«Dios me dejó pisar el infierno para que ahora pueda proclamar su misericordia»

María, en el centro, durante su intervención.
Tenía «todo lo que el mundo dice que necesitas para ser feliz». En su vida no faltaban las fiestas con gente de alto standing y botellas de champán de más 200 euros; tenía una casa «súper lujosa», sus vestidos eran siempre de los caros y no cejaba nunca en su empeño por ser la mejor y destacar en todo. Sin embargo, «nada lograba saciar su sed», era «una muerta que caminaba por el mundo». Amaia Martínez Gómez –que así se llamaba entonces– logró poseer lo que todo el mundo desea alcanzar: fama, salud, prestigio. Sin embargo, todo aquello le hizo «endurecer el corazón», incapaz como era de «mirar a los ojos a quien tenía enfrente». Se hizo «pro divorcio» e, incluso, intentó apostatar: «Deseaba arrancarme la piel para quitarme el bautismo». «En una palabra, me volví imbécil», sentencia.
Trabajó durante años practicando abortos, «asesinaba niños», asegura sin temblar. «Hice pactos con el mal y me volví horrible». Consiguió amasar una fortuna que la llevó a Barcelona a estudiar fisioterapia, convirtiéndose en una afamada experta en la materia. Sin embargo, «la soberbia, la vanidad, el deseo de ser como Dios» le hacían vivir en «un mundo de ruido» y se apegó «a lo terrenal, donde no habita Dios». Incluso planificó suicidarse precipitándose por un acantilado con su flamante jaguar.
Pero en uno de sus viajes a Nepal para competir en una de las carreras en las que le gustaba participar Dios salió a su encuentro. Un terremoto en la zona hizo que una de las religiosas Misioneras de la Caridad solicitara su ayuda como fisioterapeuta para paliar los dolores de algunos heridos. Y allí, en la capilla de aquellas religiosas seguidoras de santa Teresa de Calcuta, vivió su momento de conversión. «Oí una voz que me decía: «Bienvenida a casa». Yo pensaba que sufría mal de altura, pero volví a sentir al mirar al crucifijo: «¡Cuánto has tardado en amarme!». Entonces, caí de rodillas y vi toda mi miseria». Pasó tres horas llorando y sintió «la misericordia de Dios que te abraza y te envuelve».
«Proyecto Raquel»
Desde entonces, Amaia se llama María y se ha convertido en una predicadora sin tapujos de la misericordia de Dios. Con su «sonrisa bobalicona» ha venido hoy hasta Burgos de la mano del Centro diocesano de Orientación Familiar «para deciros que hay esperanza, que siempre hay una segunda oportunidad». María siente que «Dios me dejó pisar el infierno para que ahora proclame su misericordia» y, de hecho, respaldando el «Proyecto Raquel», quiere ayudar a muchas mujeres que, como ella, sufren las consecuencias de haber vivido en primera persona un aborto provocado.
Según sus palabras, «este proyecto secará las lágrimas de muchas mujeres». Al apoyar este programa, María pretende «reparar» el mal que ha provocado con sus abortos, haciendo que la misericordia de Dios sea el cauce para sanar «las heridas sangrantes de nuestros hermanos». Pero, «para poder amar es necesario que nosotros lo pidamos a Dios; hemos de pedir a Jesús que nos revista de su misericordia; de lo contrario no nos moveremos por la misericordia, sino por el juicio; no verán en nosotros perdón, sino condena».
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