Domingo de Ramos: acoger al Rey humilde y servidor

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, con la festividad del Domingo de Ramos, nos sumergimos en el misterio del amor de Dios, que es la Semana Santa. Un año más, Jesús entra en Jerusalén, en medio de una multitud que alfombra el camino por el que pasa y que lo aclama como Mesías. Y entra de un modo sorprendente: montado en un pollino, como Rey humilde y servidor, como Rey que viene a entregar la vida.

 

La historia nos recuerda que Dios nos salvó sirviéndonos, y nos sirvió dando por entero su vida por nosotros. Servir y darse, sin reservas y por amor, hasta la última gota de su sangre. Así fue, de principio a fin, el camino que recorrió el Señor; desde un día como el de hoy, pasando por la estremecedora Pasión, hasta alcanzar la tan anhelada Resurrección.

 

La entrada de Jesús en Jerusalén, a lomos de un pollino, abre un camino de vida en abundancia. En lo más profundo de ese humilde gesto, hay un detalle muy especial que deseo resaltar, porque marca –a mi parecer– el curso de lo que vendría después. Cuando Jesús ordena a dos discípulos que le traigan el borrico, les dice cómo deben responder a quienes los pregunten por qué hacen eso: «El Señor tiene necesidad de él» (Lc 19, 31). Una respuesta suficiente, capaz de dar sentido a todo lo que vendría después…

 

¿Cuántos de nosotros, en medio de nuestras tareas, responsabilidades y ocupaciones, no tenemos necesidad de estar cerca del Señor? ¿Cómo de grande es nuestra necesidad de abrazar Su presencia y de acompañar Su soledad en estas horas tan importantes de Su vida? Y al mismo tiempo, Él necesita del borrico, y quiere necesitar de nosotros para llevar adelante su tarea de salvación.

 

Ante estas preguntas, una vez más, hemos de cuestionarnos qué gestos de amor y de entrega somos capaces de darle a Jesús. ¿Seremos capaces de velar con Él, de entregar lo que necesita de nosotros para llevar adelante la edificación del Reino de Dios en nuestro mundo?

 

A veces se hace complicado, sobre todo cuando sobrevienen la necesidad y la angustia y parece que todo calla alrededor. Sin embargo, cuando el Señor toma finalmente el cáliz para que se cumpla la voluntad del Padre, hasta las piedras gritan (cf. Lc 19, 39-40) que el amor de Dios es más fuerte que la muerte.

 

La lectura de la Pasión que meditaremos durante estos días de la Semana Santa nos sitúa ante Cristo vivo en la Iglesia. «El misterio pascual es siempre actual», porque nosotros «somos los contemporáneos del Señor y, como la gente de Jerusalén, como los discípulos y las mujeres, estamos llamados a decidir si estamos con Él o escapamos o somos simples espectadores de su muerte», tal y como señalaba el Papa san Juan Pablo II, tal día como hoy, en su homilía de 2002.

 

Ciertamente, la Pasión «pone de relieve la fidelidad de Cristo, en contraste con la infidelidad humana». En la hora de la prueba, cuando casi todos abandonan a Jesús, y también nosotros somos a menudo abandonados, Él permanece fiel, «dispuesto a derramar su sangre para cumplir la misión que el Padre le confió», insistía el Santo Padre. Y ya nunca estaremos solos ni abandonados.

 

El Señor, por nosotros, experimentó las situaciones más dolorosas de quien ofrece su vida por amor: la traición y el abandono. Y, como sucedió con el pollino, Él quiere tener necesidad de nosotros y de cada una de nuestras vidas; de tu compañía, de tu comprensión, de tu bondad y de tu fidelidad. Aunque por momentos nos acechen la duda, el sinsentido y la incomprensión, el Padre nos llama a seguirle por el camino de cada día, como «sal de la tierra» y «luz del mundo» (Mt 5, 13-14), para que encontremos en la cruz la escuela de sabiduría que nos une a su Amor.

 

Del dolor de la Pasión nace el secreto de la alegría pascual, que viviremos dentro de unos días. Y lo haremos con María, la Madre del Verbo encarnado, Aquella que permanece junto a Él, silenciosa y sufriente, al pie de la Cruz.

 

Que este cortejo triunfal que hoy celebramos, en el que el Señor nos vuelve a mostrar que es «obediente hasta la muerte» y «una muerte de cruz» (Flp 2, 8), nos anime a acompañar a Cristo con toda nuestra vida a cuestas, hasta que entendamos que es Dios quien carga el peso de nuestra cruz para guiarnos a la paz y la esperanza de la alegría de la vida en la resurrección.

 

Con gran afecto, os deseo una feliz Semana Santa.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Acoger y cuidar la vida es el comienzo de la salvación

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Con el lema «Acoger y cuidar la vida, don de Dios», la Iglesia ha celebrado esta semana, en la solemnidad de la Anunciación del Señor, la Jornada por la Vida.

 

Entrar en este misterio del Verbo encarnado nos lleva a tomar conciencia del gran amor del Padre que «tanto amó al mundo que entregó a su Unigénito» (Jn 3, 16) para salvarnos. De esta manera lo afirman los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida en su mensaje para esta jornada, añadiendo que el «sí» de la Virgen María «se ha convertido en la puerta que nos ha abierto todos los tesoros de la redención».

 

La vida humana siempre ha de ser acogida y protegida y cada uno de los hijos de Dios estamos llamados a respetarla y cuidarla. Acoger la vida humana «es el comienzo de la salvación», porque «supone acoger el primer don de Dios, fundamento de todos los dones de la salvación». De ahí el empeño de la Iglesia en defender el don de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural», puesto que «cada vida es un don de Dios» y «está llamada a alcanzar la plenitud del amor».

 

El Papa Francisco, en su discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de enero de 2018, expuso que se ha llegado a considerar el poner fin intencionadamente a la vida humana, con el aborto, la eutanasia y otras formas que la lesionan, «como una elección de civilización». Sin embargo, allí donde la vida vale no por su dignidad, sino por su eficacia, su utilidad o por su productividad, el valor intangible de la vida humana es eclipsado y no percibimos su inmarcesible belleza y bondad. En este escenario, destacó el Pontífice, «es necesario reiterar que la vida humana posee una dignidad que la hace intangible».

 

Cada vida humana es pensada y amada por Dios desde siempre. Por eso, acoger a los más débiles de la tierra, en esa lucha y en ese esfuerzo admirables, incluye proteger al ser humano indefenso. ¿Acaso no es precioso todo ser humano, más allá de sus circunstancias y condiciones? Ciertamente, en ocasiones no resulta sencillo. Y la dificultad o la limitación, cuando las hay, no deben coartar nunca el maravilloso regalo de vivir.

 

Vivimos en una sociedad de profundas contradicciones: somos sensibles y generosos para acoger a los expulsados de sus raíces a causa de la guerra, el hambre y la miseria, a ayudar a los descartados por la pobreza, la falta de trabajo, la soledad, la trata o la desesperanza; pero hemos aceptado como si fuera signo de progreso el aborto o la reciente aprobación de la ley que regula la eutanasia. Olvidamos que existen caminos que podemos impulsar y dar a conocer, que acompañan eficazmente las dificultades de una madre con la gestación de su hijo o de un enfermo en el combate duro y doloroso de la enfermedad y que son siempre respetuosos con toda vida humana.

 

Acoger y cuidar cada vida, especialmente en los momentos en los que la persona es más vulnerable, «se convierte en signo de apertura a todos los dones de Dios y testimonio de humanidad», tal y como recuerda el mensaje de los obispos; lo que implica defenderla en sus inicios y en su final terrenal y también, custodiar la dignidad de la vida humana, «luchando por erradicar situaciones en las que es puesta en riesgo: esclavitud, trata, cárceles inhumanas, guerras, delincuencia o maltrato».

 

La Iglesia es la gran valedora de la vida: se pone del lado de los más débiles e indefensos porque es sacramento del amor de Dios, y el amor siempre es fuente de luz, de cuidado, de cercanía, de acogida, de protección y de caridad. En María, modelo de acogida y cuidado del don de Dios, ponemos los frutos de esta Jornada por la Vida. Y cuando nos acechen el cansancio, la tribulación o la duda, acudamos a Ella: sus manos y su mirada de Madre son el mejor refugio donde redescubrir, más allá de las dificultades, la inmensa belleza de vivir.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Sacerdotes al servicio de una Iglesia en camino

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

¿Hay algo más bello que servir y dejarse moldear, como el barro, por las manos amorosas del Señor? Hoy, con el lema Sacerdotes al servicio de una Iglesia en camino, celebramos el Día del Seminario: una invitación a orar y sostener a los jóvenes que han percibido la llamada de Dios a servir a los hermanos en el ministerio sacerdotal y quieren generosamente entregar sus vidas a este oficio de amor, como decía San Agustín.

 

Esta llamada a una vida plena, apasionante y feliz debe alumbrar, cada día, el corazón sacerdotal de aquellos que hemos sido elegidos por gracia, y no por opción ni por mérito alguno. Porque, detrás de un «sí», habita toda una vida de entrega, de esperanza, de gratitud, de fidelidad y de amor. De un amor desbordado que no nace del fruto de una propia elección, sino que responde a una llamada del Señor que es quien elige y llama. «Yo te elijo porque te amo, porque deseo habitar tu corazón, porque quiero que estés conmigo y participes de mi misión». Estas palabras, que desbordan cada uno de los silencios de la vocación, deben acompañar el vértigo de una vida que se entrega para siempre.

 

El Día del Seminario, ciertamente, ayuda a releer la historia de nuestra vida. Porque nos permite abrazar la vocación sacerdotal desde el profundo agradecimiento, desde la donación y desde el servicio. Un horizonte de plenitud que ha de recorrerse por el «bello camino de las cuatro cercanías» que señala el Papa Francisco: «cercanía con Dios, con el obispo, con los demás sacerdotes y con el Pueblo de Dios». Porque el estilo de cercanía, recuerda el Santo Padre, es el estilo de Dios. Y hemos de hacerlo amando, quitándonos algo de nosotros mismos para dárselo a los demás. 

 

Amar es siempre servir, acompañar el dolor y la soledad, practicar la compasión, crecer en el perdón, sembrar la justicia y derramar misericordia. En el caso del sacerdote es realizarlo sacramentalmente, con la celebración de la Eucaristía, con la celebración del perdón en el sacramento de la reconciliación, con la santificación y bendición de todas las circunstancias vitales por la celebración de los diversos sacramentos, la predicación de la Palabra y el servicio constante a los hermanos.

 

El Día del Seminario ayuda a releer la historia de nuestra vida, de nuestra misión y de nuestra vocación. La riqueza de la vocación, proponen desde la Subcomisión Episcopal para los Seminarios, «no se puede resumir en unas pocas líneas, ni tampoco pretender hacer un breve tratado teológico acerca del ministerio sacerdotal». En esta jornada, insisten, «se nos ofrece la posibilidad de mirar a nuestros seminarios actualmente», no con nostalgia o añoranza de tiempos pasados, sino «con confianza en Dios», sabiendo que «todo es suyo» y que «Él vela por su Iglesia».

 

Queridos seminaristas: hoy, una vez más, deseo ser servidor de todos. En este lema –que ha iluminado, desde mi fragilidad y mi pobreza, cada uno de los rincones de mi vocación– está escrita mi historia. Una historia que nació un 13 de marzo de 1988 con un «sí» que sigue haciendo inmensamente felices cada uno de mis días. Aquel día, el Señor me pidió mi libertad y mi persona, y en qué mejores manos que poner mi vida entera…

 

Y es que la vocación sacerdotal es un regalo que nos lleva a predicar (cf. Mc 3, 14-15) y a servir de un modo inenarrable. Una «gramática elemental de la vida como don recibido» que tiende, por propia naturaleza, como recuerda la Subcomisión Episcopal para los Seminarios, «a convertirse en un bien que se dona; nuestro ser es ser para los demás y toda vocación auténtica es servicio a los otros».

 

Que este Día del Seminario no sea un día más en nuestras vidas, y que se convierta en una acción de gracias por las vocaciones sacerdotales. No nos cansemos de pedir al Dueño que envíe obreros a su mies (Lc 10, 1-9). Se lo pedimos a la Virgen María, quien cuidó –como nadie– la mirada de su Hijo, Jesucristo. Que sea Él quien nos enseñe a acompañar, a sostener, a bendecir, a cuidar y a vendar las heridas de nuestro pueblo.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La educación, vocación y misión

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«El instrumento que los hombres tenemos tanto para perfeccionarnos como para vivir dignamente es la educación», dejó escrito santo Tomás de Aquino, patrono de la educación, de las escuelas y de las universidades, además de ser un gran conciliador entre la ciencia y la fe.

 

Educar es una tarea fundamental y apasionante que pertenece de modo originario a los padres. Tanto las instituciones educativas estatales como eclesiales colaboran y ayudan a las familias en esta importante misión. La Iglesia, a lo largo del tiempo, ha dedicado un gran esfuerzo a la educación a través de las más variadas formas y, de modo particular, con la entrega de muchas congregaciones religiosas que precisamente viven la educación como su carisma principal.

 

El Papa Benedicto XVI, el año 2008, dirigió un importante mensaje a la diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación. En ella nos hablaba de la tentación de renunciar a esta responsabilidad. Ante esta tentación, el Papa emérito hacía un llamamiento a confiar en la misión que Dios deposita en los padres y,  desde ellos, en las personas e instituciones educativas para que dediquen lo mejor de sus fuerzas a esta tarea.

 

También el Papa Francisco dedica un importante capítulo a la educación en la exhortación apostólica Amoris laetitia. En él, enumera algunos pilares básicos que sostienen esta responsabilidad, incluyendo la formación ética, tan necesaria en esta tarea, la educación de la dimensión afectiva y la educación en la fe, todo ello en un contexto de lo que el Santo Padre denomina «paciente realismo».

 

A la luz de estas reflexiones, quisiera hacer mención a la jornada de estudio sobre Teología y Educación que acogerá nuestra Facultad de Teología el próximo 22 de marzo. En ella se abordarán temas clave tales como la nueva ley educativa (LOMLOE) y sus claves pedagógicas o la antropología cristiana de la educación. Finalmente, monseñor Alfonso Carrasco, obispo de Lugo y presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades, pondrá fin a esta excepcional jornada de estudio con una disertación sobre Teología y Educación en España después de la LOMLOE.

 

Qué importante es hacer, como ha señalado en más de una ocasión el Papa Francisco, una «teología en camino»: una teología que «que salga del cuello de botella en el que a veces se ha encerrado y, con dinamismo, se dirija a Dios, tomando al hombre de la mano». Haciendo camino con esta teología en diálogo con una verdadera educación al servicio de la persona, la familia, la sociedad y la Iglesia, seremos capaces de vivir la Palabra encarnada.

 

Como nos dice Jesús en el Evangelio, «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida?» (Mt 16, 26-27). Quizá, es momento de hacer un peregrinar por las moradas de adentro, para escudriñar en nuestro interior de qué nos vale acumular riquezas en la tierra que no nutren el alma y no nos permiten desplegar todos los dones con los que Dios ha bendecido nuestras vidas, de modo particular la de los niños y los jóvenes.

 

La Virgen María, colaboró en la educación de Jesús junto a San José que fielmente realizaron su ministerio. Y, en María y José, depositamos nuestra más absoluta confianza: para comprender el sentido profundo de la vocación y misión en la tarea educativa.

 

Al final, como advertía el legado de la Madre Teresa de Calcuta, «cada obra de amor, llevada a cabo con todo el corazón, siempre logrará acercar a la gente a Dios». Me gustaría aprovechar esta ocasión para agradecer profundamente la dedicación constante y esforzada de los padres y todos los miembros de la familia en la tarea educativa de niños y jóvenes, así como a todas las personas consagradas que dedican su vida a la educación y a los profesionales que cada día ejercen con entrega generosa esta noble tarea.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Un día en la vida de los seminaristas

por redaccion,

 

La formación de los futuros sacerdotes parece un misterio. Pocos (o muy pocos) imaginan cómo es el día a día de la formación de los candidatos al presbiterado. De ahí que ellos mismos hayan decidido grabar un vídeo en el que muestran cómo transcurre su jornada habitual entre formación, momentos de oración, deporte, estudio y convivencia.

 

El clip está acopañado por la canción «Entre tú y yo», uno de los temas del musical «A corazón abierto» que puso en marcha el propio Seminario hace algunos años.

 

El día del Seminario se celebra este año bajo el lema «Sacerdotes al servicio de una Iglesia en camino», y se festejará con varios actos, como el rito de admisión a las Sagradas Órdenes de algunos seminaristas (sábado 19 a las 19:30 horas), la habitual colecta en las parroquias de toda la archidiócesis el domingo 20 de marzo y otras actividades complementarias, como una oración joven la noche del viernes día 18.