Fiesta de Sto. Tomás de Aquino

por administrador,

Facultad de Teología – 28 enero 2013

Un año más celebramos la fiesta de nuestro Patrono, Santo Tomás de Aquino. El marco de nuestra celebración no puede ser otro que el Año de la Fe, ya que es el marco en el cual nos estamos moviendo todos los cristianos. Con este motivo, podríamos hacer nuestra, la pregunta que se formulaba, en Fossanova, el Papa Pablo VI en 1974, con ocasión del VII Centenario del santo, cuando le decía: “Maestro Tomás, ¿qué lección nos puedes dar?”. Nosotros podríamos formulársela así: “Maestro Tomás, ¿qué lección de fe nos puedes dar a quienes nos preparamos para el ministerio sagrado o el ejercicio responsable de la vocación laical y religiosa, a quienes nos dedicamos a la enseñanza de la teología y de la filosofía en una Facultad teológica, a quienes –como sacerdotes– somos ministros de la Palabra?

La respuesta para los que os encontráis en el periodo de formación, nos la da Santo Tomás en lo que fue su programa formativo. Él lo describe en tercera persona y guardando el anonimato, en aquellos certeros consejos que da a un estudiante: “Pureza exquisita de conciencia; aplicación incansable en las horas de estudio; esfuerzo para comprender a fondo cuanto se lee y oye; trabajo para superar toda duda y llegar a la certeza; refugiarse cuanto puedas en la sala de armas del espíritu”. Santo Tomás estuvo dotado de una inteligencia absolutamente excepcional. Pero sin el esfuerzo tenaz, la laboriosidad perseverante y el estudio sacrificado de las cuestiones, su inmenso talento habría quedado estéril o muy mermado.

Ahora bien, este empeño y esfuerzo en el estudio no procedía del deseo de brillar y sobresalir, sino que –como aseguran sus biógrafos– era consecuencia de querer responder a lo que fue la gran cuestión de su vida, incluso desde su juventud: ¿Quién es Dios? Estudiaba con ahínco y con inmensa dedicación no porque tuviera dudas sobre Dios, sino porque tenía un ansia inmensa de saber y un amor apasionado a la verdad. Esta ansia de conocer quién es Dios, de sumergirse en el océano infinito de su ser y de su sabiduría está en la base de su dedicación al estudio en los años de estudiante. Ya entonces, nunca hubo para él ni dualidad ni oposición entre el estudio y la oración, entre la acción y la contemplación.

Queridos estudiantes: el Año de la fe ha de ser para vosotros, ante todo y sobre todo, un año de fuerte impulso al estudio y al estudio serio, que no esté motivado –única o principalmente– por el deseo de pasar el curso sino de ahondar en el conocimiento de Dios para, así, amarle más y para poder darlo a conocer y hacerlo amar a los demás. Sería una esquizofrenia –que no agradaría a Dios– dedicarse a otras cosas a expensas del estudio y de la reflexión de los problemas que vais viendo en filosofía y en teología.

La respuesta a los que sois profesores de esta Facultad la encontráis en los diversos ciclos en los que santo Tomás se dedicó a la enseñanza. Comenzó en Colonia, pero enseguida pasó a París –principal escenario de su magisterio–, a propuesta de su gran maestro san Alberto y del cardenal Hugo de Sancaro. Allí se estrenó como bachiller bíblico y luego como sentenciario en el Estudio General de Santiago. No fue fácil su comienzo, pues su docencia fue fustigada durante cuatro años por Guillermo de Santo Amor y los seculares, en una polémica que hoy nos resulta ridícula, y en la que él fue una de las piedras de mayor escándalo. Su dedicación fue tal, que escribió los Comentarios a la Sagrada Escritura y al Maestro de las Sentencias, Pedro Lombardo, sus tratados De Trinitate y De veritate y el comienzo de la Summa contra gentiles.

Luego tuvo que trasladarse a Italia, donde durante nueve años desarrolló la más intensa y fecunda etapa de su vida. Allí fue profesor universitario, seguido con entusiasmo por los alumnos; y consultor pontificio de máxima autoridad a quien le llueven consultas y dictámenes de jerarcas de la Iglesia. A este momento pertenecen también las conversaciones que juntaron a san Alberto Magno y a santo Tomás con el Papa Urbano IV y que terminaron con el encargo oficial a Tomás de corregir y depurar los estudios filosóficos aristotélicos para que pudieran servir eficazmente al estudio de la teología. En esta época terminará la Summa contra gentiles, escribe su Catena aurea y da comienzo a su obra trascendental: la Summa Teologiae, que concluirá en París.

Nuevamente en París, comienza la segunda etapa de su enseñanza universitaria. No sólo continúa la Summa y compone otros importantes tratados teológicos, sino que comenta ampliamente los escritos de Aristóteles. No obstante, el ambiente de huelgas y desórdenes, de intrigas y de luchas volvieron a interrumpir sus tareas docentes en París y se trasladó nuevamente a Nápoles, reclamado para regentar la cátedra en la Universidad de su ciudad natal.

Breve fue esa última etapa de su magisterio en Nápoles. Otra actividad cobrará desde este momento un relieve especial: el ministerio de la predicación. Fueron muy famosos sus sermones de Semana Santa de 1267, en Santa María la Mayor de Roma. De ellos se ha escrito: “Conmovió al pueblo hasta las lágrimas cuando hablaba de la Pasión de Cristo y el día de Pascua le movió hasta los mayores trasportes de alegría, asociándole al gozo incontenible de la Santísima Virgen por la Resurrección de su Hijo”. No obstante, quizás los sermones más patéticos e impresionantes sean los que predicó el año antes de su muerte (1273) en la Iglesia de Santo Domingo de Nápoles en dialecto napolitano. Guillermo de Tocco ha dejado escrito sobre ellos: “La muchedumbre se agolpaba para escucharle como si se tratase del mismo Dios”. Detrás de una evidente hipérbole, se descubre la densidad de contenido, la claridad de la exposición y el ardor espiritual del gran hijo de santo Domingo.

¿De dónde extraía santo Tomás la ciencia de sus tratados y la fuerza de su predicación? De la contemplación de las cosas de Dios en la presencia de Dios. Es conocida la anécdota de golpear la puerta del sagrario cuando estaba escribiendo su obra de mayor madurez: el tratado sobre la Eucaristía. No se fiaba de su talento ni de su esfuerzo. Necesitaba la luz de Dios.

Queridos profesores: ¡Qué fe tan gigante y tan operativa la de nuestro Patrono! Yo os invito en este Año de la Fe a que purifiquéis vuestras intenciones a la hora del estudio y de las clases, a que intensifiquéis vuestra piedad, sobre todo, la eucarística, a que examinéis en presencia de Dios si estáis dedicando a la predicación –con la palabra y los escritos– lo que Dios espera de vosotros; en una palabra: a que ahondéis en la unidad de vida, de modo que el estudio, las clases, las publicaciones y las predicaciones broten de la misma fuente y conduzcan al mismo fin: Dios. Amén.

Importante acontecimiento en la Diócesis de Burgos

por administrador,

Cope – 27 enero 2013

El próximo día 12 de febrero, martes previo a Ceniza, llegarán a Burgos las reliquias de san Juan de Ávila y permanecerán entre nosotros hasta el sábado siguiente, 16 de febrero. Se trata de un gran acontecimiento para la diócesis de Burgos. Porque san Juan de Ávila, además de ser un santo español de primera magnitud, es un guía para nuestro tiempo por su ejemplo y su doctrina. De alguna manera, la presencia de sus reliquias servirá para llenar el hueco que nos dejó mientras vivía, dado que nuestra diócesis no pudo beneficiarse de su presencia, al no haber venido aquí para realizar su obra evangelizadora.

San Juan de Ávila fue un buen conocedor de su tiempo y poseyó una óptima preparación académica, como consecuencia de su paso por las universidades de Salamanca y Alcalá y como fundador de la Universidad de Baeza (Jaén), que fue referente durante siglos. Fue también un destacado teólogo y un verdadero humanista. Propuso la creación de un Tribunal Internacional de arbitraje para evitar las guerras. Incluso inventó y patentó algunas obras de ingeniería.

Sin embargo, todo esto no lo usó para hacer carrera o escalar puestos sino que lo puso al servicio de la predicación y el aliento de la vida cristiana de incontables almas, muchas de ellas santos hoy canonizados. Se preocupó especialmente de la educación e instrucción de los niños y los jóvenes, sobre todo, de los que se preparaban para ser sacerdotes, lo que le llevó a fundar varios Colegios menores y mayores que, después del Concilio de Trento, se convertirían en Seminarios conciliares.

La doctrina de san Juan de Ávila ha quedado escrita en una serie de obras, que han servido como alimento de la vida cristiana de muchísimos sacerdotes, religiosos y seglares. Su obra principal, “Audi filia”, es un clásico espiritual; su “Catecismo”, una síntesis pedagógica sobre los contenidos de la fe para niños y mayores, y su “Tratado del amor de Dios”, una joya literaria y de contenido. El “Tratado sobre el sacerdocio” es un breve compendio, que se completa con las pláticas, sermones e incluso cartas.

Puntos permanentes de la enseñanza de san Juan de Ávila, sobre los cuales hablaba una y otra vez, son el bautismo, la redención, la llamada a la santidad, la vida espiritual, que arranca de la fe en Dios Amor y tiene como fundamento la bondad y misericordia divina expresada en los méritos de Jesucristo.

A lo largo de los siglos, sus escritos han sido fuente de inspiración para la espiritualidad sacerdotal, hasta el punto de poderle considerar como el promotor del movimiento místico entre los presbíteros seculares. Su influencia es fácilmente detectable en autores espirituales posteriores.

San Juan de Ávila estaba firmemente convencido de que la reforma del clero y del pueblo cristiano eran imprescindibles en su tiempo. Eso explica su aportación al Concilio de Trento, a través de sus famosos “Memoriales”, y la publicación de su obra “Doctrina christiana” o Catecismo. Hoy, cuando estamos conmemorando los cincuenta años del comienzo de otro gran concilio, el Vaticano II, y cuando por doquier suenan voces de reforma inaplazable en el pueblo y en el clero, el paso de las Reliquias de san Juan de Ávila por nuestra diócesis es una oportunidad de gracia que nos brinda el Señor para revitalizar nuestra fe y nuestra vida cristiana.

Desde aquí invito a todos los diocesanos, especialmente a los sacerdotes y religiosos, a mirarse en el espejo de este gran santo sacerdote español y descubrir en él la verdad de las palabras que Benedicto XVI pronunció en la homilía de la misa en que lo proclamó Doctor de la Iglesia: “Los santos son los verdaderos protagonistas de la evangelización en todas sus expresiones. Ellos son, también de forma particular, los pioneros y los que impulsan la nueva evangelización”.

Fiesta de S. Lesmes

por administrador,

Parroquia de S. Lesmes – 27 enero 2013

Con ilusión volvemos en este día a contemplar la figura del patrón de la ciudad: Lesmes abad. Ordinariamente prestamos atención a ciertos rasgos de su personalidad: entrega a los pobres, acogida a los peregrinos, vida de oración como buen monje, servicio a la ciudad colaborando con sus regidores, los milagros, la generosidad al dejar su patria para trasladarse a Castilla. Hoy os invito a fijarnos en algo que tenemos muy a la vista, pero que quizá no valoramos en todo su pleno sentido y eficacia.

San Lesmes, con la poderosa ayuda de la autoridad real, fue el promotor de un monasterio benedictino. En el archivo municipal se conserva la carta fundacional fechada el 3 de noviembre de 1091. Alfonso VI era consciente de que la instalación de una comunidad benedictina a las puertas de la ciudad supondría un impagable beneficio a todos sus moradores y a los que vinieran después. Aún quedan en pie parte de sus instalaciones como testigos de un fructífero pasado: los muros del templo con el eco de la salmodia, el claustro donde resuenan los cantos procesionales de la comunidad, las estancias lugar de trabajo y estudio, la sala capitular escenario de las reuniones conventuales, la torre campanario que convocaba a los oficios litúrgicos.

No es este el momento para hacer relación de lo acontecido con este antiguo cenobio, sino para reflexionar sobre el legado espiritual o religioso que todavía podemos descubrir en estas históricas ruinas. El Papa nos anima a que en este Año de la Fe echemos la vista atrás y volvamos a recorrer la “historia de nuestra fe” (PF 13). La fe de la comunidad cristiana que vive en Burgos se alimentó, entre otras fuentes, del Monasterio de san Juan, donde vivió la primera comunidad religiosa de la ciudad, que permaneció alentando y sosteniendo a los creyentes desde el final del siglo XI hasta el primer tercio del XIX. Los monjes, entregados de por vida a Dios y a sus prójimos, fueron un faro luminoso que orientó hacia Dios a los moradores de esta ciudad.

Los benedictinos supieron enseñar con la palabra y el ejemplo el arte de la paz, sirviéndose de los tres “vínculos” necesarios para conservar la unidad del Espíritu entre los seres humanos: la Cruz, que es la ley misma de Cristo; el libro, es decir la cultura; y el arado, que indica el trabajo, el señorío sobre la materia y el tiempo. Decía Benedicto XVI en un monasterio de esta orden: “gracias a la actividad de los monasterios, articulada en el triple compromiso cotidiano de la oración, del estudio y del trabajo, pueblos enteros del continente europeo han experimentado un auténtico rescate y un benéfico desarrollo moral, espiritual y cultural, educándose en el sentido de la continuidad con el pasado, en la acción concreta a favor del bien común, en la apertura hacia Dios y a la dimensión trascendental” (Alocución en Montecasino).

La vida monacal, por sí misma, es un testimonio vivo de los valores evangélicos que se contrastan con la enseñanza del Maestro: “de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma” (Lc 9,25). El monje no es un cobarde que se refugia porque tiene miedo a los avatares de la vida, sino un cristiano que ha entendido que Dios le pide emprender el camino del desprendimiento para indicar a sus hermanos los hombres dónde está la verdad para combatir el relativismo que desorienta a la humanidad. Si no hay nada que entendamos como “la verdad”, entonces ¿sobre qué bases y principios podremos fundamentar los grandes avances sociales: la tolerancia y la sociabilidad, la libertad religiosa, los derechos de conciencia, el auto-gobierno democrático y la igualdad ante la ley? Si la única medida de nosotros somos nosotros mismos, se cierra el horizonte de nuestras aspiraciones.

Lesmes sembró en la comunidad naciente, llamada a perpetuarse, que la firmeza en las convicciones basada en la fe sólo es posible cuando se acoge la enseñanza evangélica: “buscad el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). El ser humano, sin Dios, ni se realiza plenamente ni puede ser realmente feliz. Los monjes que habitaron las estancias del Monasterio de san Juan, trataron, con todas sus limitaciones humanas, de ser ejemplo vivo de esta relación interior y profunda con Dios, intentando poner por obra el programa que su regla sintetizó: “no anteponer nada al amor de Cristo” (Regla 4, 21). Esta propuesta de santidad, válida para todo cristiano, más que nunca lo es en nuestra época, en la que se evidencia la necesidad de anclar la conducta y la historia en firmes puntos de referencia espirituales.

Con este estilo de vida el monasterio, promocionado por Lesmes, fue centro de diálogo, de encuentro y benéfica fusión entre gentes diversas, unificadas por la cultura evangélica de la paz. Durante años aquí desarrollaron su vida monacal monjes venidos de la abadía francesa de “Casa Dei”. A su puerta llamaron peregrinos de toda Europa. Lo mismo se relacionaron con los monjes las autoridades y los intelectuales burgaleses, que los aparceros y renteros del coto conventual, los pobres y los desheredados. En el seno de la comunidad se integraron personajes salidos de las altas esferas de la sociedad burgalesa y de las gentes sencillas y bien intencionadas.

Terminamos recordando que junto al monasterio, pobre o floreciente, siempre estuvo el Hospital de san Juan, atendido por la comunidad benedictina hasta la desamortización. En él encontraron alivio los enfermos, consuelo los tristes y acogida los peregrinos. Evocar su trayectoria debe ser un despertador para nuestra generosidad. Así secundaremos la recomendación que nos hace el Papa cuando nos aclara que este Año de la Fe puede ser una oportunidad para intensificar el “testimonio de la caridad” (PF 14). Para nuestra sensibilización recordemos las apremiantes palabras del apóstol Santiago: “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: ‘Id en paz, abrigaos y saciaos’, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe” (St 2,14-18).

El mejor homenaje que podemos ofrecer a nuestro santo patrono es repasar la memoria del que fue Monasterio de san Juan y comprometernos a profundizar en los principios que movieron a sus moradores. Éstos nos ayudarán a dar menos valor a lo pasajero y más a lo definitivo y trascendente; a abrir el corazón a todos sin distinción; y, a servir a nuestros compatriotas trabajando por una ciudad mejor, en la que no haya nadie que por nuestra desidia y desinterés pueda pasarlo mal por falta de lo más necesario para su vida. Confiamos en que san Lesmes nos consiga la fuerza que precisamos para realizarlo.

Fiesta de S. Francisco de Sales

por administrador,

Salesas – 24 enero 2013

Celebramos hoy la fiesta de San Francisco de Sales. Lo hacemos con profunda alegría, porque es nuestro Patrono y vuestro Santo Fundador. Lo hacemos también con el deseo de contemplar en su vida y doctrina un ejemplo que estimula nuestra vida de cristianos, de religiosas y de sacerdotes.

Francisco nació un 21 de agosto de 1567. Tiempos recios de cambio, de lucha, de reforma. Cuatro años antes, se había clausurado el Concilio de Trento, el cual pidió a los cristianos una profunda reforma de vida. Vino al mundo en el castillo familiar de Sales. Sus padres eran nobles de cuna y cristianos de convicción. Hasta los 12 años marcó sus pasos la madre con su vida piadosa y cristiana. Su padre quería para su hijo una formación profunda en letras y leyes. Porque el momento requería que la sociedad contase con hombres bien preparados. Con esta finalidad lo manda a estudiar; primero, a Paris y después a Padua. Pero los planes del Presidente de la Cámara de los Nobles de la Corte de Nemours, su querido padre, no coincidían con los planes de Dios. De hecho, Francisco, terminados sus estudios de leyes, cambiará la toga por la sotana y, más tarde, el sillón de noble, por la silla episcopal de Ginebra. Su padre se siente frustrado, pero Francisco está profundamente satisfecho y lleno de agradecimiento a Dios. El podría decir lo mismo que hemos escuchado a san Pablo: “A mí, el más insignificante de todos los creyentes se me ha concedido este don de anunciar a todas las naciones la insondable riqueza de Cristo”. Francisco se siente en la órbita de Dios. Se siente amado, elegido, comprometido. ¡Ay de mí si no predicare el evangelio! Tiene que transmitir el amor de Dios que le quema dentro.

Pero si, después de haber leído el evangelio, quisiéramos presentar en un golpe de vista lo que es Francisco, simplemente tendríamos que pintar un pastor. Cristo nos dice: “Yo soy el buen pastor. El Buen Pastor conoce a sus ovejas y da la vida por ellas”. Ordenado sacerdote, Francisco es enviado a la región de Chablais, al norte del lago de Ginebra. Es un reducto calvinista. Comienza a predicar en una iglesia semidesierta. Confirma a los pocos fieles que vienen. Busca en las casas a los alejados, a los herejes. No importa que le cierren las puertas. Les enviará hojas sencillas de vida cristiana. Algunos las miran con desdén, otros con curiosidad y otros, con admiración.

Verdaderamente Francisco es un buen reflejo de Cristo, Buen Pastor. Su vida son sus ovejas. Hay dos grandes fuerzas en su trato: la paciencia y la bondad. Ellas terminan abriendo el corazón de los herejes al amor de Dios.

Clemente VIII le nombra obispo de Ginebra. Para evitar confrontaciones con los protestantes, traslada la sede a Anney. Su celo de pastor le impone la renovación de la diócesis. Por eso, organiza la catequesis de los niños, prepara escuelas para la formación, predica y promueve los sacramentos, pasa largas horas en el confesonario.

Su ciencia, su prudencia y su bondad le hacen estar cerca de reyes, duques y cardenales Pero no duda en montar su caballo y con él acercarse a los fieles perdidos en la alta montaña: los pastores. Hombres buenos, incultos y necesitados de cuidados espirituales. Les habla con sencillez de Dios, sentado con ellos junto al fogón.

Hay una nota singular en la vida de Francisco, buen pastor. No sólo conoce a sus ovejas, sino que hace que sus ovejas se conozcan a sí mismas. Sabe que el hombre es verdaderamente hombre, cuando está en la órbita de Dios. Cuando sale de ella es como una estrella errante, camino de la relatividad o de la sombras de la nada. El hombre es verdaderamente hombre, cuando se siente creatura amada por su creador; cuando se siente redimido, amado por Cristo que dio su vida por él; cuando se siente llamado por el Espíritu a una relación profunda y amistosa.

Francisco descubre esta grandeza del alma a través de una intensa dirección espiritual de almas. Fueron muchos –nobles y gente sencilla– los que encontraron dirección y cauce para sus vidas en el trato con Francisco. En él encontró caminos nuevos el joven sacerdote Vicente de Paúl. En él encontró dimensiones nuevas la condesa de Chantal. Una de esas dimensiones nuevas fue la fundación de la Orden de la Visitación: las Salesas.

La dirección espiritual llevada a cabo por Francisco se prolongó más allá de su relación personal, mediante sus escritos: Tratado del amor de Dios, Introducción a la vida devota. En ellas han encontrado alimento espiritual, sano y apetitoso, muchas generaciones de cristianos y muchos sacerdotes. Todavía hoy siguen estando entre los libros clásicos de espiritualidad.

Queridos hermanos: la celebración de la fiesta de nuestro Patrono y Fundador, san Francisco de Sales, tiene lugar en el marco del Año de la Fe. El que ahora hace las veces de Cristo en la tierra, el Papa Benedicto XVI, nos invita a todos a redescubrir el gozo de poseer el inmenso don de la fe, a gozarnos en él y a comunicárselo a los demás. Las crisis que estamos padeciendo son, en última instancia, crisis profundas de fe. Porque su última y más importante causa radica en el alejamiento de Dios, en vivir como si Dios no existiera, en convertir en ídolos el dinero, el poder y el placer; en poner el hombre al servicio de la economía, del capital y del trabajo y no la economía, el capital y el trabajo al servicio del hombre. Necesitamos que haya cristianos coherentes y capacitados en nuestras instituciones y en todas las encrucijadas culturales de nuestra sociedad. Y eso requiere sacerdotes bien formados y profundamente creyentes, que formen bien a esos seglares y les aporten los auxilios espirituales que ellos necesitan: los sacramentos y la dirección espiritual. La catequesis de adultos en general y de adultos especializados es una urgencia de primer orden para cambiar este mundo nuestro, al que amamos profundamente y con pasión, porque es la parcela que Dios nos ha dado para que la cultivemos. San Francisco de Sales, pastor bien formado, hombre profundamente creyente, apóstol incansable de la catequesis y de la confesión, nos impulsa a trabajar con ahínco en esta noble tarea. Que él nos alcance la gracia de seguir sus pasos.

Realidad y horizonte de la emigración

por administrador,

Cope – 20 enero 2013

Los flujos migratorios son “un fenómeno que impresiona por sus grandes dimensiones, por los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que suscita, y por los dramáticos desafíos que plantea a las comunidades nacionales y a la comunidad internacional”. Estas palabras del Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Migraciones del año 2013, son una llamada a los cristianos y, más en concreto, a los de España.

En efecto, el año 2012 vivían en España 5,7 millones de extranjeros, lo cual representaba el 12% de la población; si se incluyen los que ya se han nacionalizado, la cifra se eleva a 6,7 millones y al 14%. Sin ser los causantes de la crisis económica y moral que nos afecta, son “las primeras víctimas de la misma”, como señalamos los Obispos Españoles en el Mensaje para la Jornada del Emigrante, que celebramos este 20 de enero. De hecho, la tasa de paro de los emigrantes es del 35%, la cual ha motivado que no pocos hayan tenido que volver a sus países, con la consiguiente frustración y, en ocasiones, con importantes gravámenes económicos.

La Iglesia que peregrina en España, pastores y fieles, lejos de vivir de espaldas a esta realidad, está mostrando una gran sensibilidad y solidaridad hacia los emigrantes. Como decimos los Obispos en el citado Mensaje, “asombra, a pesar de la escasez de medios y recursos, la multitud de iniciativas eclesiales, algunas admirables, que se realizan en nuestra Iglesia a favor de los inmigrantes”. Pero esto no puede ser una excusa sino una fuerte llamada a seguir trabajando y ampliando nuestro radio de acción.

Entre las acciones más urgentes y necesarias cabe señalar éstas: la defensa de los derechos de las personas migrantes, la promoción de una cultura hospitalaria, la integración, la superación del asistencialismo, la formación y, por supuesto, la creación de puestos de trabajo. Así mismo, es importante apelar al sentido de responsabilidad política y social de las autoridades para que –como señalamos los Obispos– “los costes de la crisis no recaigan sobre los inmigrantes, arbitrando más bien las medidas necesarias para que reciban las ayudas sociales oportunas”.

Por otra parte, ante el aumento de los casos en que es necesario cubrir las necesidades más elementales: comida, vestido, salud y vivienda, es muy oportuno recuperar la colecta que antes se hacía con motivo de la Jornada, y así potenciar la ayuda pastoral a favor de los inmigrantes. En este sentido animo a los sacerdotes, especialmente a los de las parroquias grandes, a realizar esta colecta y ponerla al servicio de Cáritas para que atienda los casos más graves y urgentes, primando a las familias.

Con todo, la ayuda material y humana que hemos de prestar a los inmigrantes no puede hacernos olvidar que hemos de anunciarles el evangelio. Como decimos los obispos en el Mensaje para la Jornada de las Migraciones, “se dice que la Iglesia evangelizando promociona y promocionando evangeliza. Es verdad. No es bueno separar ambas dimensiones, pero tampoco es bueno confundirlas. En la Iglesia todo o casi todo es pastoral”, pero “la dimensión más netamente pastoral, es el servicio a la fe”. Por eso, no sólo hay que preocuparse de “los servicios que brotan de la fe” sino del “servicio a la fe”.

¡Ojalá que “los hermanos bautizados en la Iglesia Católica, venidos de otros países, puedan encontrar en nuestras parroquias su propia casa”!, y que ellos y nosotros seamos conscientes de “que lo mejor que nuestra Iglesia puede ofrecer a nuestros hermanos los hombres no son ni siquiera sus obras sociales sino a nuestro Señor Jesucristo; con Él todo lo demás viene por añadidura” (Mensaje de los Obispos de España para el Día de las Migraciones 2013).