«En el Niño Dios volvemos a ser hijos y hermanos»

por Natxo de Gamón,

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

¡Feliz y Santa Navidad! Os expreso este deseo desde lo más profundo de mi corazón, no como un gesto amable y formal que repetimos cada año, sino como una proclamación especial de entrega, esperanza y fe.

 

Decir Navidad es volver a casa, es saberse una vez más en los brazos de Aquel que rompe las ataduras del mundo para enseñarnos que la pobreza se convierte en riqueza cuando brota del amor –y viceversa.

 

Decir Navidad es confesar que Dios no ha permanecido oculto ni al margen de la historia, sino que ha entrado en ella hasta el fondo, hasta transformarla por completo y cambiar, para siempre, nuestra fragilidad en fortaleza, nuestro llanto en alegría, nuestra nostalgia en gozo.

 

Decir Navidad es reconocer que el Infinito ama los límites, que el Viviente sigue aceptando el pesebre como morada y que el Creador ha asumido la carne para ser eternamente humano. Desde aquella noche en Belén, la historia ha quedado definitivamente tocada por Dios.

 

La Navidad no es un recuerdo piadoso, ni una escena entrañable detenida en algún rincón del pasado; es un misterio que se hace presente ahora, un paso hacia un lugar que nos sobrepasa, un abrazo definitivo con el Verbo encarnado (cf. Jn 1, 14). Él asumió nuestra propia carne, con todo lo que eso significa (fragilidad, soledad, cansancio, lágrimas, muerte) para redimirla desde lo profundo, en una entrega heroica, solamente por amor.

 

Con el nacimiento del Salvador, se revela –a corazón abierto– la plenitud de nuestra fe: Encarnación y Redención son inseparables. Porque Dios no se hace hombre únicamente para acompañarnos, sino para salvarnos y transformarnos para siempre. «Lo que no es asumido no es redimido», decía san Ireneo de Lyon; y, en el Niño de Belén, Dios asume la condición humana para sanarla y devolverle su dignidad.

 

En el establo ya está presente la Cruz, una Cruz iluminada por la Pascua. Las telas con las que fue cubierto Jesús son profecía del sudario, la madera del pesebre anticipa el Madero del Calvario, el «sí» de María predice su último beso tras la Pasión antes de que su Hijo amado vuelva a los brazos del Padre.

 

En María, la humanidad responde a Dios con confianza, porque ofrece su carne para que Dios se haga carne: Ella ofrece su vida para que Dios asuma la nuestra. En José, la redención avanza a través de la fidelidad escondida, de las decisiones humildes, del amor que no busca ningún protagonismo. Por eso, entre el «sí» de María y la fidelidad de José, Dios establece un puente y encuentra su hogar. Y, al encontrarlo, convierte la historia humana en lugar de salvación. Y en el centro de este misterio nace Jesús, el Hijo eterno del Padre. Con su nacimiento, Dios se deja tocar, comprender y amar; y por medio de Él, el ser humano se descubre infinitamente valioso, cuidado y amado.

 

En Belén comienza la entrega total del Hijo al Padre, pues «siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8, 9), como escribe san Pablo. Así, Belén ya no es sólo un horizonte más en el mapa: es el signo de que Dios puede nacer allí donde todo parece pequeño y pobre.

 

Y esta es la gran esperanza de la Navidad, que Dios continúa encarnándose en las vidas de los hombres y las mujeres de hoy, y sigue redimiendo lo que parecía roto, arruinado o perdido. El Señor no exige respuestas, sólo pide confianza. Que esta Navidad nos devuelva el asombro, la alegría y la esperanza, y escriba en el corazón el mayor deseo del Padre: Dios se ha hecho Niño para que volvamos a ser hijos y hermanos.

 

Con gran afecto, os deseo una Feliz y Santa Navidad y pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

 

«Esperando al Mesías»

por Natxo de Gamón,

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Estos días de espera, plegaria sosegada y quietud, la Iglesia guarda un silencio expectante y el tiempo cuenta los segundos ante el Misterio para adentrarnos –con la paz que sólo da el Señor– en la intimidad del Adviento. Hoy nos introducimos en la esperanza aprendida en la escuela de María, porque nadie aguardó al Mesías como Ella; nadie sustentó la promesa con tanta pureza, docilidad y valentía como aquella muchacha de Nazaret que, al pronunciar su inolvidable «hágase», abrió un surco eterno en la historia.

 

Adviento es un tiempo de sosiego habitado, un soplo de luz confiado al Padre donde nació la esperanza cristiana, la que tiene su raíz en el Amor.

 

Este tiempo nos invita a perseverar, pero no de cualquier manera, sino desde el corazón de María, el icono vivo de la confianza. Ella vivió la llegada del Mesías como quien guarda un fuego interior en la noche más fría, creyó contra toda lógica humana y creció en la pequeñez de un hogar que no tenía más que fe y un universo eterno de servicio. Y es ahí, en esa morada de letanía perpetua, en la inmensidad de su promesa, donde se revela la grandeza de la certeza cristiana: esperar no porque veamos, sino porque confiamos en que la fidelidad de Dios no descansa, incluso cuando nuestros pasos se tambalean.

 

Santa María aguardaba al Mesías mientras servía, mientras realizaba las tareas del día a día, mientras cumplía la voluntad de Dios. Su vida entera fue un templo escondido donde lo pequeño se volvía infinito, donde lo imposible se hacía capaz en sus ojos.

 

Decía san Juan de la Cruz que «la esperanza es un vacío que sólo Dios puede llenar». Ella también viviría noches infinitas, silencios en vela, preguntas ocultas que a nadie desvelaría… Pero no temió la incertidumbre, ni el desconcierto, ni el qué dirán en un momento de la historia muy diferente al que vivimos hoy, porque en todas esas tinieblas guardó al Hijo como quien guarda un amanecer. Su fe fue una llama encendida en un corazón humilde y disponible como el suyo.

 

El Adviento nos educa en esta pobreza luminosa. Por ello, en tiempo de fragilidad, cuando la oración pese como una piedra, la vida parezca cerrarse sobre sí misma y el cielo calle ante la súplica, María está deseando mostrar el camino de sus ojos. Ella, la razón que purifica el corazón y la luz que modela nuestros deseos, nos enseña a permanecer con la pobreza que permite a Dios ser Dios.

 

«La esperanza es la fuerza para dar a luz en medio de los dolores de parto de la historia», dejó escrito san Óscar Romero. ¿No es esto lo que la Virgen María vivió? ¿Y no es esa la misión de cada cristiano?

 

La bienaventurada Virgen María no sólo esperó a Cristo: esperó con Él la redención del mundo. Y esa es nuestra verdadera vocación: gestar con Ella la presencia del Salvador en medio de las fragilidades e incertidumbres humanas. De esta manera, cada vez que abrazamos al que sufre, que sostenemos al débil y que acompañamos al que está solo, dejamos que Cristo vuelva a nacer en nosotros. Y si nos aprieta la incerteza, Ella nos enseña a hacerle sitio.

 

Dios actúa aun cuando no lo percibimos y se inclina ante los corazones sencillos. Para ello, en estos días de Adviento –y también de ahora en adelante–, hemos de dejar que la humildad sea camino, principio y fin en nuestra vida, siendo conscientes de que el tiempo de Dios es siempre historia de salvación.

 

Pidamos a la Madre de Dios que nos ayude a recogernos en su regazo materno hasta que su ejemplo nos ensanche por dentro y hasta hacer de nuestro corazón un cielo entrañable capaz de acoger a Jesucristo, el Salvador del mundo y, con Él y en Él, a todo el que necesita compañía y consuelo.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Un Reinado de servicio, misericordia y paz»

por Natxo de Gamón,

jesucristo rey del universo

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy la Iglesia celebra y proclama que Cristo es Rey: un Rey completamente diferente a los que acostumbra este mundo a apreciar, pues reina amando y sirviendo, sin estrado ni insignias, ciñéndose una toalla a su cuerpo para lavar los pies de aquellos que, con humildad, se dejan acoger (cf. Jn 13, 3-5).

 

San Agustín lo expresó con una claridad luminosa: «No se rebajó el Señor de los cielos al lavar los pies de los discípulos; más bien nos dio ejemplo de lo que conviene a los que gobiernan: servir por amor» (In Ioannis Evangelium Tractatus, 58, 4).

 

La Iglesia, en esta solemnidad, revela un reinado –edificado en la mansedumbre y en la aparente debilidad– que desconcierta toda lógica humana, porque no se cimienta sobre el poder ni sobre la gloria mundana, sino sobre el amor que se entrega hasta el extremo. Así, la omnipotencia de Dios se hace visible en la humildad de un corazón que se deja herir.

 

Cristo reina desde la cruz, su trono es un madero y su corona está tejida de espinas. Se hace siervo, pequeño y pobre para dejar inscrito en nuestras almas que sólo quien sirve puede reinar. En su morada se entra descalzo, con el alma sosegada, reconociendo la propia pobreza. Sus bienaventuranzas esculpen su nobleza: los pobres de espíritu, los mansos, los humildes, los sufrientes, los perseguidos… son los verdaderos herederos de su corona. Revestidos de esta humanidad que nace de su corazón atravesado, ¿cómo no acariciar su manto, delicadamente confeccionado de una pobreza asumida por amor?

 

«Mi Reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí» (Jn 18, 36). Estas palabras que el Señor dice a Pilato son una donación absoluta, pues su reinado no busca súbditos, sino hermanos e hijos que aprendan a amar a su imagen y semejanza.

 

Desde el Monte Calvario, el Hijo del Hombre muestra el rostro del Dios que se abaja: «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Allí, asumiendo los sufrimientos de la humanidad, suspendido entre el cielo y la tierra, pronuncia el perdón que abre los cielos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

 

El Papa Benedicto XVI, durante una homilía pronunciada en diciembre de 2006, decía que el Reino de Cristo «no se funda en la fuerza de las armas», sino «en la potencia del amor que vence al mal y destruye la muerte desde dentro». El Pontífice revelaba que el Reino del Señor Jesús es silencioso, delicado y paciente, y prospera cada vez que alguien elige perdonar, cada vez que un corazón se abaja para servir, cada vez que una herida se transforma en ofrenda. Y el amor es mucho más poderoso que cualquier arma humana.

 

El trono de Cristo es todo corazón que se deja habitar por su misericordia. Él jamás rechaza a nadie, sino que lo mira con amor y lo levanta de su postración curando toda soledad y toda herida. Su reinado comienza en ese lugar escondido donde un alma desea comenzar a vivir como Él: «El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35). Y lo dijo tomando un niño entre sus brazos para enseñarnos que sólo acogiéndolo como Él en su nombre, podremos experimentar que el descenso es el único camino que lleva a la gloria.

 

La Virgen María, Quien permaneció junto a la cruz, nos enseña que sólo es posible reinar amando y que sólo quien sirve con pureza gobierna revestido de piedad. Le pedimos hoy que nos enseñe a reinar sirviendo y a servir reinando, como lo hizo su Hijo Jesús, para que cuando llegue el día en que toda rodilla se doble ante Él, podamos decirle: En la herida de tu Costado encontré el amor que me condujo de vuelta a Casa.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«DOMUND: Misioneros de esperanza entre los pueblos»

por Natxo de Gamón,

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy me dirijo a vosotros con alegría y con esperanza, para presentarnos juntos ante la campaña del DOMUND 2025, que celebramos de manera particular este domingo 19 de octubre — jornada dedicada a la misión universal de la Iglesia.

 

Este año, bajo el lema Misioneros de esperanza entre los pueblos, se nos invita a renovar nuestro compromiso con la misión ad gentes, a unir nuestras oraciones y nuestras fuerzas para que el Evangelio llegue a los rincones donde aún no ha sido anunciado plenamente.

 

El DOMUND — Domingo Mundial de las Misiones — es una ocasión en la que la Iglesia universal se hace consciente de su vocación fundamental: anunciar a Jesucristo a todos los pueblos, especialmente allí donde la comunidad cristiana es débil o inexistente.

 

La campaña no es solo una colecta económica: es, sobre todo, una llamada espiritual, un impulso para que todo bautizado se sienta corresponsable de la misión. Somos invitados a “ser esperanza” mediante la oración, el testimonio y la colaboración con nuestros bienes.

 

Tal como advierte el mensaje de esta campaña, «Cristo resucitado es la fuente de nuestra Esperanza … esa esperanza … se manifiesta … como gesto de comunión entre los pueblos». En estos tiempos de tanta dificultad en el mundo — crisis sociales, conflictos, pobreza, secularización — la misión de la Iglesia no es opcional; es urgente.

 

Para animar esta campaña, Obras Misionales Pontificias ha preparado testimonios de misioneros españoles que compartieron misión con quien luego sería el Papa, Robert Prevost, en el Perú. Uno de ellos, el obispo Jesús Moliné, recuerda el espíritu infatigable de servicio, la determinación de llegar «hasta el último caserío» y la apertura a las personas que necesitan encontrarse con Cristo.

 

Su testimonio nos interpela: ¿cómo podemos abrir nuestro corazón para apoyar la misión, no solo con recursos materiales, sino con “espíritu misionero” en la oración cotidiana y en el compromiso solidario?

 

En un mundo que muchas veces corre hacia lo superficial, los misioneros nos recuerdan la urgencia de recuperar lo esencial: llevar a Cristo a quien no lo conoce o no lo ha experimentado.

 

Esta campaña presenta tres acciones que podemos realizar. La primera es la oración: orar por los misioneros, por los pueblos que esperan el Evangelio, por la valentía de quienes anuncian la fe. La segunda es el testimonio: no basta solo con hablar de misión: nuestra vida debe mostrar el rostro misericordioso de Jesús, abierto al prójimo, en el servicio a los necesitados y en el testimonio evangélico mediante las obras y también la palabra. Y, en tercer lugar, compartir nuestros bienes para sostener la tarea evangelizadora de miles de misioneros en las Iglesias más jóvenes.

 

Abramos el corazón a la misión universal. No la dejemos solo para los misioneros «lejanos», sino como horizonte para nuestra vida cristiana cotidiana. Participemos activamente en octubre misionero. En nuestras parroquias tendremos encuentros de oración por las misiones, conferencias y testimonios misioneros y exposición de material del DOMUND. Colaboremos con generosidad. Recordemos que muchas iglesias jóvenes dependen del apoyo económico del DOMUND para sostener su vida pastoral, su misión evangelizadora, sus obras de caridad y de promoción humana.

 

Vivamos la comunión universal. Ser misioneros de esperanza significa que no estamos solos: la Iglesia es una, y todos estamos unidos en esta gran obra de salvación. Apoyar la misión es también construir puentes entre los pueblos, promover fraternidad y solidaridad entre las Iglesias.

 

Que María, Madre de la Iglesia, acompañe nuestra misión, para que, desde nuestras parroquias y comunidades, desde nuestra archidiócesis, podamos aportar esperanza allí donde más se necesita, para que el Evangelio siga recorriendo caminos desconocidos, llevando luz donde hay oscuridad, vida donde hay muerte, confianza donde hay desesperanza.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Octubre, mes del Rosario»

por Natxo de Gamón,

 

 

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Queridos hermanos y hermanas:

 

La Iglesia nos invita a vivir el mes de octubre con un acento particular en la oración del Santo Rosario. Esta devoción, que hunde sus raíces en la tradición más viva del pueblo cristiano, ha acompañado a generaciones de fieles en su camino de fe, siendo instrumento de contemplación de los misterios de Cristo junto con la Virgen María.

 

Desde el siglo XVI, después de la victoria de Lepanto atribuida a la intercesión de la Virgen del Rosario, octubre quedó marcado como el mes de esta oración. No es casualidad que, en este tiempo del año, cuando en muchos países se inicia un nuevo ciclo pastoral, la Iglesia nos recuerde la importancia de volver a lo esencial: contemplar el rostro de Cristo. Y el Rosario es precisamente eso: una «escuela de contemplación».

 

San Juan Pablo II, gran apóstol del Rosario, lo expresó de manera luminosa en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae (2002): «Rezar el Rosario no es otra cosa que contemplar con María el rostro de Cristo». Para él, el Rosario era «mi oración predilecta», porque en la repetición serena del Ave María, el corazón se abre a la gracia, y cada misterio nos conduce al núcleo mismo del Evangelio.

 

A veces se piensa que el Rosario es una oración «mariana» en sentido limitado, pero la tradición de la Iglesia insiste en que es un camino profundamente cristocéntrico. Cada misterio nos sitúa ante un momento decisivo de la vida del Señor: su encarnación, su pasión, su resurrección, la luz de su Reino. María no se queda en sí misma, sino que nos toma de la mano y nos lleva a Cristo.

 

Benedicto XVI subrayó esta dimensión en varias ocasiones, afirmando que «el Rosario es oración contemplativa y cristológica. Con él nos dejamos guiar por la Madre para fijar nuestra mirada en el rostro de Cristo». Él veía en el Rosario una ayuda para mantener la mirada de la fe en medio de un mundo disperso, donde la prisa y la distracción dificultan la oración silenciosa.

 

El mes de octubre es también el mes de las misiones. La Providencia ha querido unir en este mes la memoria de la Virgen del Rosario con la Jornada Mundial de las Misiones, recordándonos que toda auténtica contemplación desemboca en misión.

 

El papa Francisco, fiel a este espíritu, ha insistido en que el Rosario es oración del pueblo, sencilla y profunda, que nos abre a la dimensión evangelizadora. En una audiencia en 2021 decía: «El Rosario es oración de amor a María, y es también oración de amor a la Iglesia, que siempre sale al encuentro de los hermanos».

 

La repetición confiada del Ave María no nos encierra en un círculo, sino que nos impulsa a abrirnos al horizonte de la caridad. Al contemplar los misterios, aprendemos a mirar la realidad con los ojos de Cristo: con compasión hacia los pobres, con misericordia hacia los que sufren, con esperanza ante las pruebas.

 

Vivimos en un mundo herido por guerras, desencuentros, injusticias y violencia. ¿Qué puede hacer el cristiano ante tanto dolor? Los papas nos han recordado que el Rosario es un «arma de paz». Juan Pablo II lo propuso como medio para pedir la paz después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Benedicto XVI lo rezaba por la unidad de los cristianos. Francisco lo ha propuesto insistentemente por la paz en el mundo.

 

El Rosario pacifica el corazón. Cada Ave María, recitada con fe, es un soplo de esperanza. Es como dejar que el Espíritu Santo nos sumerja en el ritmo sereno de la oración, que nos aparta del ruido interior y nos dispone a recibir la paz de Cristo. El Rosario es una oración cercana a la experiencia del pueblo fiel. Es oración sencilla, que no exige grandes conocimientos, pero que abre al misterio de Dios. Cada Rosario rezado con fe es un acto de amor que transforma la vida.

 

Hoy más que nunca, cuando tantas familias sufren por la falta de paz, cuando la sociedad se ve dividida por la indiferencia y el egoísmo, necesitamos acudir a María para que nos enseñe a vivir como discípulos misioneros de su Hijo. Ofrezcámoslo por la paz, por las vocaciones, por las misiones, por los que sufren, por los enfermos, por los migrantes, por la unidad de la Iglesia. Que cada Ave María sea como una semilla de esperanza sembrada en el corazón del mundo.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga. 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa 

Arzobispo de Burgos