Encarnemos la Palabra de Dios en nuestra vida

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, por tercer año consecutivo, celebramos el Domingo de la Palabra de Dios.

 

«Tras la conclusión del Jubileo extraordinario de la misericordia, pedí que se pensara en un domingo completamente dedicado a la Palabra de Dios, para comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo». Con estas palabras, el Papa Francisco instituyó este día para revivir el gesto del Resucitado «que abre para nosotros el tesoro de su Palabra» con el fin de que que podamos anunciar por todo el mundo esta inagotable riqueza.

 

La Palabra de Dios es alimento para la vida, no solo porque es luz en nuestro camino, sino también porque en ella inhalamos el aliento del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: que se hacen eco y caricia en nuestro corazón. La Palabra de Dios suscita la unidad, porque nos convierte en un solo pueblo que cree, espera y ama.

 

La Palabra de Dios es encuentro con la fidelidad del Padre. Es el abrazo de paz que colma nuestra fe de alegría, más aún en medio de la fragilidad, porque «el gozo del Señor es nuestra fuerza» (Ne 8, 8-10) cuando nos dejamos transformar por el sentido de sus palabras.

 

«¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases?», se preguntaba san Efrén en sus comentarios a la Sagrada Escritura. Porque, ciertamente, la Palabra atraviesa el alma si abrimos nuestro amor a su presencia. Así, dejándole espacio, reservándole un sitio exclusivo en el banquete de la vida, iremos descubriendo cómo Dios penetra cada rincón de nuestra oscuridad e ilumina nuestra vida con el ardor del Evangelio.

 

Hace tiempo, escuché al Papa Francisco decir que «la teología se hace de rodillas». Y esta manera de hacerse pequeño ante el Misterio me recuerda la forma en que hemos de acoger la Palabra: como lo hacen esas personas mayores que, estando cerca de la cruz, miran con delicadeza cada detalle del Cristo que posa sobre su cama, como lo hacen esos niños recién nacidos que miran por primera vez los ojos de su madre, como lo hacen esos enfermos que ven la luz del sol después de haber vivido un tiempo de dolor.

 

Abrirse al despertar de la Providencia y acercarse a la Palabra de Dios supone volver a casa con corazón de discípulo. Aunque a veces no seamos capaces de entender el precio incalculable del amor. «Jamás en cosa que no entendáis de la Escritura, ni de los misterios de nuestra fe, os detengáis más, ni os espantéis» (cf. Conceptos del amor de Dios 1,7), expresaba Santa Teresa de Jesús a sus monjas. Porque la suma de cada palabra de la Biblia revela el proyecto de Dios, la verdad y la razón última de nuestra existencia. La Palabra de Dios es viva y eficaz, «y más cortante que una espada de doble filo», llega a decir san Pablo en su Carta a los Hebreos (Hb 4,12-13).

 

Nos encomendamos a María de Nazaret, la Madre de la Palabra hecha carne y la Virgen de la escucha, para que Ella nos ayude a ser «dichosos», como quienes escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. Fiándonos de Dios, como lo hizo Ella, experimentando cómo el Padre habla en soledad sonora y fecunda, nos convertiremos en fieles apóstoles del Amor. Encarnemos la Palabra de Dios en nuestra vida para que quienes vean nuestros actos, se acerquen al amor de Dios.

 

Con gran afecto, os deseo un feliz Domingo de la Palabra de Dios.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Octavario por la Unidad de los Cristianos

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Esta semana, del 18 al 25 de enero, celebramos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. El lema –«Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (cf. Mt 2, 2)–, inspirado en la visita de los Magos de Oriente a Jesús recién nacido, nos adentra en el misterio inagotable de la Luz del mundo: ese resplandor de plenitud que sigue alumbrando las oscuridades de las personas y de los pueblos», sin que se extinga «el hambre de Dios».

 

Hoy, en medio de tantas divisiones, ahogos y conflictos, ante la falta de unidad que en muchas ocasiones nos aflige, hemos de descansar la mirada en el corazón del Evangelio. Y hacerlo, como quien despierta sus sentidos a un Dios que, siendo inmensamente poderoso, nace pobre por amor.

 

Ciertamente, nuestras dificultades para mantener la unidad visible de la Iglesia no pueden hacernos olvidar la urgencia del mandato de Cristo, porque la salvación es el destino universal de todos; y para que la salvación alcance a todos es preciso darles a conocer la verdad que se le ha confiado a la Iglesia. Por tanto, como los profetas, hemos de adelantar el destino universal del anuncio evangélico (cf. Hch 16, 18) hasta hacernos buena noticia y promesa de unidad y salvación.

 

Ecumenismo es caminar juntos por los diferentes escenarios de la historia, y siempre bajo la atenta y amorosa mirada de Dios. «Ningún diálogo ecuménico puede avanzar si nos quedamos firmes», aseguraba el Papa Francisco a los miembros de la Delegación de la Iglesia Evangélica Luterana Alemana, a quienes recibió en el Vaticano. Porque es esencial el espíritu de comunión fraterna entre todos los hermanos, para ser todos uno en el Amor (cf. Jn 17,21) y, así, cumplir –unidos, en la Tierra– el sueño de Dios: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20b).

 

En este mosaico de sentires reunidos a la escucha de un mismo credo, hemos de poner mayor énfasis en cuanto nos une para poder superar cuanto nos separa. Y sin olvidar el camino central de la oración, para que sea el Espíritu Santo quien indique la ruta a seguir. «El Espíritu de amor», ha destacado el Santo Padre en multitud de ocasiones, con gestos y acciones, «nos empuja por los senderos de la caridad».

 

Cabe destacar en esta semana de comunión –que debe hacerse extensiva a todos los días del año–, el trabajo de la comisión de ayuda y respaldo a los cristianos de Tierra Santa que han promovido los obispos católicos de Europa. En este sentido, reconocen que hoy, más que nunca, «el Próximo Oriente necesita una luz celestial para acompañar a su pueblo». Y ponen rostro a la estrella de Belén, que «es la señal de que Dios camina con su pueblo, siente su dolor, escucha su grito y le muestra compasión».

 

Jesús es la luz que inundó de paz nuestras tinieblas cuando se encarnó en la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, y se hizo hombre. Una luz que es signo de unidad, de acogida, de comunión, de alianza y de encuentro. Luz que siguieron los Magos. Ellos, viajando de países lejanos, representan el corazón de las diferentes culturas y manifiestan la unidad de los pueblos, tan deseada por Dios.

 

Que esta Semana sea, también, un encuentro de amor con la Santísima Virgen María. Ella sostuvo, cuidó y custodió al Niño hasta que el Padre le dijo que era el momento de dejarle partir para ser, a la vez y para siempre, hermano de todos.

 

Los cristianos estamos llamados a ser una señal ante el mundo de la unidad que Dios trae consigo. Que este Octavario por la Unidad de los Cristianos nos ayude a sanar heridas milenarias y nos aproxime, aun más, a esa caridad fraterna tan deseada por el Padre; para que el mundo crea al ver cómo nos amamos y para que seamos –en su nombre– fieles discípulos de su Amor.

 

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El Bautismo: la hermosa puerta de la fe y de la vida

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Dice el evangelista Mateo que los Magos, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron». Después, «abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra» (Mt 2,11).

 

Con los Magos de vuelta a sus casas, se cierra la puerta de la Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor que hoy conmemoramos. Y, afianzados a los últimos flecos de este tiempo de esperanza que hemos celebrado, la Iglesia nos invita a mirar la humildad de Jesús en Quien la Trinidad se manifiesta.

 

¿Qué tenemos hoy, en nuestras manos de barro, para ofrecerle al Señor? Quizá, en estos momentos en que andamos con los bolsillos colmados de deseos, voluntades y promesas, hemos de cuestionarnos dónde nace el fruto de nuestra entrega y hacia dónde desemboca el cauce de nuestra generosidad. Volvamos –como los Magos– la mirada al pesebre y, mirando al Salvador, digámosle: ¿Qué tengo yo para ofrecerte, Señor? ¿Hasta dónde soy capaz de ir por ti? ¿Qué quieres de mí, Tú, que naces pequeño y pobre en un humilde establo, para traerme la salvación?

 

Con la Epifanía del Señor, esa preciosa manifestación en la presencia descalza de un niño y mediante la cual se revela a todas las gentes, representadas en la mirada de los Magos, hoy celebramos el Bautismo del Señor. Jesús es el camino para alcanzar la plenitud de nuestra existencia. Los Magos marcaron la senda. Ahora, en este devenir de agobios y celeridades, solo hay que caminar para llegar a abrazar Su presencia, para ofrecerle nuestros dones y adorar la serenidad de su mirada; con inmensa alegría, con ardor misionero, con el Evangelio latiendo en nuestras manos, con infinita misericordia, con el oro, el incienso y la mirra de nuestras vidas. 

 

Es hora de avanzar. Al calor del pesebre, es el momento de comenzar el camino de nuevo hasta llegar a Cristo: hasta que inunde de consuelo nuestras manos vacías, hasta ser –en nuestros ojos– la Buena Noticia de Su inmarcesible amor. En el Bautismo fuimos ungidos por el Espíritu Santo, enviados a proclamar la buena noticia a los pobres, a devolver la vista a los ciegos y la libertad a los cautivos, a proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4, 16-30). Efectivamente, como en aquel tiempo en Nazaret, hemos de sentarnos en la sinagoga de su amor y ser testigos de cómo se cumple en nuestras vidas ese pasaje de la Escritura. El Bautismo de Jesús fundamenta nuestro ser cristiano, nuestro compromiso como Iglesia servidora, nuestro testimonio como criaturas nuevas e hijos adoptivos de Dios. «El Bautismo es la puerta de la fe y de la vida cristiana», afirma el Papa Francisco. 

 

Una puerta abierta al amor, que nos recuerda que «cuando se lava el Salvador», como reconoce san Máximo de Turín en el siglo V, al referirse al Bautismo del Señor, «se purifica toda el agua necesaria para nuestro Bautismo y queda limpia la fuente», para que «pueda, luego, administrarse a los pueblos que habían de venir a la gracia de aquel baño».

 

Renacidos por el Amor y arraigados a las manos santas de la Virgen María, nos atamos fuertemente las sandalias de la esperanza para salir, anunciar, vivir y alcanzar la misión que el Padre nos confía. El Señor nos consagra mediante el Espíritu y el agua. Y así como Jesús se dejó bautizar por Juan el Bautista en el río Jordán para sumergirse en la historia de pecado de toda la humanidad hasta redimirla, dejémonos ahora transformar por Su mirada mientras el Padre, desde los cielos, nos susurra: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido»  (Mt 3, 13-17).

 

Con gran afecto, recibid la bendición de Dios.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Cáritas presenta su campaña de Navidad para recordar que «Cada portal importa»

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Desde el 9 de diciembre y hasta el próximo 9 de enero, Cáritas Burgos difundirá por diversos cauces la campaña que, a nivel nacional, recuerda a los más desfavorecidos, con una referencia al Portal de Belén, pero también a los portales de todas las viviendas. En palabras del delegado de esta entidad, Mario Vivanco, «la Navidad llega a una sociedad herida, mucho más pobre, frágil y vulnerable. El día a día se impone y nos va dando de bruces con una realidad que queríamos vislumbrar diferente». La crisis sanitaria, a la que se ha sumado la económica, afecta especialmente a los más vulnerables, sobre todo con la precarización del empleo, las dificultades del acceso a la vivienda y la inflación creciente, con una gran repercusión en el precio de suministros básicos, como la alimentación o la energía.

 

Por ese motivo, durante estas semanas se llevarán a cabo distintas acciones encaminadas a sensibilizar a la sociedad, y a también a solicitar la colaboración económica de particulares y empresas, mediante charlas en colegios e institutos, los vales solidarios, que sustituyen las donaciones en especie, una campaña publicitaria y la apertura de un periodo especial de donaciones.

 

El dinero recaudado durante estas semanas se destinará a ayudar a las familias más vulnerables a través de las parroquias, y desde Cáritas Burgos se confía en que, en palabras de Vivanco, «igual que hace 2.000 años la familia compuesta por Jesús, José y María pudo salir adelante con la ayuda de sus vecinos, hoy en Burgos todas las familias cuenten con la cercanía y la solidaridad de los que estamos cerca».

Un libro para ayudar a menores con discapacidad en Belén

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El burgalés Miguel Ausín presenta esta tarde en la Facultad de Teología (20:00 horas) su nuevo libro, ‘Ruta de los milagros-Esperanza en tiempos difíciles’ (Editorial Fonte-Monte Carmelo). El libro ha sido prologado por un joven matrimonio de Guadalajara con un curioso acrónimo: manuÉLena.

 

Según Ausín, «los padres, profesores y educadores tenemos que hacer un poco de pedagogía para ayudar a los potenciales lectores a descubrir o redescubrir el placer de leer un buen libro». En este sentido, Ausín hace referencia a la celebración de los 200 años del nacimiento y 140 de la muerte del escritor ruso Dostoyevski, recobrando plena actualidad las palabras del poeta García Lorca escritas en 1931. Cuenta Lorca que, encontrándose Dostoyevski prisionero en Siberia, pedía socorro en cartas a su lejana familia y solo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!».

 

Tal como recuerda el autor de la ‘Ruta de los milagros’, «Dostoyevski leyó conmocionado en su destierro siberiano el evangelio de san Juan». Y es, precisamente, en este cuarto evangelio en el cual está inspirada esta ruta, que se inicia en Caná de Galilea con el milagro del vino y, tras siete etapas, concluye en Betania, a tres kilómetros de Jerusalén, con la resurrección de Lázaro. El lector encontrará en cada etapa la recreación literaria de un milagro realizado por Jesús de Nazaret, partiendo del relato original del evangelista san Juan.

 

«Siempre han sido tiempos difíciles –explica Ausín–, los de Dostoyevski, los de Lorca y los actuales tiempos pandémicos. Por ello, necesitamos más que nunca libros y milagros que nos alumbren horizontes de esperanza para levantarnos el espíritu». El título sugerente y contracultural atrapa al lector y arroja luz sobre aspectos esenciales de la propia vida: el matrimonio, la familia, el trabajo, la amistad, el amor, la soledad, el sufrimiento e, incluso, la misma muerte. En su nuevo libro, Ausín ha querido recoger numerosos testimonios, reales y vivaces, que lo corroboran.

 

Este libro presenta además un aliciente: la recaudación por la venta irá destinada a un Centro de menores con discapacidad en Belén en Tierra Santa. La Casa Hogar Niño Dios, creada en 2005 por las Hermanas de la familia religiosa del Verbo Encarnado, que se ocupan de 36 niños abandonados y con discapacidad, se encuentra a tan solo 300 metros de la famosa Basílica de la Natividad.