Conducir bien es un acto moral y un ejercicio de caridad

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Esta semana, coincidiendo con el brote de los desplazamientos masivos que inundan las carreteras de todo el país, hemos celebrado la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico.

 

Con el lema El transporte y la movilidad: creadores de trabajo y contribución al bien común, el Departamento de la Pastoral de la Carretera de la Conferencia Episcopal Española promueve esta jornada en el día de san Cristóbal, patrón de los conductores.

 

«Jesús recorría las ciudades y pueblos, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curanto toda enfermedad y dolencia» (Mt 9, 35), proclama el evangelista Mateo. Y así pasó el Señor, «haciendo el bien y curando a los oprimidos» (Hch 10, 37-38), esculpiendo las huellas de la cara más difícil del terreno que pisaba, tejiendo concordia, amando sin condiciones, porque «Dios es amor» (1 Jn 4,7-8).

 

En el corazón de esta artesanía del bien común se fragua esta jornada, cimentada desde una responsabilidad que se sustenta «no por temor a la multa», sino «por amor a Dios y respeto a mi prójimo», como escriben los obispos de la Subcomisión Episcopal de Migraciones y Movilidad Humana. Ciertamente, «ser buen conductor no es alardear de ello con arrogancia y sin rubor, y mucho menos si se pretende humillar, como a veces sucede, a algún compañero». La prepotencia y el orgullo, recuerda la subcomisión, «no son buenos compañeros de viaje», pues «el verdadero compañerismo, en la profesión o en la empresa, se construye sobre el servicio, la humildad y la ayuda mutua».

 

El Papa Francisco, en 2017, durante una audiencia con la Policía Vial de Roma con motivo del Día Mundial en Recuerdo de las Víctimas de Accidentes de Trafico, advertía que, a veces, el escaso sentido de responsabilidad está causado «por unas prisas y una competencia asumidas como forma de vida que convierte al resto de conductores en obstáculos».

 

Ciertamente, conducir bien es un acto moral, un ejercicio de caridad, una manera de ejercitar la bondad a la que nos llama el Padre.

 

El deber de justicia y caridad, dice el Concilio Vaticano II, se cumple «contribuyendo cada uno al bien común, según la propia capacidad y la necesidad ajena, sin subestimar las normas de circulación». Una exigencia que implica cuidar la vida, el don más precioso, el regalo siempre nuevo para cualquier hijo de Dios.

 

Alcanzar la seguridad vial mediante una adecuada acción educativa es una tarea de todos. Porque los efectos de la misma sobre la vida de los demás pueden ser realmente dramáticos e irreversibles. Por eso es tan importante respetar las normas de tráfico, cuidar cada acción al volante y ser buenos samaritanos en el camino.

 

Ser buen samaritano, recuerdan los obispos, «es hacer de la carretera una arteria de vida, de seguridad vial, de trabajo, de comunicación, de encuentro fraterno, de riqueza cultural y económica». Un espacio, a corazón abierto, «para vivir el cuidado y el gozo de la familia y de los amigos».

 

Una ocasión especial, también, para tener presentes a tantos transportistas que, durante el confinamiento, abastecieron las necesidades del país. Asimismo, pongo la mirada –de un modo personal– en los profesionales del transporte sanitario que, desde las ambulancias, a diario y a cualquier hora, se dejan la piel por salvar tantas vidas.

 

Hoy, queridos hermanos y hermanas, ponemos nuestra confianza en Nuestra Señora del Camino y en san Cristóbal; y les pedimos que nos ayuden a ser corresponsables del cuidado, del propio y del ajeno, humanizando cada acción, velando la buena conducción en la carretera y sabiendo que, al volante, no solo van nuestras vidas, sino también las de muchos hermanos que anhelan, como nosotros, llegar salvos y gozosos a su destino.

 

Con gran afecto, recibid la bendición de Dios.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El arzobispo, a Carlos Herrera: «La Catedral de Burgos es lugar de concordia y humanismo»

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«La Catedral de Burgos es lugar de concordia, porque es un crisol de diversas culturas, del encuentro de la fe con el arte, con la ciencia, la arquitectura, el humanismo e, incluso, la medicina». El arzobispo de Burgos, don Mario Iceta, ha pasado esta mañana por los micrófonos de Herrera en Cope y ha trasladado al comunicador, que se ha desplazado hasta Burgos para dirigir su programa radiofónico, las bondades de la seo y del Año Jubilar concedido por el papa Francisco con motivo del VIII Centenario de la Catedral. «Es un lugar donde se irradia lo que es la humanidad», ha dicho el pastor de la archidiócesis, «un lugar donde podemos encontrarnos personas de distintas personalidades y sensibilidades, porque la Iglesia siempre tiene las puertas abiertas y ser católico significa ser universal e integrador».

 

Para el arzobispo, la Catedral, construida hace 800 años, es un reclamo para que Europa amplíe sus miras «cortoplacistas» a fin de descubrir en el humanismo cristiano las raíces sobre las que ha cimentado su historia y su cultura: «La Catedral nos recuerda el papel de Burgos en la vertebración de Europa, cómo se ponen los cimientos de la cultura europea y española. Europa, que está un poco desorientada, tiene que hacer memoria de dónde viene y recordar figuras de esta categoría que tuvieron visiones más profundas de las que hoy se estilan» y ante las que, ha dicho, «nos sentimos empequeñecidos comparados con ellos».

 

El papel integrador del cristianismo es que el que se refleja también en la ‘Fundación VIII Centenario de la Catedral. Burgos 2021’, encargada de organizar todos los actos relativos al cumpleaños de la seo y en la que se han aunado todos los estamentos sociales de la ciudad y la provincia. «Ninguno ha quedado al margen, están integradas todas las realidades, todas las sensibilidades sociales, empresariales, sindicales, el mundo de la cultura y la universidad, las artes, y como presidentes de honor a los reyes, su majestad Felipe VI vendrá a inaugurar las Edades del Hombre». «Es un orgullo el estilo y la forma de ser de la fundación, que hayamos integrado a absolutamente todos los estamentos presentes en Burgos y la comunidad autónoma».

 

Evangelización y eutanasia

 

Carlos Herrera también ha preguntado al arzobispo acerca de los retos evangelizadores que tiene la Iglesia por delante. Para don Mario, la experiencia cristiana «viene a dar luz, consuelo y esperanza a los grandes dramas de la humanidad», al «saco de sufrimientos que lleva la gente encima». Por ello, ha indicado, los tiempos actuales son «un reto apasionante» para «volver a predicar de modo nuevo, de formas nuevas, con nuevas energías y lenguajes la perenne novedad del evangelio».

 

El comunicador, que como el arzobispo también es un gran conocedor del mundo de la medicina, lo ha interrogado acerca de la ley de eutanasia. Don Mario, que ha recordado cómo estudió y ejerció la medicina antes de ser sacerdote, ha recordado que, en este ámbito, «no hay demanda social» y que la gente «desea vivir y no sufrir». El arzobispo ha denunciado que España está entre los seis países que regulan la eutanasia cuando falta aún una ley de cuidados paliativos, y ha cuestionado el modo en que la nueva ley regula la objeción de conciencia de quienes se opongan a ejercerla: «Se tienen que apuntar a una lista, cuando debería ser al revés, quienes quieran practicar la eutanasia deberían apuntarse en un registro como su especialidad. La medicina tiene como fin curar, y no eliminar la vida del enfermo», ha concluido.

 

Carlos Herrera también ha entrevistado a lo largo de la mañana al presidente del Cabildo, Vicente Rebollo, y a Juan Álvarez Quevedo, comisario de la exposición de las Edades del Hombre, que se desarrollarán en la Catedral a partir del próximo 29 de junio.

Un adiós fraterno y jubiloso

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fidel herraez adios fraterno y jubiloso

 

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Hoy es el último día que me asomo a esta ventana, desde la que cada domingo he tenido ocasión de saludaros para desearnos siempre un feliz día del Señor. Agradezco sinceramente los medios técnicos que han hecho posible estas comunicaciones semanales, facilitando el encuentro sencillo entre el Obispo y su Iglesia, entre el Pastor y su pueblo. Así, a lo largo de estos cinco años, he querido acercarme a vuestros hogares para compartir con vosotros unas palabras de la liturgia dominical, una celebración o un documento de la Iglesia, un comentario de la vida diocesana, una reflexión para iluminar la actualidad desde el Evangelio…, un deseo, en definitiva, de animarnos a vivir más profundamente la fe, siendo mejores cristianos cada día, mejores hijos de Dios y mejores hermanos entre nosotros y con todos. Esa ha sido la misión que con la ayuda de Dios y como un sencillo instrumento en manos del único Pastor, Jesucristo, he procurado vivir, acompañando el caminar de nuestra querida Iglesia en Burgos, cuyo cuidado y servicio pastoral se me confió.

 

Llega ahora el momento del relevo. Así os lo anunciaba hace algunas semanas. El próximo sábado, si Dios quiere, comenzará el servicio episcopal de D. Mario Iceta en esta parcela de la Iglesia que peregrina en Burgos. Se trata de un momento hermoso en la historia de nuestra Iglesia donde se hace visible la unidad y la continuidad en la sucesión apostólica. Unidos al Papa que le ha encomendado este ministerio, saldremos al encuentro del que «viene en el nombre del Señor». Estoy seguro de que le acogeréis con la nobleza castellana que os caracteriza y de que en todo tiempo haréis que se sienta acogido y en casa, como me he sentido yo.

 

Puedo decir que es un adiós fraterno y jubiloso. Me he sentido a gusto y me voy muy contento de cuanto he vivido con vosotros y para vosotros. Esa sencilla historia compartida día a día es ya, por la presencia del Espíritu, historia de salvación.

 

Para mí en este momento se entremezclan sentimientos muy complementarios. Vivo un sentimiento hondo de alabanza y agradecimiento al Señor que me ha concedido la gracia de conocer, guiar, acompañar y presidir esta hermosa Iglesia burgense. Siento igualmente la necesidad de dar gracias por vosotros y a vosotros ¡Cuántos testimonios de acogida, de entrega, de fidelidad, de cercanía, de colaboración, de generosidad… me he encontrado en tantos sacerdotes, religiosos y laicos, en la Iglesia y en la sociedad! Como una fiel orquesta hemos seguido entonando, en la pluralidad de los carismas y ministerios, la melodía única que el Señor nos ha ido proponiendo. Recuerdo, y me sirven para daros las gracias a todos, las palabras de Pablo a la comunidad de los Tesalonicenses cuando les dice: «Sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor» (1Tes 1, 3). Gracias de corazón.

 

Junto al sentimiento de gratitud por haber compartido con vosotros esta aventura misionera, me llena un profundo gozo y una certera esperanza. El momento que vivimos es apasionante, no exento de dificultades, cierto. Pero, ¿acaso ha sido alguna vez fácil la evangelización? Tenemos un pasado maravilloso: nuestra magnífica Catedral, monumento insigne a la fe de ocho siglos, es prueba de ello; y lo atestiguan también, como piedras vivas, la innumerable cantidad de testigos que nos han precedido en el recorrido de la fe y que han alcanzado la santidad en estas tierras. También estamos impulsando un rico presente, que se construye con tantas iniciativas de evangelización que se llevan adelante en las diferentes delegaciones, movimientos, parroquias, colegios, grupos, vida religiosa… para que sigamos siendo hoy Iglesia samaritana, convocada por el Señor y enviada a nuestra sociedad como frágil levadura en medio de la masa. Y el presente se proyecta con esperanza hacia el futuro, porque la Asamblea Diocesana en la que estamos embarcados y el Jubileo que acabamos de iniciar, son procesos de conversión y renovación, puestos en marcha, que irán dando su fruto con la gracia del Espíritu.

 

Con los lógicos sentimientos que entraña un adiós, sí puedo decir que es un adiós fraterno y jubiloso. Me he sentido a gusto y me voy muy contento de cuanto he vivido con vosotros y para vosotros. Esa sencilla historia compartida día a día es ya, por la presencia del Espíritu, historia de salvación. En Él permaneceremos unidos. Yo seguiré vinculado a esta Diócesis, con la que me he desposado para siempre. En silencio y desde lo escondido. Os he querido, os seguiré queriendo y continuaré estando a vuestra disposición. Tened la seguridad de que os tendré siempre presentes en mi oración…. Perdonad mis limitaciones y posibles errores y rezad también por mí.

 

Hoy estrenamos el tiempo de Adviento. Que Santa María la Mayor, que nos cuida maternalmente desde el corazón de nuestra Catedral, nos acompañe y guíe para preparar los caminos del Señor. Junto a Ella y con Ella quiero repetir las mismas palabras de alabanza y acción de gracias con las que inicié entre vosotros mi ministerio episcopal: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador» (Lc 1,46-47).

Para que tengamos vida

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Celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, culminando así el año litúrgico, antes de empezar el Adviento. Gran parte de este tiempo ha estado marcada por la pandemia que, lejos de acabar, sigue golpeando con fuerza, dejando a su paso múltiples y dolorosas secuelas. Con ella hemos tenido que aprender a convivir y a valorar más y más el regalo de la vida. La oración del prefacio de la Eucaristía de este domingo nos invita a adherirnos más a Jesucristo, Señor del universo, y a trabajar misericordiosamente por nuestros hermanos, como se lee en el Evangelio, para construir ya entre todos el Reino «de la vida, de la justicia, del amor y de la paz».

 

Con ocasión de esta fiesta, en la que tantas veces hemos cantado al Señor «tu Reino es Vida», quiero detenerme hoy en el don de la vida. Esa vida que es el regalo más maravilloso que hemos recibido, la realidad más grande que todos percibimos, el valor socialmente más estimado…, pero que también presenta una dimensión terriblemente frágil y débil que requiere la promoción, la defensa y la protección por parte de todos. Precisamente nuestro tiempo presenta una especial necesidad de estar alerta y una llamada al compromiso personal y social en defensa de la vida.

 

Ya San Juan Pablo II nos invitaba a edificar una «cultura de la vida» frente a la «cultura de la muerte» que se iba extendiendo paulatina y ampliamente. De esta manera, enmarcaba la defensa de la vida fundamentalmente en el ámbito cultural, que es donde se juega hoy este reto tan importante. Se hace referencia así a costumbres, valores, hábitos de vida, ideales, sueños y proyectos que necesitan ser transformados para que penetre en ellos el valor innegociable de la vida: de la vida de todos desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, de la vida digna para todos en cualquier latitud y condición, de la vida plena en la casa común que habitamos.

 

En esta determinación de apostar como creyentes por la vida, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe publicó el pasado mes de julio el documento «Samaritanus bonus», con el objetivo de iluminar a los pastores y a los fieles en sus preocupaciones y en sus dudas acerca de la atención médica, espiritual y pastoral de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. Es un documento denso, largo y muy actual sobre el tema de la eutanasia, que os invito a conocer y profundizar. Porque la figura del Buen Samaritano ilumina de luz nueva la práctica del cuidado y porque todos estamos llamados a ser «comunidad sanadora», testigos del Dios de la Vida en las múltiples circunstancias de sufrimiento y muerte que nos rodean.

 

Dice el documento que «el Buen Samaritano que deja su camino para socorrer al hombre enfermo (cf. Lc 10, 30-37) es la imagen de Jesucristo que encuentra al hombre necesitado de salvación y cuida sus heridas y su dolor con «el aceite del consuelo y el vino de la esperanza». Él es el médico de las almas y de los cuerpos y «el testigo fiel» (Ap 3, 14) de la presencia salvífica de Dios en el mundo. Pero, ¿cómo concretar hoy este mensaje? ¿Cómo traducirlo en una capacidad de acompañamiento de la persona enferma en las fases terminales de la vida, de manera que se le ayude respetando y promoviendo siempre su inalienable dignidad humana, su llamada a la santidad y, por tanto, el valor supremo de su misma existencia?» (Introducción al Documento).

 

Los Obispos en España hemos publicado también documentos y cartas pastorales, con las que hemos salido al paso de los desafíos planteados por la mal llamada muerte digna, el suicidio asistido y la eutanasia voluntaria, éticamente inaceptables. Se ha insistido, en la medicina paliativa ante la enfermedad terminal, en fomentar una cultura de respeto a la dignidad humana en la enfermedad, en la experiencia de la fe y la propuesta cristiana para «acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida». La vida humana no es un bien a disposición de nadie. «No hay enfermos «incuidables» aunque sean «incurables»», como expresa la nota de la propia Conferencia Episcopal cuando se tramita la Ley orgánica de regulación de la eutanasia.

 

Son «tiempos recios», como diría nuestra santa Castellana, Teresa de Jesús, los que en este punto nos toca vivir. Pero hacemos nuestras las palabras de Jesús en el hermoso pasaje del Buen Pastor «He venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). Son también, como sabéis, las palabras que elegí como lema para mi ministerio en la Iglesia desde que fui ordenado sacerdote. Quiera el Señor que todos contribuyamos siempre a hacer crecer la esperanza de la vida a nuestro alrededor.

 

Que la Virgen Sta. María, que alumbró al Dios de la Vida, nos siga protegiendo y bendiciendo para poder continuar siendo testigos y sembradores de la Vida en abundancia.

Sois templo de Dios

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catedral cimborrio

 

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Como os decía el pasado domingo, quiero seguir comentando brevemente algún punto de la Carta Pastoral dirigida a la comunidad eclesial, con motivo del Año Santo que estamos iniciando. Hoy quiero centrarme en el lema de nuestro Año Jubilar: «Sois templo de Dios». Lema que también he querido que sea el título de mi Carta, porque en esas palabras de san Pablo Sois templo de Dios (1Cor 3,16) se condensa una motivación de fondo de esta celebración jubilar: los bautizados somos templo de Dios, y lo somos de modo concreto como Iglesia diocesana.

 

Cuando hablamos del Jubileo de nuestra Catedral nos referimos, en un primer momento, a un edificio edificado con materiales muertos, que reciben sentido y belleza por la capacidad artística de los hombres. Pero nuestra mirada sería muy miope si nos quedáramos ahí. Nuestra mirada debe hacerse más amplia y profunda: lo que celebramos no es un edificio, por magnífico que sea, sino la realidad del pueblo cristiano, un templo de piedras vivas, del que es un signo la propia Catedral.

 

Dios siempre ha querido habitar en y entre nosotros. Así se ha manifestado en toda la historia de la salvación. Pero el lugar donde Dios habita no es meramente un espacio humano, es algo más profundo. La casa de Dios en este mundo se va construyendo gracias a tantas personas que han acogido la Palabra de Dios y se han dejado penetrar de su gracia y su ternura. Esa era la convicción de San Pablo cuando preguntaba a los corintios: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» (1Cor 3, 16). Y añade: «El templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros» (1Cor 3,17). Por eso, ese templo que somos nosotros debe reflejar la santidad y la belleza del mismo Dios, que se encuentra en nosotros al haber sido creados a su imagen y semejanza.

 

El lema de nuestro Año Jubilar hace referencia precisamente a esta gran vocación que os invito a reflexionar: «Sois templo de Dios», convocados a reflejar la belleza y el esplendor de una vida auténtica, referida a Dios, de acuerdo con el querer de Dios. La celebración del VIII Centenario de la Catedral, en la vida de nuestra Iglesia local, nos ha de hacer sentir el gozo de ser nosotros templos de Dios, habitados por el Espíritu, más valiosos que cualquier edificio construido por los hombres. Y ser templo de Dios nos ha de llevar a hacer memoria de nuestro bautismo. Porque en virtud del bautismo y por los dones del Espíritu, los cristianos están llamados a ser piedras vivas de ese templo que el Espíritu va edificando en medio del mundo, reflejando la belleza de una vida auténtica, como criaturas nuevas, a la luz de Jesucristo que en este templo de piedras vivas es la piedra angular.

 

El Año Jubilar es una hermosa ocasión para renovar nuestro bautismo y, por lo mismo, para reflexionar sobre nuestra inserción en la comunidad eclesial. Uno de los objetivos del Año Jubilar es vivir y estrechar la comunión eclesial. La diócesis vive de la comunión regalada por la Trinidad y está llamada a expresarla en su modo de ser y de funcionar. Como Pueblo de Dios en Burgos vemos en la Catedral un signo visible para reconocernos como Iglesia local, como Iglesia en un lugar determinado y concreto, como comunidad que peregrina en medio de otros grupos humanos. Estoy seguro de que el Año Jubilar contribuirá a crecer en esa comunión diocesana que pone todos los carismas al servicio del Evangelio en la misión común.

 

Ser templo de Dios nos invita, como también decía san Pablo, a vivirnos insertos en el mundo, porque nuestros cuerpos son miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo (cf. 1Cor 6,15.19). En medio de la sociedad, del trabajo cotidiano, de la vida de familia, de las relaciones sociales, del compromiso profesional, es decir, en la vida entera y cotidiana, estamos llamados a realizar un culto espiritual y auténtico (cf. Rom 12,1), que oriente todo a la gloria de Dios y al bien de los hermanos.

 

Durante el Año Jubilar os animo a peregrinar hasta nuestra Catedral, bien personalmente o bien en comunidad. Seguro que este gesto tan penitencial nos ayudará a desplegar disposiciones y acciones concretas para acoger y hacer fructificar la bendición y gracia del Año del Señor. El Jubileo nos ofrece una ocasión privilegiada para celebrar y dar gracias por el gozo de la fe, para acercarnos más al Señor, a su palabra, a su corazón, para redescubrir y contemplar que Dios es misericordia, para renovar el encuentro con Jesucristo, para disponernos a la renovación personal alentando procesos de crecimiento y maduración cristiana, para sentirnos hermanos comprometidos con todos y atentos al que más lo necesita, para descubrir la alegría de evangelizar, para afianzar el compromiso misionero, como una gran familia de discípulos que quiere anunciar a otros el amor misericordioso de Dios en Cristo Jesús.

 

Con el deseo de alcanzar los frutos de este Año Santo, nos ponemos bajo la protección de Santa María la Mayor. Que Ella guie nuestros pasos de humildes peregrinos, desde el corazón de la Catedral.