¡El Señor resucitó! ¡Aleluya!

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En este día de Pascua, cuando culminan los días «santos» en los que hemos vivido interiormente el misterio central de la fe cristiana, quiero que os llegue, en primer lugar, mi cercanía y saludo pascual, con el deseo de que la esperanza y la paz del Señor Resucitado, estén en vuestros corazones, en vuestras familias y en vuestra vida. Sí: hoy la Iglesia renueva para nosotros el anuncio más importante y más hermoso: ¡Jesús ha resucitado! Y esta gozosa verdad fortalece y renueva nuestra alegría, nuestra fe y nuestra esperanza.

 

Hemos celebrado la Semana Santa de un modo diferente, como nunca hubiéramos podido imaginar; pero sé que no ha sido una Semana Santa indiferente, pues todo ello nos ha permitido descubrir aún mejor dimensiones profundas de nuestra experiencia cristiana a las que tal vez otras veces no habíamos prestado atención.

 

Recuerdo de modo especial a los cofrades, que adquirían un protagonismo tan especial acompañando a Jesús en su pasión, muerte y resurrección; estos días sin duda habrán podido detenerse de modo personal en las motivaciones que los empujaban a manifestar su fe procesionando por las calles. Y seguro que esta dura experiencia dará nuevo dinamismo a su compromiso cristiano como cofrades. Lo mismo puedo decir de nuestra comunidad cristiana. Hemos seguido algunos actos litúrgicos a través de medios diversos, desde el obligado confinamiento y, a veces, con situaciones personales o familiares de dolor, con angustia y con lágrimas. Todos hemos podido vivir de modo real lo que significa participar en los sufrimientos de Cristo. Hemos hecho nuestras las palabras de san Pablo: «Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Estoy seguro de que esta experiencia nos ha hecho más sensibles y nos ha abierto a la comunión con los sufrimientos de los demás.

 

En este contexto celebramos hoy la Pascua y proclamamos gozosos, como ha hecho la Iglesia desde su origen: ¡El Señor resucitó! ¡Aleluya! A algunos les puede sorprender que esta exclamación pueda surgir en medio del abatimiento y del desconsuelo. Quien sienta esa extrañeza no ha comprendido lo que es la fe cristiana. Porque nació de esa sorpresa: tras el aparente fracaso del calvario, los discípulos abatidos pudieron dirigir su invocación al Resucitado. Eso fue para los primeros cristianos el manantial de su alegría y de su esperanza.

 

Aquellos discípulos también se encontraban recluidos por el miedo y la frustración. Y a través de la historia podemos hacer memoria de situaciones duras y terribles en las que los cristianos han celebrado la Pascua: encarcelados y a la espera del martirio, en periodos de persecución, en épocas de peste y hasta en campos de concentración. En todas esas ocasiones la Pascua ha sido celebrada como acontecimiento de salvación, como el paso de la oscuridad de la noche a la luminosidad del amanecer: porque la muerte no es el final del camino, porque siempre hay una luz que rasga las tinieblas, porque la bondad no es destruida por el mal, porque la Vida es más fuerte que la muerte. Por eso, en presencia del Resucitado, seguimos proclamando: ¡Aleluya! ¡Este es el día en que actuó el Señor!

 

Esta celebración de la Pascua ha de purificar también nuestro sentido de la alegría y de la esperanza. Tendemos a confundirlas con manifestaciones externas o con la seguridad de nuestro bienestar. Pero la Pascua nos orienta a encontrarlas en la transfiguración de cada uno de nosotros: cuando descubrimos el sabor de la Vida que procede de Dios, cuando comprendemos que nuestra auténtica esperanza no se encuentra en los bienes perecederos, cuando confiamos nuestros muertos y todas las víctimas de la pandemia al Amor eterno y misericordioso de Dios. La experiencia de la Pascua no se produce de modo automático. Supone un camino, junto a Jesús, y una conversión, como en el caso de aquellos primeros discípulos que proclamaron: ¡El Señor resucitó! ¡Aleluya!

 

Hoy le decimos también a la Virgen dolorosa: ¡Alégrate, María! Pidámosle que nos conceda una espiritualidad pascual, para que de nuestra debilidad siga brotando una fe firme en que Jesús está en medio de nosotros y una generosa comunión con los que sufren, la cual irá siempre acompañada por la alegría y la esperanza.

«Os pedimos que os reconciliéis con Dios»

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El pasado miércoles comenzábamos el camino cuaresmal hacia la Pascua. En la liturgia de la Palabra se nos decía: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2Cor 5,20). Al recibir la ceniza, signo y recuerdo de nuestro origen: «Dios formó al hombre con polvo de la tierra» (Gn 2,7), y de nuestro fin: «hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste sacado» (Gn 3,19), se nos indicaba la andadura reconciliadora: «convertíos y creed en el Evangelio». Así, el tiempo de Cuaresma se repite todos los años en el Calendario litúrgico, pero cada año es nuevo para ti y para mí, como tiempo de gracia, de conversión, de oportunidad para prepararnos con el corazón renovado a vivir en la Pascua el misterio central de nuestra fe.

 

Nos disponemos a recorrer un camino de conversión. La Iglesia nos invita a volvernos hacia Dios, a poner nuestros ojos en su rostro, revelado en Jesucristo. Él deberá ser el motivo absoluto del itinerario cuaresmal. Y esto, situándonos en nuestra realidad concreta, personal, comunitaria y diocesana. Porque la Cuaresma la vivimos aquí y ahora; por lo que estos cuarenta días han de ayudarnos a revitalizar nuestra vida en cuanto bautizados, en Asamblea Diocesana y preparando el Jubileo con motivo del VIIIº Centenario de nuestra Catedral. El Santo Padre, en el Mensaje que nos brinda para la Cuaresma de este año, parte del texto de S. Pablo: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios». Luego desarrolla en su reflexión cuatro aspectos, que brevemente quiero comentar.

 

En primer lugar, el horizonte de nuestra conversión hemos de situarlo en el misterio pascual. La Cuaresma en sí misma no tendría sentido si no nos llevara a renacer, celebrando la pasión, muerte y resurrección del Señor. La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual: acontece en cada Eucaristía, pero de manera especial en el domingo, pascua semanal y día del Señor resucitado; y de modo solemne, en la gran fiesta anual de la Pascua, a la que la Cuaresma nos prepara. «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, dice el Papa, déjate salvar una y otra vez. Y, cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez».

 

Un segundo aspecto es la invitación, en este tiempo de gracia, a descubrir la urgencia de la conversión. Cuando hablamos de la conversión, nos referimos a un cambio de vida que deja atrás el egoísmo y el pecado para caminar en la dirección de Cristo e identificarnos con Él como «personas nuevas». En el bautismo fuimos incorporados a Cristo muerto y resucitado; y en la Cuaresma, tiempo de renovación bautismal, somos convocados para reavivar en nosotros el hecho de ser hijos de Dios. Experimentando la oferta de misericordia que Dios nos regala en cada momento, en la conversión nos urge la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene. Pero «la experiencia de esta misericordia, nos recuerda el Papa, es posible sólo en un ‘cara a cara’ con el Señor crucificado y resucitado ‘que me amó y se entregó por mí’ (Gál 2,20). Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal».

 

En tercer lugar, el espacio de la Cuaresma, que se nos da como tiempo favorable para nuestra conversión, manifiesta una vez más la apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos. Toda la historia de la salvación se puede resumir en una historia amorosa de diálogo de Dios con la humanidad. Diálogo que el Espíritu nos ofrece de múltiples formas, pero especialmente por medio de la Palabra de Dios. Convertirse es hacer de esta Palabra la hoja de ruta en el día a día, durante toda la existencia, que se simboliza en la cuarentena cuaresmal.

 

Y, finalmente, la conversión nos pide compartir lo que tenemos con los demás. Compartir lo que tenemos y lo que somos, porque dar y darse es la mejor expresión de la limosna cristiana. «Poner el misterio pascual hacia el que caminamos en el centro de nuestra existencia, significa sentir compasión por las llagas de Cristo Crucificado presentes en quienes pasan necesidades y dificultades diversas», dice el Papa Francisco. Hagamos la limosna con un corazón humilde y misericordioso, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más humano y más justo.

 

Deseo que durante este tiempo de Cuaresma, bajo el amparo de la Virgen Santa María, escuchemos la llamada a convertirnos de corazón y nos dejemos reconciliar con Dios; fijos los ojos en Él y en su misericordia, para disponernos a celebrar con gozo la Pascua de Resurrección.

La justicia como tarea de la política

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El pasado jueves celebrábamos el Día Mundial de la Justicia Social. Es una de esas Jornadas o Días Mundiales que nos dan la oportunidad de reflexionar y sensibilizarnos sobre realidades de gran interés, que no deben sernos ajenas; también pretenden darnos a conocer problemas sin resolver, que precisan la puesta en marcha de medidas sociales y políticas concretas.

 

Precisamente en esa fecha, Cáritas Diocesana aprovechaba para presentar el Informe Foessa sobre Exclusión y Desarrollo en Castilla y León. Un informe altamente provocador y lleno de información, de análisis y de tareas políticas, eclesiales y sociales, en un ámbito territorial que nos es cercano y ciertamente nos afecta. Según este informe, en nuestra región existe un 15% de la población que se encuentra en situación de exclusión, es decir, con una acumulación seria de problemáticas diversas, en ámbitos tan variados como la vivienda, la salud, la participación, el consumo o el empleo. Ese cúmulo de dificultades impide a un número amplio de nuestros conciudadanos vivir en el ámbito de la normalidad, convirtiéndose así en sociedad marginada.

 

El informe también señala que la desigualdad social ha crecido mucho en los últimos años, como consecuencia de la nueva realidad en la que nos ha sumido la crisis económica. La diferencia entre la población totalmente integrada y aquella que se sitúa en los márgenes es cada vez mayor. Junto a ello, el estudio también nos alerta sobre los peligros de estar construyendo una sociedad cada vez más desvinculada, donde el compromiso y la responsabilidad de los unos con los otros se van desvaneciendo en aras de un marcado individualismo.

 

Cerrar la brecha de las desigualdades para lograr la justicia social, es precisamente este año el tema de la Jornada. Y es que la justicia social busca el equilibrio entre el bien individual y el bien común basado en los valores y en los derechos humanos fundamentales. La justicia social es así tarea de la política. Y cuando esto no se da, se sigue una desafección política creciente que las encuestas constantemente señalan. Cuando la democracia no consigue dar respuestas ni seguridad a los ciudadanos corre el peligro de convertirse en meramente formal y vaciarse de contenidos éticos. Del empobrecimiento se sigue esa desafección política al considerar que el poder y la autoridad están lejos de las necesidades reales de los ciudadanos y no resuelven con eficacia las problemáticas de las personas.

 

Precisamente en este ambiente descrito es donde tenemos que reivindicar el papel genuino y fundamental de la política. Benedicto XVI nos decía que «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política». A ella corresponde, por tanto, construir ese orden justo que permita el desarrollo integral de todas las personas, posibilitando así la satisfacción de todas sus necesidades. La política se convierte así en un arte que, cimentado sobre el compromiso por la centralidad de la persona, permite crear las condiciones sociales donde los derechos básicos puedan estar garantizados y se edifique un futuro digno y justo. De esta manera se hace realidad el Bien Común que es el fin de la buena política.

 

Me parece urgente hoy, ante la situación social que vivimos, reivindicar la importancia de la política y la necesidad de buenos políticos que sean capaces de articular la competencia y la virtud. Dos características que la enseñanza social de la Iglesia siempre ha pedido a los que ejercen este servicio. Para los cristianos, además, la política se convierte en una manera genuina de vivir el valor fundamental de la caridad. Así lo expresa el Papa Francisco que proclama la necesidad de la buena política para la vida de la comunidad, y propone la caridad política como forma eminente del amor cristiano.

Acompañar en la soledad: El día del enfermo

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Hemos celebrado recientemente, el pasado día 11, la Jornada Mundial del Enfermo, con el lema elegido para este año Acompañar en la soledad. Hace unas semanas, al presentar el Documento Sembradores de esperanza, os hablaba de la necesidad de acompañar la fragilidad de las personas en momentos de especial gravedad en su vida. Hoy, con ocasión de la Campaña del Enfermo, quiero continuar esta reflexión, de un modo más amplio y concreto a la vez, sobre la importancia y la necesidad de acompañar al enfermo en su soledad.

 

La Campaña del Enfermo tiene en nuestro país dos momentos: El 11 de febrero, festividad de Nuestra Señora de Lourdes, en el que se celebra el Día del Enfermo a nivel mundial; y la Pascua del Enfermo, que se celebra el 17 de mayo, con diversos actos en las parroquias para promover la sensibilización y el compromiso ante esta realidad.

 

El Mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Enfermo se centra en las palabras de Jesús que nos recuerda el evangelista san Mateo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Palabras que «expresan la solidaridad del Hijo del hombre, Jesucristo, ante una humanidad sufriente y afligida». Con este tema como marco, la Jornada en España nos invita a poner la mirada en quienes están cansados y agobiados por la enfermedad para llevarles el alivio de Cristo; y se pone el foco en una de las causas de ese cansancio que debe ser aliviada: la soledad, que tantas veces envuelve al enfermo aumentando su sufrimiento.

 

El Papa Francisco ha dicho que nuestro mundo está enfermo de soledad, y que la soledad es una de las principales causas de exclusión social. Los datos confirman que se trata de una verdadera epidemia a nivel general: en nuestro mundo occidental una de cada tres personas confiesan sentirse solas, y el número no deja de crecer; en nuestro país hay 4,7 millones de hogares unipersonales; dos millones de personas mayores de 65 años viven solas (de las cuales 850.000 con más de 80 años). A todos nos han impresionado las noticias de personas que mueren en soledad, abandonadas, cuya ausencia sólo es percibida con posterioridad. A ello hay que añadir a quienes se encuentran solos ingresados en hospitales, o familias que tengan algún miembro con problemas de movilidad.

 

Hay ciertamente una soledad sana, incluso necesaria, para la reflexión, para la oración; es una soledad que debe ser buscada y defendida en nuestra sociedad dominada por el ruido, por el exceso de información. Pero la soledad es negativa cuando se produce como consecuencia del olvido, del abandono, de la carencia de relaciones. A esa experiencia están especialmente expuestos los enfermos, cuando quedan clausurados en su dolor, en su impotencia, en su fragilidad. Ante esas personas los seguidores de Jesús debemos recordar que él se identificó con el preso, con el desnudo, con el enfermo, es decir, con los olvidados y abandonados. Tras sus huellas estamos llamados a ofrecer nuestra compañía y nuestra visita a los enfermos como expresión del don de nuestro tiempo, que es don de nosotros mismos. ¿Quién no tiene cerca un familiar, un amigo, un conocido o un desconocido a quien poder acompañar? «Estuve enfermo y me visitasteis», dice el Señor (Mt 25, 35).

 

Por eso la sociedad debe agradecer al personal sanitario la función que realizan en favor de todos; al estar junto a los enfermos son un signo de acompañamiento y servicio a las personas en su vida y en su dignidad, especialmente cuando viven su profesión. Y, en nombre de nuestra Iglesia diocesana, yo también debo manifestar nuestra gratitud a todos los que están comprometidos en la pastoral de la salud. Ellos aportan, de modo silencioso y callado, el alivio y el consuelo que el Señor ha prometido a quienes lo necesitan. De manera especial debo mencionar en esta fecha a la Hospitalidad de Nuestra Señora de Lourdes, cuya entrega y generosidad conozco muy de cerca y valoro de verdad.

 

Que la Virgen María, Salud de los enfermos y Madre de todo consuelo, siga suscitando en sus hijos generosidad, ternura y cercanía para los enfermos; y que a ellos les conceda confianza, fuerza, y esperanza en la enfermedad.

Quien más sufre el maltrato del planeta no eres tú

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Hoy se celebra la Jornada Nacional de Manos Unidas que, como sabéis, es la organización de la Iglesia Católica en España para la lucha contra el hambre que sufren los pueblos más olvidados del planeta. Con el lema de la campaña de este año «Quien más sufre del maltrato del planeta no eres tú», Manos Unidas denuncia que las poblaciones más vulnerables son las más afectadas por la crisis actual del medio ambiente.

 

La sensibilidad medioambiental es uno de los valores de nuestra época. En los últimos tiempos se ha ido despertando una mayor conciencia de esta problemática, propiciada, entre otras cosas, por el cambio climático. No obstante, todavía debemos profundizar en los cambios personales y estructurales que ello supone, porque la emergencia climática es uno de los grandes retos ante los que se sitúa esta generación.

 

Esta Campaña de Manos Unidas nos quiere ayudar a reflexionar sobre la relación que existe entre el deterioro medioambiental y sus consecuencias en las personas, especialmente en las más pobres y vulnerables. Es una perspectiva muy importante para los creyentes, pues la «opción por los pobres» ha de marcar nuestra manera de mirar la realidad y de acercarnos a ella.

 

El contexto actual es ciertamente paradójico: el deterioro medioambiental ha sido provocado principalmente por los países más desarrollados, que sostienen su modelo de desarrollo en la clave del crecimiento y del consumo, sin tener en cuenta las limitaciones propias del planeta. Sin embargo, las heridas provocadas por este modelo las sufren sobre todo los habitantes de los países más empobrecidos, que disponen de muchos menos medios para superar las consecuencias del descuido de esta casa común. Por eso, no extraña lo que dice el Papa cuando nos habla de que «hay una verdadera “deuda ecológica”, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias adversas en el ámbito ecológico, así como con el uso desproporcionado de los recursos naturales llevado a cabo históricamente por algunos países» (LS 51).

 

Ciertamente, a poco que abramos los ojos, nos damos cuenta de que son los pobres los que más sufren las consecuencias de la deforestación, la contaminación o el cambio climático… En estos fenómenos está la raíz de muchos procesos de migración, de movilidad humana que se visibiliza en los que hoy se llaman «refugiados o migrantes medioambientales». Además, si la crisis medioambiental la sufren especialmente los más pobres, también podemos afirmar con tristeza que esta misma crisis provoca cada vez más pobres y hambrientos en el mundo. Así lo afirman los datos de la FAO que cifran en 821 millones las personas que sufren hambre en el mundo, incrementándose este número en los últimos años por culpa de los conflictos armados y del cambio climático. Una cifra escandalosa que provoca nuestra preocupación y nuestro compromiso. Por eso, tenemos que ser conscientes que cuidar el planeta es combatir la pobreza.

 

Manos Unidas nos invita en esta Jornada a profundizar en esa necesaria «conversión ecológica», que conlleva aspectos tan plurales como nos recuerda el Papa Francisco: «una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad» (LS 111). Se trata, en definitiva, de interrogarnos sobre nuestros hábitos de consumo, de producción, de desarrollo, de solidaridad, de justicia, en el empeño por construir un planeta sostenible en el que todos podamos vivir con dignidad. Los cristianos, desde el reconocimiento de Dios como Padre de todos y de todos como hermanos, no podemos quedarnos indiferentes. Con nuestro compromiso y con nuestras acciones, por sencillas que sean, podemos ser «sal de la tierra» como nos recuerda el Evangelio que proclamamos en la Eucaristía de hoy.

 

Mi agradecimiento expresamente en esta Jornada a las personas que, desde Manos Unidas, nos ayudan en esta necesaria reflexión. Ojalá que, cada día, en lugar de sentirnos dueños y dominadores, nos sintamos más cuidadores e inquilinos de este planeta, que ha sido el hermoso regalo para todos de nuestro Padre Dios Creador.