Corpus Christi: don de Cristo para la vida del mundo

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas: 

 

La Eucaristía es el corazón de la Iglesia, la que da sentido a su nombre, a su sangre, a su cuerpo. Cristo, en su Humanidad doliente, resucitada y glorificada, se hace presencia viva y real en el Santísimo Sacramento. Él, escondido en el Pan de Vida, infunde sentido, anhelo y plenitud a cada una de nuestras pobrezas.

 

Hoy, en el día del Corpus Christi, la Belleza se viste de fragilidad y toda la grandeza de Dios –presente bajo la apariencia de pan vulnerable, pequeño y quebradizo– desborda su amor hasta los confines de la tierra.

 

Jesús «se hace frágil como el pan que se rompe y se desmigaja», afirmaba el Papa Francisco durante la celebración del Corpus. Porque precisamente ahí radica su fuerza: «En la Eucaristía la fragilidad es fuerza; fuerza del amor que se hace pequeño para ser acogido y no temido; fuerza del amor que se parte y se divide para alimentar y dar vida; fuerza del amor que se fragmenta para reunirnos en la unidad».

 

Solo Dios puede hacer, de lo más roto, lo más bello. Porque Él mismo se rompe, se hace pan para entrar en nuestro cuerpo y, así, unirse para siempre a nuestra vida. Y hasta nos deja verle, y tocarle, y comerle hasta saciar todas nuestras ansias de Amor.

 

El Señor, presente en la Eucaristía con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, transforma nuestro ser en cada comunión, impregnando lo más hondo de nuestro ser, esculpiendo ternura en nuestra fragilidad para llevarla a la eternidad. Ahí, a un paso de la Vida, se encarna a todo cuanto nos alegra, nos apasiona, o nos inquieta: «No vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20).

 

Recuerdo a san Agustín, quien animaba a reconocer en el Pan «lo que pendió de la Cruz» y en el Cáliz «lo que manó del Costado». Y así lo veo en los más necesitados de ese Amor incorruptible, habitado y encarnado. Como lo veía –y sentía– santa Teresa de Jesús: «Cuando yo me llegaba a comulgar y me acordaba de aquella majestad grandísima que había visto, y miraba que era el que estaba en el Santísimo Sacramento, los cabellos se me espeluzaban, y toda parecía me aniquilaba» (Vida 38, 19).

 

Hoy, día de la Caridad, también hemos de poner nombre y rostro a los más débiles: quienes son, inevitablemente, sacramento de Cristo. El Evangelio es claro en esta tarea de ser y comunicar esa esperanza que da sentido a la fuerza del amor que todo lo cambia: «Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está y camina en las tinieblas» (1 Jn 2, 10-11).

 

Desde Cáritas, con el lema Tú tienes mucho que ver. Somos oportunidad, Somos esperanza, nos invitan a «tomar parte en la vida social que compartimos creyentes y no creyentes», para «abrir nuestra mente y reenfocar la mirada», para «ver juntos esa otra realidad del mundo de la que formamos parte»: la de muchas personas que no pueden acceder a los mismos derechos, los que viven en desventaja por muchas razones, los que moran en la tristeza, la soledad y la pobreza.

 

En esta Iglesia que camina en Burgos, desde Cáritas se han atendido a casi 7.000 familias en 2022, se ha resaltado la dimensión universal de la caridad o se ha capacitado para el empleo, con la esperanza como seña distintiva de su labor. Su trabajo incansable como testigos y discípulos de Cristo es, sin duda alguna, sal, levadura y luz de la Iglesia. Damos gracias por su preciosa e impagable labor.

 

Cuánto bien hace la Eucaristía en los enfermos y personas mayores, particularmente en aquellos que esperan con todas sus fuerzas el abrazo definitivo de Dios o en quienes buscan de manera incansable satisfacer esa semilla de plenitud que permanece magullada en el umbral de la esperanza.

 

Le pedimos a la Virgen María, que sepamos acoger en nuestra vida el don de la Eucaristía y miremos al estilo de Jesús con cada gesto, cada palabra y cada acción. Seamos, para el mundo, su Cuerpo y su Sangre, porque «el que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Jn 6, 56).

 

Con gran afecto os deseo un feliz día del Corpus Christi.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El papa Francisco, «cariñoso como el tío materno»

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Muy humano y muy espiritual. Es el retrato que ayer dibujaron sobre el papa Bergoglio su sobrino, José Luis Narvaja, y la vaticanista de Cope, Eva Fernández. La primera edición de «Diálogos en la Catedral» celebrada después del octavo centenario permitió a los numerosos burgaleses que coparon la capilla de los Condestables conocer en cercanía al «Papa de la ternura» en un acto impulsado por la fundación Caja de Burgos y el cabildo y retransmitido por Cope Burgos.

 

«El tío era muy divertido», recodó su sobrino, también jesuita, después de haber señalado algunos de los rasgos de su personalidad. «Es cariñoso como el tío materno», indicó parafraseando a García Márquez. Para él, la reforma impulsada por el papa Francisco en la Iglesia no consiste en revolucionar esquemas u organigramas, sino «poner a Cristo en el centro». Un trabajo que requiere «empezar siempre procesos y fortaleza» y, sobre todo, «tiempo, que es superior al espacio». Una reforma que se lleva a cabo en sinodalidad, que no es, como explicó, «democratizar la Iglesia», sino «dialogar y aprender a dialogar, dejarse secundar por la palabra del otro». El deseo de fraternidad y caminar juntos que impulsa Francisco pretende «reconocer que todos somos Iglesia, que todos tenemos responsabilidad en la Iglesia y que se nos invita a participar para que nuestra palabra fecunde la Iglesia», subrayó.

 

Gobernar la Iglesia, salud y renuncia

 

En el diálogo, el sobrino y la periodista profundizaron en algunos aspectos de la vida del pontífice, como sus gestos de ternura y misericordia, su estado de salud o su posible renuncia al papado. Narvaja subrayó que el Santo Padre «no necesita la rodilla para gobernar la Iglesia». Indicó que lo ve «bien de salud», con una memoria «asombrosa» y que «no está tan gordo como parece en la televisión», aunque le guste el helado y siempre lo incluya en el menú cuando tiene invitados. En este sentido, tanto él como la vaticanista subrayan que no ven a Francisco siguiendo la estela de su predecesor. El sobrino vaticina que el papa «no renunciará», sino que «morirá antes de forma repentina» y que evita cualquier tipo de intervención que requiera una anestesia que pueda mermar su capacidad cognitiva. Por su parte, Fernandez recodó que Bergoglio ha dicho recientemente que «el papado es ‘ad vitam‘», y que al no abandonar la silla de Pedro «dará libertad a sus sucesores al no fijar como praxis la tradición de renunciar al papado».

 

 

También indicaron que el papa capea con críticas internas hacia su gestión: «El final de todos los pontificados ha sido siempre duro», recordó la vaticanista, «y este también lo será». Pero Francisco, al que considera un «emprendedor» y que «pasa mucho tiempo en el sagrario», reconoce que «las críticas son sanas». Su sobrino subrayó que «Francisco gobierna para todos» y que le ayuda  en su gestión «’la oposición limpia’ dentro de la Iglesia».

La vida contemplativa que genera la esperanza

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Queridos hermanos y hermanas:

 

«La esperanza que brota de la fe en la realidad última de Dios se hace carne cotidiana en cada convento y monasterio, allí donde se cultivan la oración y la celebración, la fraternidad y la reconciliación, la hospitalidad y la caridad, el trabajo y el descanso». Con estas palabras, los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desean adentrarnos en la Jornada Pro Orantibus, que celebramos hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, bajo el amparo de un lema que anhela dar respuesta a la sed de un mundo escéptico, quebrado y cansado: Generar esperanza.

 

La vida monástica construye, sustenta y edifica –desde lo más íntimo del claustro– el corazón de la Iglesia. En el rincón más escondido resuena su voz, como lámpara siempre encendida que custodia al mismo Dios, dejándose forjar por el Señor, en el silencio que lo empapa e inunda todo.

 

San Benito de Nursia, fundador del monacato occidental, insistía en su Regla que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (cf. RB Pról. 9-11) que, más tarde, debe traducirse en acción concreta: «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos» (35). Así, ofrecía una simbiosis fecunda entre acción y contemplación, las cuales deben caminar de la mano «para que en todo sea Dios glorificado» (57, 9).

 

La vida contemplativa genera y hace aflorar esperanza allí donde haya un sufrimiento que no se sienta escuchado, sostenido o amado; haciendo las veces de Cristo, amparando la sequía del corazón humano merced al agua viva, inagotable e inextinguible del Amor.

 

«Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti» (I 1, 1), expresa san Agustín en sus Confesiones, dejando entrever la presencia misteriosa de Dios en el interior del hombre, en un lugar preciado y, a la vez, esperado. Si es Dios quien busca primero a la persona, ¿cómo no devolverle la mirada, con un corazón orante que descanse todos sus silencios, anhelos e incertidumbres en Él?

 

Así lo viven quienes habitan en la luz de la vida monástica, a quienes ahora quiero dirigirme de una manera especial como guardianes y testigos privilegiados de un Amor silente que no tiene fin. Vosotros, a pesar de las tormentas, los tiempos de aridez y los desiertos, experimentáis –en vuestra propia carne– que por encima de todo está la fidelidad de Dios. Y esa esperanza, incomprensible tantas veces para nuestras mentes finitas y limitadas, nunca camina sola y no defrauda jamás (cf. 2 Tim 2, 13). ¿Acaso alguna vez se han agotado las bondades del Señor? Vuestro ejemplo, en la búsqueda incansable del Dios vivo, alimenta el deseo y ensancha el corazón de quien os mira, os busca, os piensa, os aguarda y os sueña. Así vivís, con el alma ensanchada en la luz serena y habitada del monasterio, en cada alegría y en cada deseo; como personas libres de ataduras que dedican todo su corazón, toda su alma y todas sus fuerzas a Dios para el bien de los hermanos (cf. Dt 6, 5). Vosotros sois un don precioso, la esperanza que el mundo y la Iglesia necesitan, el testimonio fehaciente de la riqueza que nace de la pobreza y de la belleza que brota de una vida totalmente dedicada a contemplar y dejarse penetrar por el amor de Dios. La profecía de vuestras vidas –entregadas en lo escondido– ilumina la noche oscura de aquellos que se refugian, al caer de la tarde, en vuestra oración entregada.

 

«La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. […] La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2715). Este modo de amar del Santo Cura de Ars nos enseña que en el camino de la penitencia y del seguimiento del Maestro, solo cuesta el primer paso.

 

Le pedimos a María, la Madre del silencio y el modelo más preciado de contemplación, que transforme nuestro corazón inquieto en un corazón orante que solo sepa mirar desde el Amor. Y nunca olvidemos que las horas de gracia que la vida contemplativa ofrece, deben forjar cada latido de nuestra vida en el servicio a Dios y a los hermanos.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La Iglesia en Burgos se une a la oración mundial por el Sínodo

por redaccion,

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La Iglesia, en todo el mundo, se ha unido hoy en oración por los frutos de la próxima asamblea general del sínodo de los obispos. También en Burgos el Pueblo de Dios se ha congregado en la catedral para rezar, junto a la Virgen María, por los trabajos finales del proceso sinodal, en el que viene caminando la Iglesia desde hace unos años y que recientemente concluía su fase continental.

 

María se puso en camino a visitar a su prima Isabel «respondiendo a la inspiración de Dios». «El movimiento no sale de ella», ha dicho el arzobispo en su homilía, y nosotros «hemos de percibir la inspiración del Espíritu para proclamar las maravillas de Dios». Para don Mario Iceta, el sínodo no es un ejercicio de «auto referencialidad», sino «caminar juntos detrás del Señor», pues es él «quien abre el camino» «con vistas a la misión». «El Espíritu inspira y mueve, él es el protagonista», ha insistido.

 

Para ello es necesaria la respuesta del Pueblo de Dios, hace falta «un acto de fe». «La sinodalidad no es un ejercicio de sociología y de poner delante nuestras ideas. Dios lo hace todo, todo es fruto del Señor y él requiere nuestra fe», ha explicado. «La sinodalidad es fruto del Espíritu. Él logra la unidad más allá de cualquier pensamiento o sentimiento». Una unidad que se resume «en siete versículos» de la Biblia –los que se han proclamado en la segunda lectura– y que hablan «del estilo sinodal de la Iglesia»: amor cordial, no ser perezosos ni negligentes, estimar a los demás más que a nosotros mismos, ser fervorosos sirviendo constantemente al Señor y a los hermanos.

 

Rosario

 

Antes de la misa, los fieles congregados en la basílica, dedicada a Santa María la Mayor, han rezado el Rosario, siguiendo las meditaciones propuestas por la Conferencia Episcopal Española. La fecha coincidía en Burgos, además, con el 25 aniversario de la clausura del Sínodo Diocesano, que involucró a más de 12.000 personas.

 

Ministros ordenados, personas consagradas, jóvenes, una familia cristiana y personas de la tercera edad han rezado los misterios gloriosos implorando a la Virgen «dejar de ser una Iglesia de museo, hermosa pero muda, con mucho pasado y poco futuro» y evitar que el Sínodo se transforme en «discusiones estériles». A ella han encomendado «la celebración y el fruto de la próxima asamblea del sínodo de los obispos para que la Iglesia, a impulsos del Espíritu, crezca en comunión, en participación y en espíritu de misión».

 

El Espíritu de Dios para que el mundo viva

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). Este es el anuncio esperado, el legado que nos abre a la esperanza, la promesa eterna de sabernos amados hasta el extremo.

 

Con la venida del Espíritu Santo, quien coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia hasta su consumación, celebramos en la Iglesia la solemnidad de Pentecostés. Hoy vuelve a cumplirse la promesa de Cristo a los apóstoles, cuando les dio su palabra para dejar grabado en sus corazones que el Padre enviaría al Paráclito con la intención de guiarlos en la misión evangelizadora (cf. Lc 24, 46-49). Estamos, pues, ante una fiesta de plenitud, de gozo, de gracia derramada.

 

«Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo» (Hch 2, 1-4). Viento y fuego, así se hace presente el Espíritu de Dios sobre cada uno de nosotros, sus hijos amados, para impregnar nuestras vidas de luz, fuerza y consuelo para transformar el mundo según el corazón del Padre.

 

Jesús vino a traer fuego sobre la tierra (cf. Lc 12, 49) y a empapar de sentido la existencia, para reconstruir las ruinas de nuestra vida, causadas por la tristeza, el desánimo y la desesperanza. Y hoy, dos mil años más tarde, nos envía por el mundo para derramar su Espíritu a través de los actos concretos de amor y servicio. Él sólo nos pide que le dejemos entrar en nuestro corazón, que le abramos la puerta para lavar lo que nos impide amar y para ser revestidos de su conocimiento y amor.

 

Los discípulos, cuando estaban en el cenáculo, recibieron la visita del Espíritu para que saliesen al mundo a recorrer los caminos, a impregnar los ojos de esperanza, a sanar los corazones heridos. El Consolador desciende con una misión, que hoy vuelve a grabar en nuestro interior: «No extingáis el Espíritu» (1 Ts 5, 19).

 

La Iglesia es enviada al mundo y el Espíritu Santo nos invita a olvidarnos de nosotros mismos y volver nuestra mirada a quienes nos rodean. Así «rejuvenece la Iglesia», confesaba el Papa Francisco durante le celebración de Pentecostés del año pasado: «El Espíritu nos libera de obsesionarnos con las urgencias» y «nos invita a recorrer caminos antiguos y siempre nuevos, los del testimonio, la pobreza y la misión, para liberarnos de nosotros mismos y enviarnos al mundo», señalaba, dejando muy presente que esta es la riqueza de la Iglesia.

 

El apostolado de los laicos adquiere, una vez más, un papel muy importante en esta tarea de ir por el mundo, como discípulos misioneros, a dar testimonio del Evangelio (cf. Mc 16, 15-20), participando de la vida de Cristo. Por eso hoy celebramos este apostolado laical y el día de la Acción Católica. Si el Espíritu Santo irrumpió en la historia para derrotar la desesperanza, ¡cuánta es la confianza que pone el Padre en nosotros para seguir sembrando el Reino de Dios en nuestro mundo!

 

Le pedimos a la Virgen María, Esposa del Espíritu Santo, que nos enseñe a ser ese tabernáculo que vela y custodia la obra más valiosa, para que seamos capaces de ver al Señor en cada rostro necesitado, y no haga falta, siquiera, que Jesús tenga que mostrarnos sus manos y su costado.

 

Hoy, en medio de tanto ruido, escuchamos cómo Jesús viene a nuestro encuentro y, antes de soplar la brisa apacible del Espíritu, nos anuncia su paz y nos dice: no temáis, como el Padre me envió, también os envío yo (cf. Jn 20, 21).

 

Con gran afecto, os deseo un feliz día de Pentecostés.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos