La educación es el camino. La meta es el amor

por redaccion,

Queridos hermanos y hermanas: 

 

Con el curso escolar a punto de concluir, deseo agradecer la labor de tantos maestros que, poniendo la educación en el centro de sus vidas, se preocupan por el bien de quienes tienen, en sus manos, el presente y el futuro de nuestra sociedad; en particular, los niños, adolescentes y jóvenes. Los profesores son el punto de referencia para la acción personal de sus alumnos, educando en diálogo, en respeto y en conocimiento. «Todo verdadero educador sabe que para educar debe dar algo de sí mismo», escribía el Papa Benedicto XVI en su mensaje dirigido en 2008 a la diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, «y que solamente así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico».

 

La educación es el camino, mientras que la meta es, siempre, el amor. Un amor que se forja en la fraternidad, que rompe con el individualismo, que abraza las diferencias, que amplía el horizonte pedagógico; una formación que no transgreda lo más sagrado y que se abra a la trascendencia de un Dios que lo inunda todo con su sola presencia. 

 

Por ello, es también esencial la tarea de los colegios e institutos, que deben colmar de valores y principios educativos, morales, humanos y espirituales la mirada, la mente y el corazón de los alumnos, buscando la identidad de una escuela que verdaderamente los acompañe en su día a día. Ante esta circunstancia, «la cultura del cuidado se convierte en la brújula a nivel local e internacional para formar personas dedicadas a la escucha paciente, al diálogo constructivo y al entendimiento mutuo», confesaba el Papa Francisco en su mensaje para el lanzamiento del Pacto Educativo en septiembre de 2019. Así, letra a letra, mano a mano, se forja el tejido a favor de una humanidad capaz de hablar el lenguaje de la fraternidad.

 

La Iglesia, en su misión de anunciar el Evangelio a todas las naciones (cf. Mt 28, 19-20), es madre y maestra. El Papa san Juan XXIII, en su carta encíclica Mater et magistra, de mayo de 1961, asocia el término madre con el de maestra porque «a esta Iglesia, columna y fundamento de la verdad (cf. 1Tim 3,15), confió su divino fundador una doble misión, la de engendrar hijos para sí y la de educarlos y dirigirlos, velando con maternal solicitud por la vida de las personas y de los pueblos, cuya superior dignidad miró siempre la Iglesia con el máximo respeto y defendió con la mayor vigilancia».

 

Educar en el diálogo, la sensibilidad y la fe entre las familias, las instituciones educativas, los profesores y los alumnos es esencial para construir juntos una civilización del amor. Una tarea que tiene su germen originario en la familia, que no puede renunciar, en ningún sentido, a ser «lugar de sostén, de acompañamiento, de guía», aunque «deba reinventar sus métodos y encontrar nuevos recursos» (Amoris laetitia, 260). 

 

Si la familia es la primera escuela de los valores y principios humanos, donde se aprende el buen uso de la libertad, los maestros y los colegios deben tomar el testigo para transmitirles la fe, acompañar sus decisiones, modelar sus pensamientos, motivar sus creencias e iluminar sus vacíos e interrogantes. 

 

Pero no vale de cualquier modo; si así fuera, estarían desechando anidar su alma en lo más importante, en aquello que después les convertirá en hombres y mujeres con capacidad de decisión, de pensamiento y de transformación social arraigada en la verdad, el amor y la esperanza. 

 

Ahora, cuando ultimamos el curso escolar, quisiera reconocer –desde la pedagogía de la confianza y la fe– la labor de estos maestros y profesores que hacen de su vida una misión imborrable en favor de sus alumnos. Le pedimos a la Virgen María que los proteja y acompañe para que nunca les falte la pasión por transmitir la alegría del Evangelio, así como la esperanza de edificar una sociedad según el corazón de Dios. Y que sus manos compasivas, siempre dispuestas a aliviar esas heridas que más cuesta sanar, brillen de tal manera que, al verlas cuidar a los más pequeños, seamos capaces de decir: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Corpus Christi: don de Cristo para la vida del mundo

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas: 

 

La Eucaristía es el corazón de la Iglesia, la que da sentido a su nombre, a su sangre, a su cuerpo. Cristo, en su Humanidad doliente, resucitada y glorificada, se hace presencia viva y real en el Santísimo Sacramento. Él, escondido en el Pan de Vida, infunde sentido, anhelo y plenitud a cada una de nuestras pobrezas.

 

Hoy, en el día del Corpus Christi, la Belleza se viste de fragilidad y toda la grandeza de Dios –presente bajo la apariencia de pan vulnerable, pequeño y quebradizo– desborda su amor hasta los confines de la tierra.

 

Jesús «se hace frágil como el pan que se rompe y se desmigaja», afirmaba el Papa Francisco durante la celebración del Corpus. Porque precisamente ahí radica su fuerza: «En la Eucaristía la fragilidad es fuerza; fuerza del amor que se hace pequeño para ser acogido y no temido; fuerza del amor que se parte y se divide para alimentar y dar vida; fuerza del amor que se fragmenta para reunirnos en la unidad».

 

Solo Dios puede hacer, de lo más roto, lo más bello. Porque Él mismo se rompe, se hace pan para entrar en nuestro cuerpo y, así, unirse para siempre a nuestra vida. Y hasta nos deja verle, y tocarle, y comerle hasta saciar todas nuestras ansias de Amor.

 

El Señor, presente en la Eucaristía con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, transforma nuestro ser en cada comunión, impregnando lo más hondo de nuestro ser, esculpiendo ternura en nuestra fragilidad para llevarla a la eternidad. Ahí, a un paso de la Vida, se encarna a todo cuanto nos alegra, nos apasiona, o nos inquieta: «No vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20).

 

Recuerdo a san Agustín, quien animaba a reconocer en el Pan «lo que pendió de la Cruz» y en el Cáliz «lo que manó del Costado». Y así lo veo en los más necesitados de ese Amor incorruptible, habitado y encarnado. Como lo veía –y sentía– santa Teresa de Jesús: «Cuando yo me llegaba a comulgar y me acordaba de aquella majestad grandísima que había visto, y miraba que era el que estaba en el Santísimo Sacramento, los cabellos se me espeluzaban, y toda parecía me aniquilaba» (Vida 38, 19).

 

Hoy, día de la Caridad, también hemos de poner nombre y rostro a los más débiles: quienes son, inevitablemente, sacramento de Cristo. El Evangelio es claro en esta tarea de ser y comunicar esa esperanza que da sentido a la fuerza del amor que todo lo cambia: «Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está y camina en las tinieblas» (1 Jn 2, 10-11).

 

Desde Cáritas, con el lema Tú tienes mucho que ver. Somos oportunidad, Somos esperanza, nos invitan a «tomar parte en la vida social que compartimos creyentes y no creyentes», para «abrir nuestra mente y reenfocar la mirada», para «ver juntos esa otra realidad del mundo de la que formamos parte»: la de muchas personas que no pueden acceder a los mismos derechos, los que viven en desventaja por muchas razones, los que moran en la tristeza, la soledad y la pobreza.

 

En esta Iglesia que camina en Burgos, desde Cáritas se han atendido a casi 7.000 familias en 2022, se ha resaltado la dimensión universal de la caridad o se ha capacitado para el empleo, con la esperanza como seña distintiva de su labor. Su trabajo incansable como testigos y discípulos de Cristo es, sin duda alguna, sal, levadura y luz de la Iglesia. Damos gracias por su preciosa e impagable labor.

 

Cuánto bien hace la Eucaristía en los enfermos y personas mayores, particularmente en aquellos que esperan con todas sus fuerzas el abrazo definitivo de Dios o en quienes buscan de manera incansable satisfacer esa semilla de plenitud que permanece magullada en el umbral de la esperanza.

 

Le pedimos a la Virgen María, que sepamos acoger en nuestra vida el don de la Eucaristía y miremos al estilo de Jesús con cada gesto, cada palabra y cada acción. Seamos, para el mundo, su Cuerpo y su Sangre, porque «el que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Jn 6, 56).

 

Con gran afecto os deseo un feliz día del Corpus Christi.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El papa Francisco, «cariñoso como el tío materno»

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Muy humano y muy espiritual. Es el retrato que ayer dibujaron sobre el papa Bergoglio su sobrino, José Luis Narvaja, y la vaticanista de Cope, Eva Fernández. La primera edición de «Diálogos en la Catedral» celebrada después del octavo centenario permitió a los numerosos burgaleses que coparon la capilla de los Condestables conocer en cercanía al «Papa de la ternura» en un acto impulsado por la fundación Caja de Burgos y el cabildo y retransmitido por Cope Burgos.

 

«El tío era muy divertido», recodó su sobrino, también jesuita, después de haber señalado algunos de los rasgos de su personalidad. «Es cariñoso como el tío materno», indicó parafraseando a García Márquez. Para él, la reforma impulsada por el papa Francisco en la Iglesia no consiste en revolucionar esquemas u organigramas, sino «poner a Cristo en el centro». Un trabajo que requiere «empezar siempre procesos y fortaleza» y, sobre todo, «tiempo, que es superior al espacio». Una reforma que se lleva a cabo en sinodalidad, que no es, como explicó, «democratizar la Iglesia», sino «dialogar y aprender a dialogar, dejarse secundar por la palabra del otro». El deseo de fraternidad y caminar juntos que impulsa Francisco pretende «reconocer que todos somos Iglesia, que todos tenemos responsabilidad en la Iglesia y que se nos invita a participar para que nuestra palabra fecunde la Iglesia», subrayó.

 

Gobernar la Iglesia, salud y renuncia

 

En el diálogo, el sobrino y la periodista profundizaron en algunos aspectos de la vida del pontífice, como sus gestos de ternura y misericordia, su estado de salud o su posible renuncia al papado. Narvaja subrayó que el Santo Padre «no necesita la rodilla para gobernar la Iglesia». Indicó que lo ve «bien de salud», con una memoria «asombrosa» y que «no está tan gordo como parece en la televisión», aunque le guste el helado y siempre lo incluya en el menú cuando tiene invitados. En este sentido, tanto él como la vaticanista subrayan que no ven a Francisco siguiendo la estela de su predecesor. El sobrino vaticina que el papa «no renunciará», sino que «morirá antes de forma repentina» y que evita cualquier tipo de intervención que requiera una anestesia que pueda mermar su capacidad cognitiva. Por su parte, Fernandez recodó que Bergoglio ha dicho recientemente que «el papado es ‘ad vitam‘», y que al no abandonar la silla de Pedro «dará libertad a sus sucesores al no fijar como praxis la tradición de renunciar al papado».

 

 

También indicaron que el papa capea con críticas internas hacia su gestión: «El final de todos los pontificados ha sido siempre duro», recordó la vaticanista, «y este también lo será». Pero Francisco, al que considera un «emprendedor» y que «pasa mucho tiempo en el sagrario», reconoce que «las críticas son sanas». Su sobrino subrayó que «Francisco gobierna para todos» y que le ayuda  en su gestión «’la oposición limpia’ dentro de la Iglesia».

La vida contemplativa que genera la esperanza

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«La esperanza que brota de la fe en la realidad última de Dios se hace carne cotidiana en cada convento y monasterio, allí donde se cultivan la oración y la celebración, la fraternidad y la reconciliación, la hospitalidad y la caridad, el trabajo y el descanso». Con estas palabras, los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desean adentrarnos en la Jornada Pro Orantibus, que celebramos hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, bajo el amparo de un lema que anhela dar respuesta a la sed de un mundo escéptico, quebrado y cansado: Generar esperanza.

 

La vida monástica construye, sustenta y edifica –desde lo más íntimo del claustro– el corazón de la Iglesia. En el rincón más escondido resuena su voz, como lámpara siempre encendida que custodia al mismo Dios, dejándose forjar por el Señor, en el silencio que lo empapa e inunda todo.

 

San Benito de Nursia, fundador del monacato occidental, insistía en su Regla que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (cf. RB Pról. 9-11) que, más tarde, debe traducirse en acción concreta: «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos» (35). Así, ofrecía una simbiosis fecunda entre acción y contemplación, las cuales deben caminar de la mano «para que en todo sea Dios glorificado» (57, 9).

 

La vida contemplativa genera y hace aflorar esperanza allí donde haya un sufrimiento que no se sienta escuchado, sostenido o amado; haciendo las veces de Cristo, amparando la sequía del corazón humano merced al agua viva, inagotable e inextinguible del Amor.

 

«Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti» (I 1, 1), expresa san Agustín en sus Confesiones, dejando entrever la presencia misteriosa de Dios en el interior del hombre, en un lugar preciado y, a la vez, esperado. Si es Dios quien busca primero a la persona, ¿cómo no devolverle la mirada, con un corazón orante que descanse todos sus silencios, anhelos e incertidumbres en Él?

 

Así lo viven quienes habitan en la luz de la vida monástica, a quienes ahora quiero dirigirme de una manera especial como guardianes y testigos privilegiados de un Amor silente que no tiene fin. Vosotros, a pesar de las tormentas, los tiempos de aridez y los desiertos, experimentáis –en vuestra propia carne– que por encima de todo está la fidelidad de Dios. Y esa esperanza, incomprensible tantas veces para nuestras mentes finitas y limitadas, nunca camina sola y no defrauda jamás (cf. 2 Tim 2, 13). ¿Acaso alguna vez se han agotado las bondades del Señor? Vuestro ejemplo, en la búsqueda incansable del Dios vivo, alimenta el deseo y ensancha el corazón de quien os mira, os busca, os piensa, os aguarda y os sueña. Así vivís, con el alma ensanchada en la luz serena y habitada del monasterio, en cada alegría y en cada deseo; como personas libres de ataduras que dedican todo su corazón, toda su alma y todas sus fuerzas a Dios para el bien de los hermanos (cf. Dt 6, 5). Vosotros sois un don precioso, la esperanza que el mundo y la Iglesia necesitan, el testimonio fehaciente de la riqueza que nace de la pobreza y de la belleza que brota de una vida totalmente dedicada a contemplar y dejarse penetrar por el amor de Dios. La profecía de vuestras vidas –entregadas en lo escondido– ilumina la noche oscura de aquellos que se refugian, al caer de la tarde, en vuestra oración entregada.

 

«La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me mira”, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. […] La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2715). Este modo de amar del Santo Cura de Ars nos enseña que en el camino de la penitencia y del seguimiento del Maestro, solo cuesta el primer paso.

 

Le pedimos a María, la Madre del silencio y el modelo más preciado de contemplación, que transforme nuestro corazón inquieto en un corazón orante que solo sepa mirar desde el Amor. Y nunca olvidemos que las horas de gracia que la vida contemplativa ofrece, deben forjar cada latido de nuestra vida en el servicio a Dios y a los hermanos.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La Iglesia en Burgos se une a la oración mundial por el Sínodo

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La Iglesia, en todo el mundo, se ha unido hoy en oración por los frutos de la próxima asamblea general del sínodo de los obispos. También en Burgos el Pueblo de Dios se ha congregado en la catedral para rezar, junto a la Virgen María, por los trabajos finales del proceso sinodal, en el que viene caminando la Iglesia desde hace unos años y que recientemente concluía su fase continental.

 

María se puso en camino a visitar a su prima Isabel «respondiendo a la inspiración de Dios». «El movimiento no sale de ella», ha dicho el arzobispo en su homilía, y nosotros «hemos de percibir la inspiración del Espíritu para proclamar las maravillas de Dios». Para don Mario Iceta, el sínodo no es un ejercicio de «auto referencialidad», sino «caminar juntos detrás del Señor», pues es él «quien abre el camino» «con vistas a la misión». «El Espíritu inspira y mueve, él es el protagonista», ha insistido.

 

Para ello es necesaria la respuesta del Pueblo de Dios, hace falta «un acto de fe». «La sinodalidad no es un ejercicio de sociología y de poner delante nuestras ideas. Dios lo hace todo, todo es fruto del Señor y él requiere nuestra fe», ha explicado. «La sinodalidad es fruto del Espíritu. Él logra la unidad más allá de cualquier pensamiento o sentimiento». Una unidad que se resume «en siete versículos» de la Biblia –los que se han proclamado en la segunda lectura– y que hablan «del estilo sinodal de la Iglesia»: amor cordial, no ser perezosos ni negligentes, estimar a los demás más que a nosotros mismos, ser fervorosos sirviendo constantemente al Señor y a los hermanos.

 

Rosario

 

Antes de la misa, los fieles congregados en la basílica, dedicada a Santa María la Mayor, han rezado el Rosario, siguiendo las meditaciones propuestas por la Conferencia Episcopal Española. La fecha coincidía en Burgos, además, con el 25 aniversario de la clausura del Sínodo Diocesano, que involucró a más de 12.000 personas.

 

Ministros ordenados, personas consagradas, jóvenes, una familia cristiana y personas de la tercera edad han rezado los misterios gloriosos implorando a la Virgen «dejar de ser una Iglesia de museo, hermosa pero muda, con mucho pasado y poco futuro» y evitar que el Sínodo se transforme en «discusiones estériles». A ella han encomendado «la celebración y el fruto de la próxima asamblea del sínodo de los obispos para que la Iglesia, a impulsos del Espíritu, crezca en comunión, en participación y en espíritu de misión».