Preparar de verdad la Navidad

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

A las puertas de una nueva Navidad, quisiera compartir con vosotros el misterio sagrado, trascendental y profundo de la Encarnación del Hijo de Dios.

 

El Adviento, con su poso de eternidad y su mirada contemplativa hacia el Absoluto, llega a su fin. Y lo hace para introducirnos en el sacramento de la Belleza que se hace vida en Navidad, para iluminar –con Quien es «Luz del Mundo» (Jn, 8, 12)– los rincones de nuestra presencia y para acomodar la posada de nuestro corazón ante la llegada del Niño que nace en un humilde pesebre.

 

Dios toma nuestra carne para habitar entre nosotros. Máxime en estos momentos difíciles y llenos de ecos dolorosos que intentan solapar el paso del Amor por nuestras vidas. «La Navidad suele ser una fiesta ruidosa», decía el Papa Francisco en su mensaje de Navidad del año pasado, «y nos vendría bien un poco de silencio, para oír la voz del Amor».

 

Es el tiempo del amor, de la acogida, de la mirada apacible y de la sonrisa. Sí, de la sonrisa. Porque es esencial dibujar en nuestro rostro la mirada feliz del Niño que nace para sorprendernos con su alegría. Hay que hacerlo, incluso cuando las cosas no van bien, cuando nos cuesta comprender la voz de Dios o cuando los sueños anhelados se rompen y la vida nos obliga a volver a empezar.

 

Jesús es la sonrisa de Dios, y «sonreír es acariciar con el corazón y con el alma», afirma el Papa. En este tiempo traspasado de eternidad y de preparación para la inminente Navidad, en este andar por la senda de Nazaret repleto de nombres, de sentires y de esperanzas, quisiera compartiros algo que, desde la primera llamada, ha acompañado mi vocación: ¿Cómo es posible que Dios no rehúya nuestras pobrezas y venga a habitar en el templo de nuestra carne?

 

Lo he meditado en multitud de ocasiones y, en cada uno de los silencios que me suscita esta pregunta, descubro cómo Él vuelve a habitar en el pobre pesebre de mi vida. Sin preguntas, sin reclamos, sin sentirse ofendido en cada una de mis miserias.Y así, aun siendo limitado, aun ofreciéndole, tantas veces, las pobrezas de mi persona, consuela el decaimiento de los días complicados: cuando no se alcanza a ver la Navidad en los momentos en que la niebla cubre la hermosa luz de Dios que siempre nos ilumina.

 

Y es que, ciertamente, Dios no rehúye nuestras limitaciones ni nuestros pecados. Al contrario, habita nuestra carne herida y nos recuerda que hemos sido creados para amar y para ser amados.

 

Es el misterio más esperado de la Navidad. Y ahí, en ese abrazo consolador, Jesús nos pide que seamos hospitalarios, que no permitamos que nadie se sienta abandonado, que nos dispongamos a escuchar –con quienes sufren– el silencio de la Nochebuena, que seamos buenos samaritanos con las personas que atraviesan tiempos recios, que están enfermas o que no tienen a nadie con quien compartir este tiempo de alegría.

 

Que la austeridad de este tiempo sea correlativa a la generosidad de nuestra caridad. No os olvidéis transmitir la esperanza de Dios y, sobre todo, de amar, más allá de las circunstancias. Que el Niño Dios, que nace en el seno de la más bella de todas las mujeres, nos enseñe a construir el mundo según el corazón de esta Madre, y según el corazón de Dios. Y que nosotros no nos cansemos de decirle, cada uno de estos días, que venga a habitar en el pobre pesebre de nuestra vida. Aguardémosle con toda el alma. Él solo quiere un sitio sencillo donde volver a posar su cuerpo para hacerse, en nuestras manos, una nueva Navidad.

 

Con gran afecto os bendigo y os deseo una feliz y santa Navidad.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Don Mario Iceta: «La archidiócesis de Burgos aprueba con nota»

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«Burgos es mucho más hermoso de lo que yo esperaba. Para mí ha sido una grata sorpresa y novedad. Estoy contento de servir a esta Iglesia diocesana». Con estas palabras, don Mario Iceta Gavicagogeascoa ha resumido sus impresiones sobre la archidiócesis de la que es pastor desde hace precisamente un año. Lo ha hecho en una entrevista en los micrófonos de COPE Burgos, donde ha asegurado, además, que pasados doce meses desde su toma de posesión, «la archidiócesis aprueba con nota», no solo por lo que él ha podido constatar sino, incluso por el respaldo social con que cuenta la Iglesia en Burgos.

 

En sus primeros compases en Burgos se admira de su catedral, sus iglesias y ermitas, pero también de sus gentes, personas «generosas, trabajadoras, nobles y acogedoras», como las define. También le ha causado buena impresión su clero, «bien formado, generoso en el servicio» e «implicado en todas las dimensiones» de su ministerio. También le han impresionado las zonas verdes, las dos universidades y el amplio tejido empresarial con que cuenta la ciudad, la décima en desarrollo industrial del país. «Son descubrimientos que no conocían y que potencian la idea positiva de lo que es Burgos».

 

Como pastor de la archidiócesis, asegura que su misión es «cuidar personas» y «mostrarles lo más grande y en quien podemos construir una vida grande, que es Jesucristo». Por eso, su afán en estos meses y en la marcha pastoral del futuro, pasa inevitablemente por acompañar a las personas: «La Iglesia ha de ser un lugar seguro para todas las personas y entregada a todas las personas». De ahí sus deseos por «educar a personas a nivel educativo con metas grandes», «cuidar e impulsar la Facultad de Teología», «cuidar a los sacerdotes» y «rescatar y ayudar a los más excluidos y debilitados, ponerlos en un lugar preferencial, en el centro de nuestras ocupaciones y preocupaciones», ha asegurado. Durante estos meses al frente de la archidiócesis, ha visitado Cáritas, todos los arciprestazgos y delegaciones, se ha entrevistado con casi la totalidad de sacerdotes y visita cada fin de semana parroquias de la capital y la provincia, celebrando cada domingo por la tarde la misa en la Catedral: «Quiero que la gente tenga acceso al arzobispo sin tener que pedir cita».

 

«Somos un nosotros»: superar el individualismo

 

Don Mario llegó a Burgos apenas superada la segunda ola de coronavirus, que tan duramente golpeó la provincia. Él es consciente de que «la pandemia nos ha tocado de lleno». Y aunque asegura que no es la primera ni será la última, ha hecho una llamada «a la responsabilidad de todos» para evitar contagios y ha señalado cómo la Iglesia ha intentado e intenta dar respuesta a los retos que plantea la epidemia. «También la Iglesia ha querido estar ahí, multiplicado servicios de Cáritas, de la pastoral de la salud, abriendo el centro de escucha… La Iglesia ha estado junto a los que sufren», ha afirmado, mientras ha recordado «emocionado» a las personas fallecidas, los enfermos y sus familias y el «agradecimiento profundo a los profesionales de la salud» y los demás colectivos implicados en contrarrestar los efectos de la pandemia.

 

Por último, don Mario ha asegurado que el impulso por la sinodalidad por la que apuesta el papa Francisco servirá para «tomar conciencia de que formamos una gran familia, evitando el individualismo y darnos cuenta de que somos nosotros».  En este sentido, la Asamblea Diocesana será una oportunidad para descubrir que «somos Iglesia y miembros de este pueblo de Dios y debemos aportar a la misión los dones y las cualidades que Dios nos ha dado». La Asamblea y el Síndo serían así «una llamada a la participación y el gozo de tomar conciencia de que somos pueblo de Dios convocados por el Señor para anunciar y hacer presente su salvación y su misericordia y su gracia».

Conducir bien es un acto moral y un ejercicio de caridad

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Esta semana, coincidiendo con el brote de los desplazamientos masivos que inundan las carreteras de todo el país, hemos celebrado la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico.

 

Con el lema El transporte y la movilidad: creadores de trabajo y contribución al bien común, el Departamento de la Pastoral de la Carretera de la Conferencia Episcopal Española promueve esta jornada en el día de san Cristóbal, patrón de los conductores.

 

«Jesús recorría las ciudades y pueblos, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curanto toda enfermedad y dolencia» (Mt 9, 35), proclama el evangelista Mateo. Y así pasó el Señor, «haciendo el bien y curando a los oprimidos» (Hch 10, 37-38), esculpiendo las huellas de la cara más difícil del terreno que pisaba, tejiendo concordia, amando sin condiciones, porque «Dios es amor» (1 Jn 4,7-8).

 

En el corazón de esta artesanía del bien común se fragua esta jornada, cimentada desde una responsabilidad que se sustenta «no por temor a la multa», sino «por amor a Dios y respeto a mi prójimo», como escriben los obispos de la Subcomisión Episcopal de Migraciones y Movilidad Humana. Ciertamente, «ser buen conductor no es alardear de ello con arrogancia y sin rubor, y mucho menos si se pretende humillar, como a veces sucede, a algún compañero». La prepotencia y el orgullo, recuerda la subcomisión, «no son buenos compañeros de viaje», pues «el verdadero compañerismo, en la profesión o en la empresa, se construye sobre el servicio, la humildad y la ayuda mutua».

 

El Papa Francisco, en 2017, durante una audiencia con la Policía Vial de Roma con motivo del Día Mundial en Recuerdo de las Víctimas de Accidentes de Trafico, advertía que, a veces, el escaso sentido de responsabilidad está causado «por unas prisas y una competencia asumidas como forma de vida que convierte al resto de conductores en obstáculos».

 

Ciertamente, conducir bien es un acto moral, un ejercicio de caridad, una manera de ejercitar la bondad a la que nos llama el Padre.

 

El deber de justicia y caridad, dice el Concilio Vaticano II, se cumple «contribuyendo cada uno al bien común, según la propia capacidad y la necesidad ajena, sin subestimar las normas de circulación». Una exigencia que implica cuidar la vida, el don más precioso, el regalo siempre nuevo para cualquier hijo de Dios.

 

Alcanzar la seguridad vial mediante una adecuada acción educativa es una tarea de todos. Porque los efectos de la misma sobre la vida de los demás pueden ser realmente dramáticos e irreversibles. Por eso es tan importante respetar las normas de tráfico, cuidar cada acción al volante y ser buenos samaritanos en el camino.

 

Ser buen samaritano, recuerdan los obispos, «es hacer de la carretera una arteria de vida, de seguridad vial, de trabajo, de comunicación, de encuentro fraterno, de riqueza cultural y económica». Un espacio, a corazón abierto, «para vivir el cuidado y el gozo de la familia y de los amigos».

 

Una ocasión especial, también, para tener presentes a tantos transportistas que, durante el confinamiento, abastecieron las necesidades del país. Asimismo, pongo la mirada –de un modo personal– en los profesionales del transporte sanitario que, desde las ambulancias, a diario y a cualquier hora, se dejan la piel por salvar tantas vidas.

 

Hoy, queridos hermanos y hermanas, ponemos nuestra confianza en Nuestra Señora del Camino y en san Cristóbal; y les pedimos que nos ayuden a ser corresponsables del cuidado, del propio y del ajeno, humanizando cada acción, velando la buena conducción en la carretera y sabiendo que, al volante, no solo van nuestras vidas, sino también las de muchos hermanos que anhelan, como nosotros, llegar salvos y gozosos a su destino.

 

Con gran afecto, recibid la bendición de Dios.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El arzobispo, a Carlos Herrera: «La Catedral de Burgos es lugar de concordia y humanismo»

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«La Catedral de Burgos es lugar de concordia, porque es un crisol de diversas culturas, del encuentro de la fe con el arte, con la ciencia, la arquitectura, el humanismo e, incluso, la medicina». El arzobispo de Burgos, don Mario Iceta, ha pasado esta mañana por los micrófonos de Herrera en Cope y ha trasladado al comunicador, que se ha desplazado hasta Burgos para dirigir su programa radiofónico, las bondades de la seo y del Año Jubilar concedido por el papa Francisco con motivo del VIII Centenario de la Catedral. «Es un lugar donde se irradia lo que es la humanidad», ha dicho el pastor de la archidiócesis, «un lugar donde podemos encontrarnos personas de distintas personalidades y sensibilidades, porque la Iglesia siempre tiene las puertas abiertas y ser católico significa ser universal e integrador».

 

Para el arzobispo, la Catedral, construida hace 800 años, es un reclamo para que Europa amplíe sus miras «cortoplacistas» a fin de descubrir en el humanismo cristiano las raíces sobre las que ha cimentado su historia y su cultura: «La Catedral nos recuerda el papel de Burgos en la vertebración de Europa, cómo se ponen los cimientos de la cultura europea y española. Europa, que está un poco desorientada, tiene que hacer memoria de dónde viene y recordar figuras de esta categoría que tuvieron visiones más profundas de las que hoy se estilan» y ante las que, ha dicho, «nos sentimos empequeñecidos comparados con ellos».

 

El papel integrador del cristianismo es que el que se refleja también en la ‘Fundación VIII Centenario de la Catedral. Burgos 2021’, encargada de organizar todos los actos relativos al cumpleaños de la seo y en la que se han aunado todos los estamentos sociales de la ciudad y la provincia. «Ninguno ha quedado al margen, están integradas todas las realidades, todas las sensibilidades sociales, empresariales, sindicales, el mundo de la cultura y la universidad, las artes, y como presidentes de honor a los reyes, su majestad Felipe VI vendrá a inaugurar las Edades del Hombre». «Es un orgullo el estilo y la forma de ser de la fundación, que hayamos integrado a absolutamente todos los estamentos presentes en Burgos y la comunidad autónoma».

 

Evangelización y eutanasia

 

Carlos Herrera también ha preguntado al arzobispo acerca de los retos evangelizadores que tiene la Iglesia por delante. Para don Mario, la experiencia cristiana «viene a dar luz, consuelo y esperanza a los grandes dramas de la humanidad», al «saco de sufrimientos que lleva la gente encima». Por ello, ha indicado, los tiempos actuales son «un reto apasionante» para «volver a predicar de modo nuevo, de formas nuevas, con nuevas energías y lenguajes la perenne novedad del evangelio».

 

El comunicador, que como el arzobispo también es un gran conocedor del mundo de la medicina, lo ha interrogado acerca de la ley de eutanasia. Don Mario, que ha recordado cómo estudió y ejerció la medicina antes de ser sacerdote, ha recordado que, en este ámbito, «no hay demanda social» y que la gente «desea vivir y no sufrir». El arzobispo ha denunciado que España está entre los seis países que regulan la eutanasia cuando falta aún una ley de cuidados paliativos, y ha cuestionado el modo en que la nueva ley regula la objeción de conciencia de quienes se opongan a ejercerla: «Se tienen que apuntar a una lista, cuando debería ser al revés, quienes quieran practicar la eutanasia deberían apuntarse en un registro como su especialidad. La medicina tiene como fin curar, y no eliminar la vida del enfermo», ha concluido.

 

Carlos Herrera también ha entrevistado a lo largo de la mañana al presidente del Cabildo, Vicente Rebollo, y a Juan Álvarez Quevedo, comisario de la exposición de las Edades del Hombre, que se desarrollarán en la Catedral a partir del próximo 29 de junio.

Un adiós fraterno y jubiloso

por redaccion,

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Hoy es el último día que me asomo a esta ventana, desde la que cada domingo he tenido ocasión de saludaros para desearnos siempre un feliz día del Señor. Agradezco sinceramente los medios técnicos que han hecho posible estas comunicaciones semanales, facilitando el encuentro sencillo entre el Obispo y su Iglesia, entre el Pastor y su pueblo. Así, a lo largo de estos cinco años, he querido acercarme a vuestros hogares para compartir con vosotros unas palabras de la liturgia dominical, una celebración o un documento de la Iglesia, un comentario de la vida diocesana, una reflexión para iluminar la actualidad desde el Evangelio…, un deseo, en definitiva, de animarnos a vivir más profundamente la fe, siendo mejores cristianos cada día, mejores hijos de Dios y mejores hermanos entre nosotros y con todos. Esa ha sido la misión que con la ayuda de Dios y como un sencillo instrumento en manos del único Pastor, Jesucristo, he procurado vivir, acompañando el caminar de nuestra querida Iglesia en Burgos, cuyo cuidado y servicio pastoral se me confió.

 

Llega ahora el momento del relevo. Así os lo anunciaba hace algunas semanas. El próximo sábado, si Dios quiere, comenzará el servicio episcopal de D. Mario Iceta en esta parcela de la Iglesia que peregrina en Burgos. Se trata de un momento hermoso en la historia de nuestra Iglesia donde se hace visible la unidad y la continuidad en la sucesión apostólica. Unidos al Papa que le ha encomendado este ministerio, saldremos al encuentro del que «viene en el nombre del Señor». Estoy seguro de que le acogeréis con la nobleza castellana que os caracteriza y de que en todo tiempo haréis que se sienta acogido y en casa, como me he sentido yo.

 

Puedo decir que es un adiós fraterno y jubiloso. Me he sentido a gusto y me voy muy contento de cuanto he vivido con vosotros y para vosotros. Esa sencilla historia compartida día a día es ya, por la presencia del Espíritu, historia de salvación.

 

Para mí en este momento se entremezclan sentimientos muy complementarios. Vivo un sentimiento hondo de alabanza y agradecimiento al Señor que me ha concedido la gracia de conocer, guiar, acompañar y presidir esta hermosa Iglesia burgense. Siento igualmente la necesidad de dar gracias por vosotros y a vosotros ¡Cuántos testimonios de acogida, de entrega, de fidelidad, de cercanía, de colaboración, de generosidad… me he encontrado en tantos sacerdotes, religiosos y laicos, en la Iglesia y en la sociedad! Como una fiel orquesta hemos seguido entonando, en la pluralidad de los carismas y ministerios, la melodía única que el Señor nos ha ido proponiendo. Recuerdo, y me sirven para daros las gracias a todos, las palabras de Pablo a la comunidad de los Tesalonicenses cuando les dice: «Sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor» (1Tes 1, 3). Gracias de corazón.

 

Junto al sentimiento de gratitud por haber compartido con vosotros esta aventura misionera, me llena un profundo gozo y una certera esperanza. El momento que vivimos es apasionante, no exento de dificultades, cierto. Pero, ¿acaso ha sido alguna vez fácil la evangelización? Tenemos un pasado maravilloso: nuestra magnífica Catedral, monumento insigne a la fe de ocho siglos, es prueba de ello; y lo atestiguan también, como piedras vivas, la innumerable cantidad de testigos que nos han precedido en el recorrido de la fe y que han alcanzado la santidad en estas tierras. También estamos impulsando un rico presente, que se construye con tantas iniciativas de evangelización que se llevan adelante en las diferentes delegaciones, movimientos, parroquias, colegios, grupos, vida religiosa… para que sigamos siendo hoy Iglesia samaritana, convocada por el Señor y enviada a nuestra sociedad como frágil levadura en medio de la masa. Y el presente se proyecta con esperanza hacia el futuro, porque la Asamblea Diocesana en la que estamos embarcados y el Jubileo que acabamos de iniciar, son procesos de conversión y renovación, puestos en marcha, que irán dando su fruto con la gracia del Espíritu.

 

Con los lógicos sentimientos que entraña un adiós, sí puedo decir que es un adiós fraterno y jubiloso. Me he sentido a gusto y me voy muy contento de cuanto he vivido con vosotros y para vosotros. Esa sencilla historia compartida día a día es ya, por la presencia del Espíritu, historia de salvación. En Él permaneceremos unidos. Yo seguiré vinculado a esta Diócesis, con la que me he desposado para siempre. En silencio y desde lo escondido. Os he querido, os seguiré queriendo y continuaré estando a vuestra disposición. Tened la seguridad de que os tendré siempre presentes en mi oración…. Perdonad mis limitaciones y posibles errores y rezad también por mí.

 

Hoy estrenamos el tiempo de Adviento. Que Santa María la Mayor, que nos cuida maternalmente desde el corazón de nuestra Catedral, nos acompañe y guíe para preparar los caminos del Señor. Junto a Ella y con Ella quiero repetir las mismas palabras de alabanza y acción de gracias con las que inicié entre vosotros mi ministerio episcopal: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador» (Lc 1,46-47).