La parroquia de San Martín de Porres de la capital acogió el pasado sábado el tradicional encuentro formativo que mantienen cada año los catequistas del arciprestazgo del Vena.
Cerca de cuarenta catequistas provenientes de las parroquias de la zona norte de la ciudad se dieron cita para reflexionar sobre el papel de la Sagrada Escritura en la catequesis. Para ello contaron con una ponencia a cargo de Jesús Varga Andrés, doctor en Sagrada Escritura y profesor en la Facultad de Teología de Burgos. Además de la charla y posterior diálogo, la jornada contó con una dinámica en grupos de trabajo acerca de algunos textos bíblicos y su posible desarrollo en las sesiones de catequesis con niños.
La jornada contó, además, con un café compartido y una charla distendida entre los catequistas. El encuentro finalizó con la puesta en común de la revisión y un momento de oración en torno a la Biblia.
El arzobispo de Burgos recibió ayer en la Casa de la Iglesia a la familia Campomar Hernando, que llegaron la madrugada del jueves a Burgos después de una semana de viaje huyendo de Ucrania, país donde anuncian el evangelio desde 1997. Don Mario Iceta quiso de esta manera agradecer el trabajo misionero desarrollado por esta familia perteneciente al Camino Neocatecumenal, a la vez que se preocupó por las dificultades que atraviesa el país y se ofreció disponible para ayudarlos en cualquiera de sus necesidades.
Una semana y tres furgonetas
César Campomar nació en Bilbao, aunque pronto se trasladó a Burgos, donde descubrió el Camino Neocatecumenal. Allí conoció a su mujer, María Axiliadora, y ambos se ofrecieron a ir a la misión. Tras haber pasado seis años como misioneros en Bielorrusia –donde les dieron un «ultimátum porque sabían que éramos de la Iglesia»–, los responsables del Camino los enviaron por sorteo a Kiev. Allí colaboran con la recién creada parroquia de San Alejandro, que aglutina a una población de 400.000 personas pero a la que solo acude un millar de católicos a rezar cada domingo.
Aturdidos por una invasión que nadie imaginaba, la familia decidió abandonar el país el jueves de la semana pasada, horas después del lanzamiento de las primeras bombas. César, su mujer María Auxiliadora y siete de sus diez hijos, con sus respectivas esposas e hijos (dos de ellos, seminaristas, se han quedado en Ucrania y otro reside en Murcia) decidieron emprender el viaje de regreso a Burgos acompañando a la madre de César, de 90 años de edad –ayer mismo fue su cumpleaños– y enferma de alzheimer. En total, 25 personas: 13 adultos y 12 niños. Dos de ellos regresaron en avión y el resto en tres furgonetas que han tardado una semana en pisar suelo burgalés tras atravesar la frontera con Hungría («era más sencillo que hacerlo por Polonia») y hacer parada en Trieste y Niza.
Por el camino, relatan cómo han sido «espectadores de los milagros que Dios ha hecho con nosotros», pues han visto cómo las incomodidades del viaje (llegaron a estar parados más de 13 horas en la frontera y apenas les ofrecían 20 litros de combustible en cada gasolinera) y las averías en algunos de sus vehículos se han solventando «gracias a la generosidad de la gente» que han encontrado por el camino. «Algunos de los bebés solo tenían certificados de nacimiento, pero carecían todavía de la documentación oficial y nos han atendido bien», relata César. Además, la Federación de fútbol les ayudó pagando para ellos un hotel en Hungría y poniendo a su disposición dos coches y dos conductores, que los han traído hasta Burgos.
La familia Campomar Hernando mira con preocupación la situación que se vive en Ucrania y desean descubrir «la mano de Dios en todo esto», «que él nos ayude a descubrir su voluntad» y los caminos que les tiene preparados en Burgos en los próximos meses, si bien su corazón sigue en Ucrania, donde desean volver lo antes posible, como relata Mariauxi.
El pasado jueves, las parroquias del arciprestazgo de Arlanza peregrinaron en el año Santo hasta la Catedral con sus respectivos sacerdotes. Llegaron feligreses de Cilleruelo de Abajo, Villafruela, Quintanilla del Agua, Mecerreyes, Cuevas de San Clemente, Villamanzo, Torrecilla del Monte, Madrigalejo, Villafuertes y Villangómez.
Comenzaron con el itinerario jubilar cruzando por la Puerta Santa y depositando la tierra de la zona en los contenedores habilitados para ello en el trascoro. Tras recordar el bautismo, participaron en la eucaristía en la capilla de Santa Tecla recordando y celebrando que cada uno de ellos son templo de Dios. Posteriormente realizaron una visita guiada por el templo que dio lugar a una comida de hermandad.
Por otro lado, los seminaristas del Seminario Conciliar de San Bartolomé de Cádiz recalaron en la ciudad, a la que acudieron aprovechando los días festivos del Carnaval. También participaron de los ritos jubilares y visitaron el templo gótico.
La Compañía de Jesús celebra hasta el próximo 31 de julio un Año Jubilar en recuerdo de la herida de guerra que sufrió san Ignacio hace ahora 500 años y que fue el germen de su conversión y de la obra evangelizadora que puso en marcha. Tal motivo ha llevado a la vicaría del Clero a organizar una peregrinación hasta el santuario guipuzcoano de Loyola, donde una treintena de sacerdotes diocesanos ha disfrutado durante el puente de Carnaval de unos días de convivencia y oración.
El imponente santuario barroco que se construyó en torno a la casa natal de san Ignacio fue la primera parada de la expedición. Acompañados por las explicaciones de un jesuita, los sacerdotes de la archidiócesis conocieron la «santa casa» y celebraron la eucaristía en la basílica. La tarde del lunes la dedicaron a pasear por Azpeitia y disfrutar de algunos de los actos de su popular Carnaval. La jornada concluyó con una mesa redonda acompañados de dos jesuitas, que relataron algunos detalles de la espiritualidad ignaciana y de su estilo de vida.
El padre Juan José Martínez Domingo fue el encargado de dirigir las meditaciones del retiro de la mañana del martes, basadas en la experiencia de los ejercicios espirituales. El arzobispo, don Mario Iceta, también se hizo presente en la convivencia, presidiendo la eucaristía en la «santa casa». La excursión concluyó, de regreso a Burgos, con una parada en Vitoria, donde los sacerdotes pudieron conocer los secretos de su Catedral Vieja.
Jesús Castilla, vicario episcopal del clero y organizador del viaje, valora «muy positivamente» las dos jornadas de convivencia, tradicionales en Carnaval y aplazadas desde hace un año a causa de la pandemia. «Los propios sacerdotes han valorado mucho la convivencia, la acogida que nos han brindado los jesuitas, la mañana de retiro y que el arzobispo se haya hecho presente». Dos días de convivencia que ayudan al clero diocesano a descansar de su actividad y emprender la Cuaresma con renovada energía.
Partió de Lviv hace quince años y llegó a Burgos hace nueve, tras haber residido poco más de un lustro en Málaga. Oksana Belbas es una inmigrante procedente de Ucrania que ha echado raíces en la ciudad. Se casó con un burgalés, tiene una hija de nacionalidad española y trabaja como auxiliar de enfermería en la residencia para personas mayores de Cortes. Aturdida por las noticias que llegan de su país de origen, ha decido ponerse manos a la obra y recolectar cualquier tipo de material que ayude a sus compatriotas a hacer frente a la invasión rusa que viven desde hace días y que se recrudece por instantes.
Solicitó apoyo al sacerdote de su parroquia, Rafael Pérez, quien no dudó en prestarle los salones de Nuestra Señora del Rosario como plataforma de recogida de alimentos, medicinas y cualquier tipo de material que pueda ayudar en la contienda. «Da igual lo que traigan, aunque desde la frontera de Ucrania con Polonia –donde trabaja como voluntario un primo suyo– nos piden especialmente medicamentos, sobre todo antibióticos, sacos de dormir, calcetines de invierno, mantas, sábanas, linternas o cascos». También reciben pañales, comidas enlatadas y alimentos no perecederos y hasta juguetes para niños.
De manera improvisada y sin saber muy bien cómo harán llegar todavía hasta Ucrania el material donado, Oksana prefiere recoger especies que dinero, consciente de que será más fácil y rápido su envío. Están en contacto ya con una empresa de transportes con sede en León que fleta autobuses todos los días hasta Ucrania, así como otra compañía de Málaga, con el fin de poder enviar las donaciones que llegan diariamente a la parroquia.
Cada tarde, un grupo de voluntarios recibe los víveres que aportan vecinos, otros compatriotas ucranianos e incluso «rusos que también están ayudando a mi pueblo con la entrega de cajas», detalla Oksana. «Poco a poco organizaremos lo que traigan, repartiremos los objetos en cajas, lo empaquetaremos bien y decidiremos qué enviamos primero».
Belbas, que no tiene familia directa en el país –«solo tengo primos lejanos y algunos amigos; mis padres fallecieron hace tiempo»– observa con preocupación el conflicto bélico provocado por Rusia y, por iniciativa particular, decidió «hacer algo, aunque sea poca cosa» en favor de su pueblo. Poco a poco ha ido conociendo otros vecinos ucranianos residentes en Burgos y está notando la solidaridad y el respaldo de los burgaleses, «que están con nosotros en esto».
Ante la respuesta solidaria, la parroquia ha ampliado los días que al inicio había propuesto para acoger materiales y estará abierta de lunes a viernes de 17:00 a 20:00 horas y los sábados de 10:00 a 13:00 horas.