«¡Feliz el que no ve desvanecer su esperanza!»

por Natxo de Gamón,

«¡Feliz el que no ve desvanecer su esperanza!»

Foto: Freepik.

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Este domingo, cuando celebramos la V Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores, reconocemos su papel insustituible y determinante en la sociedad, en la familia y en la Iglesia.

 

San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús y cuya fiesta estamos celebrando, nos enseñan a valorar a todas las personas mayores, quienes –en algún momento de sus vidas– se ven obligadas a atravesar el duro camino del desierto, de la enfermedad y de la soledad.

 

La soledad no deseada es, tristemente, la desagradable compañera de viaje de tantas personas mayores que sufren en mayor o menor medida la indiferencia, la ausencia o el descarte.

 

¡Feliz el que no ve desvanecer su esperanza! (cf. Eclo 14, 2), es el tema que eligió el papa Francisco para este año. Estas palabras, tomadas del libro del Eclesiástico, expresan «la bienaventuranza de las personas mayores» y señalan «la esperanza puesta en el Señor como camino hacia una vejez cristiana y reconciliada», reconocen desde el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

 

En este Año Jubilar, esta jornada quiere ser una oportunidad para realizar una profunda reflexión sobre cómo la presencia de los abuelos y las personas mayores «puede convertirse en un signo de esperanza en cada familia y comunidad eclesial», insisten, promoviendo visitas y oportunidades de encuentro entre generaciones.

 

¡Qué importante es cultivar las raíces para la edificación de un futuro sin soledad! Las personas mayores tienen una capacidad extraordinaria para transmitirnos la historia, las costumbres, los recuerdos, las esperanzas y las tradiciones. Su legado no se cuenta por propiedades o capitales, sino por un amor que se hace verdad en los frutos que nacen de las semillas que ellos plantaron.

 

De ellos no solamente recibimos el don de la vida, sino la gracia de su mirada, de su sabiduría, de su amistad con Dios. Ellos nos enseñaron a pronunciar las primeras oraciones, a mirar a María como Madre, a confiar ante cualquier dificultad.

 

Y quisiera, también, tener muy presentes a las personas consagradas mayores, a esos «abuelos de vida consagrada», como los denominaba Francisco. Estas personas curtidas en años y experiencia profunda de fe, fuente de sabiduría de una familia religiosa, acumulan en sus corazones toda la riqueza de sus carismas, la levadura del Reino y del Evangelio de Jesús. Su invitación a volver al amor primero, aun siendo mayores y, en ocasiones, estando enfermos, es una muestra, más que suficiente, de un Amor que no termina nunca.

 

En consonancia con estas personas consagradas, recuerdo nuestra residencia de sacerdotes mayores, en la que puedo comprobar –cada vez que la visito– cómo, a pesar de las dificultades causadas por la ancianidad, mantienen cada día sus lámparas encendidas; con alegría, con ganas de seguir sirviendo, con la certeza de un Cielo Nuevo que tiene grabado a fuego sus nombres.

 

Así, cada una de las personas mayores, llevando en sus manos los desconsuelos de toda la humanidad, luchan por plantar cara a la soledad y ser felices sin dejar que desvanezca su esperanza. Y lo hacen, contemplando su historia personal con gratitud, viviendo el presente con pasión y abriéndose a la Providencia de Dios con una profunda esperanza.

 

Pedimos a la Virgen María por nuestros abuelos y mayores, que nos enseñe a ser el consuelo, el cuidado y la compañía de tantos ancianos que no son atendidos debidamente en su vejez. Ella nos dará la fuerza necesaria para arropar su soledad, pues si Dios nos cuida a pesar de nuestra pequeñez (cf. Sal 144, 3-4), no entregará jamás nuestras vidas a la muerte (cf. Sal 16, 10).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«El 804 aniversario de la dedicación de nuestra catedral»

por Natxo de Gamón,

iluminación catedral burgos

Escucha aquí el mensaje de Mons. Mario Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Nuestra archidiócesis burgalesa celebra hoy el octingentésimo cuarto aniversario de la dedicación de la santa iglesia basílica catedral, un templo que se ha convertido en símbolo y emblema de Burgos y de toda su historia que ha vivido las vicisitudes de épocas variadas y diversas.

 

Desde que en 1221 se pusiese la primera piedra, de manos de rey san Fernando, la fe que expresan todas y cada una de sus piedras es testimonio de presencia cristiana en Burgos y de evangelización hasta lugares lejanos de la tierra.

 

Siguiendo el nuevo estilo gótico, la primera etapa de la construcción de la catedral queda casi concluida 60 años después, con la estructura interior, la portada de Sarmental, la principal y la de la Coronería, así como con las capillas absidiales. El último periodo de la etapa gótica destaca por la edificación de las agujas, la capilla de los Condestables y el cimborrio primitivo. Tras la reconstrucción de este (que se derrumbó por exceso de peso) y algunos cambios en las capillas, los claustros bajo y alto completan la edificación de la catedral durante el siglo XIII.

 

De nuestra catedral, cabe destacar los retablos de Gil de Siloé, el de Santa Ana o el de las Vírgenes; los retablos de Felipe de Vigarny, los hermanos Rodrigo Martín de la Haya, Juan de Vallejo, así como la colección de pinturas de finales del siglo XV y de influencia flamenca; las obras de orfebrería e imaginería, como también las custodias, la cruz procesional y los relicarios. Dentro de sus muros, los artistas más importantes del gótico, del barroco y del renacimiento han plasmado sus obras más significativas en el campo de la arquitectura, la escultura y la pintura.

 

Sin embargo, recordando aquel 20 de julio de 1221, conmemoramos que la catedral, desde entonces, no sólo fue declarada en 1984 Patrimonio de la Humanidad, merced al edificio en sí y al contenido de la misma, sino que ha acogido el sentir de los millones de corazones que han pasado por sus moradas.
804 años acumulan el peso de una historia de fe y esperanza, de muchas vidas, oraciones y de la fecundidad del Evangelio derramados allí, a los pies del Señor, bajo la atenta mirada de los santos y en las manos de Santa María.

 

Las columnas de nuestra catedral custodian infinidad de dificultades y alegrías, de sinsabores y esperanzas, de plegarias y sueños. Con el paso del tiempo, ha resistido el devenir de los acontecimientos y se ha convertido en un faro de fe, esperanza y caridad que se ha hecho cultura para admiración de tantos los visitantes. Su belleza, capaz de traspasar cualquier frontera, la convierte en un lugar eclesial de celebración, evangelización, comunión y caridad.

 

Con esta presencia tan viva, me vienen al corazón las palabras del Maestro a sus apóstoles, cuando les anima a acompañarle en su descanso: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco» (Mc 6, 30-34). Porque nuestra catedral también es un lugar de descanso del alma y de las prisas de la vida, un recreo para los sentidos, espera habitada y contemplación, donde nadie es mirado como forastero, sino que todos somos acogidos como hermanos.

 

En medio de la incertidumbre, de los tiempos difíciles y de las prisas con que nos asedia en demasiadas ocasiones la vida, la Iglesia –por medio de sus templos– ha de ser ese «hospital de campaña» al que apuntaba, una y otra vez, el recordado papa Francisco: «Esta imagen de la Iglesia que, como el buen samaritano, se acerca con compasión y venda las heridas derramando sobre ellas aceite y vino (cf. Lc 10, 34)».

 

Ante el asombro que deslumbra, las palabras han de dejar espacio a los gestos de mutua acogida. Y hoy, tras más de ocho siglos, nuestra catedral quiere seguir siendo ese hogar samaritano que refleja el rostro de Cristo, quien tomó sobre sí todos nuestros anhelos para darles sentido con la fuerza de la Resurrección.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos

«Verano: tiempo para serenar la vida»

por Natxo de Gamón,

Fuente: Freepik.

 

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Adentrados en este maravilloso tiempo de verano, de reencuentro con Dios, con la familia y con los amigos, hemos de hacer hueco también a quienes permanecen esperando nuestra compañía al otro lado de la puerta…

 

Nos encontramos ante una nueva oportunidad de ordenar lo esencial, de volver a lo que serena el corazón que, durante el resto del año, tantas veces se disipa entre las tareas, los compromisos y las ocupaciones, de redescubrir –junto a quien edifica nuestro corazón– los cimientos que forjan nuestra vida.

 

El descanso es, también, un oasis para el alma, un respiro para ejercitar la paciencia y un tiempo de calma donde reparar las fuerzas de las tareas cotidianas. En demasiadas ocasiones, asediados por el espíritu de la prisa y el activismo, ponemos el corazón en cientos de quehaceres y descuidamos lo verdaderamente importante. Y, al final, por no dejarle sitio al reposo, a la paz y al silencio que nacen de la oración, descuidamos la única razón importante que nos lleva hasta allí: el Señor, que nos envía al encuentro de quienes nos rodean de un modo nuevo.

 

Y, para esto, «no basta desconectar», como afirmaba el Papa Francisco durante el Ángelus del 18 de julio de 2021, es necesario «descansar de verdad». Para hacerlo, «es preciso regresar al corazón de las cosas: detenerse, estar en silencio, rezar, para no pasar de las prisas del trabajo a las de las vacaciones», indicaba el Santo Padre.

 

El propio Jesús, cuando los apóstoles vuelven agotados de la misión y sienten el peso del cansancio, les invita a restaurar las fuerzas: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco» (Mc 6, 31). Porque eran tantos los que iban y venían, dice la Escritura, que no encontraban tiempo ni para comer. Y, tras dirigirse en barca a un lugar desierto, vuelven a encontrarse con una multitud que les esperaban y terminaron poniendo una vez más sus vidas al servicio de los más pobres, obedeciendo al Señor, dando de comer a cinco mil hombres (cf. Mc 6, 32-44). Porque sólo desde la entrega gratuita y confiada nace el verdadero amor.

 

¿Qué mejor manera de tomar partido de esta invitación a cuidar el cuerpo, el espíritu, la familia y las amistades que haciéndolo, profundizando en el propio camino espiritual, al servicio de los hermanos?

 

El encuentro del Señor con los discípulos en el Monte Tabor nos recuerda la importancia de apartarnos de lo cotidiano para quedarnos, durante el tiempo que el alma necesite, contemplando el rostro del Señor Jesús. Y desde ahí, una vez transfigurados, descender de la montaña y volver a pisar la tierra sagrada donde nos esperan tantos hermanos, deseosos de la presencia de Cristo, hecho vida, sacramento y plenitud en nuestras propias manos.

 

Descansad, y hacedlo con la alegría que os merecéis. Pero no olvidéis la tarea de testimoniar la caridad y ser signos concretos del amor vivificante de Dios; tanto en los más cercanos, con los que compartís mesa y hogar, como en aquellos que viven la soledad, el sufrimiento o el abandono (en cualquiera de sus formas o circunstancias), que están en un hospital, en una residencia o que esperan cada día la visita inesperada de un ser querido.

 

Y no olvidéis el trato cercano con la Virgen María: llevadla a todas partes, caminad al son de su paso, permaneced en su sosegado amor. Que Ella sea vuestra compañía en este tiempo de verano y os ayude a seguir siendo testigos, servidores y cuidadores de Dios y de los hermanos.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«La misión, portadora y constructora de esperanza»

por Natxo de Gamón,

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Gaudium et spes, 1).

 

Desde este sentido profundo de la misión como portadora y constructora de esperanza entre los pueblos, hemos celebrado durante estos días la Semana de Misionología de Burgos y el Día del Misionero Burgalés.

 

Las vidas de los misioneros, como siempre ha demostrado nuestra archidiócesis burgalesa, son una respuesta valiente al mandato de Cristo Resucitado, quien envía a sus discípulos a evangelizar a todos los pueblos (cf. Mt 28, 18-20). Un mandato que «comienza ciertamente en esta vida», pero que «tiene su cumplimiento en la eternidad» (Evangelii nuntiandi, 27).

 

Esta semana nos recuerda la vocación universal que tenemos todos los bautizados para ser, a través del fuego del Espíritu Santo y del compromiso cotidiano para con los más vulnerables y entre todos los pueblos, misioneros de la Esperanza que es Jesucristo y su Reino de santidad, amor y paz.

 

Si el Corazón de Cristo «es el núcleo viviente del primer anuncio» (Dilexit nos, 32), el de los misioneros es el eco humilde y veraz de esa llamada primera al amor entregado sin reservas, el que no se guarda nada para sí porque se sabe artesano y restaurador de una esperanza rota, incompleta e infeliz.

 

Y, por añadidura, también nosotros somos llamados y enviados para continuar con esta preciosa misión: «Ser signo del Corazón de Cristo y del amor del Padre, abrazando al mundo entero», como destacó el Papa Francisco en su discurso a los participantes en la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias, en junio de 2023. En esto, destacaba el Santo Padre, «encontramos el corazón de la misión evangelizadora de la Iglesia: llegar a todos con el don del amor infinito de Dios, buscar a todos, acoger a todos, ofrecer nuestra vida por todos sin excluir a nadie. Todos. Esta es la palabra clave».

 

Con el propósito de ser «instrumentos de promoción y de responsabilidad misionera de cada bautizado y para apoyar a las nuevas Iglesias particulares» (Praedicate evangelium, art. 67 § 1), cada misionero restaura la humanidad herida, según el corazón de Cristo, en tantas zonas olvidadas de la Tierra.

 

Sus pies, siempre en camino, no cesan de recorrer sendas olvidadas hasta encontrar cualquier rostro que anhele su presencia, su protección y su cuidado.

 

Sus almas, siempre expuestas al servicio más puro e, incluso, entregadas al borde de la extenuación, no cesan de reflejar el rostro del Señor Resucitado, quien se hace cercano a sus discípulos misioneros y transita de su mano. Nuestro mundo, «herido por la guerra, la violencia y la injusticia, necesita escuchar el mensaje evangélico del amor de Dios y experimentar el poder reconciliador de la gracia de Cristo», como recordaba el Papa León XIV en su homilía de inicio de pontificado el 18 de mayo de 2025.

 

Le pido a la Virgen por nuestros fieles, miembros de la vida consagrada y sacerdotes burgaleses que, en cualquier horizonte del mundo, prestan su vida a Dios, testimoniando el poder salvífico de su Palabra y del Misterio Pascual de Cristo. Así, retomando al poder evangelizador del Papa san Juan Pablo II, permanezcamos «vigilantes y preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran anuncio: ¡Hemos visto al Señor!» (Novo millennio ineunte, 59).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

«Pedro y Pablo: testigos de la misericordia y la esperanza»

por Natxo de Gamón,

«La sucesión apostólica, fundamento de comunión»

Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

La sucesión apostólica y la vida de la Iglesia, en el marco de la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo que conmemoramos en este día, siempre ha sido un punto esencial para asentar en nuestras comunidades la fidelidad a la identidad católica, así como para el desarrollo y la maduración del diálogo ecuménico.

 

Escritura y Tradición, meditadas y auténticamente interpretadas por el Magisterio, nos transmiten fielmente la enseñanza de Cristo, nuestro Dios y Salvador, confiada a la Iglesia para que sea predicada a todos los pueblos hasta el fin de los siglos.

 

San Pedro y san Pablo, que establecieron la Iglesia de Roma, encarnan un elemento fundamental de la predicación del Evangelio de Jesús y su anuncio hasta los confines de la tierra.

 

Pedro, humilde pescador judío que fue instituido por Jesús como el primero de los doce apóstoles, fue la Piedra sobre la que Cristo edificó su Iglesia. Su papel es tan singular que Cristo le entregó las llaves del Reino de los Cielos (cf. Mt 16, 19) para que cualquier circunstancia personal en todo tiempo conozca la misericordia de Dios en la que se fundamenta toda esperanza.

 

Pablo, fariseo que perseguía a los cristianos, terminó convirtiéndose –tras su encuentro con el Resucitado (cf. Hch 9, 1-9)– en el apóstol de los gentiles.

 

Pero no fueron sus vidas perfectas, ni triunfantes, lo que les sitúa como verdaderos modelos a seguir por el pueblo cristiano que conoce la realidad de la debilidad y del pecado, pero también la fuerza de la misericordia de Dios que es capaz de sacar de las piedras hijos de Abraham (cfr. Mt 3, 9). Porque no hay santo sin pasado ni pecador sin futuro. Y esta certeza es fuente de esperanza. Y porque su fuerza, como deja patente san Pablo en su carta a los habitantes de Corinto, no radica en el poder, sino en la debilidad: «Muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (cf. 2 Cor 12, 9-10). Es la paradoja de la vida cristiana: Dios viene en ayuda de nuestras fragilidades para sostenerlas y transformarlas con su gracia.

 

Ellos nos enseñan que la gracia de Dios hace de nosotros criaturas nuevas cuando estemos inmersos en lo más débil y vulnerable. Asimismo, cuando amanezcamos con el corazón endurecido o queramos dejar atrás viejos caminos y nos cueste ablandarnos ante el Amor, Pedro y Pablo nos enseñan a perpetuar que la llamada a la conversión hace de nosotros personas nuevas y testigos de la Resurrección de Cristo.

 

«Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús», escribe san Pablo en su carta a los Gálatas (3, 28), poniendo de manifiesto que todos somos llamados por Dios a iniciar el camino de amistad con Él y el discipulado de su Hijo que genera la comunión de la Iglesia, fermento de comunión de todos los pueblos de la tierra.

 

Hoy volvemos nuestros ojos a Roma, con el entrañable recuerdo de todos los Papas que han precedido a León XIV, para vivir nuestra comunión con el Sucesor de Pedro. Y oramos con él, y por él, y le encomendamos de manera especial a la Virgen María, para que el Espíritu Santo le sostenga con su gracia en el ministerio que se le ha confiado, le conceda conocer y cumplir la voluntad de Dios y le impulse, sostenido por nuestra oración y ayuda, a proclamar eternamente las misericordias del Señor siendo todos juntos peregrinos de esperanza.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos