fraterna. Y, cuando creas que la injusticia te vence, reza como si todo dependiera de Dios y trabaja como si todo dependiera de ti.

 

Con gran afecto, os deseo un feliz día de la Madre y de la Pascua del trabajo.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

¡Cristo, el crucificado, ha resucitado!

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

La promesa, una vez más, se convierte en certeza… ¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Cristo, el crucificado, ha resucitado! 

 

Hoy, cuando celebramos que el Señor ha pasado de la muerte a la vida plena, contemplamos las llagas impresas en sus manos, en sus pies y en su costado y descubrimos –en ellas– el sello perpetuo de su amor, de su entrega y de su fidelidad. 

 

Jesús ha derrotado definitivamente el dolor y la muerte. Y también a nosotros, como a las santas mujeres que acudieron apesadumbradas al sepulcro, Él nos recuerda las mismas palabras que aquel día les dijo el ángel: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado» (Lc 24, 5-6).

 

Hoy, mientras medito el paso del Señor por mi vida, vuelvo a preguntarme qué le hizo a Jesús vivir como vivió, sufrir como sufrió. Y la respuesta es su infinito amor por nosotros. En el silencio de su Madre, en las lágrimas calladas de Juan, en la negación de Pedro, en la mirada confundida del Cireneo, en la rabia desatada del soldado brotan la esperanza y la vida. Ahí, donde más cuesta la fe, en ese rastro de esperanza donde se fragua el único y verdadero sentido del amor, brota la resurrección. 

 

San Pablo nos dice que «Aquel que ha resucitado a Jesús, devolverá asimismo la vida a nuestros cuerpos mortales». Es la dichosa conclusión del drama de la Pasión y la insondable alegría que sigue al dolor. Es la novedad de vida y de la nueva creación. Y así debemos vivir, aferrados a la fe y a la esperanza de aquellos que vieron a Jesús resucitado, que compartieron con Él el pan, que lo tocaron con sus manos y que se dejaron seducir por Su mirada.

 

«Si Jesús ha resucitado y, por tanto, está vivo, ¿quién podrá jamás separarnos de Él?», señalaba el Papa emérito Benedicto XVI en su homilía del Domingo de Pascua de 2009. Y, en verdad, si nuestro camino está marcado por Sus huellas, ¿quién podrá privarnos de Su amor, que ha vencido al odio y ha derrotado la muerte?

 

A veces, solo hace falta releer la historia y volver al pesebre para entender que, pase lo que pase, la muerte se ha convertido en servidora humilde de la vida (Jn 11,25). Es el misterio «de la piedra descartada», como señaló el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro, el 16 de abril de 2017, que termina siendo «el fundamento de nuestra existencia».

 

Es el camino del Amor: un horizonte de cruz y, a la vez, un sendero admirable por donde dejarnos conquistar. Porque la resurrección de Cristo da sentido al sufrimiento, al latir angosto de tantas y tantas incomprensiones, a las caídas, a los miedos y a los pasos inciertos que nos acompañan en los días más aciagos. 

 

No olvidéis que cada retazo de fragilidad tiene sentido, incluso aunque a veces no seamos capaces de entenderlo del todo. Ya lo predijo san Pablo en su carta a los Colosenses: «Si habéis resucitado con Cristo vuestra vida, entonces os manifestaréis gloriosos con Él» (Col 3, 1-4).

 

Queridos hermanos y hermanas: la Luz ha disipado la oscuridad y el sol radiante del amanecer devuelven la vida y el color a toda la creación llenándola de su sentido verdadero. Y el Señor lo ha hecho desde la humildad y la aparente derrota a los ojos humanos. Porque ahí, en la debilidad, con la fuerza de la verdad, de la belleza y del amor, nace nuestra esperanza.

 

Con María, la Madre del Resucitado, os animo a vivir en plenitud y para siempre como resucitados. Que el anuncio de la Pascua se propague en vuestros corazones y seáis, con la alegría que ha de revestirnos a los cristianos, un jubiloso canto de las maravillas que Dios quiere realizar con cada uno de nosotros.

 

Con gran afecto, os deseo una feliz Pascua de Resurrección.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos