In Memoriam José María Caballero Cuesta

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Esta mañana nos ha sorprendo la noticia: D. José María ha muerto. Nadie nos lo esperábamos cuando hace pocos días le habíamos visto; cuando, ayer, se acostaba sin algo que pudiera aventurar que no iba a despertar.

Ha muerto, como ha vivido, sin hacerse notar. Un hombre sabio en su campo: la Sagrada Escritura, que nunca alardeó de nada. Un hombre que, hoy que se habla tanto de idiomas, conocía el latín, el griego, el hebreo, el inglés, el alemán, el francés, el italiano…y que, sin embargo, era la sencillez andando, mezclada con un despiste innato, que le hacía aún más humano.

La mayoría de los sacerdotes hemos aprendido Sagrada Escritura con él. Sus notas de clase, modélicas en su género, las guardamos como libro de consulta inevitable si queremos fundamentar científicamente lo que decimos. Sus clases, con sus lapsus, lo que, por vulnerable, le facilitaban la cercanía, son tema frecuente de nuestras conversaciones. También, sus preguntas ingenuas, propias del sabio que se sorprende ante lo que otros creen saber.

Si tuviera que definir a D.José María, diríamos que estamos ante un Sócrates, apasionado por aprender, buscador infatigable de la la verdad que otros piensan haber alcanzado y poseerla. De ahí su carácter abierto, acogedor, cercano, amigable y buen compañero.

D. José María, has llegado a la meta. ¡Descansa en paz!.

Jesús Yusta Sainz

Algunas urgencias de Europa

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Cope – 27 octubre 2013

En una reciente entrevista al director de un periódico italiano decía el Papa Francisco: “Los más graves males que afligen al mundo en estos años son: la desocupación de los jóvenes y la soledad en la que son abandonados los viejos. Los viejos necesitan cuidado, compañía; los jóvenes, trabajo y esperanza, pero no tienen ni lo uno ni lo otro, y el problema es que no lo encuentran más. Están aplastados por el presente. Dígame usted: ¿se puede vivir aplastado por el presente? ¿Es posible continuar así?” Y concluía: “Esto, creo es el problema más urgente que la Iglesia tiene delante”.

No es la primera vez que el Papa se refiere a esta angustiosa situación que toca a incontables jóvenes y ancianos. Sin ir más lejos, sobre la tragedia del paro juvenil volvió en su visita a Lampedusa, en la cual denunció con voz de profeta la terrible realidad en que se encuentran tantísimos emigrantes y refugiados.

Quizás haya sido el viaje a Río de Janeiro, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, donde el Papa ha puesto el dedo en la llaga con más fuerza y clarividencia. Allí, dirigiéndose a muchos miles de jóvenes argentinos desplazados para acompañarle, les dijo: “Esta civilización mundial se pasó de rosca, porque es tal el culto que ha hecho al dios dinero, que estamos presenciando una filosofía y una praxis de exclusión de los dos polos de la vida que son la promesa de los pueblos: los ancianos y los jóvenes”.

Esto tiene plena vigencia en Europa donde se cuentan por millones los jóvenes que no encuentran trabajo o lo encuentran de forma absolutamente precaria; y, donde el problema de los ancianos es particularmente agudo. Algunos Parlamentos ya han levantado sus voces contra el gasto que supone la atención a los ancianos. Naciones como Bélgica tienen ya el dos por ciento de la población muriendo por la eutanasia, y se está luchando para ampliar la capacidad de provocar la muerte desde la niñez hasta la ancianidad. En Francia, el presidente Hollande parece dispuesto a reformar la ponderada ley Leonetti, de 2005, sobre el fin de la vida.

Reflexionando sobre éstos y otros fenómenos de Europa me viene a la mente pensar si habrá alguna potencia económica, cultural o política –o todo ello juntamente– que esté empeñada en hundir a Europa, donde el cristianismo ha arraigado y penetrado profundamente en la cultura, mostrando con hechos las altísimas cotas a las que se puede llegar en literatura, arquitectura, pintura, música, libertad, reconocimiento de la dignidad de la persona si se pone a Dios en el centro de la vida familiar, profesional y social. Cada día se hacen más fuertes mis dudas en ese sentido, al comprobar la agresividad con que actúan algunos y la pasividad que adoptan quienes deberían reaccionar ante estos elementos disolventes. Hasta tal punto que me pregunto: ¿Tendrán estos tales las manos atadas por fuerzas invisibles pero poderosísimas, que buscan destruir los cimientos de la sociedad occidental e implantar unos modelos de convivencia en los que los individuos estén cada vez más narcotizados, cultural y moralmente, y, por ello, sean cada vez más manipulables y fáciles de manejar?

Ante esta situación nada más estéril que lamentarse y arrugarse. Me parece que la única postura digna y eficaz es la que indican estas palabras del Papa en Río: “Jóvenes: tenéis que salir a luchar por los valores; ancianos, abrid la boca y enseñadnos, trasmitidnos la sabiduría de los pueblos. Sabed que, en este momento, los jóvenes y los ancianos están condenados al mismo destino: la exclusión. No os dejéis excluir”.

Jesucristo dio a los cristianos la misión de ser “luz del mundo y sal de la tierra”. Ser cristiano no es una broma. Es, más bien, un desafío apasionante: ser fermento en una masa informe y convertirla en pan tierno y sabroso.

In Memoriam Andrés Vicario Abejón

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Hay noticias que, aunque esperadas, nunca acabas de creer que son reales. Andrés Vicario, párroco de Santa María de Aranda ha muerto. Un hombre trabajador, optimista, noble; un sacerdote fiel, conciliador, íntegro; un amigo leal, generoso, atento, ha partido, aunque no nos ha dejado del todo pues, sabemos que Andrés, aunque todo parezca indicar lo contrario, vive.

Ha sido larga y dolorosa la lucha contra una enfermedad que, aparentemente, ha triunfado. ¡Cuánto hemos podido compartir estos años en los que la esperanza, la ilusión y las ganas de vivir parecían ir ganando la batalla. ¡Cómo celebrabas y nos compartías las pequeñas victorias! ¡Con qué ilusión vivías tu vida sacerdotal, tus proyectos, ahora, la preparación para la exposición de las Edades del hombre…!

Andrés, esta semana no habíamos hablado por teléfono pues, hoy,un años más, pensaba bajar, con Santiago, a celebrar contigo tu cumpleaños, y darte un abrazo y decirte: ¡felicidades!. Hoy, hace unos años iniciabas tu peregrinar, hoy, llegado a la meta, entras en la Vida definitiva. Hoy, ya no te puedo decir: Felicidades, como pensaba, el futuro ya no te importa. Mi deseo, hoy, no puede ser otro: ¡Descansa en paz!

Jesús Yusta Sainz

El papa Francisco quiere una Iglesia mariana

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Cope – 20 octubre 2013

Aunque el pontificado del Papa Francisco está todavía en sus primeros compases, ya están marcadas algunas líneas del rostro de la Iglesia que quiere el Papa. Una de ellas es, sin duda, la mariana.

Baste recordar, por ejemplo que, al día siguiente de su elección y pese al cansancio acumulado del cónclave, muy de mañana fue a visitar la basílica de Santa María la Mayor. Él mismo ha dicho por qué y para qué lo hizo: “Fui con el fin de encomendar a la Virgen mi ministerio como Sucesor de Pedro”. No sabemos lo que le dijo y le pidió a María de cara al ejercicio de su ministerio como Pastor supremo de la Iglesia. Quizás su oración fue la de un niño pequeño que, ante la magnitud de la tarea que su Hijo había puesto encima de sus espaldas, quiso ponerse en manos de la Madre, para que Ella le tratara como un hijo pequeño que necesita una protección especial. Y, ¿quién mejor que María, la Madre de Jesús y madre nuestra?

Esa escapada no fue un acto aislado. El Papa ha acudido ya más veces y, quizás, no sabemos cuántas han sido en realidad. En cualquier caso, sabemos que la víspera de comenzar el viaje a Río de Janeiro para la Jornada de la Juventud volvió a la misma basílica; en este caso, para poner en manos de María los frutos espirituales que esperaba de ese magno acontecimiento.

No contento con ello, a las 24 horas de haber llegado a Brasil, le faltó tiempo para acudir al Santuario de Nuestra Señora de Aparecida y poner de nuevo en manos de María la Jornada Mundial, pero añadiendo una precisión importante: “Vengo a llamar a la puerta de la casa de María –que amó a Jesús y le educó– para que nos ayude a todos: Pastores del Pueblo de Dios, padres y educadores, a trasmitir a nuestros jóvenes los valores que los hagan artífices de una nación y de un mundo más justo, solidario y fraterno”.

El último hecho mariano significativo del Papa Francisco tuvo lugar la semana pasada. El Papa ha querido que la celebración mariana, prevista con motivo del Año de la fe, tuviera un significado especial. Para ello mandó traer a Roma la imagen de la Virgen de Fátima que se venera en el santuario que lleva su nombre. En una magna celebración en la Plaza de san Pedro, el Papa ha querido poner la Iglesia y el mundo –con sus preocupaciones y esperanzas, con sus alegrías y penas, con sus problemas y anhelos– en manos de María. Más que una “consagración” ha sido un acto de “abandono confiado”.

El Papa Francisco es consciente de que la Iglesia tiene que buscar a Cristo, para hacerse cada vez mejor discípula y más apóstol. La Iglesia necesita importantes reformas de estructuras y métodos. Pero no es eso lo más urgente y necesario. Él mismo se lo ha dicho al director de la Civiltà Cattolica, en una reciente entrevista. Lo realmente trascendental es que los cristianos, pastores y fieles, seamos verdaderos discípulos de Jesucristo. Ahora bien, como el mismo Papa decía en Río, “la Iglesia, cuando busca a Cristo, llama siempre a la casa de la Madre y le pide Muéstranos a Jesús”.

No deja de ser significativo que después de un Papa que vivió un “totus tuus” –”todo tuyo”– en un crescendo ininterrumpido y nos impulsó a tratar a María como verdaderos hijos, haya venido otro Papa que, pese a tener una procedencia y sensibilidad muy distintas, no encuentre mejor camino que proponernos que el camino de María. ¿Qué nos querrá decir Jesucristo a través de los gestos marianos del que ahora es su Vicario en la tierra? ¿Qué gracias estarán condicionadas a que pastores y fieles metamos de verdad a María en nuestros planes y proyectos, en nuestras ilusiones y anhelos, en nuestros temores y esperanzas? No lo sé. Pero estoy seguro de que si imitamos al Papa en su ardiente y confiado amor a María, la Iglesia saldrá renovada y remozada.

Acción de gracias por los mártires burgaleses beatificados en Tarragona

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Catedral – 20 octubre 2013

1. Nos hemos congregado esta tarde en la que es la iglesia madre de todas las iglesias de la diócesis para dar gracias a Dios por la beatificación en Tarragona, el pasado domingo, de un gran número de hermanos nuestros, que fueron martirizados en la persecución religiosa española de 1936 a 1939. No hemos venido como van los equipos a un encuentro deportivo o a ganar una competición. Tampoco hemos venido a exaltar a unos héroes, que dan fama a nuestros pueblos o a nuestra provincia. Hemos venido a dar gracias a Dios por haber dado la gracia de la perseverancia final en la fe y en el amor a estos “discípulos que aprendieron bien el sentido de aquel amor hasta el extremo que llevó a Jesús a la Cruz” (Videomensaje del Papa Francisco) y dieron su vida antes que traicionar su fe en Cristo.

Los Beatos que hoy conmemoramos, como señaló el cardenal Amato en la misa de beatificación, “no eran combatientes, no tenían armas, no se encontraban en el frente, no apoyaban a ningún partido, no eran provocadores. Eran hombres pacíficos. Fueron matados por odio a la fe, sólo porque eran católicos, sólo porque eran sacerdotes, porque eran seminaristas, porque eran religiosos”. En la prisión, se animaron mutuamente, oraron con fervor y constancia, y con exquisita caridad se ayudaron y ayudaron a otros prisioneros. Ya en el martirio, algunos pidieron sufrirlo en último lugar para alentar a sus hermanos.

No pensemos que eran superhombres y supercristianos. No eran héroes que tenían una fuerza superior a la de quienes les mataban. No. Eran débiles, tenían miedo, les hubiera gustado seguir viviendo. ¿Por qué, entonces, puestos en la alternativa de morir a traicionar su fe, prefirieron la muerte por amor a Jesucristo? La razón es bien sencilla: porque Dios les ayudó, les dio la fortaleza necesaria para resistir y el amor suficiente para entregarse como se entregó Jesús en la Cruz. Como luego diremos en el prefacio, Dios “ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad su propio testimonio”.

Por eso y para eso hemos venido aquí esta tarde: para dar gracias a Dios, por haber sido tan bueno con estos hermanos nuestros, que les dio la gracia necesaria para alcanzar la palma de la victoria y la gloria del Cielo. Desde allí nos contemplan ahora, desde allí se unen a nosotros en íntima comunión; desde allí serán para siempre nuestros valiosos intercesores.

2. Desde allí, hay que añadir, serán también nuestros modelos, el espejo en que debemos mirarnos. ¿En qué hemos de imitarles? Ante todo, en la coherencia. Para nuestros beatos no hubo ninguna fisura entre la fe que profesaban con los labios y la fe que profesaban con las obras. Ellos eran cristianos, sacerdotes y religiosos que habían sido consagrados a Jesucristo por el Bautismo, el sacramento del Orden o los votos, y habían asegurado con la boca que estaban dispuestos a morir antes que renegar de la propia fe. Todos habían aprendido en el Catecismo y repetido muchas veces que “amar a Dios sobre todas” es “querer perderlas todas antes que ofenderle”. Y así fue. Cuando tuvieron que optar entre renunciar a todas las cosas, incluso la vida, y ofenderle, prefirieron ser mártires antes que traidores.

¡Que ejemplo para nosotros! En el Videomensaje que nos envió el Papa Francisco con motivo de la beatificación, nos decía: “Imitemos a los mártires. Siempre hay que morir un poco para salir de nosotros mismos, de nuestro egoísmo, de nuestro bienestar, de nuestra pereza, de nuestras tristezas; y abrirnos a Dios, a los demás, especialmente a los que lo necesitan”. Y añadía: Imploremos su intercesión “para ser cristianos de verdad, cristianos con obras y no de palabra; para no ser cristianos mediocres, cristianos barnizados de cristianismo pero sin sustancia; ellos no eran barnizados; eran cristianos hasta el final”. Es la coherencia que nos pedía san Pablo en la segunda lectura: “Ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded como cristianos”.

Los cristianos de hoy necesitamos perder el miedo a presentarnos como tales. Nos hemos hecho un poco –o un mucho– vergonzantes de nuestra fe. Todos nos proclamamos cristianos cuando venimos a misa o cuando pedimos los sacramentos para nuestros hijos; pero, luego, qué poco se nota en la vida, sobre todo, en la vida pública. ¿Esperamos ser así la luz del mundo y la sal de la tierra? ¿Son estos los cristianos que necesita el mundo de hoy? Al recordar ahora a nuestros mártires beatos, hagamos este firme compromiso: “Señor: quiero ser cristiano de verdad en mi familia, en mi pueblo, en mi trabajo, en mi diversión”.

Además de imitar a nuestros mártires en la coherencia entre fe y vida, hemos de imitarles también en el perdón y la reconciliación. La Iglesia exige dos cosas para declarar mártir a un cristiano: que muera “por odio a la fe” y que muera “perdonando”, imitando a Jesucristo, que mientras le crucificaban, pedía perdón e imploraba clemencia para quienes cometían tan gran delito. Es lo que hicieron nuestros beatos y es lo que hemos de hacer nosotros. Nada hay más opuesto a nuestra fe ni más irreconciliable con ella que el odio, la malquerencia. Ser cristianos es llevar el amor al prójimo hasta el heroísmo. Y heroísmo es no sólo dar la vida sino perdonar y amar a los que nos quieren mal, a los que nos hacen mal, a los que nos desean el mal.

Hermanos: estamos viviendo en España unos momentos muy delicados en lo que respecta a la convivencia entre unos y otros. Son muchas las voces que se levantan a favor de la división, de la separación, del enfrentamiento. Hay medios de comunicación social que, en lugar de promover la cultura de la compresión y de la tolerancia, son sembradores de odio y de discordia. Hay también colectivos sociales y culturales cada vez más radicalizados. Una espiral de violencia verbal y física, puede minar nuestra convivencia pacífica. Ciertamente, no se trata de borrar las fronteras entre el bien y el mal, ni entre la verdad y la mentira. Se trata de no aceptar provocaciones y ser capaces de convivir, aunque seamos distintos en ideas políticas, sociales y religiosas. ¿No es una experiencia común y universal que los grandes conflictos, a la postre hay que arreglarlos en una mesa de negociaciones? ¿No es mejor prevenir que curar? Pidamos a los mártires que hoy festejamos que nos alcancen de Dios las mismas entrañas de perdón que ellos tuvieron y que nos hagan sembradores de paz y de alegría en nuestra vida cotidiana.

Que el Cuerpo eucarístico de Cristo, que hacemos presente y comulgaremos en esta celebración, nos convierta en Cuerpo místico de Cristo entre nosotros y así podamos unir y unirnos con todos, superando las enemistades, los enfrentamientos y los odios.